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Barcelona,
en 1898

1898, una fecha clave. El fin de siglo y de milenio también es la constatación del fin de un imperio. Se ha analizado ya, desde diversos puntos de vista, cuál fue la incidencia de aquellos históricos acontecimientos en la historia de España y de Cataluña. Pero, ¿qué pasaba en la ciudad de Barcelona hace hoy cien años? Pere Gabriel, catedrático de historia contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, nos ofrece una panorámica de la época.

 

 

 

TEXTO: Pere Gabriel

Una crisi de las clases dirigentes

Parece poco discutible, incluso en años de conmemoraciones centenarias, el impacto hispánico de la pérdida de las colonias ultramarinas de 1898. Ciertamente, ha habido una mitificación del concepto crisis del 98, de la generación del 98 y de la importancia de la literatura del desastre, considerados los puntos de partida de una necesaria y quizás no alcanzada regeneración. Pero nadie puede ignorar la intervención múltiple de los ambientes intelectuales y publicistas de la época en reflexiones más o menos arbitraristas y más o menos profundas sobre la política del régimen de la Restauración y, más en general, sobre la necesidad de replantear los parámetros de la construcción del Estado liberal burgués en España.

Hace unos años –en los primeros setenta– la historiografía más central y hegemónica, con un afán revisionista, tendió a situar la crisis en un terreno, digamos, superficial. Se habría tratado de una crisis política que afectó a la superficie de las cosas, con efectos, por otro lado, sólo coyunturales. La sociedad –se decía– no se habría movido demasiado, por más que algunas elites intentaran aprovechar la crisis para alterar un poco el juego político. ¿Pruebas? Bastaba con constatar cómo el régimen monárquico había superado sin excesivas dificultades los momentos más álgidos de la crisis (a fin de cuentas, ¿no había continuado el sistema político basado en el turno de los partidos dinásticos y no había subido al trono Alfonso XIII en mayo de 1902?). Además, se podía demostrar con facilidad que económicamente la pérdida de las colonias tampoco había generado un descalabro duradero en los negocios1.

Las opiniones alternativas provinieron de la historiografía periférica y muy en especial de la catalana. Han sido los trabajos sobre las realidades más alejadas de los estrictos análisis gubernamentalistas los que han permitido resituar la importancia de fondo de la crisis de 1898, una crisis a ubicar en el contexto europeo de replanteamiento de las bases políticas y sociales de los estados liberales burgueses2.

Hay que tener en cuenta hasta qué punto el fracaso de 1898 ponía en cuestión todo un modelo de desarrollo social y político de las clases directoras, burguesas obviamente, que habían sustentado el régimen de la Restauración canovista. La crisis afectaba a los elementos fundamentales –que actuaban como cimientos– de todo el edificio político que se empezó a construir en 1875. En unos momentos llenos de intereses contradictorios de los diversos y cuarteados sectores de las burguesías hispánicas, el control de las colonias había actuado como una válvula de escape que permitía suavizar en los márgenes crisis angustiosas y de supervivencia como la que sufría la agricultura cerealística castellana y había asegurado significativos porcentajes de mercado a fin de redondear la contracción o la saturación de la demanda rural española con repecto a los tejidos catalanes. No era tan sólo eso. Aunque a menudo se ha ignorado, la problemática colonial estuvo en el centro de la problemática política del parlamentarismo de la restauración. Con un cierto esquematismo, pero creo que muy gráfico, se podía decir que mientras para la agricultura cerealística castellana las colonias habían sido un cuestión de supervivencia, para la burguesía catalana –y no sólo la industrial– las colonias aseguraban cuando menos el sueño de pasar a formar parte –algún día– del capitalismo hegemónico europeo.

El Estado liberal burgués español se había ido construyendo a lo largo del siglo XIX en torno a un modelo de desarrollo económico basado en la perspectiva de un desarrollo capitalista agrícola que a finales de siglo había entrado en crisis. A destacar, por otro lado, que la otra gran pieza constitutiva del régimen de la Restauración era la salvaguarda del poder social desde el Estado, un estado que no pretendía sino ahuyentar la intervención política de los sectores populares reservando la actuación política y la dirección social del sistema a las fuerzas más respetables y señoras.

Es en esta dirección en la que hay que analizar las repercusiones de 1898. Será necesario replantearse el modelo de desarrollo económico decimonónico a fin de incorporar a él otras dinámicas económicas como la catalana, la vasca o la valenciana, sin olvidar la también necesaria revisión de las pautas de las economías castellana y andaluza. En unos momentos, además, en los que desde todas estas múltiples situaciones se pedía la integración económica de la realidad española. Hay que recordar en este punto el importante debate sobre la necesidad de que el Estado invirtiera en infraestructuras que impulsó el movimiento de las cámaras de comercio e industriales, y también las agrarias, movimiento dirigido por hombres como Joaquín Costa, Basilio Paraíso y Santiago Alba a partir de 1898. Sin duda, todo esto tuvo repercusiones políticas importantes. Fue desde la constatación de esta crisis cuando el siglo empezaría con una revitalización clara y general de los movimientos regionalistas3. Muy en especial la situación catalana pasó a ocupar –cosa que no había pasado en años anteriores– un lugar central en la dinámica política española.

En gran medida, el desastre de 1898 fue en toda España una crisis de las clases directoras, en el seno de las cuales estalló la discusión de los parámetros del modelo de desarrollo político, económico y social practicado. De forma distinta, los sectores populares fueron los que recibieron las peores consecuencias sociales de la guerra colonial y la crisis, que sufrirían muy dolorosamente en su vida más personal, diaria y cotidiana. Pero 1898 no reportó de hecho ningún replanteamiento de fondo de los parámetros básicos de la política de las izquierdas, por más que fenómenos como el del lerrouxismo y el blasquismo hayan hecho pensar a algunos que fue así. La alteración cierta de los modelos de comportamiento político de la izquierda republicana y obrera no habían de llegar hasta 1917, en otro momento.

