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Josep Pla
y Barcelona

A punto de finalizar el Año Pla, B.MM dedica el Cuaderno Central a un aspecto que ha quedado al margen de las conmemoraciones: la especial relación que el autor de El quadern gris mantuvo con la ciudad en la que vivió diferentes momentos de su vida. Marina Gustà, autora de una tesis sobre Josep Pla, desentraña con minuciosidad cada uno de los aspectos de la compleja personalidad planiana.

 

 

 

TEXTO: Marina Gustà

Ansia, curiosidad y crítica.

"Lo primero que conocí de Barcelona fue el Parc de la Ciutadella. Yo debía de tener entonces siete u ocho años -quizás menos. Era costumbre que las familias pudientes llevasen a los niños ya un poco mayorcitos a ver Barcelona. La primera vez que subí al tren grande, la primera vez que comí y dormí en una fonda -que, si la memoria no me engaña, fue en el Hotel Internacional de la Rambla-, la primera vez que me senté en un café. La costumbre era visitar tres cosas: la catedral, el puerto y el Parc de la Ciutadella. La catedral me pareció oscura -quizás porque estaba nublado. El puerto, muy espacioso. Lo que más me gustó fue el Parc de la Ciutadella, debido, naturalmente, a los pobres animales. El elefante -que ya entonces era llamado el Abuelo- me causó una gran impresión, casi tanta como el culo pelado y rojo de los monos y los micos. Después de haber visto tantas cosas, volvimos a casa con el correo: un viaje fabuloso. Salimos a las dos y media de la tarde y llegamos sobre las nueve y media de la noche. En el Empalme comimos una de aquellas tortillas de un amarillo canario metidas dentro de un panecillo que tenían tanto prestigio. Del viaje, me quedaron en la memoria dos notas de color: el amarillo escandaloso de la tortilla del Empalme y los rojos de los traseros de los monos." (1)

videntemente, no es con ninguna voluntad circunspecta por lo que señalamos como Josep Pla, al reconstruir -o imaginar, que es lo mismo- las primeras sensaciones barcelonesas de un niño de pueblo, las reduce a la rotundidad de cuatro impresiones visuales muy poco devotas de un escenario del que se suponían admirables las proverbiales cualidades de la capital monumental y moderna. Como pasa en infinidad de momentos planianos particularmente proclives al efecto cómico, a menudo éste arrasa todos los demás matices que, con más o menos sutileza, tendrían que formar parte de la lectura. Vayamos por partes, porque la habilidad del fragmento lo requiere. Pla cultivó poco -quiero decir de cara a la galería- una de las cosas que mejor sabía hacer: crear la ilusión de las percepciones adecuadas a cada momento de la vida.

Cuando le dio alas, a esta narración nostálgica armada menos por la notación de hechos concretos que, sobre todo, por una sucesión de sensaciones precisas, aisladas cada una de las otras, ligando a veces experiencias de orden muy diverso -no me gusta decirlo así, pero para que nos entendamos: cuando Pla era más proustiano-, surgió, por ejemplo, un libro tan espléndido como Girona; El quadern gris, sin ir más lejos, tiene que leerse en esta clave si se quiere sacar de él todo su jugo. Lo que no significa, como todo el mundo sabe, que la nostalgia de Pla no sea absolutamente reversible. Y bien, el fragmento que acabamos de leer es una muestra de este doble juego: primero, sugiere con bastante eficacia la mirada infantil y el eco de unas impresiones seleccionadas por el particular orden de prioridades del niño. Pero enseguida podemos darnos cuenta de la jugada magistral: el candor de la sensibilidad lejana es el producto directo de la malicia más actual. Del "viaje fabuloso" a la gran ciudad, en la que se han visto "tantas cosas", sólo queda "el culo pelado y rojo de los monos y los micos". Huelgan más comentarios.

En relación con Barcelona, Pla tenderá siempre, en su discurso, a la perspectiva que se desprende de los resultados atribuidos a aquella primera visita. Una palabra, probablemente, resume toda la diversidad que llena la distancia -de la estrictamente biográfica (sentimental, sensual, económica) a la politicoeconómica (urbanística, arquitectónica, comercial)- entre el yo y la ciudad. La palabra sería lástima: Barcelona es, para Pla, la encarnación de las ocasiones perdidas: las del estudiante sin recursos, que vive en pensiones tristes y se funde entre la avidez y el menosprecio, un poco resentido; y las de la ciudad, a merced de especuladores, genios y fanfarrones aplicados en mantenerla en el provincianismo. Cuando en 1956 le dedicó todo un libro, Barcelona (papers d'un estudiant), Pla era un inquilino muy eventual de la ciudad, como, de hecho, lo había sido siempre, excepto en su época universitaria, regida por el calendario académico. El libro (al que pertenece el fragmento que hemos comentado) bascula con constancia entre el acicate del antiguo recuerdo -la rutilante Barcelona de los años de la Gran Guerra- y la evidencia gris de una ciudad sin ilusión, con una concepción meramente comercial. Tanto si dejamos a un lado los retoques que hizo cuando Barcelona pasó, diez años más tarde, a integrar el tercer volumen de la Obra Completa, como si consideramos éstos de la suficiente entidad para ver a través de ellos un cierto cambio de perspectivas y, por tanto, una reflexión actualizada (materia opinable y prescindible aquí), el caso es que a este libro fue a parar, de una manera u otra, la Barcelona de Josep Pla. Después de componer esta síntesis de las sucesivas imágenes que el escritor se ha ido forjando de la ciudad, con el peso más que decisivo, central, de la que corresponde a la época en que pasó aquí temporadas más largas, Pla ya hablará poco de Barcelona: a propósito de un homenot nuevo, en una referencia de un artículo sobre, pongamos por caso, las casas de huéspedes (o los árboles, o las escaleras de vecinos, o los cementerios). En realidad, cada vez vendrá menos, y cada vez sabrá menos de ella: su visión tanto de los cambios urbanos, sociales y morales de la época del desarrollismo, como de los niveles públicos y semipúblicos de la política en los años sesenta y setenta, será más bien mediatizada por los grupos que, en diversas circunstancias, le arroparan, y no tendrá, en ningún momento, Barcelona como centro. En 1961, dedica un homenot entusiasta a Porcioles (2), pero de la evolución de la ciudad desde entonces, Pla ya sólo tendrá constancia directa de manera muy fragmentaria: Barcelona será para él Destino, algunas casas particulares, el puerto y el muelle, la consulta de unos cuantos médicos, algún hotelito céntrico y dos o tres restaurantes. Puntos aislados de un conjunto que, como tal, el escritor sólo fijó literariamente en dos representaciones: la de unos años vividos, 1913-1920, y la de otros evocados con toda la intensidad que la adopción de la memoria de los demás permitía -los de la Barcelona de la segunda mitad del diecinueve.

