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Manuel Llanas
Profesor de la Universidad de Vic
Como en todas las ciudades europeas en las que la nueva invención de la imprenta llega por importación, Barcelona se llena, en el último tercio del siglo XV, de impresores alemanes. De alemanes y de forasteros en general, hasta el punto de que en aquella centuria sólo está documentada la existencia de cuatro impresores catalanes (Pere Posa, Pere Miquel, Gabriel Pou y Bartomeu Labarola), todos ellos establecidos en la capital catalana. Posiblemente ninguna edición ilustre mejor este fenómeno que la segunda de Tirant lo Blanc, estampada en Barcelona en 1497. En ella participan, en calidad de editores, un francés (Carmini Ferrer) y dos catalanes (Joan Trinxer y Pere Duran); como impresor, un castellano (Diego Gumiel), y como cajistas, otro castellano (Sebastián de Escocia) y un italiano (Mateo Bonet). Curiosamente, en esta relación no aparecen alemanes, abrumadoramente mayoritarios. De hecho, los impresores alemanes encontraron en Barcelona (y, en general, en la Corona de Aragón) colonias de compatriotas mercaderes, cuya existencia aparece documentada desde mediados del siglo XIV. Prueba de esta residencia continuada es que los miembros de la cofradía de Santa Bárbara de los Alemanes tenían una tumba en una capilla del monasterio barcelonés de Santa Caterina. Resulta más que probable que estos mercaderes, en contacto permanente con su país de procedencia, hicieran de intermediarios para facilitar la llegada de los impresores germánicos a nuestras tierras, en las que existía necesidad de textos impresos, ya fuera para una universidad o una catedral, etc.

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  La edición barcelonesa: apuntes históricos
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No obstante, a diferencia de aquellos mercaderes, que raramente adquirían la carta de ciudadanía, los impresores recién llegados, con más oficio que beneficio, y aunque los documentos los califiquen siempre de alemanes o germanica nationis, se integraron de lleno en la ciudad y en el país. Por una parte, estaban los que llegaron de jóvenes y probablemente solteros, algunos de los cuales se casaron aquí, como, por ejemplo, Joan Rosenbach (que se casó tres veces, la segunda y la tercera con viudas barcelonesas) o Nicolau Spindeler. Por otra parte, abundaban los que murieron aquí, como Luschner, Spindeler o Rosenbach.

Por razones económicas, demográficas y culturales, Barcelona ostenta desde la época incunable una hegemonía indiscutible en el ámbito de la edición catalana. Además, en esta ciudad es donde se publicó el primer libro impreso en Cataluña, aunque no existe unanimidad con respecto al título y a la fecha. Los tratadistas más solventes otorgan esta primacía a una Ethica. Política. Oeconomica, de Aristóteles, probablemente impresa en la capital del Principado en 1473 por una sociedad formada por tres impresores alemanes: Enric Botel, Jordi von Holtz y Joan Plank. Los también alemanes, Joan de Salzburg y Pau de Constança (también conocido como Pau Hurus) imprimieron una edición de los Rudimenta grammaticae, de Niccolò Perotti, fechada en 1475 en el colofón. Se trata del primer libro con fecha aparecido en Barcelona, un volumen de génesis curiosa. El texto impreso que les sirvió de original se encontró en una playa barcelonesa y formaba parte de la carga de una nave pirata capturada. El primer libro en catalán y fechado que se imprimió en Barcelona y en Cataluña es una traducción, el Regiment de prínceps, de Egidio Colonna, que sale del obrador de Nicolau Spindeler en 1480 (y lo reedita Joan Luschner, también en Barcelona, en 1498). Digna de ser destacada es otra edición barcelonesa, la de la Suma de l'art d'aritmètica, de Francesc de Santcliment, impresa por Pere Posa en 1482, que constituye el primer tratado sobre esta materia aparecido en la Península ibérica.


 

"El primer libro en catalán y fechado que se imprimió en Barcelona y en Cataluña es una traducción, el 'Regiment de prínceps', de Egidio Colonna, que sale del obrador de Nicolau Spindeler en 1480 (y lo reedita Joan Luschner, también en Barcelona, en 1498)".

















El primer libro de cocina impreso en el mundo se publica en catalán en 1520, en la imprenta de Carles Amorós.