Procesión de Corpus en Santa María del Mar en el año 1898, fielmente reproducido por Ramón Casas. Dos años antes cinco personas habían sido ejecutadas, acusadas de atentar contra el acto religioso. Museu d'Art Modern. MNAC.
(© Calveras Sagristà. Arxiu MNAC)

 

Las muchas realidades sociales barcelonesas

Existen tópicos que quizás no describen toda la realidad pero sí al menos una de sus caras. Desde principios del siglo XIX, ha persistido la idea de una Barcelona activa, trabajadora, industrial, obrera. Lo dijeron los viajeros y lo decían las guías. Por ejemplo, con afirmaciones muy rotundas y entusiastas lo explicaba una de 1900:

"(...) los hijos de Barcelona (...) Además de distinguirse por una laboriosidad incansable y por un amor entusiasta al progreso en todo lo útil se hace notar por su disposición para cuanto pueda ocurrir en la esfera del trabajo, sea intelectual, sea material... Ese espíritu de asociación es realmente extraordinario, y lo aplican lo mismo a las grandes empresas que al cultivo de la música, igualmente a la creación de sus notables elementos de progreso que a improvisar cualquiera diversión... El obrero se distingue por su inteligencia, por su instrucción y por lo morigerado de sus costumbres; de tal modo que varios publicistas extranjeros lo presentan como modelo entre todos los de Europa. Frecuenta el café mucho más que la taberna y a los oradores de club prefiere las orquestas ambulantes que tanto atraen la atención del forastero en las calles de Barcelona, por lo bien que ejecutan hasta piezas clásicas (...)" .

La misma guía recordaba lo dicho por otro de los muchos cronistas de la ciudad finisecular, Josep Roca i Roca:

"Sería interminable la reseña de las innovaciones que debe España a la iniciativa de los hijos de Barcelona, siempre apercibidos a secundar los progresos de la civilización en todos los ramos y dotados de un espíritu tal de asimilación y de inventiva, al par que de un carácter tan emprendedor, activo, tenaz e incansable, que no en vano suele llamarse a los barceloneses los yankees de España".4

Justo es decir que este orgullo hasta la exageración ditirámbica no había surgido a finales del siglo. Venía de mucho antes, al menos de los años ochenta y la Exposición Universal de 1888.

Barcelona era una ciudad no sólo industriosa, sino a la vez llena de comercios, con un puerto en expansión, y sobre todo una ciudad llena de fiebre constructora; también con muchos intereses coloniales. Lógicamente es difícil precisar con detalle quién formaba parte de las fuerzas más señoras de la ciudad, las familias acomodadas de Barcelona. Gary Wray McDonogh ofreció sobre el tema una significativa visión de voluntad antropológica y Francesc Cabana, hablando de la burguesía catalana, ha planteado una síntesis5. Estaban los Girona, los Güell, los Muntadas, los Gumà, los López, los Bertrand i Serra, los Vidal-Ribas, los Arnús-Garí, etc. Uno de los sectores fundamentales giraba en torno a los principales detentadores del capital y los negocios inmobiliarios. Pero quizás lo que más caracterizaba este sector era la diversificación de propiedades e intereses. Era difícil en este sentido encontrar industriales puros, si bien algunos estaban muy cerca de serlo, por ejemplo, los Güell, los Muntadas o los Puig i Llagostera.

La realidad social barcelonesa contaba en una primera línea también con un mundo oficial que aseguraba la presencia del Estado central en la ciudad (o al menos así lo pretendía pese a que muchos barceloneses de buena familia continuasen riendo por lo bajo ante las maneras de hacer y las retóricas de muchos altos funcionarios). A menudo se ha minimizado su influencia, que sin embargo estaba presente. Hay que citar especialmente la de la Capitanía General, notable dado el peso de la política de orden público y el hecho de que actuaran con frecuencia como portavoces directos del gobierno. No debería olvidarse que los gobernadores civiles eran casi siempre militares (aunque no en la década de los noventa) y que las relaciones de los hombres del Fomento del Trabajo Nacional con los capitanes generales estarán en la base de toda la fiebre política de 1898-99 en relación a la crisis colonial. Weyler fue capitán general en 1895-96; después lo sería Eulogi Despujol en 1896-99.

El resto del funcionariado del Estado no llegaba a formar parte de esta acomodada sociedad barcelonesa finisecular, aunque algunos de ellos pudiesen gozar de gran influencia, como por ejemplo en el marco del poder judicial el presidente y otros altos funcionarios de la Audiencia Territorial.

Por último, y con unas características más bien particulares, debería tenerse en cuenta la relación con unos pocos y altos dirigentes de los partidos dinásticos (especialmente con el jefe canovista local Manuel Planas i Casals), que acostumbraban a mantener al mismo tiempo importantes bufetes de abogados, y en otra dirección con la jerarquía eclesiástica y muy especialmente el obispado (durante más de quince años, entre 1883 y 1899, el obispo fue Jaume Català; después vino el Dr. Josep Morgades).

Estas clases directoras mantenían unas relaciones progresivamente más intensas con un emergente mundo de profesionales y técnicos que procedían de la famosa menestralía de la ciudad o que eran los segundogénitos de familias rurales acomodadas. Era éste, quizás, el fenómeno más notable que apuntaba a finales de siglo. Aquí había que situar al nuevo alumnado de la universidad y de segunda enseñanza, así como el creciente número de actividades artísticas que iban llenando la ciudad, los maestros, los periodistas, etc. Este mundo intermedio, dedicado a los nuevos trabajos profesionales, quiso cada vez de manera más explícita actuar como conciencia cívica y social de la ciudad. De aquí surgieron la mayor parte de las dinámicas políticas del nuevo siglo.

