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Al otro lado de la mesa, se sienta Martín Ruiz de Azúa,
un diseñador de Vitoria, barcelonés de adopción,
que ha creado un mundo objetual personal y sutil, con la especulación
y el arte como parte de sus fundamentos. Seguramente su pieza más
conocida, la Casa Básica (1999), es a la vez la más virtual;
un pequeño experimento en torno al concepto hábitat. Tan
sólo se han producido algunos de sus objetos; uno de ellos, el
botijo Rebotijo (1999), ha tenido un cierto éxito comercial por
revisitar este ancestral contenedor.
Así pues, éste es el resumen de lo que allí se dijo.
Òscar Guayabero (OG): Os dejo como centro de mesa la conocida
pregunta: ¿qué es el diseño?
André Ricard (AR): La pregunta es compleja, pero es cierto que
sigue siendo esencial.
Martín Ruiz de Azúa (MR): Es de aquellas preguntas en las
que se te hunde la mano cuando intentas sacar el agua clara.
OG: Bien, si la palabra diseño es compleja, quizás podríamos
comenzar por los adjetivos: industrial, de producto, objetual.
AR: Los diseñadores de objetos nos hemos apropiado del término
industrial cuando en realidad tan industrial es un libro impreso como
una lámpara. Y producto también es ambiguo, ya que un libro
también es un producto.
OG: Eso es cierto. No hace mucho un diseñador gráfico
nos contaba que si se reuniese toda la actividad económica que
rodea a la gráfica -papeles, impresores, editores, webs, etc.-,
su aportación al producto interior bruto superaría con mucho
a la correspondiente a lo que denominamos diseño industrial.
AR: De lo que me he ido dando cuenta con los años es de que la
mentalidad de un diseñador gráfico y la de un diseñador
industrial es casi la misma, lo que varía es sólo el soporte.
MR: Yo estudié Bellas Artes y, allí, el diseño se
estudia sin disciplinas, con mucha teoría. Por tanto, para nosotros,
el diseño era un criterio que después se aplicaba a lo que
fuese necesario.
AR: En el Art Center de Suiza, donde yo he impartido clases, los alumnos
también tienen que realizar unos cursos comunes, y sólo
cuando se acercan al final de la carrera deciden en qué se quieren
especializar.
MR: Yo nunca llegué a escoger. Creo que he llegado a hacer objetos
más por amistad y por azar.
OG: ¿Quizás sea que el diseño es más el proceso
y no tanto el resultado?
AR: Aunque apenas estamos empezando, diría, para intentar lanzar
una definición, que el diseño es básicamente dos
cosas. En primer lugar, la vía que ha tenido el ser humano desde
sus comienzos para superar sus importantes carencias frente a la naturaleza.
Es evidente que nuestras condiciones físicas no nos habrían
permitido sobrevivir sin "prótesis", objetos que nos
ayudan a cortar, hacer fuego o resguardarnos. Y en segundo lugar, es una
forma de entender la vida. Los que somos diseñadores aplicamos
el diseño a todo lo que hacemos, porque es una forma racional y
a la vez imaginativa de buscar soluciones a lo que nos sucede. Puede ser
necesidad de objetos, de un entorno, de una forma de vestir.
MR: Es una definición muy abierta, pero, no obstante, me parece
acertada. El diseño es una especie de armonía que te rodea.
Se puede identificar en aquellas personas que proyectan parte de su personalidad
en lo que les rodea, es selectivo.
OG:
Desde esta perspectiva, el usuario, el consumidor, también diseña.
En el momento en que escoge el mobiliario de su casa la está diseñando.
AR: Ser diseñador también es saber escoger, no sólo
es crear.
MR: Lo que también es cierto es que a veces existe una excesiva
preocupación por el diseño que provoca situaciones cómicas
o exageradas.
AR: Lo que ha pasado es que la palabra se ha utilizado a menudo muy mal.
Hay una anécdota de uno de mis colaboradores que, un día,
al volver de la peluquería nos contó que, al ir a colgar
el abrigo, el barbero le había dicho: "No, en ese no, que
es de diseño".
MR: Ésta es la lectura del diseño como objetos artificiosos,
innecesarios, frívolos.