 



Los libreros, primeros editores

Tradicionalmente, los libreros vendían pergaminos, papel, plumas y otros útiles de escritura y libros en blanco. Hacían también de encuadernadores, sobre todo de los volúmenes de hojas en blanco, y tan propia les era esta actividad que los aspirantes a ingresar en el gremio que los agrupaba tenían que hacer gala de su habilidad en este arte -esta tradición todavía sigue viva hoy: se suele confiar a los libreros, y no directamente a los profesionales, los libros para encuadernar. Éstas eran -y lo han seguido siendo- las bases del negocio, que se completaba con la venta de algunos libros manuscritos. No obstante, la aparición de la imprenta amplió de forma considerable el abanico de posibilidades. A partir de ese momento, por ejemplo, una de las principales actividades de los libreros era la comercialización de libros latinos foráneos, de derecho, medicina, clásicos y teología, algunos de los cuales también eran los más solicitados por el sector universitario y eclesiástico. Esto les obligaba a desplazarse hacia el norte, en donde se encontraban las empresas impresoras más fuertes, o a mantener con ellas estrechos contactos.

Si bien es verdad que los impresores de los siglos XV y XVI son extranjeros, el negocio de librería y edición solía encontrarse en manos de naturales del país. Seguramente no sea necesario buscar otras razones para este fenómeno que las derivadas de la larga tradición de la librería autóctona, que cuando surge la imprenta incorpora otro tipo de libro, se adapta a un comercio más intenso y diversifica las inversiones. De hecho, la vida de la imprenta, aparecida y difundida en los inicios del capitalismo, es inseparable de los beneficios que algunos negociantes o mercaderes esperaban obtener de la misma invirtiendo su dinero. Y eso fue así desde el principio, desde que el acaudalado mercader Johann Fust se asoció primero con Gutenberg y, más tarde, en posesión de material de Gutenberg por deudas no totalmente zanjadas, con otro tipógrafo, Peter Schöffer. Así pues, en todas partes, era habitual que el negocio de impresor contara con dos protagonistas principales, el técnico en el arte de imprimir y el socio capitalista, porque raramente el primero disponía del dinero suficiente para comprar material tipográfico y papel y para pagar a los operarios antes de comenzar a recuperar la inversión realizada mediante la venta de los libros.

En este contexto, los editores surgen de ámbitos diversos, desde menestrales hasta profesionales liberales: se trata de comerciantes, juristas, orfebres, boticarios, canónigos, notarios y, en especial, libreros, sobre los cuales recaía el peso decisivo de la edición. Sus nombres aparecen tanto en los contratos de edición como en los colofones de los libros. Así, aunque es probable que el primer editor catalán fuera Joan Ramon Corró, el cual, en 1480, contrató con el impresor Spindeler una edición barcelonesa no conservada de Aristóteles, el primer editor documentado aparece en el colofón del primer libro impreso en catalán en Cataluña, el Regiment de prínceps. Se trata de un volumen estampado en 1480 "a expensas del venerable Don Joan Sa Coma, vendedor de libros". Tanto Corró como Sa Coma eran, como sabemos, libreros y, también, judíos conversos perseguidos por la Inquisición. Librero, pero también editor e impresor, era Pere Miquel, que en un documento de 1489 contrató, con el impresor Joan Gherlinc, un volumen de Diürnals que no se ha conservado. Entre nuestros primeros editores también figuran mercaderes, en ocasiones autóctonos, como Mateu Vendrell, que pagó la edición gerundense de Lo pecador remut (1483) y la barcelonesa de la Visió delectable (1484), y a veces forasteros, como el italiano de Génova, Jeroni Nigro (o Negro, que en 1486 firmó un contrató con Joan Gherlinc) o el alemán Franz Ferber, a cuyas expensas se estampó, por ejemplo, otra edición de Regiment de prínceps en Barcelona en 1498. A pesar de las limitaciones inherentes a un mercado reducido, carente de grandes inversiones, la actividad editora y librera catalana debía de ser notable. Por supuesto, el consumo de libros era muy superior a la oferta de la producción local, porque, como queda consignado, muchas existencias de las librerías eran importadas.
De este modo se inauguró una tradición -la de los libreros desdoblados en editores y viceversa- que perduró entre nosotros hasta entrado el siglo XX. En rigor, hasta la consolidación de la revolución industrial fue habitual que las figuras del impresor, del librero y del editor se confundieran, porque muchos profesionales ejercían, simultánea o consecutivamente, los tres oficios.