UN FORASTERO EN LA CIUDAD

"Mis deambulaciones por Barcelona fueron largas, pero monótonas. Por razones que no podría explicar, se producían siempre por los mismos lugares. No tuve ningún domicilio en la parte vieja de la ciudad. Para un hombre como Josep Carner, barcelonés, esta zona es un barrio como otro, habitual. Yo, que soy forastero, tengo que verlo fundamentalmente como un conjunto monumental. No puede ser de otra manera. Mis sucesivos domicilios se produjeron, así, en diferentes calles del Eixample. Las cuadrículas fueron mi ambiente. Si sentí alguna inclinación por la parte vieja de la ciudad, fue por su monumentalidad, como ya he dicho. Existen muchos lugares -más o menos excéntricos de Barcelona- en los que no he puesto jamás los pies. No tengo ni la más ligera idea de Sants y de Hostafrancs, de Horta y del Guinardó... No he subido nunca al Tibidabo. Es incomprensible... Conozco muy vagamente la Barceloneta. Si subí algún día a Sarrià y a Pedralbes, fue en domingo por la tarde, y me sentí desplazado y extraño. Estos pueblos, los conocí mucho más tarde, y en Sarrià incluso creo que viví allá por los años treinta (...). Así pues, mis conocimientos de Barcelona son fragmentarios y se resienten de una falta absoluta de método." (O. C. 3, 216-217).

Pla, sentado a la izquierda, en los jardines del Ateneu Barcelonès, en compañía de los compañeros de la peña. De pie, Vicenç Solé de Sojo, Anton López Llausàs, Joaquim Muntaner y el presidente, Joaquim Borralleras. Sentados, Salvador Tayà y Josep Barbey.

 

Barcelona (papers d'estudiant) -que después se subtituló Una discussió entranyable- es un libro construido, como recogía el primer título, a partir del recuerdo que ha quedado (con papeles o sin ellos) de la antigua experiencia. Seleccionada por la memoria, ordenada quizás por la necesidad articulística antes de convertirse en libro, aquella experiencia se representa aquí fragmentada y ensartada muy tenuemente en un cierto orden temático y estacional. El quadern gris, en cambio, lleva al lector a seguir senderos de todo tipo a lo largo de los cuales se va construyendo un personaje en el duro tránsito de la desorientación juvenil a la inevitable responsabilidad adulta. Senderos afectivos y sentimentales, senderos intelectuales y literarios, senderos literales: topográficos. Las deambulaciones aludidas se nos (re)presentan aquí con la inmediatez que supone la nota del dietario.

Para el protagonista del Quadern, Barcelona es la antítesis de Palafrugell, en todos los sentidos: "Sentado en mi rincón de la biblioteca, a veces pienso en las cosas que he dejado atrás. Los recuerdos de San Sebastián se alejan de mí. Los de Palafrugell tienen una resistencia más vital. Con esto, observo que las formas de sensualidad abrupta que tanto me han hecho sufrir tienen tendencia -gracias a Dios- a ceder un poco. Ahora puedo pasar tres o cuatro horas leyendo sin que nada me distraiga. Esto probablemente se debe a la baja calidad de la comida de Barcelona, que no tiene punto de comparación con la de mi país -especialmente la carne y el pescado." (O. C. 1, 479). Su tiempo se reparte entre ambos escenarios, pero sus posibilidades en uno y otro son absolutamente diferentes. Palafrugell es la familia (que significa un determinado confort y un determinado afecto, pero también la actualización constante de unas relaciones difíciles y de la mala conciencia que le provocan por la parte de culpa que tiene); son las tertulias y los amigos, pero también las comidas, las borracheras y los prostíbulos (sin obstáculos monetarios); y es, sobre todo, el paisaje y todo lo que va ligado a él (el sentimiento y la sensación de las raíces, la experiencia estética, la posibilidad de vaciarse de todo y casi fundirse). Tal como este personaje construye su historia, Palafrugell es la determinación de la herencia y del medio. Girona habrá provisto -y en el Quadern así lo recuerda- la base de la mitología personal vinculada a la experiencia moral: es la ciudad de los descubrimientos de la adolescencia. Y Barcelona tendría que haber sido la revelación de la cultura, paralela al descubrimiento de la gran ciudad. Pero la Barcelona de los años universitarios no es, no habrá sido, -como conglomerado de piedra, gente, historia, instituciones y vínculos personales- nada especialmente decisivo en la construcción de la personalidad. Salvo, naturalmente, casos muy concretos -el Ateneo, algún amigo, un lugar para huir-, Barcelona es para el protagonista la incomodidad profunda, la inadaptación, la conciencia constantemente recordada de las limitaciones de todo tipo, determinadas todas por una fundamental, la económica. Pla es un estudiante pobre, especialmente en los últimos tiempos de la carrera, en que la economía familiar pasa por un mal momento. Barcelona le quedará ligada, para siempre jamás, a un movimiento constante del pensamiento entre lo que querría hacer y lo que puede hacer. La soledad de sus paseos, el pesar por los libros que no puede comprar, la miseria indignante de las cenas de pensión son irritantes o deprimentes -depende del momento- cuando se experimentan en un escenario que es un escaparate: "Después de cenar, voy al café Suís, con Xavier Güell y mi hermano. El café es maravilloso y deslumbrante, de color de mantequilla fresca y estar aquí es absolutamente agradable. Un camarero pasa delante de nuestra mesa con una magnífica bandeja de ostras. Tengo veintiún años y todavía no he comido ninguna ostra. Soy un desgraciado." (O. C. 1, 479).