OG: ¿Qué grado de responsabilidad han tenido en
ello los años ochenta y aquel aparente 'boom' del diseño?
AR: Es evidente. De cara al público nos costará deshacernos
de esta imagen frívola.
OG: ¿Y qué grado de responsabilidad tienen los medios
de comunicación y los políticos? Porque, si bien en aquel
momento se "infló" el diseño realizado en Barcelona,
desde entonces se han hecho frecuentes lecturas muy negativas del concepto
diseño. Si recordáis, en las pasadas elecciones autonómicas
un candidato acusó a otro de ser "de diseño".
Entonces algunos diseñadores redactaron una carta para hacerle
ver que, aun sin pretenderlo, había declarado que el otro candidato
era racional, adecuado para solucionar los problemas, mesurado, ajustado
a nuestras necesidades, etc.
MR: Sí, es interesante el uso de la palabra compuesta "dediseño"
para denotar la importancia excesiva que se da a los aspectos simplemente
formales. En este momento, algunos estamos muy preocupados por repensar
el entorno, pero a partir de los contenidos, no de las formas. Se puede
considerar incluso que algunos de nuestros objetos son feos o que niegan
el interés formal.
AR: Si ha existido un movimiento que ha perjudicado al diseño,
ese ha sido Memphis (1). Sin duda tuvo su parte buena, porque trajo un
poco de aire fresco al panorama rígido del racionalismo. Pero,
por otra parte, dio a entender que el diseño eran unos tics: hacer
una silla con las patas torcidas, utilizar el escay o la fórmica
de colores, es decir, disfrazar los objetos habituales al gusto de la
moda, y no estudiar los problemas que pueden plantear. Y esto todavía
dura.
MR: Pero Memphis tampoco fue una novedad absoluta. Ha habido épocas
anteriores en las que el exceso había sido un valor, como la época
aerodinámica de los años cincuenta en Estados Unidos. Yo
soy bastante respetuoso con estas cosas: las sitúo en el ámbito
del discurso de los diseñadores y creo que generan ciertas polémicas
que son saludables. Las cosas se repiensan cada cierto tiempo: pasa algo
que provoca un conflicto y eso genera una dialéctica.
AR: Lo que más me preocupó de Memphis es que se trataba
más de una operación comercial que de un movimiento cultural.
MR: Lo único que mucha gente probó de Memphis fue sus colores.
Los muebles eran excesivamente caros y sólo podíamos verlos
en las galerías, pero los colores invadieron nuestro entorno.
OG: ¿No creéis que el problema es la lectura que
se hizo del movimiento? Porque estamos hartos de ver objetos que también
toman el racionalismo o el funcionalismo como tics. Parece que las cosas
que son de formas puras, cromadas, con juntas pulidas y sin ornamentación
son racionalistas, cuando, a menudo, no son más que gadgets anecdóticos.
AR: Eso es verdad, y entonces es cuando aparece una palabra que
debería sustituir al diseño: estilismo.
MR: Muchas veces se pide al diseñador lo que en francés
se denomina "una escritura reconocible", se le piden unos tics
comunes que reflejen quién es el autor de la obra, con lo que volvemos
a encontrarnos con la sacralización de la forma.
OG:
Cambiando un poco de términos, ¿qué papel creéis
que debe tener el diseñador en el eje industria-diseño-comercio-usuario?
MR: Parece que el diseñador tiene en la actualidad una posición
muy sometida a los intereses de la industria cuando, históricamente,
había tenido una posición de mayor responsabilidad con el
usuario, a veces ingenuamente, desde la idea de que, aunque el diseño
no pudiera arreglar el mundo, al menos podía mejorarlo. En este
momento, la industria ha ganado terreno y parece que al diseñador
sólo le queda el "ropaje" o la apariencia de los objetos,
pero no su propio planteamiento. El diseñador también está
para plantear preguntas y no sólo para dar respuestas.
AR: Creo que se tiene que replantear todo, pero no sólo para borrar
el pasado, sino, con frecuencia, para recuperarlo, porque quizás
sea eso lo que se ha perdido. Por ejemplo, hacer una silla con tres patas
es un error, y el pasado te lo confirma, ya que, de algún modo,
es como pretender reinventar la rueda porque ya está muy vista.