 

Una ciudad obrera

Había, no obstante, otros mundos en Barcelona, entre los que hay que destacar todo un mundo obrero desconocido, políticamente a menudo escondido e invisible y, por lo tanto, peligroso. Sobre una población total de la ciudad que, tras la agregación de las poblaciones del Llano en 1897, giraba en torno al medio millón de personas, alrededor de 180.000-190.000 (un 35-36%) eran trabajadores. Se trata de una proporción muy alta que, sin duda, justifica la imagen de la ciudad como ciudad obrera. Estos trabajadores se distribuían principalmente en los sectores textil (55.000), alimentación y comercio (40.000), construcción (25.000), servicio doméstico (19.000), transporte (13.000), servicios públicos (12.000), artes gráficas y papel (10.000), metalurgia (cerca de 10.000), química (cerca de 6.000), actividades artísticas (unos 3.000), etc. Hay que señalar que, pese a la tendencia de los censos a ocultar el trabajo de la mujer, había unas 63.000 trabajadoras (un 32% del conjunto de la población trabajadora).

Se daba una gradación interna importante, que iba desde los trabajadores más especializados y culturizados hasta el peón, el jornalero, el trabajador ambulante y el de la calle. Esta gradación implicaba lógicamente fuertes diferencias en sueldos y jornales: las pagas semanales de ochenta pesetas (unas trece o catorce pesetas al día) de los maquinistas y mayordomos del sector textil, los dibujantes de litografía o los constructores de pianos; por debajo, las treinta o cuarenta (unas cinco o siete pesetas al día) de los cilindradores, tejedores o jefes de taller en el metal, los torneros, etc., es decir, los hombre de oficio; hasta llegar a los escasos jornales de una peseta y seis reales de la mayor parte de los trabajos de niños y mujeres. En cualquier caso, no se trataba sólo de diferencias internas en los salarios. Con mayor repercusión y significado, aunque sea más difícil de cuantificar, hay que señalar los contrastes derivados de cuestiones como la mayor o menor perspectiva de estabilidad laboral y, más ampliamente, social; la inserción en el tejido social del barrio; los muy diversos grados de alfabetización, etc.

En contraposición con la euforia de las guías antes citadas, en el fondo provinciana, Barcelona no era todavía una gran capital y, quizás lo que es más importante, le costaba mantener una dinámica unitaria de ciudad. La agregación de 1897 y aún más la programación del Eixample han dado por supuesto la existencia de un espacio y una realidad ciudadana ya integrada, como si el paso de la Barcelona vieja a la Barcelona del Llano hubiera sido una simple expansión. Pero si se consultan los mapas adecuados, es fácil constatar hasta qué punto el espacio municipal estaba lleno de grandes barrizales y terrenos no urbanizados ni edificados.

La diversidad de situaciones atomizaba intensamente esta descripción al reproducirse en algún porcentaje la estratificación señalada en general en el seno de las diversas poblaciones del Llano. Por otro lado, ponía sobre el tapete el reto de cómo avanzar en la unificación y qué proyecto de ciudad (una ciudad que era de hecho nueva) había que poner en marcha. No fue una decisión simple ni lineal. Tuvo mucho que decir al respecto todo aquel sector de profesionales e intelectuales. Uno de los modelos tendía a articular una ciudad más integrada en el sistema de relaciones parisino que en el de Madrid. Provincia de París y no provincia de Madrid fue una consideración incluso a menudo explicitada. A la vez, algunos insistían mucho en la necesidad de catalanizar Cataluña desde la capitalidad barcelonesa. Especialmente en los primeros años del siglo, importantes sectores no abandonaron la idea más decimonónica de intentar ser una capital española, alternativa quizás a lo que significaba Madrid, pero capital española. La unificación de la ciudad fue avanzando en parte gracias al establecimiento de unos determinados y vigorosos espacios de sociabilidad. La Barcelona señorial fabricaría el suyo a partir del eje de la Rambla, la Plaça de Catalunya y el Passeig de Gràcia. Por su parte, la cultura plebeya iría consiguiendo convertir los descampados del Paral.lel en un espacio interclasista pero con una significación popular clara, unificador y creador de una cultura de ocio urbano muy nueva, impensable en la Barcelona decimonónica y en muchas otras ciudades o capitales españolas6.

La articulación de la nueva ciudad al fin había de producirse a partir de las relaciones e interacciones entre un área central, en la que radicaba la Barcelona ordenada, profesional y socialmente estable, y un área circundante, con muchas menos perspectivas de estabilidad social. La Barcelona central arrancaba de los distritos II y III de Ciutat Vella (con los barrios de la Mercè y el Pi, Sant Pere y la Ribera), de parte del VI (a la izquierda del Eixample, con el barrio de Tallers al norte del Raval), de la zona más central del Eixample y, quizás también, del núcleo central de Gràcia. El extrarradio popular se dibujaba, por un lado, a partir del Raval (el famoso distrito V), el Poble Sec, Hostafrancs y Sants; por el otro, a partir de la Barceloneta, el Poblenou, el Clot y el resto de barrios de Sant Martí de Provençals, hasta llegar a Sant Andreu del Palomar.

La residencia de los profesionales fue ocupando el área central del crecimiento del Eixample siguiendo en forma de campana los ejes de Rambla de Catalunya y el Passeig de Gràcia. Sin embargo, la ciudad señora continuaba todavía en 1898 en la Barcelona Vieja de los barrios del Pi y de la Mercè. Era, por otro lado, en estos lugares donde se concentraban los centros políticos, las sedes institucionales y los instrumentos de poder.

Una Barcelona plebeya giraba en torno al barrio de Sant Pere y la Ribera. Otra se encontraba en el Raval. Más hacia afuera y con un significado socialmente más inestable se encontraban la Barceloneta, Can Tunis y Poble Sec. La novedad era la entrada en la dinámica obrera y popular de barrios más externos como Poblenou y Clot, Camp de l’Arpa, Sants y Hostafrancs, quizás Horta, ya muy lejos, que venían a sumarse a la realidad siempre más visible de Gràcia.