 


"Las lenguas de nuestra edición sufrieron un espectacular cambio a lo largo del siglo XVI. El catalán predominó durante treinta años, de 1530 a 1560; el latín, de 1501 a 1529 y de 1561 a 1570, y el castellano, de 1571 a 1600".



A la derecha, emblema de la Cofradía de Libreros del siglo XVII. A la izquierda, "Recuerdos y bellezas de España", una de las obras más prestigiosas de la edición romántica hispana,
y un folleto publicitario de Montaner y Simón fechado en 1901.

            

"El panorama de la edición en el siglo XVIII se abría con la derrota catalana en la guerra de Sucesión, que supuso la implantación de la legislación castellana sobre el libro, de carácter muy restrictivo, y la concesión a la Universidad de Cervera del privilegio de imprimir los libros destinados a la enseñanza".

 



La edición en el Renacimiento

Aunque en la etapa incunable el predominio de los impresores alemanes era abrumador, en el siglo XVI la gran mayoría estaba constituida por franceses y provenzales (como Carles Amorós, Pere Montpezat o Claudi Bornat), algunos de los cuales fueron a Cataluña precisamente para aprender el oficio en los talleres de los impresores germánicos.

En el continente, la imprenta y la edición catalana y barcelonesa, al igual que la hispánica, seguían estando en la posición subalterna en que nacieron. Según el catálogo de Frederick J. Norton (que inventaría la producción impresa ibérica entre 1501 y 1520), a principios del siglo XVI existían treinta obradores tipográficos en el conjunto de la Península ibérica, mientras que sólo en Lyon existían sesenta (el doble) y en Venecia (la ciudad europea más activa en este ramo) había ciento cincuenta. Un segundo factor de este escaso relieve bibliográfico es que nuestras imprentas eran pequeñas y de negocio reducido. Lo que en su conjunto contribuye a explicar que la imprenta catalana y barcelonesa se dedicase casi en exclusiva al mercado interior, en lenguas vulgares: devocionarios, libros de oraciones y de piedad, bulas, obras litúrgicas, literatura, gramáticas, historias, cartillas de lectura y pliegos sueltos.

A pesar de ello, ni el número de libros publicados ni el ritmo de publicación desmerecen en absoluto en comparación con magnitudes europeas análogas. Siguiendo los cálculos de Norton, entre 1501 y 1520, en Barcelona aparecieron 153 títulos, que ofrecen una vistosa media de 7,6 por año. Y los ochocientos y pico que se publican a lo largo de la centuria permiten incluso obtener una media superior. No obstante, las noticias sobre los libros publicados (tipos, números, tiradas, etc.) sólo informan parcialmente sobre los libros leídos en realidad, ya que, como es natural, hay que contar también con los importados. Con la intención de tener una idea más exacta al respecto, el historiador Manuel Peña examinó, en tres archivos barceloneses, un total de 3.420 inventarios post mortem comprendidos entre el periodo 1473-1600. Unos inventarios de ciudadanos de diversa condición de los que 913 (un 26,7%) consignan libros. Se trata de un porcentaje elevado, que no tan sólo resiste la comparación con porcentajes análogos de otras ciudades europeas de notable prestigio cultural, sino que incluso las supera. El dato, relevante para profundizar en la vida cultural de la Barcelona del siglo XVI (y, por tanto, para poder juzgarla mejor), nos interesa ahora para esbozar un panorama del tipo de lecturas preferidas por los catalanes de entonces. La lista está encabezada, con mucha diferencia, por cuatro géneros religiosos, en el siguiente orden: libros de horas, textos bíblicos y sus comentarios, salterios y hagiografías. La sorpresa surge sobre todo en el momento de conocer los autores más presentes en los inventarios post mortem: los siete primeros lugares están ocupados por clásicos latinos, con Virgilio, Terencio y Cicerón en los primeros puestos, y en los dos siguientes, dos italianos, Petrarca y Dante. Tenemos que esperar hasta el décimo lugar para encontrar el primer escritor catalán, Francesc Eiximenis (exclusivamente por el Llibre dels àngels), y al decimocuarto para que aparezca el primero castellano, Antonio de Guevara (también sólo por una obra, Marco Aurelio).

