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una carrera hacia la cumbre,
centenario del atletismo barcelonés

El atletismo catalán ya tiene cien años. Ha crecido de la mano de Barcelona; desde sus remotos orígenes, los primeros éxitos del mítico Pere Prat, un fondista de vocación amateur, hasta el espíritu más bien profesional de la disciplina de hoy, encarnado en el mediofondista Reyes Estévez. La ciudad atlética alcanzó el cenit durante los Juegos Olímpicos de 1992. Luego sobrevino la incertidumbre. En el año del centenario, Barcelona persigue nuevas perspectivas para no perder fuelle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TEXTO: Sergio Heredia

Una carrera hacia la cumbre,
centenario del atletismo barcelonés

El atletismo catalán ya tiene cien años. Ha crecido de la mano de Barcelona; desde sus remotos orígenes, los primeros éxitos del mítico Pere Prat, un fondista de vocación amateur, hasta el espíritu más bien profesional de la disciplina de hoy, encarnado en el mediofondista Reyes Estévez. La ciudad atlética alcanzó el cenit durante los Juegos Olímpicos de 1992. Luego sobrevino la incertidumbre. En el año del centenario, Barcelona persigue nuevas perspectivas para no perder fuelle.

El marchador barcelonés Daniel Plaza posa con su medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona.
(© Iberdiapo)

Cuenta una leyenda que el primer campeón olímpico barcelonés se llamaba Minicius Natalis, un romano nacido en Barcino que logró el triunfo en la carrera de cuádrigas de Olimpia en el año 60 después de Cristo. Ha pasado una eternidad desde aquel éxito de Natalis hasta la primera medalla de oro de un barcelonés en unos juegos olímpicos de la edad moderna. El marchador Daniel Plaza, precisamente en los Juegos de Barcelona’92, su ciudad, tocó el cielo con las manos y abrió las puertas del profesionalismo. Los atletas de elite pueden plantearse sus carreras deportivas a largo plazo gracias a las becas federativas y a las inyecciones económicas de los patrocinadores.
Al principio no fue así. Las calles de Barcelona eran tan estrechas que desde allí donde hoy se encuentra el monumento a Colón y hasta la fuente de Canaletes uno podía ir corriendo o dando saltos por encima de los tejados. Durante el siglo XIX, la ciudad derribó las murallas y se anexionó las poblaciones más próximas. Sus ciudadanos descubrieron un universo ajeno y nuevo, enriquecido aún más con el regreso de los indianos, fascinados tras descubrir en las colonias el deporte al aire libre, las carreras y los lanzamientos que en América ya se practicaban. Era una época de desafíos: carreras entre el xicot de Valls y el Mateu de Vilanova, los dos hombretones de las respectivas villas, que se apostaban un jamón o un pollo por ver quién invertía menos tiempo en dar cien vueltas a la plaza. Aquellos desafíos se habían instaurado en las fiestas mayores y ofrecían incluso premios en metálico a los participantes, en realidad jóvenes fuertes y sanos que podían correr muy rápido, pero nunca preparados de forma específica para la práctica del atletismo. Fueron estos encuentros en las horas de ocio, en cierto modo, el caldo de cultivo de los deportistas. La expansión de Barcelona, en especial a través de la Exposición Universal de 1888, y la importación de la cultura francesa forzada por la invasión napoleónica posibilitaron el desarrollo del ciclismo, las regatas a vela o los lanzamientos. También las sucesivas revoluciones industriales que se imponían en toda Europa tuvieron mucho que decir: la reducción de la jornada laboral de diez a ocho horas, las infraestructuras para instalaciones y ciertas ayudas económicas, en principio minúsculas, favorecieron el nacimiento de los primeros campeones.
No hubo constancia de que surgiera el atletismo como tal, en realidad un deporte tan espontáneo y natural como la propia existencia del ser humano, hasta que se fundaron los primeros clubes, muchos de ellos conocidos por aquel entonces como gimnasios, como el Gimnasio Español o el Gimnàs Tolosa, organizador precisamente de la primera carrera oficial jamás registrada en Barcelona.
Fue Jaume Vila, entonces profesor del Tolosa, que estaba ubicado en la calle Duc de la Victòria, quien tuvo curiosidad por averiguar los beneficios de las sesiones de gimnasia que llevaba algunos años impartiendo. Vila reunió a tres de sus alumnos, Julián García, Ismael Alegre y Eusebio Gracia, con el profesor de esgrima Eduard Alessodi. El propio Vila también tomó parte en la carrera. Aquella madrugada del 9 de diciembre de 1898, después de la festividad de la Purísima, soplaba un viento frío y desagradable que confería un carácter aún más épico a la prueba, un recorrido de catorce kilómetros desde Duc de la Victòria hasta la plaza de Sarrià, de ida y vuelta sobre los adoquines, los raíles del tranvía 14 y el pavés. Un trayecto que cubrieron en 55 minutos. Cuando cruzaron la meta aún no había amanecido, de modo que desayunaron en un ambiente de camaradería e incluso sacaron fuerzas para realizar una breve excursión en bicicleta.