Inauguración del monumento a Colón, en junio de 1888.
(© AHCB)

 

Las culturas políticas de la ciudad en 1898

Muchas eran las culturas políticas activas en Barcelona. No debe menospreciarse de entrada la importancia y gran incidencia de las maneras de hacer, reglas y criterios de la política oficial. Esta se fundamentaba en la reserva oligárquica del mundo de la política a las fuerzas señoras y los grandes nombres de los profesionales de los partidos dinásticos, los notables. Influía y estaba aún muy presente el ¡nunca más! lanzado por tantos hombres conservadores a raíz de la agitación popular del Sexenio Democrático y, muy en especial, del año de la Primera República de 1873. De manera obsesiva, se trataba de alejar el peligro de una presencia activa de la movilización popular en la dinámica política. En este aspecto, el mantenimiento del orden y la represión eran piezas clave, tanto como el establecimiento de relaciones de cacicazgo y el control de los procesos electorales. No ha de extrañar, por tanto, el protagonismo de la Capitanía General y del Gobierno Civil en este contexto. En las pautas oficiales del momento, tanto el capitán general como el gobernador civil formaban parte del mundo político. Eran ellos los que en última instancia aseguraban el orden y el mantenimiento del mismo cacicazgo, sin olvidar una parte significativa de las relaciones de las fuerzas vivas con el gobierno central.

No hay que creer que aquel mundo político oficial era un elemento ajeno a la ciudad, simple representación de la presencia del Estado central. Pese a las famosas disidencias –normalmente por la derecha– respecto al canovismo que habían representado y aún representaban personalidades como Mañé i Flaquer o Duran i Bas, está clara la implicación de las fuerzas vivas, políticas y económicas locales, en aquella cultura política de la restauración decimonónica. Habían sido justamente uno de los principales apoyos iniciales de la Restauración de 1875. Un estudio reciente permite constatar el alto grado de representatividad social del personal político barcelonés de la Restauración7. Existe la tentación de creer que este apoyo se vino abajo de golpe y totalmente a raíz del desastre de 1898. Se dieron cambios profundos en este marco, pero no fueron abruptos y, por otro lado, muchos de los elementos importantes de aquella cultura política del ochocientos siguieron presentes en la vida política de los primeros años del siglo XX.

Un buen ejemplo de todo esto son las estrechas relaciones de los hombres del Fomento del Trabajo con los generales Polavieja y Weyler. Respecto al primero, la construcción de un arco del triunfo junto al monumento a Colón para recibir al general al volver de Filipinas (donde había mantenido una actitud dura, nítidamente militar y represiva y sin concesiones respecto a los autonomistas) en 1897 es mucho más que una anécdota. Hay que recordar que el arco triunfal no era sino la reproducción de la Puerta de Alcalá de Madrid. Todos aquellos hombres habían defendido sin fisuras las políticas más duras y militares durante toda la crisis colonial. La protesta y el alejamiento de Madrid que estas fuerzas experimentaron a raíz de la pérdida de la guerra fueron consecuencia del desencanto de haber perdido un imperio ultramarino, aunque sólo embrionario, en un momento en que los países más modernos justamente lo estaban agrandando. Su opción no pasó, de entrada, por una política renovadora y moderna, sino, una vez más, por el apoyo a los generales (¿no lo habían hecho ya con Martínez Campos?). Asimismo, buscaron el apoyo de otro militar duro, el general Weyler, recibido también a finales del mismo año 1897, en unos momentos de máxima oposición del Fomento a los proyectos de autonomía arancelaria en Cuba que pretendía poner en marcha el gobierno liberal de Sagasta. Como es sabido, el mundo más señorial y poderoso de la ciudad llenó con sus firmas la Junta Regional organizadora de las adhesiones al programa del general Polavieja en noviembre de 1898. El cambio de actitud no empezó a llegar hasta más tarde. Posteriormente, en 1901, la famosa candidatura a diputados a Cortes, en mayo, de los cuatro presidentes (Bartomeu Robert, ex presidente de la Sociedad Económica del País; Albert Rusiñol, ex presidente de Fomento del Trabajo; Lluís Domenech i Montaner, ex presidente del Ateneu Barcelonès; Sebastià Torres, presidente de la Liga de Defensa Industrial y Comercial) y la candidatura a las elecciones municipales de noviembre (en las que dominaron los nombres de jóvenes políticos procedentes del Centre Nacional Català: Carner, Sunyol, Puig i Cadafalch, Cambó, etc.) inauguraron el éxito político de la Lliga Regionalista. Ahora bien, fue el producto de una movilización política dinamizada por jóvenes profesionales y por sectores importantes del mundo gremial y comercial y no tanto, de momento, una apuesta clara y rotunda de las fuerzas burguesas más relevantes de la ciudad. En aquellas elecciones municipales, por ejemplo, los dinásticos y la política vieja obtuvieron cerca del 24% de los votos y, lo que es más importante, en la candidatura continuaba habiendo nombres muy representativos de la alta sociedad barcelonesa.

En aquella Barcelona finisecular había una cultura política católica muy fundamental e influyente. La Iglesia en su conjunto aseguraba la articulación cultural de un amplio mundo social de la ciudad. Y en buena medida marcaba comportamientos y análisis del mundo político. El edificio católico mantenía diversos espacios. La jerarquía formaba parte de la oficialidad del régimen y el obispo no dudaba, por ejemplo, en intervenir junto al gobernador con vibrantes palabras de exaltación ante la noticia de un éxito de armas en la guerra contra Estados Unidos el 28 de abril de 18988. La Iglesia mantenía también una decisiva responsabilidad y control en todo el importante mundo de la asistencia social y la beneficencia. Ejemplos de ello lo son la Casa de la Caritat y la de la Misericòrdia, así como una amplia serie de pequeños comedores para pobres y pequeñas instituciones en los barrios. Es asimismo bien conocido hasta qué punto la Iglesia y en especial las órdenes religiosas se habían dedicado a asegurar y dirigir la enseñanza bajo los gobiernos de la Restauración. Las grandes edificaciones escolares de los jesuitas, de los salesianos, de los escolapios, de la Salle Condal, etc. rehechas o edificadas de nuevo en aquel cambio de siglo son una manifestación muy significativa de ello. No se trata sólo de una incidencia institucional. El mundo católico más militante –y en ocasiones el más integrista– era el principal y hegemónico agente de alta cultura de la ciudad. Esto condujo a veces a conflictos escandalosos y abiertos, como por ejemplo el que se produjo en torno a las prohibiciones y censura ejercida en 1895-96 contra Odón de Buen, que era catedrático de historia natural de la Universidad de Barcelona, republicano salmeronista y aceptaba explicaciones darvinistas y evolucionistas. Un ejemplo diferente pero también ilustrativo: frente al modernismo laico que representaban Santiago Rusiñol o Ramon Casas, se creó en 1893 el Cercle Artístic de Sant Lluc –con artistas de primer orden como Alexandre de Riquer o los hermanos Llimona, Miquel Blay, Eusebi Arnau, etc.– para afirmar el trasfondo cristiano del arte.