SU RAMBLA PREFERIDA

Un escaparate es lo que eran, en la época, algunos lugares de Barcelona, como recordará Pla con los años: "Yo he conocido una Rambla -la de 1917-1918- literalmente saturada de tabaco de La Habana (el oro circulaba y la peseta tenía prima sobre las monedas más fuertes de la Tierra); entibiada en el ruidito de los duros de plata, que era la melodía que, procedente de las casas de juego, con balcón abierto, llegaba hasta la arteria central tras haber quedado endulzada en la pluma de los gorriones de los árboles de las aceras; olorosa de una cocina nocturna grasa, densa, apetitosa; con alcoholes a mano, de gran calidad, absolutamente diferentes de los brebajes corrosivos y mortíferos que ahora se beben y con aquellas señoritas del Mediodía Francés, gordas y bien plantadas, maternales, cultivadas y generosas, aficionadas a los animales domésticos y a la vida sencilla, y que producían al pasar los movimientos siderales de la astronomía recreativa. El aperitivo de la noche era impresionante, pero quizás la mejor hora era la una de la madrugada de un día cualquiera de primavera." (O. C. 3, 354). La Rambla es, efectivamente, una de las calles predilectas del personaje, que aquí se siente acogido más que en cualquier otro lugar. De hecho, la "cuadrícula" no se encuentra, en el Quadern, más que en alusiones. Y no es necesario decir que tampoco aparece la "monumentalidad". La Universidad, la calle Pelayo -donde tiene la pensión-, el Ateneo son los puntos fijos de sus movimientos. La Rambla es inevitable y tiene una gran fuerza de atracción: "La Rambla es una maravilla. Es una de las pocas calles de Barcelona en la que me siento plenamente bien. Siempre hay bastante gente como para encontrar un conocido u otro, pero hay siempre la suficiente como para pasar desapercibido, si conviene. Una vuelta por la Rambla, entre la "Práctica Forense" y el "Derecho Mercantil" es como volver de la muerte a la vida. ¡Y cuántas cosas fascinantes!: hoy, en el estanco de la calle de San Pablo he visto unos cigarros de La Habana que llevaban este nombre sublime: Flor del Senado." (O. C. 1, 476). La antítesis Universidad-Rambla menudea y constituye, claro está, el correlato de una de las tensiones que vive el personaje. No es necesario ni que se explicite: "¿Hasta cuándo -me pregunto- te perseguirá este terrible establecimiento de la plaza de la Universidad? Sólo pensar en el edificio, tan frío y simétrico, del color del asperón, se me pone la piel de gallina.

"Después de cenar me paseo por la Rambla lentamente, con las manos en el bolsillo, un cigarrillo en la boca, la nariz al aire. Mucha abundancia de señoras del Mediodía Francés, imponentes, esculturales, con una tendencia al matriarcado -para mi gusto- excesiva. Da la impresión de que todo el mundo sabe hablar francés. ¡Todo trampa, gracias a Dios! Si no fuese trampa, mejor sería huir campo a través. La Rambla está imponente de luces, de tránsito, de gente y de dinero. Os ofrecen cocaína en casi todos los establecimientos. Muchos extranjeros." (O. C. 1, 651)

Más allá de la atracción visual de la variada oferta de tentaciones, la Rambla nocturna, como síntesis intensa de una cierta vida de la ciudad, interesa al protagonista del Quadern (que, recordemos, se afana en orientar su vocación literaria): "¡Humanidad de la Rambla! ¡Ésta es una calle insondablemente humana! ¡Cuántas historias entran y salen cada día de estos cafés, de estas tiendas, de estas escaleras! El aire está impregnado de humanidad. A veces se encuentran tipos extraños, hombres y mujeres que se te quedan mirando fijamente un instante, con una actitud un tanto idiota -tan intensa es la estupefacción que se producen a ellos mismos. Esas miradas, vacías de sentido, me causan la misma impresión que si yo me mirase a mí mismo." (O. C. 1, 480). Con un poco menos de tremendismo, este aspecto de la vida en la ciudad -la multitud anónima y fugaz, sensación rara para quien no ha vivido siempre en ella- es también percibido con extrañeza y expectación bajo otras luces: "Subimos por la Rambla. La luz es cruda, lo que subraya el color grisáceo, de asperón, de Barcelona. La luz, tan viva, da al rostro de la gente un aspecto de cosa masticada y devastada. ¡Cuántos dramas en la cara, fugitiva, inaferrable, de la gente! Después enfilamos el Passeig de Gràcia. La mañana se hace aún más radiante y parece abrirse de par en par. La Rambla está llena de lo que los artistas de hace treinta años llamaban cabezas de estudio. El Passeig de Gràcia está lleno de cabezas de madera atiesadas, afeitadas, perfectas." (O. C. 1, 486)

La ausencia de luz, por cierto, hará que el narrador conozca una ciudad insólita. La Rambla es también el termómetro de la situación -la huelga general de marzo de 1919: "Me quedo en casa por la mañana; por la tarde, salgo a la calle. Todo el mundo habla más bajo que de costumbre; en la Rambla, el silencio hace que la algarabía de los gorriones resulte estridente. Al anochecer, la oscuridad es absoluta. En el Ateneo hay velas. La expectación es muy grande en todas partes, y no digamos en el Ateneo. Pasando por las calles, en las puertas de las tiendas se oye como la gente delibera sobre si han de poner una luz cualquiera en el escaparate. Muchos tenderos se rascan la cabeza. Bajo hasta las Atarazanas. La Rambla y las calles transversales -en la oscuridad- hormiguean de gente. Escudellers parece, literalmente, la boca del lobo y está tan oscura que la gente se da secos empujones. La ciudad parece una inmensa, oscura, inextricable madeja. Pero aún llega, sin poder precisar de dónde exactamente, la musiquilla del violín del ciego o la frase del mendigo de pie en la pared. En la plaza del Teatre, el mercado del amor es desbordante. La falta de luz es afrodisíaca. Vuelvo a la pensión a tientas. A partir de Canaletes, la densidad humana se aclara. Enorme sorpresa al no tener luz en el piso. Noche silenciosa; Barcelona parece meditar. Pero quizás simplemente duerme." (O. C. 1, 587)

Otras veces, las impresiones sensuales recibidas en un lugar son, expandidas, la única descripción de éste: "Hay calles del barrio antiguo de Barcelona que parecen afinar, aguzar, dentro de su ambiente recluido y estrecho, el sonido sordo de la ciudad -y en general todos los sonidos: la garlopa del carpintero, la lima del cerrajero, la amasadera de la panadería... Incluso la luz parece volverse borrosa. Recuerdo haber visto al fondo de una entrada oscura de una de estas calles el brillo de los botones dorados de un soldado de caballería paralelos a la mancha de un delantal blanco. Cuando pasamos por el laberinto inmerso en la atonía y notamos que la niebla de la ciudad se deshilacha tenemos la sensación de que la gente se aleja -como pasa en la dispersión que se produce saliendo del cine." (O. C. 1, 483). Para los paseos evasivos y habitualmente solitarios, el personaje escoge sobre todo dos lugares: el puerto y la montaña de Montjuïc. Son dos lugares donde la ciudad se acaba, favorecedores de una cierta necesidad de huída que parece, de cuando en cuando, hacérsele imprescindible (aunque después acabe teniendo unos efectos quizás demasiado abrumadores). De la larga descripción de las subidas a Montjuïc (evocadas a partir de las notas antiguas), elegimos la sugestión luminosa de una Barcelona panorámica: "Vista desde el exterior, Barcelona es una ciudad blanca. Desde el interior es de un gris con algo de amarillo -del color del asperón-. Con el sol, se alzaba de la blanca ciudad una gran llama viva que el viento hacía oscilar a poniente, a levante, y que a veces se llevaba en la lejanía..." (O. C. 1, 498). Y el final, el descenso -"el estómago lleno de ácidos, la boca seca" - en su último tramo: "Cada paso que daba era una persistente penetración en el espeso bullicio ciudadano. La confusión de gente, de luces y de ruidos me hacía perder, de momento, el mundo de vista. Sentía como si el cuerpo se me volviese de goma. Los ojos me hacían chiribitas y veía, en la claridad de un aire blanco, caer de los balcones las gotas de la miseria. Llegaba al Paralelo con la frente llena de gotas de sudor, las manos frías y secas. Enfilaba la calle Nou poco a poco. En los cristales de los escaparates veía mi cara pálida y exhausta. Caminaba lentamente por miedo a que la goma del cuerpo me hiciese botar hasta el balcón de alguna pensión de artistas ridículas y oxigenadas." (O. C. 1, 499).