Festival atlètico organizado por el Gimnàs Vila en el campo del Català Sport Club (1915).
(© Josep M. Có de Triola - AF CEC)

Las carreras a pie, ya desde sus orígenes, se han vinculado a las clases sociales más modestas. A diferencia de golfistas, tenistas o remeros, el corredor no debía invertir ni un duro en su preparación. Le bastaba con un calzado mínimamente adecuado -de hecho, hubo quien corría descalzo- y con el espacio abierto, las calles, los bosques, el campo. Siempre advirtieron los ingleses que el cross-country es la modalidad deportiva que más acerca al hombre a la naturaleza. Joan Gamper compartía el mismo criterio. Por eso un año después de aquella primera carrera organizó una de ochocientos metros alrededor del Hotel Casanovas, en la que el fundador del FC Barcelona acabó segundo, por detrás de Francesc Cruzate.
No obstante, aquellas primeras manifestaciones del atletismo aparecían como subsidiarias de otros deportes, en especial del fútbol. Es cierto que en el FC Barcelona nacieron a la vez fútbol y atletismo, y que idéntica circunstancia se reprodujo algunos años más tarde, cuando se fundó el RCD Espanyol. Sin embargo, en ambos casos el fútbol se imponía sobre su hermanito pobre, en parte porque así lo disponían los gustos de la burguesía barcelonesa, pero también por la falta de instalaciones, como pistas, de colchonetas o pértigas, para practicar el atletismo. La importancia del deporte del balón se magnificó en los Juegos de Amberes’20, cuando España, impulsada por su tradicional furia encarnada en Zamora, Samitier y Sancho, alcanzó el segundo puesto. De hecho, los mejores atletas eran también jugadores de fútbol que compartían ambas aficiones y que ofrecían pequeñas demostraciones atléticas en los descansos de los partidos o en sus prolegómenos. Así sucedía a menudo en el primer campo del Barça, allí donde se encuentra hoy el Turó Parc. Se jugaba al tenis en el centro del rectángulo y se disputaban carreras de bicicletas y de atletas de fondo en su perímetro. La propia Federación Catalana de Fútbol se encargaba de organizar algunos eventos atléticos, como la Volta a Barcelona en junio de 1907, en la que participaron 67 corredores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS PROEZAS DE PERE PRAT

