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Actualmente también sé que la riqueza y la actividad vanguardista
de los miembros del GATCPAC, con Josep Lluís Sert al frente, fueron
borradas del mapa con el conflicto fratricida de la Guerra Civil española
y su cruenta y represora posguerra. Atrás quedaron las fantásticas
casetas de playa para trabajadores, la joyería Roca del Passeig
de Gràcia y el propio Pabellón Español del Salón
de París.
Mención aparte merecen los muebles denominados actualmente, de
forma genérica, Pedrera, diseñados por Barba Corsini para
los apartamentos de la Casa Milà entre 1953 y 1955. No perderé
la oportunidad de reclamar su restauración, tanto o más
necesaria que la de la obra de Gaudí. Este mobiliario, aun siendo
un ejercicio de estilo, merece entrar en la historia del diseño,
al menos en ésta en particular.
Hasta finales de los sesenta no se dieron las mínimas condiciones
para que los objetos seriados volviesen a la superficie. Este hecho resulta
especialmente evidente en la primera convocatoria de los premios Delta,
en 1961, creados por ADIFAD (Associació de Dissenyadors Industrials).
Desde entonces, los premios Delta han sido un referente, aunque a menudo
sometido a críticas, de la historia objetual de la ciudad.
En aquellos premios (1961-1962) estaban presentes algunas de las piezas
más interesantes y que más repercusión han tenido
en nuestra pequeña historia, probablemente porque no sólo
recogían las producciones de los propios años 1961 y 1962,
sino algunas anteriores.
El caso más destacado probablemente sea el de la lámpara
Coderch (1957). Josep Antoni Coderch recoge el testimonio del GATCPAC,
y entre sus aportaciones nos deja esta magnífica lámpara.
Una pieza que es deudora de su tiempo y en la que la sencillez es más
una necesidad que un recurso. No obstante, el resultado es de una sutilidad
que le permite perdurar en el tiempo.
En
el mismo año también resultaron premiadas las vinagreras
Marquina, de Rafael Marquina (1961). El día que descubrí
que aquellas vinagreras de casa las había hecho alguien y que además
las había hecho antes de que yo naciera, también descubrí
que eso de los objetos tenía su gracia. Probablemente, las de casa
debían de ser falsas; no en vano ésta es una de las piezas
más plagiadas de la historia del diseño.
Lo que resulta brillante de Marquina es que adapta unos elementos de laboratorio
químico al uso doméstico, y lo hace sin que la pieza aparezca
como antinatural. La idea de evitar el goteo (básico en química)
soluciona de forma inmejorable, aún hoy, un elemento aparentemente
anodino.
La cosecha de los Delta del 61-62 no se acaba aquí, porque también
obtuvo un Delta de Oro la lámpara TMC (1960), de Miguel Milà.
Posiblemente se deba al hecho de que siempre había visto esta lámpara
en casa de unos amigos (herederos de la burguesía catalana), que
hasta que no conviví con ellos no le vi la gracia. Ahora me cuesta
encontrar lámparas de pie mejores que la TMC, sobre todo en su
versión metálica.
Seguramente me pasa algo similar con la motocicleta Impala (1962). Reconozco
que durante años he ignorado voluntariamente este icono, a medio
camino entre una rancia herencia de la gauche divine y las novelas de
Juan Marsé, con una reedición innecesaria aunque exitosa
con la Impala 2. Pero si se analiza la raquítica industria de la
automoción nacional, no podemos dejar de maravillarnos de que Leopoldo
Milà pudiese diseñarla. Sólo la Cota 247, también
diseñada por él en 1968, podría hacerle sombra.
LAS BUTACAS BARCELONA Y BARCELONETA
No quisiera pasar página sin recuperar, aunque sólo sea
por un momento, la butaca Barcelona. Como decía antes, contiene
lo mejor (tiene mérito haber hecho una butaca sobria y despojada
de adornos para un rey) y lo peor (su sencillez es más aparente
que real, ya que las piezas se tienen que hacer a mano con un montón
de soldaduras pulidas). Como siempre he estado más cerca de los
arrabales que de los reyes, descubrí encantado que Federico Correa
y Alfonso Milà habían diseñado una butaca Barceloneta
en 1958. Éste es el racionalismo que me gusta, el que utiliza las
técnicas del lugar y, sin perder simplicidad, le otorga un carácter
propio.
Después de este impulso, los sistemas de producción se modernizan
y ya es posible elaborar piezas de plástico con moldes de inyección.