Las lenguas de nuestra edición sufrieron un espectacular cambio a lo largo del siglo, como resulta evidente por unos porcentajes circunscritos a Barcelona. En la primera mitad de siglo fueron los siguientes: 46% en catalán, 40% en latín y 14% en castellano. Y en la segunda mitad, el castellano subió mucho, a costa del latín y, sobre todo, del catalán: 18% en catalán, 27% en latín y 55% en castellano. Podemos matizar un poco más estas hegemonías lingüísticas expresándolas por décadas. El catalán predominó durante treinta años, de 1530 a 1560; el latín, de 1501 a 1529 y de 1561 a 1570; y el castellano, de 1571 a 1600. Es probable que una parte de estas mudanzas en la lengua de edición se tengan que atribuir a razones mercantiles, cuyo detalle nos llevaría demasiado lejos.

La edición en el barroco
A lo largo del siglo XVII continuó la decadencia iniciada en la segunda mitad del XVI, en parte porque sobre el libro se proyectaron un montón de restricciones legales, censuras, costes y, por primera vez, impuestos (por ejemplo, los que gravaban la importación de papel), aplicados a causa de las dificultades financieras de un Estado empobrecido por las guerras. Aunque abundaban las tiradas entre 1.000 y 3.000 ejemplares, la modestia y la mediocridad tipográfica eran absolutas. En los grabados continuaba siendo mayoritaria la xilografía, sobre todo en los textos de ámbito más popular (aleluyas, gozos, romances y estampas). Precisamente en el ámbito xilográfico hay que destacar las figuras de dos grabadores relevantes establecidos en Barcelona: Llorenç Déu y Joan Jolis.

Más del 40% de la producción total de libros pertenecía al ámbito de la religión: obras de devoción y de piedad, sermones, especulaciones místicas, hagiografías, tratados teológicos o textos litúrgicos; seguía en proorción la literatura, y también hay que destacar las obras de filosofía política, destinadas a justificar las bases de la monarquía absoluta. En conjunto, las imprentas continuaban trabajando sólo para satisfacer la demanda del mercado interior. Las grandes ediciones, pulcramente impresas y encuadernadas, continuaban viniendo de fuera, en especial de Amberes, Lyon y Venecia. Abundaban especialmente los pliegos sueltos poéticos, asociados a la literatura de cordel, en general de escasa o nula calidad literaria y de gran consumo. Temáticamente ofrecían una gran variedad: relaciones de fiestas, propaganda religiosa, hagiografías, coplas amorosas, sermones morales, costumbrismo satírico, piezas humorísticas, etc. De hecho, a lo largo del siglo XVIII, Barcelona se convirtió en la capital hispánica de este género y, Antonio Lacavalleria, en uno de sus impresores-editores más notables.

Sin embargo, la novedad más estimulante de este siglo estuvo determinada por la aparición de formas embrionarias de prensa, las hojas de noticias que, con los nombres de "nuevas", "relaciones", "cartas", "gacetas", "descripciones" y algún otro, se centraban en episodios de la actualidad internacional y proliferaban mucho con motivo de las guerras de Cataluña contra Francia y Castilla y, concretamente, la guerra de los Segadores. Proliferaban tanto que su presencia hizo que la producción impresa del siglo XVII casi duplicase la del XVI. La colección Bonsoms, conservada en la Biblioteca de Catalunya, contiene muchas de estas hojas informativas. En este contexto, debemos a un barcelonés, el impresor Jaume Romeu, el primer semanario de la Península ibérica.

En el terreno lingüístico, la creciente castellanización de la producción impresa culta seguía imparable. El catalán quedaba cada vez más relegado a los géneros de consumo o utilitarios, los de venta segura y probablemente mayoritaria. Por contraste, las obras de prestigio cultural se vehiculaban en castellano o en latín, así como las literarias de más categoría. Las cifras aportadas por Jordi Torra son elocuentes: de un total de mil libros impresos en Barcelona en el siglo XVII, 672 estaban en castellano, 222 en latín y 112 en catalán. La imprenta y, en definitiva, la edición catalana se desvincularon, progresivamente, de la lengua del país.