Las primeras publicaciones deportivas de la época, La Velocipedia, Los Deportes, el semanario Stadium, El Sport, La Gaceta Deportiva y El Mundo Deportivo, relataban ya las proezas de la primera estrella del atletismo catalán: Pere Prat. La popularidad de Prat creció al amparo de las noticias-retos difundidas por los cronistas, enfrentamientos directos entre dos deportistas a una vuelta al Parc de la Ciutadella (1.420 m) o a cualquier plaza de toros con apuestas monetarias de por medio. El Club Natació Barcelona (CNB) valoró la importancia de la Ciutadella, su trazado llano y su notable visibilidad para organizar carreras cada domingo.
La imagen de los atletas se volvió familiar para los curiosos barceloneses, quienes acudían en masa a presenciar todos aquellos acontecimientos y a admirar las proezas de Pere Prat, poseedor en 1916 de siete récords de España en pruebas de medio fondo. Nacido en 1881, lechero de profesión, recorría las calles con las jarras a las espaldas y aprovechaba después sus instantes de ocio para entrenarse a paso ligero por aquellas mismas avenidas. La elegancia de su estilo y la eficacia de su zancada convirtieron a Pere Prat en un campeón prácticamente insuperable desde 1911 hasta 1917, cuando tuvo que retirarse de varias pruebas. Participó también en alguna carrera de motocicletas y en el primer triatlón disputado en nuestro país: carrera pedestre con salida del Passeig de Gràcia, una prueba ciclista y otra de náutica (no de natación, sino un recorrido en una barca tripulada por tres participantes a remo). Pere Prat se trasladó más tarde a Inglaterra y a Estados Unidos, donde dirigió una cadena de taxis.

Portada de la revista de deportes "Aire Libre".
(© Manuel Ortega)

En aquel mismo periodo, un importante núcleo de aficionados había decidido fundar la Federación Atlética Catalana (FAC) para registrar y verificar los resultados de los diversos concursos. La FAC tuvo su origen en el impulso de las principales figuras del periodismo deportivo, como Narcís Masferrer o Josep Elias i Juncosa, creadores del primer Sindicato de Periodistas Deportivos (SPE), plataforma para la expansión de los llamados deportes olímpicos, que se veían hasta entonces superados por las modalidades elitistas de la burguesía. La FAC, constituida en 1915, se centró en propagar el atletismo, divulgar distintos métodos de entrenamiento y organizar los campeonatos de Cataluña. El primero de ellos fue una carrera de cross-country que se celebró el 9 de enero de 1916 en Vallvidrera, brillante escaparate para Pere Prat, dominador de la prueba sin discusión; y el segundo, el Campeonato de Cataluña de Carreras, Lanzamientos y Saltos, que se celebró en el verano de ese mismo año en los campos deportivos de la Societat Sportiva Pompeia y del RCD Espanyol, en tres jornadas con sus correspondientes eliminatorias, semifinales y finales.
La periodicidad de los torneos de atletismo, fortalecida aún más con la incorporación de los Campeonatos de España, absorbía ya buena parte del interés de la prensa y, por extensión, de la sociedad en general. Creció pronto el número de licencias federativas, así como el de clubes deportivos, y la ciudad se impregnó del espíritu olímpico. La Primera Guerra Mundial apenas incidió en el atletismo barcelonés porque los encuentros internacionales aún no habían levantado el telón. En este sentido, 1920 marca un punto de inflexión decisivo. En un solo año, cuatro atletas catalanes formaron parte de la expedición a los Juegos de Amberes, nació la clásica Jean Bouin y se ideó la construcción del Estadio Olímpico de Montjuïc, proyecto activado por un sueño: formalizar la candidatura a los Juegos de 1924, propuesta que de nuevo impulsaba la prensa de la época, y que no cuajó porque aquellos juegos se fueron a París por deseo expreso del barón de Coubertin.