Una parte muy significativa de aquella cultura católica había incorporado como elemento substantivo la defensa de la catalanidad e incluso había empezado a defender determinadas formas de catalanismo, especialmente en los años noventa, en torno a lo que se ha denominado vigatanisme, con Torras i Bages, el canónigo Collell y el obispo Morgades. Este sector más catalanista alcanzará a partir de 1899 cierta hegemonía dentro de la Iglesia en Barcelona. De todos modos, la cultura catalanista no puede reducirse a su versión vigatana y más derechista. Continuaba en pie la fuerza de un catalanismo que se quería más radical en torno a La Renaixença con Aldavert, Guimerà y muchos otros, así como el catalanismo que provenía de la tradición más almirallista y el que venía del campo federal.

Una fuerte cultura popular

La alternativa a la cultura política de base y la militancia católica provenía sobre todo de la izquierda. Era una cultura de base republicana que tendía no ya al laicismo sino al librepensamiento y al anticlericalismo. Era una cultura también fuerte y muy activa en importantes ambientes de la vida más popular de la ciudad. A finales de siglo se encontraba ante la realidad de una larga trayectoria como fuerza subalterna en el marco de la dinámica política más oficial catalana y, evidentemente, la estatal. En el caso de Barcelona, había mantenido y mantenía una presencia continuada en el Ayuntamiento, pero su papel no le permitía ejercer demasiado poder efectivo. Contaba, no obstante, con una amplia presencia en el tejido asociativo de la ciudad y con una notable red de centros y locales propios. Disponía de dos de los periódicos más vendidos de la ciudad, El Diluvio y La Publicidad, además de dominar el mundo plebeyo de las revistas de sátira política con La Campana de Gràcia y L’Esquetlla de la Torratxa.

El mundo republicano abarcaba un amplio abanico con fuertes diferencias internas, tanto ideológicas y estrictamente políticas como de trasfondo social. El republicanismo más visible era de hecho el republicanismo más benevolente de tradición posibilista que había optado por Castelar durante mucho tiempo. Formaba, según algunos, una especie de ala izquierdista del partido liberal. Después, venían los progresistas, que combinaban dirigentes herederos del viejo partido radical-progresista del Sexenio, donde pesaba mucho la vieja opción amadeista de una monarquía constitucional y democrática, con unos sectores de funcionarios y militares de graduación media. A la muerte de Zorrilla fue Sol i Ortega quien recuperó la tendencia, ahora en forma de republicanismo nacional como opción derechista y con voluntad de afirmación en el mundo de la política oficial. Por su parte, los partidarios de Nicolás Salmerón, quizás con una mayor coherencia, parecían reunir un cierto republicanismo intelectualizado procedente de la cultura de la Institución Libre de Enseñanza, también muy activa en la ciudad, y una progresiva y activa presencia popular en determinados barrios del Llano, especialmente en Gràcia.

Eran, por último, los federales los que se situaban cultural y socialmente a la izquierda el espectro. De entrada, había unas diferencias que eran muy básicas. Mientras el conjunto de las demás familias republicanas se movían en el terreno de lo que en vocabulario de la época se denominaba individualismo económico (es decir, defensa de la propiedad privada y de la expansión de la economía capitalista, pese a que esto no negaba la aspiración a una democratización de la propiedad y formas de igualitarismo social), los federales tendían a asumir el colectivismo y las reformas sociales más avanzadas o cuando menos a flirtrear con él. Se remitían en este sentido insistentemente al programa aprobado por el partido en 1894, en el que se pedía la revisión en determinadas situaciones de la propiedad burguesa y la revitalización de las comunidades y de los usos colectivos de las propiedades; además, aceptaba una amplia relación de propuestas de reformismo social aplicado a la industria vistas en su momento como socialistas. Una segunda gran diferencia se encontraba en toda la problemática federal. Frente al unitarismo (que más los posibilistas que los progresistas hacían compatible con fórmulas de descentralización y, en el caso de los salmeronistas, con formas de regionalismo que no ponían en cuestión la unidad orgánica de España), el modelo federal tendía a dar un protagonismo de abajo a arriba al municipio y en sus versiones más regionalistas (como la de Vallès i Ribot) consideraba Cataluña una entidad histórica que se sustentaba en la voluntad activa y progresista de sus habitantes. Las diferencias incluían también aspectos más bien simbólicos: el espejo extranjero de los federales eran los Estados Unidos y Suiza; para el resto, el referente era sin duda Francia y muy en especial la Tercera República de los republicanos de derecha llamados oportunistas que habían trazado sus directrices. En tercer lugar, estaba la propia definición más o menos clasista del movimiento. Mientras el conjunto del republicanismo no federal tendía abiertamente al interclasismo, los federales con frecuencia se afirmaban representantes y portavoces políticos del mundo más obrero y popular, del mundo del trabajo.

