El centenario de las agregaciones
TEXTO: Gabriel Pernau
Sant Martí de Provençals
TEXTO:Francesc Caballé
Gràcia
TEXTO: Carolina Chifoni
Sants
TEXTO: Vicenç Navarro i Lluís Puyalto
Sant Andreu de Palomar
TEXTO: Joan Pallarès-Personat
Sant Gervasi de Cassoles
TEXTO: Àngel Tuset / Amèlia Poves
Les Corts de Sarrià
TEXTO: Lluís M. Bou i Eva Gimeno
Horta - Sarrià
Fotos: Eduard Olivella
Agraïments: Arxius Municipals dels districtes de Sants-Montjuïc, Les Corts, Sarrià-Sant Gervasi, Gràcia, Sant Andreu i Sant Martí

 

TEXTO: Gabriel Pernau

El centenario de las agregaciones

El pasado mes de abril se cumplieron cien años del gran salto hacia delante de Barcelona. El 20 de abril de 1897, el gobierno aprobó un real decreto por el que se autorizaba a Barcelona a anexionarse las villas de Gràcia y Sants y los municipios de Les Corts de Sarrià, Sant Gervasi de Cassoles, Sant Andreu de Palomar y Sant Martí de Provençals. La Barcelona soñada por el alcalde Rius i Taulet era, por fin, una realidad. Una ciudad liberada de las murallas que abarcaría del Besòs al Llobregat, del mar hasta la montaña. Atrás quedaba la oposición de los municipios afectados, que querían evitar ser devorado por el gigante urbano que ya se intuía. Y también la oposición del gobierno, temeroso de la aparición de una segunda capital que solapase el poder de Madrid.

Para entender el proceso que condujo hasta las anexiones hay que remontarse muy atrás, a principios del siglo XVIII, cuando Cataluña perdió sus instituciones y Barcelona su capitalidad y parte de su influencia. Fue una época de represión social y política, aunque la situación económica no empeoró. A partir de 1725, se produjo una reactivación que conduciría a la industrialización de la ciudad.

La mejora vino del campo. La prosperidad de la agricultura generó unos excedentes -vino, aguardiente, frutos secos- que pronto se reinvirtieron en la industria del algodón. En 1737, aparecieron las primera fábricas de indianas. Muy pronto se inició el comercio con América. En 1745, zarpó de Barcelona la fragata Nostra Senyora de Montserrat, y en los años siguientes se fundaron la Real Compañía de Comercio de Barcelona (1756) y la Junta Particular de Comerç (1764).

Según dejó escrito el viajero Arthur Young, un paseo por las calles de Barcelona ofrecía, en 1787, "muestras constantes de una industria activa y desarrollada, y por todas partes se oye el ruido de los telares de medias". La industrialización modificó en pocos años el paisaje de la antigua ciudad medieval. En 1833, ya había 90 fábricas de hilados, 199 de tejidos y 56 de estampados. El aspecto de Barcelona, vista desde lejos, era el de una densa aglomeración rodeada de campos sobre la que se alzaban numerosas columnas de humo. Esto afectaba profundamente la forma de vida de los barceloneses, porque toda la actividad fabril se desarrollaba dentro del recinto amurallado, sobre todo en la zona del Raval.

A falta de materias primas, la prosperidad de Barcelona venía dada por el hecho de tener puerto. Un recinto por el cual, a mediados del siglo XIX, pasaban unos 8.000 barcos anualmente. La industrialización comportó un espectacular aumento de la población, que pasó de los 30.000 habitantes de 1717 a los 183.000 en 1857. Ya a finales del siglo XVIII, el Ayuntamiento protestaba ante el capitán general a través de una carta en la que preguntaba si tenía sentido el crecimiento desmesurado cuando faltaba dinero para "mantenerla como corresponde".