Además, se trataba de una imprenta y una edición que, por primera vez en este siglo, empezaban a verse representadas por linajes familiares de una respetable continuidad. No es ése el caso de los Cormellas (padre, hijo y nieto, en activo entre 1591 y 1700), el de los Matevat (dos hermanos y las respectivas viudas, entre 1605 y 1687) o el de los Lacavalleria (padre e hijo, entre 1628 y 1700), familias presentes a lo largo de todo el siglo. Me refiero, sobre todo, a Joan Jolis (Torelló), quien, hacia 1676 y una vez instalado en Barcelona, fundó una imprenta, editorial y librería que, en 1828 adoptó el nombre de Herederos de la Viuda Pla y que funcionó como librería hasta 1983.

 



La imprenta barcelonesa del Quijote

Estamos en el capítulo LXII de la segunda parte de la novela. El protagonista, tras su llegada a Barcelona, en donde lo hospeda Antonio Moreno, acaba de presenciar el fantástico episodio de la cabeza parlante. En un momento determinado, a Don Quijote le apetece pasear a pie por la calle, sin prisas y, a ser posible, pasando desapercibido: "Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie, temiendo que si iba a caballo le habían de perseguir los mochachos, y, así, él y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a pasearse.

"Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: "Aquí se imprimen libros", de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en esta, enmendar en aquella, y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón [cada una de las secciones de la imprenta, centrada alrededor de una caja tipográfica] y preguntaba qué era aquello que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales; admirábase y pasaba adelante."

La crítica ha mantenido y mantiene que la descripción que aparece transcrita corresponde al obrador tipográfico de Sebastià Cormellas padre, natural de Alcalá de Henares, como Cervantes, y probablemente conocido por éste. El obrador, situado en el número 14 de la calle del Call, lo recuerda aún hoy en la fachada del edificio, con una leyenda explicativa y unos esgrafiados relativos a las artes del libro. Probablemente, el escritor frecuentó aquella imprenta durante su única estancia segura en Barcelona, en el verano de 1610.

La edición neoclásica e ilustrada
El panorama de la edición en el siglo XVIII se abría con la derrota catalana en la guerra de Sucesión, que, entre otras consecuencias, supuso la implantación de la legislación castellana sobre el libro, de carácter muy restrictivo, y la concesión a la Universidad de Cervera (creada en 1717) del privilegio de imprimir los libros destinados a la enseñanza. Un episodio de la actividad del librero, editor e impresor barcelonés, Carles Gibert, ilustra nítidamente las trabas legales que recaían sobre el mundo de la edición. En efecto, en 1788 Gibert, un profesional de acreditada trayectoria, solicitó al Consejo de Castilla el permiso para reimprimir obras agotadas de gran demanda que, si se traían de Madrid, se encarecían sensiblemente y que, por otra parte, podían venderse en América a precios muy competitivos. No sirvió de nada: el Consejo le denegó la solicitud ese mismo año.

Sin embargo, la única casa impresora y editora a gran escala activa en la Barcelona del siglo XVIII es la de los Piferrer, instalada en la Plaça de l'Àngel de 1702 a 1868, año en que cerró definitivamente sus puertas. La empresa comenzó con un negocio de librería, aunque enseguida se embarcó en la impresión (a partir de 1715, el día siguiente a la derrota). La prosperidad de la casa no se puede separar de los vínculos que mantuvo con el poder. Uno de los miembros de la familia, Tomàs Piferrer, por ejemplo, ostentó los títulos de impresor real y de impresor del Santo Oficio. La política editorial iba dirigida a cinco tipos de clientela: las instituciones políticas y administrativas, los organismos religiosos y educativos, los profesionales libres (sobre todo juristas), el lector de literatura de consumo (aleluyas, romances y gozos) y el profesional del libro (distribución y comercialización de libros destinados a otras librerías). La gran magnitud de la empresa de los Piferrer, relacionada comercialmente sobre todo con España, se hace evidente por las cifras de los volúmenes que tenía almacenados en 1794: 250.000 ejemplares, correspondientes a más de mil títulos.