Existía otra división de manera transversal. Junto a un republicanismo que se quería respetable y que pretendía a menudo actuar como portavoz prudente de las masas populares (y apaciguador de tensiones), se encontraba otra especie de republicanismo más plebeyo y alborotador, muy activo y dado a los disturbios y la movilización callejera. Este republicanismo de calle afectaba a las diversas familias republicanas, pero no con la misma intensidad. En el campo posibilista era, de hecho, poco activo y minoritario (únicamente alimentado de vez en cuando por dirigentes como Fermín Villaamil), quizás porque este republicanismo recogía en gran medida sectores profesionales asentados y obreros cualificados con una clara voluntad para actuar como técnicos y cuadros intermedios. Los federales, durante mucho tiempo los que contaban con una mayor militancia y más influencia popular y obrera, habían tenido sectores importantes de este republicanismo más plebeyo (a menudo encabezados por dirigentes como Baldomer Lostau, por ejemplo), pero a finales de siglo el desconcierto político derivado de la escisión de Vallès i Ribot de 1895 y de la represión que siguió al proceso de Montjuïc parece haber disminuido bastante su protagonismo más escandaloso. En aquel final de siglo el republicanismo de calle pasaba a estar cada vez más en manos de los progresistas. Estos habían contado desde siempre con una doble versión aparentemente contradictoria: junto a unos dirigentes integrados en la buena y respetable sociedad barcelonesa (como el dirigente histórico Ramon Codina Langlin) había un republicanismo progresista de barrio y periodístico muy alborotador y dado a la conspiración revolucionaria.

Es en todo este contexto de cultura política republicana y de librepensamiento en el que hay que situar el obrerismo de izquierdas. Había un obrerismo reformista que recogía toda la tradición del socialismo posibilista catalán: dominaba todavía buena parte de las Tres Clases de Vapor y se movía sin demasiados problemas en el marco de una cultura republicana activa de reformismo social y voluntades mutualistas y cooperativistas. Por su parte, el obrerismo pesoísta (el obrerismo socialista del PSOE) no conseguía arrancar pero contaba con una presencia muy sindicalizada en algunos gremios y oficios profesionalizados del sector textil, entre los marmolistas, los litógrafos, etc. Conservaba todavía la dirección de la UGT que había reunido su congreso constitutivo en Barcelona en 1888, pero en 1899 la ejecutiva pasaría a Madrid, símbolo, en cierto modo, del fracaso de aquel pesoismo y ugetismo de primera hora, alimentado por unos pocos hombres (Toribio Reoyo, Josep Comaposada). En el fondo, era aquel obrerismo pesoísta con su marxismo muy elemental e influido por la versión del más rígido guesdismo lo único que rompía muchos de los parámetros de la cultura de tradición republicana.

Estaban obviamente, y por acabar este sintético repaso, el anarquismo y el anarcosindicalismo, que habían constituido y constituían aún el obrerismo hegemónico en la ciudad. El anarquismo, que había empezado en los años noventa implicándose en una fuerte intelectualización e inserción en el mundo de la cultura no oficial, se vio especialmente afectado por toda la represión antiterrorista, especialmente a partir de 1896 cuando, después del atentado contra la procesión de Corpus en la calle Canvis Nous, se abrió el denominado proceso de Montjuïc. Fueron detenidas más de mil personas y al final se retuvo a unas cuatrocientas. Muchas fueron torturadas, otras expulsadas o desterradas. Hubo además cinco ejecuciones de los considerados culpables.

La reacción de todas estas fuerzas y militancias ante las guerras coloniales y la derrota de 1898 es fácil de resumir. La derecha y el mundo más oficial no dudó, especialmente en 1898, en aplaudir y participar de las exaltaciones más patriotistas y colonialistas. De aquella fiebre de afirmación españolista pocos se libraron. En conjunto, el republicanismo no federal tendió también a moverse en un discurso que sólo criticaba la forma en que el gobierno dirigía la situación, pero no ponía en cuestión el derecho civilizador de España ni la necesidad de combatir con los Estados Unidos. Como es sabido, antes del desastre, los únicos que se opondrían abiertamente a la guerra y al colonialismo fueron los catalanistas de La Renaixença y los federales. Ahora bien, en Barcelona éstos no acababan de defender demasiado abiertamente el derecho a la independencia de Cuba y Filipinas como pronto hizo Pi i Margall. Sin embargo, no hay que olvidar que Barcelona, a raíz del proceso de Montjuïc y la propia guerra, permaneció prácticamente todos estos años en una situación de suspensión de las garantías constitucionales. Por el mismo motivo es difícil conseguir manifestaciones y explicaciones de la actitud de los anarquistas, anarcosindicalistas y socialistas locales. En cualquier caso, lo que sí hubo es toda una movilización de la izquierda en torno a la revisión del proceso de Montjuïc, que precisamente tendría que abrir las puertas barcelonesas a la instalación en Barcelona de Alejandro Lerroux.

 

Las conflictividades

La sociedad barcelonesa era una sociedad escindida, cruzada por múltiples conflictividades internas que justamente en aquel final de siglo (de manera similar a lo que estaba sucediendo en otras grandes ciudades europeas) estaban cobrando una renovada importancia. Fue un momento en el que los trabajadores luchaban por afirmar una presencia dentro de la sociedad y por conquistar el derecho a la protesta y la reivindicación. Este hecho alteraba profundamente las bases de la mayor parte de los regímenes liberales establecidos y muy en especial el de la Restauración en España. Que esta movilización y actividad no tuviera una expresión estrictamente electoral es otra cuestión. Pero en Barcelona, a menudo de forma violenta, se podía contemplar la agudización de la escisión en el mundo laboral entre una determinada patronal y el mundo sindical, donde el retorno de unas mínimas libertades a partir de 1899 estaba permitiendo una nueva revitalización anarcosindicalista. Desde siempre, y más todavía cuando el movimiento sindical era débil, la escisión entre un mundo de trabajo y el mundo más burgués y señor había sido amenazadora y virulenta. La represión y el relativo paréntesis de los momentos de la guerra no habían hecho desaparecer la desconfianza y el desconcierto de muchos burgueses barceloneses ante comportamientos y códigos morales que a menudo desconocían y, por tanto, siempre les sorprendían.

Otro conflicto en plena vigencia continuaba oponiendo y provocando alborotos y enfrentamientos protagonizados por grupos de jóvenes: la oposición entre la cultura católica y la cultura laica y librepensadora, anticlerical, con frecuencia llegaba a la calle. Las viejas manifestaciones de la Universidad continuaban y ahora, además, en plena discusión de 1898, se manifestaban como producto de la atribución de responsabilidades y culpas en la pérdida de las colonias y de la guerra.