Josep Pla, de tertulia, a las que tan aficionado era, con el escritor Francesc Pujols y otros amigos.

 

PASEOS EVASIVOS Y SOLITARIOS

En su totalidad, ésta es, seguramente, una de las descripciones barcelonesas más espectaculares de El quadern gris. Aunque sólo hayamos transcrito un fragmento, es suficiente -si le sumamos todos los anteriores- para confirmar la línea general del papel de la ciudad en el libro, ni que decir tiene que indisociable de la textura verbal con que aparece. En total acuerdo con el eje troncal, la construcción de un yo, hay en el libro un juego constante de afirmación y negación -y, naturalmente, de duda- del protagonista para imponer (o más bien imponerse) una personalidad entendida como propia. Así, no es de extrañar que el deseo, o la tentación, de la disolución aparezca de cuando en cuando, ritmando, con el tedio, la incapacidad de enfrentarse a la propia realidad. En resumen: el de la voluntad es uno de los grandes temas del Quadern, y esto no sorprende si pensamos que el origen del texto -y, si se quiere, la situación de la acción- se encuentran en un momento en que (como las lecturas del personaje, por otro lado, también acreditan) aún no se han extinguido determinados ecos del cambio de siglo. Entre el deseo de posesión, motor de acción, y la abulia contemplativa, Barcelona, la Barcelona que acabamos de ver descrita, jugará su papel. El movimiento basculante que va, y vuelve, de la atracción a la frustración se descompone (y a veces se confunde) en una serie de impresiones aisladas, en las que debe hacerse difícil distinguir los limites entre la sensación puramente física y su reflejo psíquico, primero, y en última instancia, moral. Una sola imagen -el cuerpo convertido en goma del último fragmento- puede acabar haciendo de nexo entre las tres caras de la relación con la realidad. Una imagen, esta, que, por arriesgada, da lugar a uno de los puntos más altos de la intensa subjetivización a la que es sometida la ciudad por el autor de El quadern gris: en los colores, las nieblas y las luces, en las fisonomías y los ruidos de las calles y suburbios se reflejan el deseo, el vacío y el miedo que el personaje pasea por ellos.

CONTRA CIERTOS GÉNEROS PERIODÍSTICOS

"En todas las redacciones hay unos escritores que escriben cosas sobre Barcelona -unos escritores llamados barcelonistas. En todas las ciudades de un cierto volumen existen esta clase de escritores. Son, generalmente, unos escritores excelentes. No creo que hagan ningún daño. Escriben cosas que encuentran en los archivos. ¡Hay tantas cosas que están en los archivos! No creo que lo que hacen sea difícil: los papeles históricos y de todo orden son inacabables. A veces, estos escritores son hiperbólicos y líricos. Ahora que los árboles empiezan a perder la hoja, uno de estos escritores acaba de escribir esta frase: <<Los plátanos de la Rambla, con un poco de buena voluntad y el flojel de los gorriones, parecen almendros floridos.>>

"Estos escritores son a menudo insoportables e ilegibles." (O. C. 1, 807).

Naturalmente, no es necesario saber si una tontería como ésta tenía autor -aunque tendría su gracia- para hacerse cargo de la irritación que palpita en esta nota del Quadern. En ella, el autor se manifiesta en contra de una especialización periodística muy arraigada que mantiene unas formas anacrónicas y suele moverse entre el elogio intemporal y la curiosidad histórica, siempre en la línea del pintoresquismo. Resulta bastante lógica la repulsión que le produce el género si (sin adentrarnos en cuestiones de poética) pensamos en la Barcelona que él ve y siente (y que consigna), que es, por un lado, la que en parte hemos mostrado; y, por otro, la que aflora en algunas noticias de la actualidad política (por la cual afirma no tener demasiado interés, aunque el texto parece, en algunos momentos, desmentirlo), anotaciones del dietario que dan -poco- la otra cara del abigarramiento del escaparate prodigioso: los atentados, los conflictos previos a la huelga general... El falseamiento de la realidad y el fácil recurso a la anécdota histórica son, pues, anacronismos, en parte porque son excusas para evitar enfrentarse, también literariamente, con la verdad -el objetivo que el protagonista persigue.

No obstante, no será el narrador del Quadern, sino un Josep Pla con un año de rodaje periodístico, quien dará su versión de una Barcelona muy alejada de los tópicos de los cronistas más o menos oficiales. Desenfadado en la actitud y atrevido en los registros, hablará de la verdad de la ciudad en 1921 en un artículo en forma de carta a una chica extranjera -un recurso eficaz y clásico, que permite jugar con una cierta distorsión producto de escamotear el contexto. En La Publicidad, en la sección "Pall Mall", rúbrica bajo la que Pla acostumbraba a publicar dos o tres textos breves sobre temática muy variada, el 27 de enero, un texto que inaugura, por así decirlo, la otra manera que tendrá Pla de hablar de Barcelona. La manera crítica que, con los años, desembocará en el citado libro de 1956.