Del examen de esta enorme masa de letra impresa se desprenden algunas informaciones, como, por ejemplo, que temáticamente los libros más abundantes son los religiosos y los de enseñanza, seguidos de los de divulgación médica, de los utilitarios y de los de literatura española; o que el catalán tiene una escasa presencia en el mundo de la edición culta (según cálculos disponibles, en torno al 5% en la primera mitad de siglo).

Antoni Maria Brusi i Mataró, tercer miembro de la saga editora de los BrusiAntoni Bergnes de las Casas, destacados protagonistas del mundo editorial barcelonés del siglo XIX

Antoni Maria Brusi i Mataró, tercer miembro de la saga editora de los Brusi, y Antoni Bergnes de las Casas, destacados protagonistas del mundo editorial barcelonés del siglo XIX.
Junto a estas líneas, publicación de la imprenta fundada por el menorquín Narcís Ramírez en la calle Escudellers.

El siglo XIX: románticos industriales
Si tratamos el mundo del libro en el siglo XIX con un deseo de síntesis, podemos desglosarlo en dos grandes bloques: la edición romántica y la industrial. En la primera, figura una serie de nombres que, hasta 1850 aproximadamente, vivieron la transición del Antiguo al Nuevo Régimen. Se trata de editores que conocían algunas de las grandes novedades técnicas que aportó la revolución industrial al mundo del libro, aunque, bien por falta de recursos económicos, de valor o de espíritu de iniciativa, las aplicaron tímidamente.

ste es el caso de Joaquim Verdaguer, quien en 1828 fundó en Barcelona la imprenta y editorial que llevaba el nombre familiar, en donde utilizó, por primera vez en España, una prensa de hierro Stanhope y abrió en la Rambla del Mig la librería Verdaguer, la primera que contó con un fondo de obras en francés. Joaquim Verdaguer, que había aprendido el oficio de cajista en la casa Didot de París, publicó muchas de las primeras obras de la renaixença y Recuerdos y bellezas de España (1839-1865), una de las obras más prestigiosas de la edición romántica hispánica. La razón social A. Bergnes y Cía., mantuvo su actividad entre 1830 y 1843, gracias al impulso y apoyo de Antoni Bergnes de las Casas. Se trata de una librería, imprenta y editorial muy importante para la difusión de la literatura romántica y de una gran actividad. Puso en circulación una serie de colecciones en formato pequeño, destinada a difundir obras literarias, científicas y de divulgación, que el propio Bergnes a menudo traducía y revisaba. También impulsó dos revistas: El Vapor, uno de los títulos emblemáticos de nuestras letras, que acabó siendo diario, y El Museo de Familias, con casi tres mil suscriptores. La trayectoria editora de la dinastía de los Brusi, de mucho renombre gracias al Diario de Barcelona, hace las veces de bisagra entre los dos tipos de edición. La familia entró en el siglo XIX de la mano de Antoni Brusi i Mirabent, que a menudo se ocupaba de la imprenta, instalada en la calle de la Llibreteria, cumpliendo con encargos de la Junta de Comercio, y que en 1820 introdujo la litografía en España. Bajo la dirección de su sucesor, Josep Antoni Brusi i Ferrer, la empresa alcanzó sus máximas cotas: multiplicó la tirada del diario, que, bajo la dirección de Joan Mañé i Flaquer, vivió su época dorada, y editó obras de renombre (como las de Jaume Balmes) y revistas ilustradas (como El Álbum de las Familias).

Gracias a las grandes transformaciones que la revolución industrial produjo en el mundo de las artes gráficas, un grupo de empresarios concibió la edición como una industria más. Para ello necesitaban, por una parte, una fuerte capitalización inicial y, por otra, un vasto mercado consumidor que les permitiera rentabilizar las inversiones realizadas. Ésta es la razón, en general, por la que la industria catalana del libro a gran escala empezó a trabajar sobre todo para el público de habla hispana, tanto español como americano. Aquél fue el momento (último tercio del siglo XIX) en que Barcelona se situó a la cabeza de la edición en español, posición privilegiada que aún sigue ocupando.
De las figuras que lo hicieron posible, destacaremos cuatro.