En ese momento aparece André Ricard, con su racionalismo suizo
y su admiración por Raymond Loewy, y nos deja algunos de los mejores
objetos de los sesenta. Las pinzas para hielo Arce (1964), el cenicero
Copenhagen (1965) y la lámpara Tatu (1972), de los cuales, las
primeras son las que me despiertan mayor admiración. La economía
de medios y la capacidad de darle la vuelta al problema (la fuerza es
producida por el material y no por el usuario) todavía siguen sorprendiéndome.
Ricard ha sido una de las voces más ortodoxas, pero no por ello
menos lúcidas del diseño, y para mí son tan importantes
sus objetos (por ejemplo, el frasco de Quorum para Puig) como sus escritos.
Ricard fue una de las bases conceptuales del diseño con el que
personalmente no he comulgado, pero que, a pesar de todo, forma parte
de mi pasado, de nuestro pasado.
Tendremos que avanzar dos años para encontrar otro momento dulce
del diseño. Estábamos en el final de la dictadura, y los
que lo vivieron dicen que fueron tiempos apasionados. La arquitectura
y el diseño reflejan el resto de la sociedad. Del racionalismo,
aceptado finalmente por un régimen obtuso, pasamos a una posmodernidad
ecléctica, cosmopolita y liberadora.
Recuerdo cuando hacía manitas con la que debía ser probablemente
la primera chica con la que salía, en una plaza fría y desolada
de la Sagrera. Entonces no sabía que estábamos sentados
en un banco Catalano (1974) y me molestaba no poder darme la vuelta para
sacar las piernas y poder así acercarme más a la chica.
Éste debe ser uno de los pocos defectos de este magnífico
banco de uso público. Òscar Tusquets y Lluís Clotet
consiguieron realizar la síntesis de buena parte de los enigmas
del diseño. La forma -de ergonomía sencilla y trazo elegante-,
el uso mínimo de material -chapa-, el sistema de producción
-el deployé, estiramiento de una chapa troquelada con un efecto
acordeón- y el resultado -transparencia y continuidad con el espacio-
siguen haciendo de él una de las mejores piezas del mobiliario
urbano. Este tándem generó alguno de los mejores objetos
de los setenta: la estantería Hialina (1974), el carrito para televisor
Versàtil (1976) y la campana extractora BD (1979). Nunca he podido
entender por qué estos arquitectos (la mitad del estudio PER),
tan acertados en sus objetos, perdían fuerza en su obra arquitectónica;
aunque no hay que olvidar que, junto con Cristian Ciciri y Pep Bonet,
fueron la punta de lanza de la posmodernidad.
Años después de mis acercamientos carnales sobre el Catalano,
otra chica me hizo convivir con una mesa diseñada por la otra mitad
del estudio PER. En la mesa Sevilla (1976), diseñada por Pep Bonet
y Cristian Cirici, almorcé y cené durante un par de años,
y confieso que a veces la añoro. Echo de menos su aparente simplicidad
y la complejidad de su diseño, que busca la mejor posición
de las patas para que no molesten, y su eficaz sistema de estabilidad
con un regulador en la cuarta pata en discordia (¡es una mesa que
nunca se tambalea!).
Los setenta se despidieron con dos pequeñas lámparas: la
primera, por la que siento gran estima, es la lámpara Gira (1978),
un diseño de Josep Tremoleda y Josep M. Massana. Fue el primer
objeto diseñado por alguien que yo conocía, que pude comprar
y que todavía me acompaña en la mesita de noche. La segunda
es un juguete delicioso y preciosista, la lámpara Prima (1979),
diseñada por Pete Sants. Una de esas lámparas que más
que iluminar hace compañía. Su espíritu de mínimos
y ese no sé qué poético que tiene, la convirtieron
en una de mis preferidas mientras estudiaba la carrera.
Entonces, cuando todo iba bien, llegaron los años ochenta, con,
por un lado, su funcionalidad comercial y, por otro, su esteticista modernidad.
Aparecen diseñadores "serios", preocupados por el mercado
y los sistemas de producción. Este colectivo defiende una actitud
racionalista y un diseño funcional, enfrentándose a menudo
a los diseñadores modernos.
Yo no sabía nada de este maremágnum cuando entré
en la Massana en 1986, pero, como al resto de mi generación, nos
tocó aguantar debates insufribles para definir qué era diseño.