La "Carta a Mlle. Mathieu, de la Ópera Cómica de París, sobre Barcelona", dirigida a la intérprete de Carmen en unas funciones recientes en el Liceo, responde al deseo, según dice, de que la cantante se lleve de la ciudad una imagen más próxima a la realidad que la que, quizás, el tópico andaluz le habría empujado a buscar; en la imagen que Pla le ofrece hay muy poco de elogio y, en cambio, una dosis respetable de ironía crítica a propósito del carácter de los habitantes de la ciudad, que quizás el clima justifica: "Barcelona es una ciudad un poco húmeda. Los que vivimos en ella y nos preocupamos del diagrama de nuestra salud, sufrimos acidez estomacal. Somos artríticos y biliosos, y si el cielo azul nos dejara las manos libres, seríamos quizás gente violenta y mala." Pero no hay modo de evitarlo: "Y luego, todo es muy fuerte, hasta la verdura. En París, una col de Bruselas es una col de Bruselas. En Barcelona, una col de Bruselas es como una copa de coñac. Le digo esto para que si encuentra usted en Barcelona algún señor incorrecto, piense en la influencia que tiene el clima y el régimen de pastos en las costumbres." Con un poco más de mala intención, en la teoría sobre la intensidad primaria de los colores de las cosas en las calles de la ciudad acabará, incisivamente, usando como ejemplo los uniformes del ejército -una presencia habitual en las calles de la Barcelona del sindicalismo: "Le ruego que se fije usted en el color que tiene todo en Barcelona. Vea usted las casas, los rótulos, las persianas, los árboles y los vestidos de las señoras. Vea usted la inminencia, la violencia, la inmediatez de la realidad. Nosotros estamos en primera fila. No extrañe que hagamos un caso relativo de Descartes. Nuestra filosofía es brusca y no tiene matices. Pero es que ante las verdes persianas de Barcelona no cabe adoptar una actitud mental dubitativa. Y quien dice persianas dice uniformes. Los nuestros, son deliciosos de color. Si yo fuera pintor, los militares no me dejarían dormir. El rojo y negro de la infantería le recordará a usted seguramente aquel gran pintor romántico que se llamó Eugenio Delacroix. Y calcule, señorita, si viniera Matisse y tomara gusto por nuestros uniformes."

UNA CIUDAD DESORDENADA PERO QUE SE DETIENE

En la Barcelona del pistolerismo y del reflejo local de todo tipo de crisis políticas del Estado, Pla clama con frecuencia contra la irresponsabilidad de una clase dirigente incapaz de solucionar el desorden y de imponer la autoridad. Pero qué se puede esperar de una burguesía que no ha sabido comportarse de acuerdo con la realidad ni en los aspectos aparentemente menos trascendentes: "También le ruego que no se fije usted en las casas que le llamen la atención. Hemos tenido una época de genialidad, pero gracias a Dios todo parece anunciar una época de estrechamiento. No vaya usted a creer por el simple hecho de ver tejados negros y violentamente inclinados, que en Barcelona cae la nieve. Le doy mi palabra de honor que no ha nevado nunca aquí y que si lo ha hecho alguna vez, ha sido por una pura casualidad." No se puede esperar gran cosa. Barcelona, los barceloneses, se han acostumbrado tanto a la confusión que incluso han proyectado la somnolencia: "Por lo demás, señorita, Barcelona es un columpio. Todo anda con un delicioso desorden, pero raramente la cosa se para. Cuando se vaya usted acostumbrando al sol -pasear a la una de la tarde de la tarde, al sol, tiene la misma voluptuosidad que zambullirse en el agua tibia- se convencerá que no tenemos más que una parte de culpa. Ir por la calle es agradable. La del Conde del Asalto es un mundo pimentadísimo. Se la recomiendo. También tenemos un rompeolas, que no está mal. Y tenemos San Gervasio, que ahora, en invierno, tiene rincones de una suavidad y claridad estupendas. Si se decide a hacer excursiones, le ruego que no vaya a Montserrat, porque es muy feo." La carta acaba con otra recomendación a la señorita: que se dé por satisfecha con la visión del exterior y se guarde de investigar más a fondo. "Todo esto hay que verlo, si es posible, superficialmente. Si uno se adentra un poco, como que de una cosa viene la otra, puede pasarse el peligro de descubrir cosas originales, como por ejemplo descubrir que muchos de nuestros grandes burgueses no duermen con pijama o descubrir que en muchos de nuestros interiores triunfa hoy el modern-style de 1901." Así, lo que de entrada podría parecer un texto relativamente inocuo, divertido, sobre algunas bien halladas peculiaridades barcelonesas, acaba revelándose como un sutil, metafórico, ataque a una visión del mundo caduca y, en este momento, culpable. (3)

Josep Pla, hacia 1955, conversando con el editor Josep Vergès y el periodista Carles Sentís en el despacho de "Destino".

 

Es difícil decir si era también en textos como éste en los que Josep Carner -él, a quien se debía buena parte del mito de la Ciudad Ideal, pero que no se andaba con remilgos, para la época, al relativizar un poco su imagen: véase Les bonhomies- pensaba cuando, al proclamar muy alto las virtudes del Pla escritor con motivo de la aparición de Coses vistes, en 1925, frenaba un poco, sólo un poco, su elogio ante la visión de Barcelona:"Más de una vez, directa o indirectamente, Pla alude a lo gris de Barcelona. Tiene razón al hablar de ello. Sin embargo, en todas las metrópolis hay grises de un tipo u otro, hechos de tópicos relucientes, de prejuicios, de consagraciones demasiado encastilladas, de industrializaciones o academicismos. Pero en resumidas cuentas no vale la pena romper lanzas." (4) La Barcelona que aparece en Coses vistes, como la que aparece en Llanterna màgica (1926) o en Relacions (1927), es la que se encuentra en los orígenes de la ciudad de El quadern gris. Pero es diferente: menos irisada por el recuerdo, en absoluto teñida de nostalgia, medida con ojo irónico a ratos; descrita, además, con técnicas que sugieren la sucesión ininterrumpida de imágenes, y de pensamientos y asociaciones simultáneos, la Barcelona del estudiante forastero, causa de una "mezcla de añoranza, embobamiento y enervación", adquiere, a lo largo de tres páginas de Coses vistes (que por razones obvias de extensión no transcribimos) una consistencia notable desde un ángulo de visión del que podríamos decir, sin que queramos magnificarlo, que determina una imagen literaria de la ciudad marcada en más de un aspecto por procedimientos propios de la vanguardia. Con resultados -el ejemplo es insuficiente- como estos: "Compraís, a pesar de todo, un diario. Buscaís si hay algo de su pueblo. ¡Mira! ¡Tendremos un nuevo vicario! Las hijas de María estarán contentas porque dice que será ilustrado. El boticario se ha prometido. Echaís una ojeada a la primera plana. Poincaré ha pronunciado otro discurso. Havas. La situación en Moldavia: Rovira i Virgili. Espectáculos. 25 hermosas señoritas 25. Kursaal: La muerte del corazón (dramática). Canaletas. La primera absenta del día en el Continental. Poneís el reloj -el reloj de la primera comunión- en hora. Entraís a ver las fotografías del Poliorama. La orla de Derecho del año pasado. Idiotas, aunque no puede decirse. A las once ya hay quien espera con impaciencia la salida de las chicas del Siglo." (5)