Lo cierto es que la industria ha impuesto muchos planteamientos, se ha
interpuesto entre el diseñador y el usuario. Si nos remontamos
a la artesanía, vemos que el artesano conocía de primera
mano las necesidades de sus clientes y, por tanto, podía darles
una respuesta adecuada.
MR: El control de la industria no sólo domina al diseñador,
sino sobre todo al mercado. El usuario no puede saber que necesita algo
si no lo conoce. Y eso es lo que impide el marketing: la aparición
en escena de nuevas propuestas que no sean contrastadamente rentables,
es decir, que no existan ya.
OG:
Probablemente éste sea uno de los motivos del actual divorcio entre
una parte de los diseñadores y la industria; aparte, claro está,
de que estas empresas o productoras siguen apostando tan sólo por
los diseñadores reconocidos para asegurar las ventas.
AR: Esto es realmente cierto y es un hecho preocupante. No se dan cuenta
de que el futuro del diseño depende precisamente de incorporar
al mercado jóvenes con ideas jóvenes. El discurso industrial
suele ser: "No tienen nombre, no me interesan".
OG: Pero cuando comenzaron los diseñadores de la generación
de la que hablábamos, la de los años ochenta, tampoco eran
conocidos. ¿Cuál fue el mecanismo -que ahora no tiene lugar-
que propició que las empresas apostasen por ellos?
MR: Creo que son momentos en que confluyen diferentes factores que facilitan
la renovación. Ahora se adjudica a los diseñadores el papel
de ser el espectáculo del diseño. Cuando visitamos las ferias
del mueble de Milán o de Valencia, solemos ver con frecuencia propuestas
innovadoras cuyo único objetivo es precisamente mostrarse en estos
entornos de exhibición y no el salir al mercado, con lo que se
da la impresión de estar en continua renovación, cuando
eso no es verdad.
AR: Muchas empresas dan esta imagen de modernidad cuando siguen vendiendo
los muebles de siempre.
MR: Si tomamos a Italia como espejo, en el que nos queremos reflejar con
frecuencia, vemos que ha creado un sistema de beneficio recíproco.
Las empresas dan notoriedad al diseñador y éste participa
del espectáculo, ofreciendo objetos "mediáticos",
es decir, innovadores, vistosos, excesivos, etc. Quizás habría
que hacer lo mismo aquí.
AR: Estoy de acuerdo, pero, de todos modos, el espectáculo del
diseño me da miedo, quizás porque mis objetos siempre han
sido humildes: un cenicero o una botella de leche no son demasiado espectaculares.
No creo que tengamos que entrar en esta dinámica de acontecimiento
mediático, que concede excesiva importancia a los nombres propios
al margen de la calidad.
OG: Hace algunos años Òscar Tusquets dijo que,
al intentar definir el diseño catalán, concluyó que
eran objetos de una relativa belleza, con acabados elaborados, pero bastante
vacíos de contenido, "grises". Esta visión contrasta
con la imagen de creatividad que damos al exterior.
MR: Sí, y hay que diferenciar la creatividad del exceso. De hecho,
la contención es un rasgo muy catalán, y una virtud. Pero
dentro de esta austeridad hay que dar respuestas a nuevas necesidades.
AR: En este sentido, la industria también tiene una responsabilidad.
Nunca ha intentado dar difusión a la calidad de los objetos sino
a su apariencia, a su "estar de moda", a las tendencias. La
comunicación ha frivolizado incluso los objetos bien diseñados.
Un ejemplo: hace muchos años diseñé una botella de
gel de baño. Me planteé que el tapón fuera fácil
de coger y de un color vivo por si se caía en la bañera,
que se pudiera poner del revés para aprovechar hasta la última
gota de gel, etc. La publicidad fue una señora en una bañera
en los Mares del Sur y un mensaje de exotismo erótico, sin hacer
referencia alguna a las ventajas del nuevo envase.
MR: Se tendría que hacer un esfuerzo por explicar los valores del
diseño, tanto funcionales como culturales.