Vinçon, catedral del diseño en aquel momento, que se había
pasado los años setenta haciendo vanguardia, apostó por
la modernidad y convirtió su sala de exposiciones en un lugar de
encuentro. Productores como BD o Mobles 114 seguían a medio camino
entre la artesanía industrial y la modernidad. Los premios Delta
se decantaron por la funcionalidad. En ese momento surgió un cierto
divorcio entre la ADIFAD y el panorama del diseño visible en las
publicaciones del sector. Hay que destacar aquí la función
de catalizadores que desempeñaron Juli Capella y Quim Larrea, con
publicaciones que fueron el escaparate del denominado boom de los años
ochenta, primero con la revista DeDiseño y, después, con
Ardi. A pesar de todo, de esta década inflada por las instituciones
y la prensa y posteriormente criticada con desmesura quedan algunos objetos
memorables o, al menos, dignos de recordar, que, al fin y al cabo, es
lo que importa.
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El taburete Frenesí, de
Transatlàntic y silla de Òscar Tusquets |
Quizás el objeto más venerado y a la vez más maltratado
de los ochenta haya sido el taburete Dúplex (1980), de Javier Mariscal.
Aunque la producción de este taburete se realizó pasado
el año 1980, Mariscal lo creó entonces para un bar de Valencia.
Este mueble, aparentemente inocente, removió muchos de los supuestos
fundamentos del diseño. Conviene señalar que se realizó
un año antes de que estallase en Milán el movimiento Memphis,
con lo que fue un avance de muchas de sus improntas. El espíritu
lúdico y desmitificador de los objetos fue materia de controversia;
de hecho, todavía hay quien dice que eso no es diseño. Lo
mismo da, puesto que este tipo de objetos son, como dice el título
de una exposición de Mariscal, "Cosquillas para tus ojos",
y eso ya es suficiente.
Inmediatamente después vuelve a aparecer Òscar Tusquets
con la silla Varius (1982) e inicia una nueva categoría de objetos,
los "superventas". No sabría si esta silla es un buen
diseño, pero la hemos visto tanto que forma parte de nuestro paisaje,
y por algo será. Lo mismo sucede con una silla de la que, aunque
no me gusta, sería absurdo que me escabullera y no la mencionara.
Se trata posiblemente de la mayor "superventas" del diseño
catalán, me refiero a la silla Toledo (1988), de Jorge Pensi. Aquí
hay que hacer referencia a las empresas productoras, tanto a Casas, en
el caso de la Varius, como a Amat, en el de la Toledo, que apostaron por
realizar importantes inversiones en moldes y en nuevos sistemas de producción
que planteaban los diseñadores y, después, supieron comercializar
el producto correctamente, a la vez que crecían como empresa por
la inercia de las ventas de sus productos estrella. Hago referencia a
las empresas porque, si de alguna cosa carece el panorama del diseño
en Barcelona, es de empresas valientes e inteligentes que apuesten por
nuevas propuestas.
Recuerdo la primera vez que fui a uno de los denominados bares de diseño
-auténtico revulsivo de los ochenta-, porque yo, como estudiante,
no quería perdérmelo. A estos locales, como el Network,
el Velvet, el Otto Zutz, el Nick Havanna, etc., íbamos casi con
el bloc de notas, mirándolo y tocándolo todo. En uno de
estos bares me senté por primera vez en una broma brillante hecha
taburete, el Frenesí (1986), del grupo Transatlàntic (Ramon
Benedito, Lluís Morillas y Josep Puig): un objeto pensado para
los bares, que jugaba con el erotismo cercano a las barras y a los cócteles.
Entonces también fue criticado por frívolo, y es cierto
que lo es, pero, ¿no lo son también las noches de copas?
Entre todo este desenfreno se hicieron muchas pifias, muebles que vistos
desde ahora no soportan un análisis serio. Con todo, desde Valencia
nos llegaron las propuestas de Vicent Martínez, que, sin ser de
Barcelona, tuvieron una amplia repercusión en nuestro entorno tanto
en referencia a la labor profesional de este autor como a la de su productora,
Punt Mobles. El estante Literatura (1985) y la mesa Anaconda (1989) fueron
un referente de sobriedad creativa. El diseñador valenciano daba
muestras de un ingenio no demasiado habitual y sus muebles no se quedaban
en la epidermis para replantear su propio funcionamiento.
Eran tiempos en los que parecía que todo valía, incluso
hacer mesas con chinchetas. Así, esta mesa Chincheta (1988) de
Òscar y Sergi Devesa parecían una broma, pero entonces descubrimos
a Olderburg (con su caja de cerillas en la Vall d'Hebron) y supimos que
quizás no fuese tan frívolo eso de cambiar la escala de
los objetos.
