texto Estanislau Roca i Blanch
Profesor titular de Urbanismo de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona.
Miembro de la Comisión Asesora de Montjuïc
El objetivo de este escrito es poner de manifiesto la importancia que tiene Montjuïc para Barcelona y ayudar a entender de qué modo ha ido cambiando su relación o dependencia desde la noche de los tiempos hasta nuestros días, y cómo ha pasado desde álgidos momentos de acercamiento hasta tensas situaciones de rechazo, que han llegado a ser incluso de un profundo odio.
Desde el punto de vista geológico, la dependencia de la ciudad es absoluta. La historia nos muestra que un hundimiento de la zona del litoral a comienzos del mioceno, hace millones de años, provocó que el mar invadiera las partes bajas de la franja costera. Posteriormente, otros movimientos produjeron un levantamiento tectónico que formó la montaña de Montjuïc y, al final del periodo terciario, otra transgresión del mar la convirtió en un islote.

cuaderno central
  Barcelona, hija de Montjuïc
   volver al sumario / b.mm 61 - primavera 03
   

 

Los sedimentos cuaternarios de los materiales procedentes de las erosiones que transportaban los torrentes y ramblas que bajaban de Collserola, muchos de los cuales se pierden actualmente en el subsuelo de Barcelona, así como los que aportaban los ríos, eran arrastrados sistemáticamente por una corriente marina en el sentido predominante de este a oeste que caracteriza la dinámica de nuestro litoral y se fueron depositando en el fondo. El perfil de la costa iba variando a medida que ganaba cada vez más espacio al mar. De este modo, se fue formando el llano de Barcelona y podríamos afirmar que la isla monjóvica o de Montjuïc, por su situación, contribuyó a que quedaran retenidos los sedimentos, a la vez que consolidaba el gran "solar" de Barcelona.
La montaña, por la riqueza geológica de las capas silicificadas que formaban rocas areniscas compactas y duras, constituyendo conglomerados, fue explotada masivamente en un gran número de canteras desde la época de los íberos y los romanos hasta 1957, momento en que se frenó de golpe la extracción masiva de la piedra. Montjuïc y sus canteras, de incomparable calidad, están vinculadas a la historia de la ciudad, que ha nacido y crecido a sus pies.
Una de las más antiguas referencias a Montjuïc, el antiguo manuscrito del jesuita Pere Gil que data del año 1600 aproximadamente, nos dice:
"La montanya de Mont Juich junt a Barcelona es de consideració per averse edificada della tota Barcelona. Diuen que la pedra creyx en ella: y que se a treta mes pedra della que no pujaria tota la dita montanya. Les moles della van per tot lo mon."

[La montaña de Mont Juich junto a Barcelona es de consideración por haberse edificado de ella toda Barcelona. Dicen que la piedra crece en ella: y que se le ha sacado más piedra de la que toda la montaña tendría en altura. Sus muelas van por todo el mundo.]

Verdaguer cita a Montjuïc como la madre orgullosa de su hija Barcelona, que extrae rocas de ella para construir sus edificios:

Secuencia de evolución de las canteras en la morfologia de Montjuïc entre 1855 y 1976.“I al veure que traus sempre rocam de ses entranyes
per tos casals, que creixen com arbres amb saó,
apar que diga a l'ona i al cel i a les muntanyes:
mirau-la, os de mos ossos, s'es feta gran com jo!"(1)

Barcelona ha utilizado la piedra de color grisáceo y de tonos amarillentos y rosados de Montjuïc para construir las murallas, las casas y los templos necesarios para su defensa, abrigo y culto.
La catedral de Barcelona, el Saló del Tinell (que fue el palacio de los Reyes de Aragón), la Llotja de Mar, las iglesias de Sant Pau del Camp, Santa Maria del Mar y del Pi, el antiguo Hospital de la Santa Creu y la Casa de l'Ardiaca fueron edificados con gres o roca arenisca de Montjuïc. El templo de la Sagrada Familia, los edificios de la Universidad, del Seminario, del Palau de Justícia, de aduanas, de correos, del Ayuntamiento, del Palau de la Generalitat, del Parlamento de Cataluña y del Hospital de Sant Pau son otros testimonios de una interminable descripción de edificios públicos construidos con piedra de Montjuïc.