Tres
obras conocidas y características de André Ricard: la
Antorcha Olímpica de los Juegos de Barcelona, el cenicero Copenhagen
y el frasco de colonia Quorum. |
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Ruiz de Azúa con la camiseta con el símbolo Equal, una
propuesta de sustitución del símbolo de la Cruz Roja:
la justicia en lugar de la ayuda humanitaria. |
OG: Personalmente, ahora que por diferentes motivos he tenido
que repasar nuestra historia de los objetos, me he encontrado más
cerca de planteamientos de los años sesenta y principios de los
setenta que de producciones más recientes. Quizás por lo
que decíamos de la conciencia que existía de la necesidad
de replantear los objetos en su concepción y no sólo en
su forma.
AR: Creo que las innovaciones de aquel momento serán las que más
durarán.
MR: Porque en aquel momento los diseñadores se ocuparon de problemas
no resueltos. Ahora el diseñador se ocupa de cosas que ya no son
problemas o, al menos, no son los problemas del usuario.
AR: Todo lo que ya está resuelto puede ser mejorado, el problema
surge cuando caemos en la reiteración. Después de haber
visto los innumerables catálogos de sillas, exclamas: "¡Por
favor, basta de sillas!"
OG: Quizás el usuario no necesite más sillas, pero
la industria sí; con lo que volvemos al problema del marketing
y del consumo. Quizás sí que se necesitan sillas, pero para
usos diferentes a los existentes.
AR: La silla plegable, por ejemplo, no está bien resuelta. Existe
una situación corriente: en una casa suele haber como mucho seis
sillas fijas, pero, de vez en cuando, hay doce invitados, y es evidente
que se necesita un elemento que resuelva eficazmente esta situación
sin que sea un estorbo durante el resto del tiempo, y eso no encuentra
respuesta en la infinidad de sillas del mercado.
MR: Siempre ves segundas versiones de las cosas. La industria se alimenta
de la visión de los comerciales.
OG: No hace mucho, el antropólogo Manuel Delgado comentaba
que en una reunión de vecinos de Poblenou se manifestaba el temor
a que el 22@ se convirtiese en un barrio "dediseño".
Y añadía que hay una saturación de diseño,
cuando la realidad es que hay multitud de ámbitos de la vida doméstica
que no han incorporado soluciones "de proyecto" -para huir del
término diseño- que les den una respuesta efectiva. ¿En
qué momento nos encontramos ahora? ¿Se tiene que volver
al tópico de que el diseño está en crisis?
MR: Ahora también hay una situación muy abierta para el
diseño y para el diseñador. Se está replanteando
el papel del diseño y hacia dónde tiene que apuntar. Se
buscan nuevos referentes, en el pasado o en otras culturas que en apariencia
están menos desarrolladas, pero que tienen una relación
más satisfactoria que la nuestra con su entorno. El diseño
se está abriendo a la multidisciplinariedad y a la colaboración.
AR: No entiendo que se hable de crisis del diseño, ya que si consideramos
adecuada la idea de que el diseño es la habilidad para superar
las carencias del ser humano y mejorar su entorno, no puede haber crisis,
puesto que eso significaría que todo está resuelto ya. Lo
que está en crisis es el modelo empresarial, pero no la disciplina.
MR: Es posible que la crisis sea buena, ya que de las crisis surgen nuevas
respuestas. Quizás lo que cabría preguntarse es a quién
debe servir el diseño.
OG:
Pero es evidente que ahora, cuando mucha gente llena su casa con muebles
de Ikea, y sin entrar a valorar sistemas de producción sospechosos
de falta de sensibilidad ecológica, laboral, etc., algo ha cambiado.
¿Cómo creéis que afecta esta nueva situación
a la lectura que se hace del diseño?
AR: Yo viví el nacimiento de Ikea hace unos años en Suiza,
y de lo primero que me di cuenta fue de que la empresa, el sistema, era
en sí un magnífico diseño. Parecía que estaba
todo hecho: existían tiendas de muebles, de lámparas y de
baños, pero, de pronto, era posible visualizar las casas completas.
Aparte de eso, ha promovido una cierta participación del usuario.
MR: La sensación de "hágalo usted mismo" se expresa
desde la tienda hasta los productos.
AR: El esfuerzo por explicar el montaje de los muebles es notable, con
pocos dibujos y apto para muchas culturas. Ikea ha hecho entrar en crisis
modelos más elitistas de tienda.