Fue entonces cuando alguien me regalo la lámpara Aladina (1988),
de Gabriel Teixidó. Era la primera vez que alguien había
conseguido actualizar el flexo con una cierta dignidad, especialmente
la versión con bombilla de incandescencia. Porque no olvidemos
que los ochenta también fueron el inicio de la locura por las lámparas
halógenas que, a pesar de resultar efectivas en algunos casos concretos,
acostumbran a ser más caras, menos prácticas y con menos
prestaciones que las bombillas de siempre. Basta con mirar algunas de
las tiendas de la época, especialmente en el Boulevard Rosa, donde
las dependientes a menudo tenían que salir al pasillo para huir
del calor excesivo de las halógenas de la tienda.
Barcelona ya estaba en plena preparación de los Juegos Olímpicos,
sin duda, un punto de inflexión en nuestra historia. La gran repercusión
que tuvo la ciudad en el exterior, y que todavía hoy perdura, contrasta
con un panorama de retroceso del diseño que, a partir de 1992,
y con una crisis no abierta pero sí sintomática, nos ha
dejado un territorio con grandes lagunas. Pero no adelantemos acontecimientos,
sigamos con esta breve historia de los objetos.
Òscar Tusquets volvió a escena con un mueble, el diván
Ali-babà (1989), que generó bastante polémica y una
discusión que, ahora, vista desde la distancia, se nos revela estéril.
Algunos dijeron que era una versión de un mueble del siglo XVII
o XVIII, ¡como si eso fuera un gran problema! Como si los diseñadores
no estuviesen volviendo una y otra vez a las imágenes del pasado.
En cualquier caso, este sofá-alfombra proponía una nueva
manera de habitar la sala de estar, haciendo además un giro estilístico
al dar forma a una alfombra. Tusquets volvió a acertar.
Ese mismo año aparece un material nuevo, el maderón, hecho
de cáscaras de almendras y resinas, que admite ser inyectado como
si fuese plástico, pero tiene un resultado similar al de la madera.
Sus posibilidades nos asombraron en la silla Rothko (1989), de Alberto
Liebore.
En 1981, y formando parte de una de las iniciativas que más activaron
el sector, la Casa Barcelona, nos encontramos con un nuevo objeto, un
espejo multifocal, una especie de calidoscopio doméstico que revisa
con acierto un tipo de muebles estancados durante años en el espejo
Mirallmal, de Eduard Samsó (arquitecto e interiorista conocido
por el diseño de locales comerciales).
Los Delta premiaron un aparato extraño, pero que nos alegró
la vista: el colgador Ona (1992), de Montse Padrós y Carles Riart,
que reforzó la idea de que era posible repensar aparatos domésticos
que parecían inamovibles.
Hybrid Flowerpot, de Víctor Juan Arrufat;Emilianas, de Ana
Mir y Emili Padrós y frutero Valenciana, de Nathalie Danton.
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DEMASIADA AUTOCOMPLACENCIA
Después, como decíamos, los Juegos Olímpicos llenaron
la ciudad de nuevos barrios, de televisiones y de turistas. Una vez pasados
aquellos memorables días de verano, la ciudad se quedó embobada
consigo misma. Estábamos satisfechos de lo que habíamos
hecho, habíamos cautivado al mundo entero, pero esta autocomplacencia
duró demasiado. Las instituciones no apoyaron el diseño
que tanta buena imagen había dado a la ciudad y las empresas tan
sólo querían rentabilizar las ventas. Los productores tan
sólo apuestan por los diseñadores de reconocido prestigio,
aquellos que diez años antes habían sido los enfants terribles,
y por los profesionales de siempre. Así pues, durante los años
noventa, nos encontramos una y otra vez con los mismos nombres de entonces.
Eso originó un fenómeno de "desindustrialización"
de los diseñadores. Si las empresas no confían en ellos,
tendrán que buscar nuevos soportes, tendrán que buscar,
como dice Enric Ruiz Geli con respecto a la arquitectura -que sufre un
fenómeno similar-, nuevos solares para edificar sus ideas.
Este hecho -sumado a una cierta saturación de los propios diseñadores,
a formatos de muebles que ya no se ajustan a las necesidades del hogar
contemporáneo en el que el nomadismo, la sostenibilidad, la economía
de subsistencia, la falta de espacio, el reciclaje lúdico, etc.,
son tan importantes o más que la estética y el confort-
ha hecho crecer un nuevo tipo de diseñador, más abierto,
más multidisciplinar, más alejado del circuito comercial.