Densidad de población

Era aquélla una Barcelona algo más grande que el actual distrito de Ciutat Vella. Las condiciones de vivienda eran "desastrosas y la densidad de población, exagerada", según explica Jordi Cucurull. En las clases populares, la media de vida no superaba los 20 años y la mortalidad infantil era tan alta que uno de cada cuatro niños no llegaba a cumplir los 5 años. Las casas eran pequeñas y estaban mal ventiladas, de techos bajos, con poco espacio para mucha gente, a menudo situadas al lado mismo de los telares.

Pero la ciudad seguía enclaustrada y todos los días llegaba gente en búsqueda de oportunidades. Durante el siglo XVIII, Barcelona sólo pudo crecer reconstruyendo edificios destruidos en bombardeos y, posteriormente, añadiendo pisos a las construcciones existentes. A nivel urbanístico, casi nada había cambiado. La última gran obra era la Ciutadella, que poco bienestar había aportado a los barceloneses. A mediados del siglo XVIII, se inició la construcción del barrio de la Mina, que debía servir para realojar a los afectados por la demolición de la Ribera. Y se ganaron algunos espacios públicos con la desaparición de cementerios y conventos, y con el derribo de la muralla del Raval. La falta de espacio era un problema de primer orden. La ciudad tenía una superficie de sólo catorce kilómetros cuadrados. Incluso el término de Sant Martí era más extenso.

Para mejorar las comunicaciones en una ciudad cada día más fabril, se acometieron obras como la apertura del eje que forman las calles Ferran-Jaume I-Princesa, que se acabó hacia 1850. Hacía cuatro años que las autoridades habían prohibido la instalación de nuevas industrias movidas por vapor dentro de la ciudad. La explosión de calderas se había convertido en un fenómeno demasiado corriente. Así que algunas industrias se ubicaron en Hostafranchs, Sants, Gràcia, Clot y Llacuna.

Estaba claro que la ciudad necesitaba expandirse. Pero nadie sabía cómo. Barcelona tenía la consideración de plaza fuerte y, por tanto, debía continuar amurallada. Una circunstancia que, en el año 1770, el Gremi de Mestres d'Obra, ya había criticado veladamente. Con el paso de los años, la situación se fue haciendo insostenible. Hasta el punto de que en las revueltas populares del siglo XIX solía aparecer el eslogan "A terra les muralles!". En la primera mitad del siglo, el Ayuntamiento inició las primeras gestiones para conseguir el derribo de aquellos muros que constreñían la población. Pero sin éxito.

En 1840, el Ayuntamiento convocó un explícito concurso bajo el lema "¿Qué ventajas reportaría Barcelona, y especialmente su industria, de la demolición de las murallas que circuyen la ciudad?". El ganador fue Pere Felip Monlau con el opúsculo Abajo las murallas!!!, en el que repasaba las mejoras higiénicas que la medida comportaría. En tono irónico, preconizaba la creación de una nueva ciudad: "Queden dentro de murallas los que viven del presupuesto público; permanezca aquí, ahogándose la Barcelona oficial; pero los que viven de su trabajo, profesión o industria, la industria manufacturera e industriosa, puede y quiere respirar con libertad y independencia. Al campo, pues, y fundaremos, si es preciso, una nueva Barcelona".

El filósofo Jaume Balmes se sumó a la campaña significando que mantener la consideración de plaza fuerte no era más que una excusa para tener controlada la ciudad.

Pero la autorización gubernamental tardaba en llegar. De forma que, con motivo de los hechos revolucionarios del año 1841, se produjo un intento de derribo de la Ciutadella bajo el grito de "Abajo la Ciudadela o la muerte!". Dos años después, se decretaba el derribo de los tramos de la muralla de Jonqueres y Canaletes, que poco después se harían reconstruir.

En agosto de 1847, Víctor Balaguer escribía un texto con motivo de la exitosa apertura de una puerta peatonal que permitía cruzar la muralla cerca de la actual plaza Catalunya. "El día que ese cinturón de piedra que nos oprime y se llama muralla caiga para no volverse a levantar, aquel día el paseo de Gracia -inaugurado en 1827- no tiene ya rivales".