Antes de que se generalizara la utilización a gran escala del ladrillo y la adopción de las piedras artificiales, la piedra del rayo de Montjuïc fue el elemento constructivo básico en la formación del Eixample de Barcelona.

Con la piedra de Montjuïc también se fabricaban muelas, que eran muy apreciadas tanto dentro como fuera del España. El trabajo de las muelas llegó a ser tan importante que el calificativo de molero se hizo extensivo a todos los trabajadores de las canteras. Es ineludible hacer referencia a las cualidades de las muelas catalanas, como se denominaba a las de Montjuïc. Estas muelas daban mejores resultados que las realizadas con otros materiales más duros, como las de granito, ya que su rugosidad era permanente. Arquitectos y escultores de los más diversos lugares han utilizado la piedra de Montjuïc y han valorado sus virtudes en los edificios, monumentos y esculturas que han construido.

A finales del siglo XIX, Montjuïc tenía el aspecto de una gran cantera, totalmente agujereada, como si de un gran queso emmenthal se tratara. Este accidentado relieve condicionaría los posteriores planes y proyectos.
Dejando a un lado la dependencia geológica y material de la ciudad con respecto a Montjuïc, podemos analizar la relación entre el hombre y la montaña a lo largo de la historia.

La singularidad de la montaña como símbolo de relación primordial entre el cielo y la tierra, así como la que le conferían sus condiciones de defensa, sus panorámicas y su dominio territorial, propiciaron una temprana presencia humana. Los íberos formaron los primeros asentamientos importantes de los que se tiene constancia.
Agustí Duran i Sampere narra que hasta el año 218 la civilización ibérica se había desarrollado como una sociedad independiente que había recibido muchas influencias forasteras fruto del contacto con los pueblos de nivel y cultura superiores: los griegos y los fenicio-cartagineses. Después de relatar la diferente suerte que corrieron los poblados ibéricos, concluye que los de Montjuïc fueron algunos de los que se mantuvieron y se convirtieron en ciudades romanas.
Éste fue el destino del poblado indígena de Montjuïc, que dio paso a la ciudad romana anterior a la del Táber. Se supone que, más tarde, debido a las dificultades para establecer el comercio en la montaña, y a causa de los problemas de comunicación y de transporte relacionados con el accidentado relieve, se construyó, en la llanura, la ciudad romana, que fue preciso amurallar por motivos de defensa. Llegan a coexistir dos Barcelonas, la de Montjuïc o de los layetanos y la Barcino del Táber. Mientras la ciudad de la parte baja se consolidó, la de Montjuïc fue paulatinamente abandonada.

 



Necrópolis judía

La montaña se utilizó como necrópolis judía; de ahí una de las teorías más convincentes acerca del origen del nombre de Montjuïc: "Monte de los Judíos, Monte Judaico o Monte Judío". También se tiene constancia del aprovechamiento agrícola de la montaña: en el Liber Antiquitatum Sedis Barchinone se menciona la existencia de viñas, olivos, higueras, huertos y bosques. Además, la devoción popular originó la construcción de capillas y ermitas para el culto cristiano, que se instalaron en torno a la cornisa situada frente a Barcelona. Sant Bertran, Sant Fruitós, Sant Julià, Sant Ferriol y Santa Madrona se encontraban a una cómoda distancia de los portales de la ciudad amurallada.

Los primeros grabados de Barcelona fueron dibujados desde esta estratégica posición, en el centro de la ladera de la montaña, en donde se abrían las mejores perspectivas de la ciudad. Por otra parte, en los grabados de Barcelona realizados desde la llanura, con frecuencia se representaba Montjuïc en una proporción exagerada, supuestamente porque su presencia resultaba un elemento imprescindible y contundente para la identificación de la ciudad.