Ésta es la razón de que aparezcan pocos muebles novedosos
que, evidentemente son correctos, pero no sorprendentes.
A pesar de todo, Javier Mariscal seguía dibujando una realidad
a la medida de sus cómics con la serie de sofás Amorosos
(1995-1997) para la prestigiosa empresa Moroso. Joan Gaspar y Cristian
Diez crean una nueva tipología de lámparas con el sistema
Sac (1999), a medio camino entre la lámpara de techo, la de pie
y el aplique de pared.
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Butaca-cama Eh hop!, de Nathalie Danton,
Hair Disguiser, conjunto de baldosasde baño y posavasos, de
Ana Mir.
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En 2001, Alberto Liebore realiza uno de los bancos más hermosos
y más emocionantes de los últimos años. El banco
Areo es, además de una exhibición técnica, un regalo
para la vista.
Niall O'flynn, barcelonés de adopción, es un ejemplo de
lo que decimos: a falta de empresa que apueste por sus proyectos, crea
su propia productora y nos sorprende con la silla Rascal (1997), realizada
a base de los conocidos quitabarros de las entradas de las casas.
De esta misma generación es uno de los personajes que más
territorios nuevos ha explorado; de la comida al juego, de la reflexión
sobre las marcas a los zapatos. Es posible que Martí Guixé
sea la punta de lanza de una serie de diseñadores que, tal como
decíamos, tienen que apostar por alejarse de las productoras y
tiendas de mobiliario y objetos domésticos y acercarse al mundo
de las galerías de arte.
Uno de sus pocos objetos "ortodoxos" es la silla H2O (1999),
realizada por una galería-productora de Barcelona que ha destacado
por su apuesta de vanguardia. Pero, de hecho, son igual de importantes,
si no más, sus acciones o instalaciones que, a veces, se convierten
en pequeños gadgets, muy abiertos, que pueden ser acabados de construir
por el usuario, como en la cinta adhesiva Autoband (1999).
En esta misma línea, Emili Padrós y Ana Mir han creado un
estudio de donde han salido proyectos como unos azulejos de baño
con pelos, el interior de un avión o el acto de entrega de unos
premios. Su alfombra Flying Carpet (2002) es un ejemplo de cómo,
a través de un sector satélite del sector mobiliario -en
este caso la productora de alfombras Nani Marquina-, se puede llegar a
construir un objeto doméstico proponiendo una nueva manera de estar
en el salón.
Martín Ruiz de Azúa, coetáneo del tándem Mir-Padrós,
ha creado un mundo objetual personal y sutil que, en parte, se fundamenta
en la especulación y el arte. Quizás su pieza más
conocida, la Casa Básica (1999), también sea la más
virtual. Como el resto de sus compañeros de trabajo, con frecuencia
es más reconocido fuera de nuestras fronteras. Tan sólo
se han producido algunos de sus objetos, y uno de ellos es el botijo Rebotijo
(1999), que ha contado con un cierto éxito porque ha supuesto la
revisión de ese ancestral contenedor.
Víctor Juan, con su lámpara-bolsa, producida por Vinçon
y ampliamente difundida; Curro Claret y un servidor, Òscar Guayabero,
completamos un grupo abierto y heterodoxo. Ahora es difícil hablar
de objetos, ya que, como decimos, la mayoría no están producidos
y, por eso, hemos de hablar de nombres propios. Nuestras propuestas suelen
llenar las revistas y las programaciones de acontecimientos como la Primavera
del Diseño, pero no nuestras tiendas.
Pero hay otros que, por fortuna, se están incorporando al panorama:
Eugeni Quitllet, con su vinagrera Oli-bri (1999), que ahora colabora con
el estudio de Phillip Stark; Jordi Llopis, con su lámpara Life
Light (1999); Nathalie Danton, francesa afincada en Barcelona que trabaja
para la empresa Equipage; Ernest Parera y su estudio D-forma, con sus
zapatillas Slepper (2000); un colectivo multidisciplinar que ha creado
la marca Dmano, que produce y distribuye bolsas hechas a partir de las
lonas de las banderolas que cuelgan de las farolas; Elies Bonet y su estudio
multidisciplinar La creativa, y muchos otros que van llegando poco a poco.
El reto al que nos enfrentamos ahora es conseguir que las empresas apuesten
por estas nuevas generaciones para asegurar el futuro del mobiliario de
nuestro país y para adaptarnos a las nuevas necesidades que el
mercado tiene y tendrá.
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