LA SOCIEDAD BARCELONESA DE FIN DE SIGLO

Es sabido que, en la posguerra, Pla contribuye indirectamente al auge del barcelonismo -matiz activo, sin excluir la nostalgia- con unos cuantos libros decisivos: Rusiñol y su tiempo (1942), El pintor Joaquín Mir (1944), Un señor de Barcelona (1945). Con mayor o menor número de páginas, todos estos libros reviven, a través de la evocación, la sociedad barcelonesa de finales de siglo, de la que (como de la Cataluña de las guerras civiles, origen de los recuerdos familiares de algunos de los biografiados) se da una versión que suele destacar la tolerancia y la amabilidad de las relaciones personales, la facilidad para una supervivencia que ahora resultaría imposible, la vida confortable entre comidas y tertulias... Como pasa en otros casos, con otros temas, la situación en la posguerra hace que Pla acabe dando un impulso, más cargado de sentido, a intereses que, más o menos ocasionalmente, habían aparecido en años anteriores. Ahora, por poner un ejemplo, en 1947, se reeditará la traducción castellana de la Vida de Manolo, que pasará a formar parte del paquete indicado. Pero Vida de Manolo se había publicado en 1928, y la visión idealizada, y sin embargo irónica, de una cierta Barcelona de los años noventa y, después, de los años de la guerra europea, naturalmente, ya se recogía en él. La acentuación del contraste, en este caso, la pondrá la miseria del presente. En otros casos el propósito es deliberado, aunque sea tácito: Don Rafael Puget sí que es un señor de Barcelona. Y entiéndase lo que se quiera de la voluntad ejemplar que, más o menos camuflada en un montón considerable de anécdotas, contiene, sin duda, la recreación de la memoria oral del protagonista.

Recordando la ciudad de los años setenta que Rusiñol conoció, Pla es, en cambio, muy explícito: "Esta Barcelona de la Restauración, que fue la de la juventud de Rusiñol, fue una pura delicia, un auténtico encanto. Y no lo digo ahora porque sienta alguna añoranza del pasado, que salvo en la vida material no fue intrínsecamente nada. Lo digo porque todos los testimonios de la época están de acuerdo en afirmarlo. Barcelona es hoy un Cafarnaum catalano-cosmopolita y murciano-aragonés. La Barcelona de entonces era una ciudad exclusivamente barcelonesa. Todo el mundo se conocía. Da la impresión de que los únicos forasteros eran el capitán general, el gobernador y el delegado de Hacienda. La gente se franqueaba, se quería, se hacía compañía. El fin de las guerras fratricidas, la instauración de la paz, unió aún más al conjunto de la ciudadanía. La vida era barata, cómoda, de una gracia provinciana un tanto bobalicona, pero sin posibles dolores de cabeza." (O. C. 14, 310-311). (6) En este mismo capítulo, "Barcelona anteayer y ayer", Pla repasa -recreativamente- lo que ahora llamaríamos el ocio y el consumo burgueses de estos años y, sobre todo, de los ochenta: cafés, restaurantes, espectáculos teatrales, coches, alquileres, servicio, provisiones... Y dedica unos cuantos párrafos a establecer, con aire de divagación, la influencia de aquella Barcelona tronera, ingenua y chabacana en Santiago Rusiñol.

Pla construye la teoría histórica de un humor específicamente barcelonés que le permite explicar la dualidad rusiñoliana ternura-sarcasmo. La base de este humor se encontraría en la vida de relación en la ciudad de las bullas, la jarana y la protesta en la calle -especialmente en algunos barrios: "Es muy posible que el chabacanismo sea en Barcelona un producto muy antiguo, pero sus formas más truculentas las da la Barceloneta alrededor del año 60 del diecinueve. Este humor de la menestralía, grosero, basto, sarcástico y frecuentemente lleno de buen sentido, afinado a veces por la astucia y bastardeado a menudo por la fanfarronería, fúnebre o gracioso intermitentemente, se rejuveneció en los cuerpos de guardia liberales, fue cultivado por Almirall y Pitarra, se afinó en Aulés, Llanas y Emili Vilanova, y se irisó a veces en Rusiñol, matizándose de agridulce, un agridulce que en París se vuelve gracioso y se entibia más tarde en una Barcelona más sosegada y tranquila." (O. C. 14, 306). El populismo progresista de la Barcelona liberal, que vive entre la descompostura supraclasística, el jolgorio popular y el cultivo de los rituales burgueses, se expresa en la agudeza y la majadería. Pero el poso innegable que deja en Rusiñol no puede disociarse de la ternura que suele proyectarse en los recuerdos de infancia y adolescencia. En el otro extremo, pronto, en la Barcelona de la Restauración "todo se matiza. Todo se suaviza. Todo se hace mediocre, todo se convierte en gacetilla." La vida, una vida "al baño de María", como dirá Pla más de una vez, se convierte en una "especie de apoteosis notarial" (O. C. 14, 309) que tiene como proyección social la urbanidad y la cursilería, y que excita en Rusiñol, según Pla, "las formas más sarcásticas y crónicas de su pensamiento." (O. C. 14, 318).

De estas formas sale el senyor Esteve. La figura arquetípica, contra la que Rusiñol descarga su crítica de aquella sociedad y de la vulgaridad del tendero que era su expresión, acaba resultando, sin embargo, "la quintaesencia, dada en forma microscópica, de nuestra civilización, el hueso de la burguesía, probablemente, la condición precisa del progreso en todos los aspectos -en todo caso, la historia de la ascensión de Cataluña, concretamente, a la vida burguesa." (O. C. 14, 517-518). Y es que, tal como lo ve Pla -no hemos de olvidar ni que estamos en la inmediata posguerra ni quién es el destinatario de su discurso-, a Rusiñol "el tiro le salió por la culata" (O. C. 14, 519) y la sátira del personaje que, al fin y al cabo, representa a "los bisabuelos de la burguesía actual", (O. C. 14, 520) se le desactivó, en parte por su propia mirada evocadora. El senyor Esteve, a pesar de la intención minimizadora y caricaturesca de Rusiñol, es el auténtico fundador de la Barcelona moderna -y de la Cataluña moderna. Con su lectura, Pla redime una tradición y la vuelve a poner al alcance de quien corresponde: "Si hemos de ser justos, tenemos que imaginarnos al senyor Esteve con Barcelona a las espaldas, porque es él quien la ha hecho. Es él, exactamente. ¿De dónde ha salido esta gran ciudad moderna, la concentración de vida más floreciente del Mediterráneo actual, con tantas virtudes y, ciertamente, con tantas taras, sino de aquel pobre señor de la calle Princesa, estrecho, mediocre, avaricioso, irrisorio, miserable, tan laborioso y previsor al mismo tiempo? Éste es el inicio de nuestra vida moderna, que es poca cosa, que habría podido ser mucho más si no lo hubiésemos destruido todo de la manera más indescriptiblemente frívola." (O. C. 14, 522). (7)