En 1853, la demolición había dejado de ser un objetivo revolucionario para ser asumido por la mayor parte de la ciudadanía. Pocos años después de que empezase a funcionar el tren de Mataró, el Ayuntamiento, los periódicos y las principales fuerzas vivas de la ciudad iniciaron una campaña para presionar al gobierno. El histórico y definitivo permiso gubernamental para derribar las murallas llegaría en 1854, una vez fue destituido el general La Rocha, que seguía oponiéndose. Se abrían, así, las puertas al nacimiento de la nueva Barcelona. La demolición supuso dos años de obras. Una vez finalizadas, tocaba planificar el crecimiento futuro de la forma más racional posible. Era una decisión trascendental, puesto que de ella dependía cómo iba a ser la Barcelona del mañana.

El consistorio nombró una comisión para que pusiese en marcha un concurso de proyectos. El ganador fue Antoni Rovira i Trias con un proyecto radial que tenía su centro en la ciudad vieja. Pero el ministerio de Fomento pasó por encima de aquella decisión y asignó el plan a un ingeniero de caminos llamado Ildefons Cerdà. Autor de un estudio demográfico y urbanístico sobre Barcelona, Cerdà proponía ensanchar la ciudad de forma ilimitada y más equilibrada. Una opción bastante distinta a la que barajaba el municipio. El Ayuntamiento era partidario de un crecimiento progresivo del casco urbano de Barcelona y de los pueblos del llano, para que a la larga se acabasen urbanizando los grandes espacios deshabitados que hasta entonces separaban los diferentes núcleos.

Claro que éste no era ni el primero ni el único proyecto de ensanche. Había uno de alcance limitado, del año 1846, obra de Josep Maria Planas, que preveía edificar a ambos lados del Passeig de Gràcia, Más limitado, todavía, era el que habían hecho los militares, que proponían un ensanche del mismo tipo, pero con la particularidad que habían pensado volver a rodear la ciudad con un cinturón de murallas. Y encima, sin prever la existencia de plazas públicas...

Ensanche polémico

La planificación del Eixample estuvo rodeada de la polémica. La primera batalla era para decidir si se hacía un crecimiento ilimitado, como proponían Cerdà y los propietarios de los terrenos de extramuros, o bien con el efecto mancha de aceite por el que se decantaba el municipio. Además, estaba la batalla por los terrenos que ocupaban las murallas, que el Ayuntamiento reclamaba, y por los cuales el ministerio de la Guerra pretendía cobrar una buena cantidad. O la batalla por la plaza Catalunya, que ya nació marcada por el desacuerdo.

Quedaba sin resolverse el derribo de la Ciutadella, que los militares pretendían conservar. En 1862, una junta ciudadana inició en Madrid la negociación.

El municipio hizo creer a la Reina -parece que con datos falseados- que con la operación podía obtener un beneficio de 200 millones de reales. La real orden favorable a la demolición llegó en 1864 y, cuatro años después, empezó a desaparecer la fortaleza que durante más de un siglo simbolizó la opresión. El viejo fortín se convirtió en un parque abierto a todos los ciudadanos con la inauguración, en 1881, de la Gran Cascada prevista en el plan de Fontserè y Macciachini. Un espacio entorno al cual se organizaría la Exposición Universal de 1888.

La desaparición de las murallas abrió un periodo de cambios urbanísticos como nunca se había visto, con la construcción de numerosos edificios y monumentos, la apertura de calles... Parecía que la ciudad hubieses estado esperando un momento como aquél, una oportunidad de proyectarse internacionalmente hacia el futuro. Y es que, en poco tiempo, Barcelona estalló. El mercado de Sant Antoni (1882), el Born (1886), el monumento a Prim (1887), la universidad (1889), el Arc de Triomf, los museos de Geología y Zoología, el Invernadero, el Palacio de Justicia, la Sagrada Família, el monumento a Colón o las Golondrinas del puerto son sólo algunas de las obras que se acometieron en aquel periodo.