Pero vayamos por partes. Junto a la Gimnástica de Ulía, que se disputa en tierras vascas, la Jean Bouin es hoy la prueba más antigua del calendario atlético español. Evento popular y a la vez elitista, su nombre homenajea a un excelente corredor francés, plusmarquista de la hora, que murió en el frente de guerra por error de la artillería propia. La justificación de la prueba parecía evidente: difundir el atletismo entre la masa social. Siempre organizada por algún medio de comunicación -al principio El Sport; después y ya hasta nuestros días El Mundo Deportivo-, su circuito, desde Esplugues hasta el Parc de la Ciutadella, recorría las principales arterias de la ciudad y con el tiempo fue a instalarse definitivamente en Montjuïc, hoy su hogar. Rossend Calvet ganó aquella primera edición, y María Víctor fue la primera vencedora femenina, aunque 28 años más tarde, al instaurarse la carrera para mujeres. Sin embargo, cuando uno cita la Jean Bouin en presencia de expertos en la materia, todos la vinculan a Gregorio Rojo, en la actualidad entrenador de brillantes valores, que corrió la prueba en dieciséis ocasiones y la ganó seis veces entre las décadas de los cuarenta y los cincuenta.
"La edición más espectacular que recuerdo fue la de 1952", explica Gregorio Rojo, todavía un hombre en plena forma pese a contar casi ochenta años, un prototipo de vida espartana que sigue levantándose a las 7 h de la mañana y corriendo por los bosques durante una hora diaria. "En aquella ocasión se salía de Sant Just y la meta se encontraba en el Arc de Triomf: diez kilómetros. Corríamos a las 13 h del día de Año Nuevo. Cruzábamos Barcelona y los aficionados, que salían de misa, se rendían a nuestro paso. Recuerdo una Diagonal repleta de público y un clamor en la meta, cuando conseguí batir el récord de la prueba."
Natural de Villalomerz, un pequeño pueblo de Burgos, Gregorio Rojo se crió en una familia de labradores y descubrió el atletismo en Barcelona durante el servicio militar. Paseando por los cuarteles de Sant Andreu, se detuvo a contemplar a un grupo de soldados que hacían gimnasia y estiraban los músculos. Les preguntó si podía unirse a ellos y asintieron. La calidad de sus tobillos y su fina complexión -pronto le apodaron El Cañas- le permitieron evolucionar con facilidad. Ingresó en el RCD Espanyol, se entrenó a las órdenes de Manuel Cutié, uno de los estudiosos de la materia, y disfrutó de célebres enfrentamientos con Constantino Miranda, aparte de viajar a los Juegos Olímpicos de Londres’48. "Corrí con Emil Zatopek, para mí el mejor fondista de todos los tiempos", explica Rojo. "En aquel entonces, enfrentarte a aquellos monstruos te satisfacía por completo. Ninguno de nosotros corría por dinero. Yo trabajaba en FECSA y tenía que pedir permisos para entrenarme o viajar. Salíamos de un conflicto, la Guerra Civil, y la sociedad no estaba por el ocio. Se practicaban unos pocos deportes, fútbol, ciclismo, atletismo y natación; los básicos. Practicar el atletismo resultaba sumamente complejo: al gran público sólo le apasionaban los enfrentamientos directos, los duelos Rojo-Miranda o Rojo-Manuel Andreu, y los choques entre el Barcelona y el Espanyol, en aquellos tiempos grandes rivales en atletismo. Corríamos por amor al arte, porque el club sólo te brindaba la camiseta y el material era rudimentario. La suela de las zapatillas, al desgastarse, cedía, y entonces los clavos se hincaban en las plantas de los pies. Los pantalones de chandal eran tipo bombacho, anchos e incómodos, no como los trajes futuristas que lucen hoy las grandes estrellas."