En la relación entre la ciudad y la montaña se produjo un punto de inflexión a partir de mediados del siglo XVII, coincidiendo con la presencia del poder de Madrid en el castillo, que se tradujo en un desprecio y/o desafío de la ciudad con respecto de la montaña que duraría siglos.
Tiene una especial significación la cita que encontramos en el libro Memorias políticas y de guerra, de Manuel de Azaña, cuando comenta, entre las escasas referencias anteriores que le llegan de Montjuïc y Barcelona: "La torpeza del artículo me pone de mal humor. Estas gentes son de las que no sabían adoptar en las cuestiones de Cataluña otra receta que la de aquel bruto: ¡Que escupa Montjuïc! Con tamaña falta de talento y de sensibilidad solían acometerse en España los asuntos más delicados y complejos. Y ahora, en vez de ayudar, cocean."
La ciudad respondió de forma negativa a la montaña maldita, la utilizó como vertedero, rellenando con basuras los agujeros de las canteras. Un gran asentamiento de barracas, cobijo de inmigrantes, el gran cementerio que mira al sur y algunos equipamientos desperdigados son otros de los testimonios de esta actitud de rechazo.
Se trata del Montjuïc del desorden, que coincide con las etapas oscuras de nuestra desgraciada historia política y la pérdida de nuestras libertades.


, patrulla militar con motivo de la ejecución de Ferrer i Guàrdia, en 1909.No resulta extraño, por lo tanto, que las revistas republicanas hicieran alusión constantemente a la tensión provocada por el castillo desde donde Espartero, Rodil y Prim bombardearon la ciudad a diestro y siniestro. Un castillo que vio cómo las fuerzas de la reacción fusilaron, el 13 de octubre de 1909, al padre de la Escuela Moderna, Francesc Ferrer i Guàrdia, y a nuestro presidente Lluís Companys i Jover, el 15 de octubre de 1940.
Recuerdo una ilustración de la revista L'Esquella de la Torratxa que resulta muy representativa y en la que se puede ver a un hombre mirando a la montaña desde la ciudad, amenazando al castillo con el puño.
Durante el largo periodo de ocupación militar, y aprovechando las épocas de una paz relativa, las masas populares se fueron acercando a la montaña. La actividad agrícola de los huertos de Sant Bertran se extendió hacia las cuestas de Montjuïc y la gente aprovechaba los días de fiesta para reunirse en torno a las principales fuentes: la Font del Geperut, la Font de Tres Pins, la Font d'en Pessetes, la Font del Gat y la Font Trobada, donde a menudo se podían ver los típicos merenderos y pistas de baile.

La exposición de 1929
Sin embargo, el acercamiento urbanístico de Barcelona y Montjuïc no comenzó hasta principios del siglo XX con el impulso cosmopolita que imprimió Francesc Cambó, coincidiendo con el proyecto de la exposiciones de las Industrias Eléctricas (2), que, finalmente, concluyó con la magna obra de la Exposición Internacional de 1929. Los arquitectos Josep Puig i Cadafalch en la ordenación, Josep Amargós en la gestión y Jean-Claude Nicolas Forestier en los jardines serán las claves de la que podríamos denominar la primera reconquista de Montjuïc, cuya consecuencia fue la clarificación del principal acceso por el portal de la plaza Espanya, a través del eje monumental de la avenida Maria Cristina. El paseo "K" (avenidas del Marquès de Comillas, del Estadi y de Miramar), proyectado por Amargós, permitió conectar la Sección Española, situada en la parte baja, la Sección de las Industrias Eléctricas, situada en la gran explanada que hoy ocupa el Anillo Olímpico, y la Sección Marítima de Miramar.