Mientras tanto, proseguía la urbanización del Eixample iniciada algunos años antes. En 1863, se construyeron los primeros bloques de pisos del chaflán sudeste del cruce Consell de Cent-Llúria. El ensanche ya estaba en marcha. Se empezaba a ver que, a medio o largo plazo, la integración de los diferentes territorios de su entorno en uno solo sería un hecho. Y que esto requería la existencia de una autoridad única que recaudase los impuestos, que ejecutase el ensanche y que llevase a cabo las grandes obras previstas. Por las buenas o por las malas. Estuviesen o no de acuerdo los municipios afectados.

El proceso formal de agregación se inició en 1869. Como era de prever, fue lento y complejo. A las reticencias de Madrid y la oposición de los municipios afectados, se sumó la postura reacia de los conservadores, que defendían la asociación voluntaria de los pueblos en unos términos de igualdad. En 1872, el mismo Cerdà hablaba de la "fundación de una nueva urbe en terrenos jurisdiccionales de siete diferentes municipios". Sin embargo, el Ayuntamiento consideraba que la fusión se tenía que producir a posteriori, una vez los diferentes núcleos se hubiesen convertido en uno solo.

Intentos de fusión

En 1874, un gobierno municipal presidido por Rius i Taulet instruyó un expediente para lograr la fusión. La ley municipal de 1876-77 permitía las anexiones en el caso de Madrid para "hacer frente al incipiente problema del desmesurado crecimiento urbano", y, más tarde, también de Barcelona gracias a la enmienda presentada por Rius i Taulet.

Los pueblos de llano se veían devorados por el expansionismo barcelonés y, en enero de 1879, se dirigieron al gobierno señalando que Barcelona quería "disputar a la capital de la Monarquía la supremacía que en diversos órdenes y muy en particular en población tiene sin disputa sobre Barcelona". Consecuencia: el expediente se resolvió negativamente para las expectativas del Ayuntamiento de Barcelona. Y no sólo esto: si había anexión, ésta habría de ser por la vía asociativa, porque el gobierno rechazaba equiparar Barcelona a Madrid.

Pero en 1883, se empezó a ver que los planes del gobierno no incluían la potenciación de Barcelona, se hiciese ésta por la vía voluntaria y obligada. En la primavera de aquel año, los ayuntamientos de Sants i Barcelona decidieron, de mutuo acuerdo, la fusión de los municipios recpectivos. Y, un año más tarde, el gobierno decretaba la segregación, alegando deficiencias en los trámites. "Algún día habrá que deplorar el municipio de Barcelona la tardanza en realizar lo que la naturaleza ha hecho, la ley previene y la conveniencia impone", se lamentaba el consistorio en 1885.

El año siguiente, se volvió a poner en marcha el proceso. El Ayuntamiento envió, de nuevo, a la Diputación el expediente de agregación, documento que, durante más de dos años, durmió el sueño de los justos. En marzo de 1889, el Gobierno Civil conminó a la Diputación a resolver el caso, que, finalmente, dio la razón a los intereses de la ciudad. Una comisión presidida por Rius i Taulet viajó a Madrid para dar un empuje definitivo al caso. Pero, una vez más, el expediente volvió a quedar parado.

En 1891, algo había cambiado. Esta vez fue un ayuntamiento conservador el que impulsó las anexiones, solicitando que no se aumentasen los impuestos de los municipios vecinos de Barcelona los años posteriores a la agregación. Un año después, senadores catalanes conservadores presentaron una proposición de ley al gobierno, pero tampoco prosperó.

"Es importante remarcar que la agregación sólo prosperó cuando ya se habían otorgado a Barcelona una serie de concesiones con las que el gobierno español empezaba a reconocer que la capital catalana necesitaba un trato especial", explica la historiadora Margarida Nadal. La Ley de Reforma y Saneamiento de Grandes Poblaciones, la cesión de los terrenos de las murallas y la Ley de Ensanche "prepararon el ambiente que hizo posible, como una concesión más, la agregación de los municipios el 20 de abril de 1897". Condiciones que se sumaban al momento de conmoción política que se vivía por aquellos días en Madrid, ante la inminente pérdida de las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

La superficie se triplica

De un día para otro, la superficie de Barcelona se había triplicado. Y su población estaba a la altura de la de Madrid. Se calcula que 475.000 personas vivían en la nueva ciudad, contando la población de hecho, frente a las 272.000 que se contaban en la Barcelona vieja sólo diez años atrás.