Hacia 1846 inició su actividad la imprenta barcelonesa del menorquín Narcís Ramírez i Rialp, que se convirtió en uno de los empresarios de artes gráficas más importantes del siglo, proveedor de una amplia gama de productos que iban desde los libros de contabilidad hasta las acciones de las sociedades anónimas mercantiles, pasando por el billetaje de las compañías ferroviarias. En 1880, la empresa de Ramírez contaba con cerca de quinientos empleados. A su muerte, aquel mismo año, se hizo cargo de la empresa un socio, Manuel Henrich, que continuó el negocio y lo amplió por la rama editorial. Así pues, trasladó buena parte de los talleres y despachos de la calle Escudellers a la antigua villa de Gràcia (Còrsega/Diagonal), participó de forma brillante en la Exposición Universal de 1888 y nombró a Josep Yxart director literario de la sección editora.
En segundo lugar, el fundador de la casa Espasa, Josep Espasa i Anguera, emigró a Barcelona, procedente de la comarca de Les Garrigues y en 1860 abrió una editorial que, con denominaciones diversas, alternaba las novelas por entregas con las publicaciones periódicas, las ediciones monumentales y las obras médicas. En 1911 tres de sus hijos se hicieron cargo de la empresa; por aquel entonces ya se había iniciado la publicación (1908) de la celebérrima enciclopedia Espasa.
En tercer lugar, nos referiremos a Montaner y Simón, la editorial más importante del Estado español entre finales del siglo XIX y principios del XX. Fue fundada en 1868 por Ramon de Montaner i Vila y Francesc Simon i Font, y enseguida se empezaron a publicar revistas y obras de gran formato, a menudo de lujo, muy ilustradas (por medio de la nueva técnica de la cromolitografía) y en diversos volúmenes, como, por ejemplo, enciclopedias, historias de España y universales, historias del arte o historias naturales. En conjunto, la editorial consiguió alcanzar una convivencia feliz entre las innovaciones técnicas de la edición industrial y la preservación del libro como objeto artístico. En 1879 se trasladó a la calle Aragó, a un edificio creado por el arquitecto Lluís Doménech i Montaner (pariente del primer propietario fundador), que en la actualidad es la sede de la Fundació Antoni Tàpies. En cuarto y último lugar, Manuel Salvat i Xivixell, cuñado de Josep Espasa i Anguera, con quien se asoció, fundó en 1898 la casa editora Salvat e Hijo, que dirigió hasta su muerte y de la que se hicieron cargo, con gran éxito, dos de sus hijos.

El siglo XX: un panorama rico y multiforme
A pesar de las dos dictaduras (la franquista, larguísima y especialmente devastadora), la actividad editorial barcelonesa del siglo XX presenta numerosos aspectos positivos destacables. Por ejemplo, la permanencia de una serie de nombres, empezando por algunos de los que proceden del siglo anterior (Espasa, Salvat, Montaner y Simón o los López, de la Librería Española) y continuando por los que se consolidan a partir de 1900 (los Sopena, los Millà de la calle Sant Pau o los Gili, cuya rama con más continuidad, la de la editorial Gustavo Gili, conmemora este año precisamente su primer centenario). También son dignos de destacar los acusados contrastes entre la edición de consumo más arquetípica (la Maucci, a principios de siglo, o la Salvat, hacia 1970) y la de bibliófilo más refinada (que, con nombres como el de Eudald Canivell o Ramon Miquel i Planas, consiguió éxitos memorables durante el modernismo).









Lso primeros tiempos de algunos de los principales editores del siglo XX. Folletos publicitarios de Maucci y Espasa, "Agricultura general" de Salvat y"ABC" de Sopena.
A la izquierda, "Dafnis y Cloe", de Gustavo Gili.