LA BURGUESÍA DE LOS "SEÑORES ESTEVE"

Podemos echarle malicia, pero la verdad es que tanta vaguedad permite muchas lecturas. Demasiadas, quizás. Nada nos impediría, pues, entender que la falta de sentido de continuidad y, por tanto, en cierta medida, el proceso de destrucción comienza para Pla -aunque sea en aspectos aparentemente superficiales- tan pronto como desaparecen los señores Esteve, "la primera generación", "el esfuerzo inicial" constructivo. Sea como sea, el caso es que la distancia de una docena larga de años significa un cierto cambio de perspectiva respecto a la burguesía barcelonesa; si lo que hacía falta (lo que Pla creía que hacía falta) a principios de los años cuarenta era lamer las heridas, paliar el desconcierto y el abatimiento, enlazar cabezas de puente, bien entrados los años cincuenta pensaba quizás que determinados miramientos estaban fuera de lugar, que hacía falta un reactivo y que la crítica descarnada a unos comportamientos sociales y económicos funestos era, ya, prioritaria. Barcelona (papers d'un estudiant) en 1956 contiene, ya lo hemos dicho, las diversas Barcelonas de Josep Pla: la de los historiadores, la del recuerdo personal, la de otras memorias, la del presente y, aun, la de la intuición de los años próximos. Y haciendo de lazo entre todas ellas y, al mismo tiempo, de motivo conductor, aquella crítica toma cuerpo con toda la dureza que significa el atrevimiento de convertir el libro en todo lo contrario del espejo satisfecho. Sabiendo muy bien quién debe ser su público mayoritario, aquel que juega a identificarse, Pla escuadra un espejo que le devuelve, a este lector barcelonés, una imagen patética, grotesca, ridícula y mezquina: la suya propia. Un espejo que, además, tiene el poder de reflejar el pasado y hacerle purgar al presente.

Josep Pla, con Ignasi Agustí, delante de los Porxos d'en Xifré, hacia 1940.

 

El libro, por tanto, es la visión agudamente satírica de una ciudad malograda por la tacañería, el individualismo y el mal gusto de una burguesía que no ha crecido, que no ha sabido pasar del estadio del exabrupto al de la plenitud; que quizás ha creado su empresa, pero que no ha hecho nada para crear un entorno que favorezca la cohesión colectiva en un espacio urbano: "Construir un país significa satisfacer una sensibilidad, aspirar a que la gente se sienta bien en él. Entonces se vuelve defendible -sólo entonces se vuelve defendible. Una ciudad es algo más que los exabruptos de una clase." (O. C. 3, 260). (8) En los "últimos decenios del siglo", cuando la burguesía "ya había perdido la coherencia interna, (...) había iniciado la decadencia", fue cuando se edificó intensivamente en el Eixample. La imagen externa que esta clase proyecta creando y, sobre todo, llenando este espacio no expresa, según Pla, el valor de la modernidad sino exactamente el contrario: el de la regresión que corresponde a una clase en decadencia. Y nos encontramos ante la paradoja: la Barcelona moderna es la confirmación de que ha terminado por pesar mucho más el individualismo atávico que la concepción global de la ciudad. Se llega a la solución por la vía de la obviedad: "En nuestro país, donde la personalidad de la gente es tan fuerte, la concepción burguesa de las cosas impuso la idea de que la plenitud significa ser individualmente diferenciado, aberrante, diferente." (O. C. 3, 261). Es la característica de los descendientes del senyor Esteve y, en opinión de Pla, es el mayor impedimento para construir cualquier cosa: "El burgués enriquecido consideró indispensable manifestar la riqueza de su personalidad en todos los aspectos, y, dado que el tejado de las casas de su propiedad es siempre lo más alto que se posee, consideró indispensable proyectar encima de éstos los síntomas más visibles de su personalidad." (O. C. 3, 264). A lo largo de todo el libro, en capítulos enteros o en alusiones constantes, el Eixample (Pla lo llamaba Ampliación, en la edición de Selecta) se va cargando de las imágenes grotescas que Pla da de él, y acaba convertido, interiores y exteriores, en símbolo de todo aquello que él abomina y que presenta como consecuencia directa de una intervención desgraciada ya desde un principio: "Si sobre la ampliación como producto social se podrían decir algunas cosas, como producto arquitectónico es un fracaso. No creo que se haya producido en Europa una posibilidad arquitectónica más amplia y vasta, operando sobre un paisaje tan bello, sobre un plano inclinado más dulce y amable, que acabase en una tan considerable mediocridad." (O. C. 3, 247). La "cuadrícula" de Cerdà, de una multiplicación que parece interminable, da, en cambio, perfectamente el límite de sus promotores: "¿hasta dónde llegarán las cuadrículas? ¿Nos encontramos ante la posibilidad de medio siglo más de tabletas de chocolate? ¿Hasta dónde se pretende llegar? El proyecto de Cerdà, ¿tiene límite? Su monotonía, su frialdad intrínseca, ¿hasta dónde llegarán? (...) La tendencia a considerar que las tabletas de chocolate de Cerdà son prorrogables sine die se debe al hecho de que el crecimiento de Barcelona ha sido y es un fenómeno mucho más rápido que el pensamiento, la imaginación y la sensibilidad de la ciudad, por no hablar del de sus dirigentes." (O. C. 3, 247-248).