Inundaciones en el estadio Olímpico. La inauguración del remodelado recinto fue accidentada.
(© AHC - AF Antonio Lajusticia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ESTADIO OLÍMPICO, UN GIGANTE AÏSLADO


Gregorio Rojo nunca llegó a correr en el Estadio Olímpico de Montjuïc, uno de los orgullos de la ciudad, emblema olímpico y también símbolo de numerosos fracasos. En principio, debía construirse en Pedralbes, pero acabó erigiéndose en el Sot de la Fuixarda. Con el objetivo de convertirse en uno de los puntos calientes de la II Exposición Universal de 1929, el estadio creció según el plan elaborado por el arquitecto Pere Domènech i Roura. Seguramente esta exposición no necesitaba un Estadio Olímpico, como tampoco el Poble Espanyol ni el Teatre Grec, pero aquel acontecimiento fue la excusa perfecta para erigir semejante obra, igual que Barcelona’92 justificó, por ejemplo, la acelerada construcción de las rondas que hoy circunvalan la ciudad.
El Estadio Olímpico simbolizaba, además, la conquista de Montjuïc, la montaña maldita -el castillo aplastaba a bombazos cualquier alzamiento que los barceloneses se propusieran-, y ponía coto a un terreno yermo y desconocido. Sin embargo, jamás llegó a integrarse de forma plena a la vida deportiva de Barcelona: los precarios accesos lo aislaron. La primera piedra se colocó en abril de 1927, y se levantó con un presupuesto reducidísimo de 6.500.000 pesetas. Con el tiempo, ese ahorro redundó en su contra porque el material de baja calidad se degradó a una velocidad asombrosa. El escultor Pau Gargallo modeló dos obras. Los Genets fent la salutació olímpica realzaron la fuerza plástica de la entrada de Maratón. El brazo levantado simbolizaba el saludo olímpico, la inspiración de Grecia. Gargallo no consiguió que la pareja de Aurigues -un hombre en un carro, una mujer en el otro- coronara la entrada principal el día de la inauguración oficial, el 20 de mayo de 1929: su fundidor francés murió de repente y la obra tuvo que terminarse en cemento.
Bajo la presidencia de los Reyes de España, asistieron a la inauguración el barón de Coubertin, Jules Rimet, presidente de la FIFA, y más de 60.000 espectadores. Aquel Estadio Olímpico noucentista y asimétrico era el segundo más grande de Europa, después de Wembley, en Londres. Se jugó a fútbol (Catalunya-Bolton Wanderers), a rugby (España-Italia) y se practicó atletismo en la pista de ceniza de quinientos metros. Llegaron combates de boxeo masivos -Uzcudum, Carnera, Schmeling-, carreras de dirt-track, un Congreso Misional o una cita de orfeones indígenas presidida por Macià. De atletismo, muy poco. La gran ocasión debía ser la Olimpiada Popular de 1936, interrumpida en el último instante por el estallido de la Guerra Civil. La ciudad se olvidó del Estadio Olímpico, que parecía condenado hasta que revivió en 1955, al oficiar de sede para los II Juegos del Mediterráneo. Fue un espejismo. Pese a ofrecerse como llegada de una etapa del Tour de Francia y de una final de Copa Barça-Espanyol (1957), su degradación se aceleró. No es cierto que sirviera de improvisado campo de concentración en la inmediata posguerra, aunque sí fue empleado para alojar a los barraquistas erradicados del Somorrostro y del Camp de la Bota a finales de los cincuenta y para refugiar a los damnificados del Vallès en 1962. La filmación en 1972 de La gran esperanza blanca fue la puntilla. Los artificieros del Cuerpo de Ingenieros presentaron un presupuesto de sesenta millones de pesetas para su voladura pero la protesta ciudadana detuvo el proceso. El RCD Espanyol presentó un primer proyecto de instalación en el Estadio Olímpico en 1979, siempre y cuando se demoliese y se reconstruyera. La propuesta coincidía con las bodas de oro de la instalación. El Espanyol ha tardado dieciocho años en alcanzar Montjuïc: en este tiempo han pasado una remodelación de 6.000 millones de pesetas, una Copa del Mundo de Atletismo en 1989 y unos Juegos Olímpicos en 1992. El renacimiento del Estadio Olímpico de Montjuïc fue solemne. En 1983, los arquitectos Correa, Milà, Buxadé, Margarit y Gregotti proyectaron su preservación, mantuvieron su fachada exterior pero lo dotaron de una excelente infraestructura, una adecuada disposición para la práctica polideportiva, visibilidad y comodidad para los espectadores. El estadio entró a formar parte de la llamada Anilla Olímpica, que incluía el Palau Sant Jordi, las Piscines Picornell, el INEFC, el Parc del Migdia y varias instalaciones de entrenamiento. Acoge hoy al Espanyol y también a los Barcelona Dragons de fútbol americano, y en ocasiones concretas se articula como marco para la celebración de reuniones atléticas. La Carrera de la Mercè y la de El Corte Inglés suelen transcurrir por el recinto, que este pasado verano recuperó el Meeting Internacional de Atletismo Ciutat de Barcelona.
El periodo en el que nos habíamos quedado, la década de los viente, supuso el trampolín para la institucionalización del atletismo. También presenció varios batacazos. Las sucesivas derrotas de la candidatura para los Juegos Olímpicos (1924, 1936) forzaron la organización de la Olimpiada Popular. Barcelona ya disputaba sus campeonatos catalanes de marcha atlética, en los que brillaba Guerau Garcia, apóstol de la disciplina en Cataluña, quien llegó a rozar el récord mundial de los veinte kilómetros. También existían los campeonatos regionales de maratón. Era la época en que animosos aficionados, como Nemesi Ponsati, un farmacéutico, mantenían viva la llama del atletismo. Tanta fe en el deporte conservaba Ponsati que se reunía con sus jóvenes atletas en la plaza España cinco días a la semana, pagaba los taxis de su bolsillo y llevaba a los discípulos a entrenarse al Estadio Olímpico.
El deporte comenzaba a ser un espectáculo de masas, popularizándose entre los sectores más marginales, y exigía una ambiciosa contraprestación: colarse en el marco deportivo internacional a cualquier precio. La amenaza del régimen hitleriano y el fascismo de Mussolini se enfrentaron a la estrategia del frente populista (como unidad contra la amenaza fascista). El deporte adquirió formas políticas, se escindió en dos direcciones: la vertiente burguesa y clasista de siempre, y la facción de los obreros, entendida como la práctica dirigida a todos los trabajadores, sin distinción de raza ni sexo. La primera era la oficial, la federativa; la segunda se extendía rápidamente a través de los movimientos internacionales de trabajadores. Praga, Frankfurt, Moscú y Viena acogieron las primeras olimpiadas obreras. Barcelona era la siguiente en la lista, una vez que España descartó acudir a los Juegos Olímpicos de Berlín’36 atendiendo al boicot internacional contra Hitler.