Esta doble escisión (la social y la religiosa) había estado viva y vigente a lo largo de toda la historia política contemporánea de la ciudad. Pero la incidencia de la crisis de 1898 fue mayor y más novedosa en otros ámbitos. El gran hecho nuevo fue la ruptura interna del mundo señorial y respetable y el mundo oficial de la ciudad. El famoso movimiento del cierre de cajas de 1898-99 fue algo más que una simple oposición de contribuyentes ante el aumento de impuestos. No se trató de un caso aislado exclusivamente barcelonés ni catalán, pero aquí, quizás más que en otros lugares, tuvo unas fuertes repercusiones políticas. Las fuerzas económicas de la ciudad estaban dispuestas a salir a la calle y romper algunas de las bases más firmes de la cultura política oficial de la Restauración. Como ya se ha dicho, estaba muy claro que con la crisis de 1898 se rompieron bases profundas que sostenían el régimen y que la burguesía catalana, más que en otras ocasiones, no acababa de encontrar su sitio. Las implicaciones serían muchas y una de ellas, no la menos importante, era la aceptación por parte de relevantes sectores de las fuerzas económicas y notables del reto de una práctica política amplia y de masas. Encontrarían en esta dirección su instrumento en el catalanismo y la Lliga Regionalista, que ciertamente renovaría muchos de los tabúes de la derecha catalana respecto al significado de la política.

Una derivación de todo esto, aparentemente de menos relevancia, fue el conflicto de determinados sectores de la ciudad con el ejército. Este, que continuó siendo buscado y respetado por las fuerzas señoras de la ciudad (lo sería muy pronto de manera destacada por la Lliga Regionalista en ocasión de la huelga general de 1902) entró en colisión con fuerzas y grupos catalanistas y con fuerzas y grupos de la cultura de izquierdas. Sin duda, el fenómeno no puede verse al margen de la continuada llegada a lo largo de 1898 y 1899 de barcos con repatriados y soldados malheridos, desnutridos y enfermos; no se trataba de cifras pequeñas, puesto que sólo a Barcelona llegaron unos veinticinco barcos y unos 20.000 soldados entre septiembre de 1898 y septiembre de 1899. Ni tampoco puede verse al margen de la intensa denuncia por parte de la izquierda del sistema de reclutamiento militar que había permitido a los hijos de buena familia no ir a la guerra a través de fórmulas como por ejemplo la redención en metálico o las sustituciones.

Cartel d'Els Quatre Gats

 

Reflexiones y renovaciones intelectuales

Estas no parten de 1898. En el caso de Barcelona no se trata de una reacción a la situación de crisis colonial y de 1898, sino de unas reflexiones y renovaciones que se inician con la década de los noventa o incluso antes. Así, por ejemplo, la configuración del modernismo como movimiento cultural se produce alrededor de 1891-93. Hay que recordar, en el ámbito de la literatura, nombres como Jaume Brossa y más globalmente todo el grupo de L’Avenç, Joan Maragall y Apel.les Mestres, también Raimon Caselles, y en pintura y artes plásticas Santiago Rusiñol y Ramon Casas; y también las muchas renovaciones y teorizaciones emprendidas por arquitectos como Antoni Gaudí o Lluís Domènech i Montaner. El éxito del movimiento se intensificó a finales de siglo cuando empezó a obtener algunas parcelas de poder dentro de la academia cultural más establecida. Por ejemplo, algunos de ellos entraron en los Juegos Florales (Rusiñol, Maragall, Caselles) y empezaron a publicar revistas de impacto y difusión notable: Luz (1897-98), Catalònia (1898-99) y Joventut (1900-06), unos órganos cada vez más politizados y ligados a un abanico de izquierdas catalanistas que iría a parar en parte al grupo de El Poble Català.

Todo este movimiento defendió el vínculo íntimo entre pensamiento filosófico y creación literaria y artística9. En especial, asumió las reacciones indiviualistas frente al positivismo y mantuvo estrechas relaciones con el antinaturalismo europeo. En aquel cambio de siglo se llevó a los ambientes culturales barceloneses el simbolismo, el decadentismo, seguido más adelante de una reacción vitalista que muy intensamente animaron Joan Maragall o Joan Pérez Jorba.

El impacto de 1898, por lo tanto, no fue especialmente significativo, al menos en un determinado sentido y de manera estricta. Incidió en un contexto ya creado desde hacía tiempo. Aquel movimiento reclamó funciones vanguardistas para el intelectual, pero esto no anulaba, sino todo lo contrario, toda una serie de actitudes populistas. Pintores y literatos habían ya descubierto la estética y la temática social, por ejemplo a raíz del impacto del teatro de Ibsen en 1893 y las múltiples lecturas que del mismo se hicieron. Ambas fueron reencontradas con fuerza a finales de siglo en el teatro con muchas obras de éxito de Ignasi Iglesias (por ejemplo Fructidor, en 1897) y del mismo Rusiñol. De forma paralela una determinada pintura, más estética que comprensiva, de temática social de parte de Rusiñol y Casas fue profundizada por los integrantes de la colla del safrà y sobre todo por Isidre Nonell, quienes asumieron los motivos vulgares para la pintura y pasaron a buscar paisajes y personajes en los espacios suburbiales de Sant Martí o Montjuïc. De manera más estricta, la realidad de la guerra y sus repercusiones serían asumidas por Ramon Casas con el famoso dibujo del retorno de los soldados derrotados (febrero de 1900) o Santiago Rusiñol con la obra L’heroe (abril de 1903).

La derivación más precisa del impacto de 1898 surgió con el inicio de un diálogo explícito entre algunos intelectuales de uno y otro lado del Ebro, desde el reconocimiento de una realidad cultural diversa. Es el caso paradigmático de las relaciones epistolares de Pere Corominas y muy en especial Maragall y Unamuno. Es también el caso de las colaboraciones en revistas intelectuales madrileñas de algunos catalanes, como por ejemplo Jaume Brossa en La Revista Blanca. Es, en definitiva, en este punto cuando pasó a ser bien representativo el famoso grito de Escolta Espanya... lanzado por Joan Maragall.