EL MODERNISMO LE PRODUCE URTICARIA

Es bien sabido que el decorativismo arquitectónico modernista le provoca urticaria desde que era estudiante. Medio recordando las sensaciones de sus paseos por el Eixample de aquella época, medio clamando por lo que todavía queda de aquel espíritu que él considera tan nefasto, el repaso sarcástico de sus elementos característicos llega, por así decir, a altas cotas de expresividad -a base de una retórica de la analogía. "Así, Barcelona parece una ciudad patas arriba y cabeza abajo" (O. C. 3, 240), porque "en el punto concreto de las cornisas y los tejados no hemos tenido mucha suerte. ¿Tan complejo es rematar un edificio? ¿Será cierto -me preguntaba- que no sabemos terminar las cosas? (...) en Barcelona hay docenas y docenas de edificios que terminan de un modo meramente zoológico." (O. C. 3, 263). Y de efectos palpablemente negativos: "Los templetes, cucuruchos, excrecencias asirio-babilónicas, barretinas y coladores de café, leones y matronas, espárragos y globos terráqueos, las mil invenciones ornamentales que rematan las azoteas de las casas de Barcelona son una pura indecencia. (...) No podía sufrirlas. Me producían una molestia física -me ponían la piel de gallina." (O. C. 3, 266). Los efectos de los hierros de los balcones no son menos devastadores: "Hay tantos que su universal presencia contribuye a la tendencia a la claustrofobia que fomentan las calles regulares de la cuadrícula, sobre todo en ciertas tardes lívidas y ahora que el crecimiento de la ciudad hace que las calles del Eixample [sic] parezcan cada día más estrechas.

Pla en el aeropuerto del Prat. Era un buen aficionado a viajar en avión, seguramente como consecuencia de su época de corresponsal.

 

"Estos hierros excitan esta sensación en términos muy vívidos. Estos hierros de barandilla os pinchan la frente como una corona de espinas u os hurgan la boca del estómago con una persistencia maligna." (O. C. 3, 287)

La pusilanimidad de la burguesía enriquecida es tal que, según Pla, los interiores, los pisos típicos, producto de una concepción penosa del edificio, son la prueba de que la gente "podría haber vivido bien en el Eixample de Barcelona, y vive mal." La "tripa torturadora" del pasillo, las "emanaciones culinarias" (O. C. 3, 269) de las escaleras, la luz "mediocre y triste", (O. C. 3, 268) todo, se debe a un motivo: que "las largas cajas para vivir" (O. C. 2, 270) representaban, por varias razones (fachadas estrechas, vigas cortas...), "una arquitectura concebida exclusivamente como una máquina para cobrar alquileres". (O. C. 3, 271). Y ya se sabe: "En el Eixample de Barcelona no se puede perder nunca de vista lo que tiene de inversión de capital neta y pelada, seca. Si esto se olvida, es incomprensible." (O. C. 3, 270-271). La burguesía barcelonesa ha tenido una "concepción meramente económica de la ciudad, puramente crematística. La obsesión del valor del palmo cuadrado. Ésta es la causa primera del crecimiento de Barcelona y la causa de todos sus defectos." (O. C. 3, 253). Otra paradoja: Barcelona ha crecido y crece, pero sólo es, por el momento, "una enorme aglomeración urbana en el sentido etimológico de esta palabra." (O. C. 3, 251). No hay, por parte de nadie (tampoco de las "fuerzas faraónicas hoy dominantes" [O. C. 3, 254], concepción alguna que vaya más allá: "Barcelona es una ciudad grande. Todavía lo será más. Será una ciudad enorme. ¿Qué clase de ciudad es? ¿Es una ciudad propiamente dicha o una aglomeración? El Eixample es una sucesión inacabable de casas de pisos, de despachos, de tiendas, de almacenes. ¿Qué especie de ciudad es? ¿Dónde se encuentran, en este vasto campamento, los núcleos de carácter social y colectivo?, ¿dónde está el afán de crearlos, que es lo que constituye la fuerza constructiva de un pueblo?" (O. C. 3, 250-251). Probablemente tendría que revisarse la radicalidad de las preguntas de Pla, que parecen no tener más réplica que la estupefacción. Ya podemos suponer -de hecho lo hemos visto- que hay una acentuación de la crítica en un sentido muy determinado y con una intención bastante previsible. Sin embargo, también es cierto que Pla lo aprovecha para triturar algunas cabezas de turco particulares, y que la insistencia muestra, en definitiva, el aspecto de obsesión personal existente. Barcelona carece, afirma, del mínimo de monumentalidad cohesionadora que convierte una aglomeración en una ciudad. Pero no queda claro en ningún momento qué entiende por monumentalidad. Ya sabemos de qué va eso: ya sabemos que las tautologías, y las contradicciones flagrantes, y el martilleo de la repetición, y el juicio inapelable, y tantas otras cosas que nos pueden llegar a hartar, aguantan el discurso de Pla. Pero ni este discurso es sólo eso, ni la descripción fantástica se encuentra completamente exenta de ello; ni tampoco, al fin y al cabo, esta descripción (de la Sagrada Familia imaginada debajo del agua, del aire de la ciudad en la piel primaveral, de la trepidación económica de las mañanas...) nos parecería tan fantástica si la encontrásemos asépticamente aislada del resto. Es evidente que Pla, en Barcelona, ataca, satiriza, distorsiona y deforma sin piedad. Que es injusto. Pero, ¿por qué tendría que ser justo? No lo fue Ors. Ni siquiera Carner. Maragall, quizás. Y antes Vilanova. Menos Oller. La relación del individuo con la ciudad no tiene la justicia, ni la exactitud, como parámetro. Si acaso el amor. Y el de Pla parece más bien una relación de las destructivas y de correspondencia incierta, con infidelidades mutuas, desapariciones, reproches y entregas incondicionales. No muy barcelonesa, si, para acabar, se me permite el tópico.

Notas
1. JOSEP PLA. Obra Completa. Pp. 396-397. A partir de aquí, las referencias, entre paréntesis y abreviadas, en el texto.
2. Apareció en la séptima serie de Homenots, Obres Completes. XXIV. Selecta. Barcelona, 1961. Actualmente en O. C., 16.
3. Recordemos que en estos momentos Pla está fascinado por el autoritarismo que en Francia representan las doctrinas de Maurras y la Action Française. Por otra parte, quizás tenga gracia consignar que la segunda versión de Barcelona contiene un texto titulado "Una carta" en el que Pla explica los motivos de la misiva a la señorita -ahora- Mathieux (un encargo del director del periódico). Huelga decir que la carta que ahora, teóricamente, transcribe, es muy diferente. Véase O. C. 3, 436-441.
4. [Josep Carner]. *** . La Veu de Catalunya. 29-V-1925.
5. Coses vistes. P. 112. Ediciones Diana. Barcelona, 1925.
6. La versión catalana, que es la que citamos, de 1955, introducía algún cambio respecto a la castellana de 1945. En este fragmento, "catalano-cosmopolita" era simplemente "cosmopolita".
7. Véase, sobre la relación, MARGARIDA CASACUBERTA. "Josep Pla i el senyor Esteve". Pp. 75-77. Serra d'Or, julio-agosto 1997.
8. Véase MIQUEL PAIROLÍ. La geografia íntima de Josep Pla. La Campana, pp. 61-98. Barcelona, 1996.