Los jardines de Forestier representaron un cambio significativo en la concepción de Montjuïc y rompieron con el ideario de la jardinería catalana.
Tras la exposición de 1929, la apuesta por la conjunción urbanística de Barcelona y su montaña se detuvo de golpe. Desde la posguerra hasta la llegada de la democracia sólo se construyeron tres jardines, los de los tres poetas: Jacint Verdaguer, Costa i Llobera y Joan Maragall, así como el Mirador de l'Alcalde.
Los jardines, el parque de atracciones, el Poble Espanyol, las 24 horas, las pruebas automobilísticas de la Penya Rhin, después la Fórmula 1, algunos museos y la reutilización de viejos pabellones junto con otros de nueva construcción para albergar a los certámenes de la Fira de Barcelona y poco más son los contados recursos que tenía la montaña para atraer a los ciudadanos en esta etapa gris de la que sólo destacaría la construcción de la paradigmática Fundació Miró o Centre d'Estudis d'Art Contemporani, tal y como la quería llamar Joan Miró, huyendo del tópico y críptico nombre de museo. Miró, con quien tuve el placer de conversar en varias ocasiones, me contaba que lo que se tenía que hacer era un espacio vivo que dinamizara la promoción del arte contemporáneo. La Fundació Miró, sin duda, ha impreso un importante vínculo cultural con la ciudad y un fuerte magnetismo a la montaña.

A partir del primer ayuntamiento democrático se fue forjando la segunda reconquista, que se materializó gracias a la nominación de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992, cuyo fruto es la transformación urbanística de Montjuïc con un planteamiento global. Se reforman las conexiones viarias y se facilita la subida al Anillo Olímpico a través de una serie de escaleras mecánicas integradas en el parque. Se inicia la urbanización del desconocido lado sur, antes ocupado por las basuras y las barracas. Barcelona consigue apropiarse más de la montaña y Montjuïc está cada vez más cerca de la ciudad.
Actualmente, el Ayuntamiento ha puesto en marcha, a través del Centro Gestor, el proyecto de convertir Montjuïc en un parque central equipado de Barcelona, mejorando los accesos, potenciando el transporte público y limitando el tráfico rodado. Se está planteando ordenar el paisaje y las conexiones con los barrios de la ciudad situados a ambos lados de la montaña y definirla en tres estratos, ordenados desde abajo hasta arriba, el parque de la cultura, del deporte y de la naturaleza, con actuaciones en curso y otras programadas con una modélica visión medioambiental y de sostenibilidad.
En estos días de conmoción mundial debido a los efectos de la guerra, me gustaría acabar este escrito con la primera parte del himno que Josep M. de Sagarra compuso en 1936 para la Olimpiada Popular del Estadi de Montjuïc, que fue el contrapunto a los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín, con su dictador, y para los que Barcelona también había presentado su candidatura:

"No és per odi, no és per guerra
que venim a lluitar per cada terra.
Sota el cel blau
l'únic mot que ens escau
és un crit d'alegria i de pau."(3)

El lado sur de Montjuïc (en la imagen, en los años 60) era desconocido para la mayoría de los ciudadanos. Durante mucho tiempo se caracterizó por la presencia de vertederos en las antiguas canteras y por el asentamiento de una gran ciudad de barracas




1 ["Y al ver que sacas siempre roqueda de sus entrañas / Para tus casonas, que crecen como árboles con sazón, / Parece que diga a la ola y al cielo y a las montañas: / ¡Miradla, hueso de mis huesos, ha crecido como yo!"]
2 La presencia militar en la cumbre fue como una espada de Damocles para la ciudad, que se sentía vigilada desde el castillo de Montjuïc. Pero tenemos que reconocer también que el control de los militares impidió que se urbanizase y edificase la montaña, frenando, de este modo, las presiones especulativas de los propietarios del suelo, hasta que, el 16 de julio de 1914, se aprobó la ley que la declaró de utilidad pública y permitió al ayuntamiento acelerar la adquisición de los terrenos a bajo precio.
3 ["No es por odio, no es por guerra / por lo que venimos a luchar por cada tierra. / Bajo el cielo azul / la única palabra que nos conviene / es un grito de alegría y de paz."]

 

     Cuaderno Central

volver al sumario   
  barcelona metròpolis mediterrània   /   actualización julio 2003                                   contacto _ @       imprimir