De todos modos, ya existía desde mucho antes y con unas connotaciones distintas un diálogo con la intelectualidad que partía de la centralidad del Estado. La izquierda liberal y el republicanismo no federal (La Publicidad, El Liberal y más adelante El Progreso) habían vuelto inevitablemente la mirada hacia el reformismo español que partía de la tradición de la Institución de Libre Enseñanza. Sus referentes eran importantes revistas de Madrid como La España Moderna o la Revista Contemporánea. En este marco se desarrolló buena parte de un cientifismo social que con afán intentó poner en marcha ambiciosas colecciones: la Biblioteca Moderna de Ciencias Sociales, que dirigieron Alfredo Calderón y Santiago Valentí i Camps a partir de 1901, o la Biblioteca Sociológica Internacional a partir de 1904, que contaba con el apoyo de Manuel Henrich, importante dirigente del partido liberal y ex alcalde de Barcelona, y estaba dirigida por el mismo Valentí i Camps.

 

Epílogo: sobre dinamismos y movimientos regeneracionistas

La sociedad barcelonesa de finales de siglo, cien años atrás, era efervescente y estaba llena de dinamismos contrastados y conflictos internos, algo parecido a lo que ocurría en otras ciudades del Mediterráneo occidental en unos momentos de revitalización latina frente al germanismo y al mundo anglosajón. Se encontraba –y muchos eran conscientes de ello– en una situación transitoria encaminada a la formulación de nuevas codificaciones y valores culturales y políticos. Los cambios afectaban la práctica totalidad de los espacios de la vida económica, política y social de la ciudad, pero el protagonismo –con una mayor contundencia que en décadas anteriores– correspondía cada vez más a un emergente mundo de reflexiones y actividades de los intelectuales, los profesionales y los técnicos.

A veces se ha querido presentar todo este dinamismo como producto casi exclusivo de la capacidad renovadora de una parte muy concreta y minoritaria de toda esta generación finisecular, en el fondo la que pasó a dinamizar la Lliga Regionalista, con toda una serie de nombres ilustres como Prat de la Riba, Cambó, Duran i Ventosa, Verdaguer i Callís, etc. Al margen del hecho de que se suele ser muy injusto, en este sentido, con la realidad barcelonesa del ochocientos y excesivamente magnánimo con los jóvenes del novecientos, lo cierto es que la realidad barcelonesa era mucho más compleja y no seguía en absoluto un camino rectilíneo de avance catalanista conservador. Junto a la importancia cierta de la Lliga y la renovación de las maneras políticas de la derecha hay que contemplar, al menos, el reto asumido por otro sector que pretendía recoger la tradición de la cultura republicana popular, los diversos socialismos del ochocientos y el mismo anarcosindicalismo a fin de ir construyendo una nueva cultura política socialdemócrata. Más aún, se trata también de no ignorar el mantenimiento como fuerzas políticas también operativas del viejo dinastismo de afirmación españolista así como, en otra dirección, la presencia de todo un liberalismo izquierdista de referencias reformistas y regeneracionistas.

Una de las características más destacadas de la Barcelona de finales de siglo fue el continuum establecido entre un mundo de militancia obrera y de asociacionismo no oficial y una juventud intelectualizada y mesiánica. Los unían hechos como el autodidactismo y la importancia dada a la cultura resistente y no establecida. Se derivaba de ello una cultura no oficial articulada en torno a una verdadera multitud de pequeñas instancias: revistas. periódicos, empresas teatrales, grupos editoriales, tertulias y peñas, pequeños centros y ateneos, etc. Aquella cultura era una cultura de grupo. Los puntos de apoyo eran en principio las peñas, afianzadas en una nueva cultura del café. Aquellos grupos de afinidad (para usar una denominación aplicada normalmente a los núcleos anarquistas) fueron la forma básica de articulación de las militancias culturales y políticas más populares del momento. Continuó bien activa, en este sentido, la diferenciación básica de la tradicional y decimonónica polarización entre un pensamiento católico y un conservadurismo más o menos integrista, por un lado, y el librepensamiento, laicismo y voluntad progresista por otro, por más que ahora la voluntad de afirmación catalanista se estaba convirtiendo en un punto de referencia inexcusable tanto en un lado como en el otro.

En aquel cambio de siglo, con renovaciones y continuidades, se produjeron múltiples e intensas conexiones con las corrientes de pensamiento europeas (especialmente con Nietzsche, Schopenhauer o Stirner), que habían sido antes eclipsadas por el impacto del positivismo evolucionista más determinista. Las renovaciones afectaron así de manera notable y en direcciones distintas, tanto en el campo del modernismo de Joventut y El Poble Català, que de hecho asumía buena parte de la tradición del catalanismo decimonónico de izquierdas y del republicanismo federal, como por el lado de la modernización del pensamiento jurídico-social del conservadurismo (adaptando el tradicional historicismo organicista). No obstante, también existía un foco de pensamiento vinculado con el reformismo español de tradición krausista avivado por el peso creciente de los republicanismos no federales, como el salmeronismo y el mismo lerrouxismo. Así, con ciertas dosis de epigonismo, el anarquismo pareció incorporarse a los debates de la cultura más profesional y también actuó en esta dirección de conexiones y recuperaciones europeas.

De todas formas, y para terminar, hay que tener en cuenta que la crisis de 1898, de hecho, entrañaba en el caso barcelonés dos crisis. Una crisis política de la ciudad que alcanzará su plenitud en torno al movimiento de Solidaritat Catalana en 1907. Y a la vez una crisis social de efectos más retardados. Fue creciente el desastre para buena parte del mundo popular del prestigio social de las fuerzas señoras, vistas cada vez más como simples fuerzas egoístas. De manera similar, se agudizaría el rechazo del ejercito y el discurso militarista. Esta crisis, quizás menos visible, estaría en la base de la profunda alteración de los parámetros de la cultura política de las izquierdas un poco más tarde, a partir de 1917-18, cuando tenía que llegar el estallido anarcosindicalista de la CNT. Todo se había empezado a gestar en cierto modo también a principios de siglo e incluso un poco antes, en los años del dolor mudo de la guerra colonial.