MR: Lo que da miedo son cosas como las que aparecían en una de
las primeras campañas de Ikea, en la que una pareja rompía
los platos durante una discusión porque eran baratos. Esta descalificación
de los objetos económicos me produce rechazo. Lo que sí
es verdad es que ha conseguido hacer entender que los muebles contemporáneos
también son para la gente corriente. Antes, las pocas tiendas que
existían y su propia disposición llevaban a pensar: "Bueno,
ya sé que eso no es para mí, seguro que es carísimo".
OG: Para alejarnos un momento del mobiliario, ¿no creéis
que el diseño "serio", el de los envases, por ejemplo,
al que antes se refería André, es prisionero del marketing?
Es decir, lo único que se le exige es que ocupe más espacio
en la línea del supermercado para que la marca se vea mejor y parezca
que hay más.
AR: Incluso así, se pueden hacer cosas; se tiene que tomar como
un condicionante de punto de partida para trabajar otros aspectos de ergonomía,
comunicación, etc.
MR: Eso es correcto. Es bueno que una botella de gel funcione bien, ya
que, a través de estos pequeños detalles, nuestra vida resulta
más fácil. Pero son problemas muy puntuales; hay que tomar
distancia y ver el conjunto para llegar a plantearse, por ejemplo, el
propio hecho de ducharse, de limpiar nuestro cuerpo.
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La Casa Bàsica
de Ruiz de Azúa, prototipo de casa inflable y reversible.Al
lado, la butaca Oslo, de Jordi Miralbell y Mariona Raventós
y la silla Schieratta, de Josep Lluscà. |
OG: Creo que es interesante esta visión del diseñador
que plantea preguntas y que no sólo da una apariencia diferente
a productos básicamente iguales. En el caso de los automóviles
es más evidente: todos tenemos el mismo coche con carrocerías
diferentes.
MR: El mercado ofrece una gama de opciones falsa. En realidad, puedes
escoger más de lo mismo y sólo varía lo que no es
sustancial, es decir, la forma.
AR: No hace mucho, en un congreso de ingenieros de coches planteé
precisamente esto. Lo primero que hay que plantear es si el coche es la
mejor solución y cómo debería ser para mejorar su
servicio en cada caso. Quizás sería necesario pensar en
otros sistemas más modulares, como los camiones, que con la misma
cabina pueden llevar diferentes remolques. Lo que es evidente es que el
formato actual es bastante limitado.
MR: Lo más grave es que en esta situación en la que el coche
te encadena a una eterna cola que no deja de ser un tren peor y más
caro, la estrategia de venta es precisamente lo contrario: el eterno mito
de que el coche te ofrece libertad. Es probable que, en este caso, los
diseñadores tengan que pensar sistemas, no objetos: desde empresas
de alquiler hasta coches eléctricos de uso común.
OG: Volviendo a la pregunta inicial. Si bien es verdad que el
diseño es un conjunto de prótesis que necesitamos y que,
por tanto, es prehistórico, también lo es que la disciplina
como tal se dibuja a la sombra de la revolución industrial. En
un momento en que este estatus industrial parece superado con la era de
la información y el crecimiento del sector terciario, ¿cómo
se resitúa el concepto de diseño?
AR: No nos engañemos; para nosotros, la era de la información
es un teclado y una pantalla, no demasiado bien resueltos, por cierto.
El resto sigue igual. Lo que sí ha cambiado es la forma en que
vivimos. Sería necesario entender que el modelo de vivienda no
cumple con nuestras expectativas y, en este punto, los arquitectos tienen
el mismo problema con el constructor que nosotros con los industriales.
MR: Yo, modestamente, he trabajo en esta línea. Me gusta mucho
empezar un proyecto con la pregunta: ¿qué pasaría
si...? Introducir un elemento de cambio. Son proyectos no realizables,
pero que plantean preguntas que nos ayudan a avanzar. Son artefactos culturales.
AR: Es interesante aportar elementos de reflexión. A pesar de todo,
las prótesis más básicas siguen sin estar resueltas:
los vasos, los cubiertos, las mesas, etc.
OG:
Y en todo este panorama, ¿cómo encaja, no ya el aspecto
funcional del objeto, ni tampoco su forma, sino lo que denominamos la
función simbólica, los aspectos narrativos y emotivos de
los objetos?