La primera multinacional
Resulta inexcusable mencionar el hecho de que, por primera vez en la historia, una editorial catalana, la barcelonesa editorial Planeta, se ha convertido en una multinacional; una multinacional que, además, es, en la actualidad, la primera potencia editora en español. Es un motivo de orgullo no muy conocido ni divulgado que en la actualidad un catalán de Barcelona, Pere Vicens, de la editorial Vicens-Vives, presida la Unión Internacional de Editores. Siguiendo la tendencia de las economías capitalistas mundiales, el mundo del libro entre nosotros ha sufrido y sufre un proceso, quizás irreversible, de concentraciones empresariales de grupos multimedia, en el que los editores independientes intentan abrirse paso exhibiendo una personalidad propia que les permita ganar parcelas de un mercado cada vez más competitivo.
Asimismo, no hay que olvidar las diferentes iniciativas encaminadas a difundir el libro y los hábitos de lectura, entre los que destaca el Día del Libro, una propuesta exitosa de un escritor y editor valenciano, Vicent Clavel, que regentaba la editorial Cervantes en Barcelona. Desde 1926, el Día del Libro se ha seguido celebrando con poquísimas interrupciones y, en 1995, la Unesco, presidida entonces por Federico Mayor Zaragoza, declaró el 23 de abril de cada año día mundial del libro. En este siglo también hemos asistido a la consolidación de la edición en catalán, a pesar de las persecuciones y prohibiciones de las que ha sido objeto, que, en la actualidad, constituye cerca del 12% del total editado anualmente en el estado español (muy lejos aún, sin embargo, del 20% conseguido durante la Segunda República). Dos pinceladas más nos ayudarán a completar este esquemático panorama.

La primera hace referencia al mercado americano de habla hispana que la edición barcelonesa ha ido ganando a base de muchos esfuerzos y de superar barreras y crisis. En el siglo XX, las editoriales con más presencia en América han sido, principalmente, Maucci, Gustavo Gili, Seix Barral, Labor, Salvat, Sopena, Bruguera, Planeta, Marcombo y Océano. En sus inicios han tenido que vencer la competencia que, en español, les hacían sus colegas de Estados Unidos, Francia, Alemania, Inglaterra e Italia. De hecho, en 1927 la mayoría de los libros de texto consumidos por la América de habla hispana aún procedían de Francia. A pesar de todo, según Gustau Gili i Roig, entre 1920 y 1930, la exportación al Nuevo Continente representaba el 39% de los libros vendidos anualmente en España. Y, en ese mismo periodo, según la misma fuente, el 70% de los libros exportados de España a América procedía del área barcelonesa. Si se analiza desde una perspectiva actual, se trata de una expansión que combina la distribución y la producción y que tiene lugar sobre todo a partir de 1970. En 1982, sufre una fuerte sacudida provocada por la coincidencia de una serie de factores, encabezados por el hundimiento simultáneo de la mayoría de las economías latinoamericanas, que repercute muy negativamente en las editoriales con intereses en América, hasta el punto de precipitar el cierre de editoriales tan fuertes como Bruguera.

Sede de la Editorial Juventud, empresa que, como Baguñà o Molino, se ha dedicado preferentemente al libro infantil y juvenilportada de una de las publicaciones de la Editorial JoventutLa segunda y última observación se centra en el libro infantil y juvenil, ámbitos en que la edición catalana cuenta con una larga tradición. Hasta mediados de siglo, este mercado, en catalán y castellano, estuvo en manos de una serie de editoriales que se dedicaban a él de forma complementaria (Araluce, Sopena o Seix Barral) o de forma preferente (Baguñà, Molino o Juventud). A partir de 1950, la editorial Bruguera irrumpió con mucha fuerza en este sector, con publicaciones que, en su mayoría, eran distribuidas en los quioscos. Durante los años dorados, se alcanzaron tiradas de tres millones y medio de ejemplares mensuales de cómics. En la actualidad, el Consell Català del Llibre per a Infants, fundado en 1982 y reconocido internacionalmente, participa cada año en la feria de Bolonia. Se trata de una prueba más de este protagonismo editor.


A la izquierda, portada de un libro escolar editado por Seix Barral en 1921.
El resto de ilustraciones corresponde a
diferentes momentos de la editorial Molino, entre ellos un ejemplar de su prestigiosa "Biblioteca Oro" y otro de su serie de "Cuentos de hadas".

"Un grupo de empresarios concibió la edición como una industria más. Para ello necesitaban una fuerte
capitalización inicial y un vasto mercado consumidor. Ésta es la razón por la que la industria catalana del libro a gran escala empezó a trabajar sobre todo para el público de habla hispana".

"David Copperfield" de Dickens, en una edición de Sopena fechada en 1933.

Diferentes títulos de la editorial Vicens Vives, uno de los grandes nombres en el ámbito del libro educativo y los manuales de historia.

 

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