Los barceloneses se lanzaron a la calle para celebrar el acontecimiento. La comisión que negoció el decreto en Madrid fue recibida el 23 de abril en olor de multitudes. Banda municipal, el equipo de gobierno en pleno, música de pasodobles, balcones adornados y guardias municipales vestidos de gala se congregaron en la estación de Francia para dar la bienvenida a la comitiva.

En su parlamento, el obispo dijo que Barcelona era "ya tan grande como no lo pudieron soñar nuestros antepasados". Y no le faltaba razón. En el periódico La Vanguardia se señalaba que "hay quien cree que, en adelante, el distrito (...) comprenderá todo el terreno entre los ríos Besós y Llobregat, entre el mar y la cordillera del Tibidabo", e incluso indicaba que sería preciso añadir Esplugues, l'Hospitalet, Cornellà, Sant Just, Sant Joan Despí y Sant Adrià. "Esto es lo natural, histórica y geográficamente, y esto es lo que parece que se realizará". Tan grande era la ciudad que se imaginaba que "hasta se ha hablado de que será nuestra ciudad el París del mar", ironizaba.

Visto ya como un hecho irreversible, la anexión fue menos traumática de lo que los municipios habían temido. En el primer pleno del renovado Ayuntamiento de Barcelona, el antiguo alcalde de Sant Martí manifestó que, a pesar de que siempre se había opuesto a la anexión, estaría al lado del alcalde de la nueva metrópolis "en todas las cuestiones referentes al orden y prosperidad de Barcelona". Y, en aquellos mismos días, el Ateneu Gracienc organizó una fiesta para celebrar el hecho.

Claro que no todo era euforia. La ciudad atravesaba una crisis económica y la nueva situación económica obligaría a pagar mil duros más en impuestos al ministerio de Hacienda. Por esta razón, un articulista de La Vanguardia pedía a los gobernantes "tacto, espíritu de orden y previsión, celo y patriotismo", en lugar del desconcierto y despilfarro de recursos que, según su opinión, se había producido. Al mismo tiempo, el periodista advertía contra las tentaciones centralizadoras y hacía notar que no se podría tratar igual al "señorío mundano de Rambla Cataluña o de la democrática calle de Amalia, y del señorío todavía patriarcal que aún alienta en las masías de San Andrés del Palomar, por ejemplo, o las costumbres, mitad de fábrica mitad de payés, de los trabajadores del Camp de l'Arpa y La Sagrera". La empresa era de una gran responsabilidad, aseguraba, pero de un inmenso honor si lo conseguían.

EL PESO DE CADA MUNICIPIO (1887

  Consumos pesetas (1) Población (1887) Población (1910) Población (1991)
Sant Martí de Provençals 228.200 32.695 67.677 214.252
Gràcia 798.000 45.042 58.994 128.608
Sants 138.985 19.105 31.146 179.465
Sant Andreu de Palomar 128.681 14.971 20.554 144.998
Sant Gervasi de Cassoles 29.701 7.968 17.429 148.237 (2)
Les Corts de Sarrià 6.213 4.811 8.634 89.750
Sarrià 24.680 4.630 8.073 148.237 (2)
Horta 14.341 4.437 6.035 184.557 (3)
Vallvidrera 903 - - -

(Fuente: Gran Geografia Comarcal. F. Carreras Candi)
(1) Impuesto muy famoso a finales del siglo XIX, equivalente al IAE actual. Grababa las actividades económicas, con una especial repercusión en las clases humildes. También existían los impuestos territorial e industrial. (2) Cifra correspondiente al conjunto de Sarrià-Sant Gervasi (3) Cifra correspondiente al conjunto del distrito de Horta-Guinardó