MR: Éste es uno de los aspectos que, a algunos de nosotros, nos
interesan más. Crear un cierto vínculo entre los objetos
y nosotros también es importante, porque nos hace ver nuestro entorno
con otros ojos.
AR: Estoy de acuerdo con toda esta línea de investigación.
El objeto único que pregonaba Le Corbusier siempre sufre de la
falta de empatía que despierta en muchas personas; por eso, cada
uno tiene que escoger cuáles son sus objetos. Así pues,
la diversidad es importante.
MR: Otro aspecto interesante es que intentamos crear objetos abiertos
que el usuario hace suyos y en los que participa. Eso no es posible en
todos los casos, pero sí en algunos.
AR: Sí, pero primero hay que educar al público, hacerle
entender que puede decidir cómo son los objetos que le rodean.
De todas formas, añadirle la carga simbólica es correcto
siempre que no vaya en detrimento de su función útil.
MR: Quizás lo que no comparto sea el concepto añadir; para
mí es tan útil su funcionalidad como su narrativa. Lo que
hay que ver es que la función es múltiple. Por lo tanto,
actuar sobre lo simbólico no es en absoluto epidérmico.
Objetos que se pueden considerar desequilibrados en su planteamiento,
por priorizar un aspecto frente a otros, han producido una inflexión
y un replanteamiento y, sólo por esta razón, ya son útiles.
OG: Quizás no se trate tanto de cumplir estrictamente
la función útil, que puede haberse resuelto ya antes, sino
de replantearse la propia función. Por ejemplo, en el mercado ya
tenemos bastantes sillas cómodas, pero ¿hay otra forma de
sentarse?
MR: Exacto. A mí, por ejemplo, me interesan los objetos como detonantes
de comportamientos y encuentros. Son experimentos, pero que trabajan en
hipótesis de nuevos comportamientos.
AR: Estoy de acuerdo, si son experimentación, pero entonces que
no se pongan a la venta.
MR: O quizás sí, porque modifican estos comportamientos;
seguramente tendrán una vida breve, pero abren caminos. Ahora bien,
estoy de acuerdo en que los factores culturales son determinantes y, como
decías antes, tiene que realizarse una educación en este
sentido.
AR: Lo que pasa es que si los objetos están bien resueltos, con
pocas cosas tienes todo lo necesario para la vida diaria, y estos objetos
imprescindibles son precisamente los que más me interesan. Por
ejemplo, el elemento bol, en cuanto utensilio para comer, es multifuncional
y, por lo tanto, me interesa.
MR: Cierto. Pero tan cotidiano es su uso como el vínculo que estableces
con estos objetos. Incluso cuando no los utilizas crean un determinado
paisaje que te acompaña.
OG: Volviendo a cambiar de tema, y ya para ir acabando, ¿creéis
que los diseñadores están para aportar soluciones, abaratar
los procesos de producción, etc.?
AR: El diseñador tiene que promover ideas, tiene que proponer nuevos
caminos al industrial, pero la resolución técnica no siempre
tiene que venir por el diseño. La tecnología que resuelva
las preguntas planteadas ha de venir después.
MR: Es interesante que pienses eso, porque a veces se tiene la idea de
que los diseñadores "funcionales" son una mezcla de ingenieros
e inventores, cuando en realidad su trabajo consiste en estudiar al usuario.
AR: Es que nuestro cliente no es el industrial, sino el usuario.
Y así concluye una conversación que se extendió
bastante más de lo expuesto en estas líneas, pero que se
podría resumir en las dos afirmaciones de André Ricard,
que tanto Martín Ruiz de Azúa como yo mismo suscribimos
de inmediato:
El diseño son básicamente dos cosas. Primero, la vía
que ha tenido el ser humano para superar sus importantes carencias frente
a la naturaleza y, en segundo lugar, una forma de entender la vida.
1. Movimiento del diseño italiano
de principipos de los 80 que se oponía a la sobriedad y la austeridad
que instauró la bauhaus y pregonaba la diversión y e l exceso
como revulsivo creativo. En nuestro pais, su representante más
conocido ha sido Javier Mariscal.
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