Cartel de los Campionats d'Espanya Universitaris d'Atletisme (Estadi Olímpic, 1936).
(© AF de la Secretaría General del Deporte, Generalitat de Catalunya)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

OLIMPIADA POPULAR

"Los nombres de Guerau Garcia y Luis Pratmarsó, un excelente mediofondista, sonaron en la megafonía del estadio de Berlín", recuerda el periodista Andreu Mercè Varela. "Les llamaban para que se colocaran en sus puestos de salida. Evidentemente, no iban a correr. Nunca llegarían a ser olímpicos." El Frente Popular Español fue el gran gestor de la Olimpiada Popular. Barcelona asumió la organización del evento al apodar a Montjuïc como pueblo de la Olimpiada. La jornada inaugural debía abrirse a las 16 h del 19 de julio, con un desfile de 5.000 atletas y 3.000 folcloristas. El 18 de julio se realizaron los ensayos de la fiesta y muchos organizadores durmieron en las instalaciones del Estadio Olímpico para solventar problemas de última hora. Allí mismo les sorprendía el estallido de la Guerra Civil.
Por supuesto, el periodo de la Guerra Civil detuvo toda actividad deportiva. Los jóvenes fueron llamados a filas y los seguidores se recluyeron en sus refugios. Explica Mercè Varela que la historia de Pratmarsó podía calificarse como una de las carreras más desafortunadas que recuerda: "Era un talento innato. Plusmarquista español de los 1.500 metros y de la milla, no consiguió ser olímpico como atleta. La Guerra Civil lo paró todo, las competiciones y los entrenamientos. Pratmarsó no pudo viajar a Berlín’36 y más tarde se concentró en sus estudios de ingeniería. Era también un gran futbolista, hasta el punto de que el Barça lo contrató como sucesor de Escolà. Entonces se rompió un tobillo durante un entrenamiento y fue cuando rompió con todo. Sólo el hockey sobre hierba logró recuperarlo: incluso fue olímpico de este deporte en Londres’48."
El fin de la Guerra Civil supuso un volver a empezar. Barcelona deberá esperar a los Juegos del Mediterráneo de 1955 para recuperar la actualidad internacional. Los barceloneses tardaron en regresar a los campos de atletismo. Es cierto que la FAC normalizó pronto sus actividades, pero también lo es que trabajaba en precario. Desde la revista Atletismo Español, que ya editaba la Federación Española de Atletismo en 1951, se recomendó a los catalanes que se modernizaran: los entrenadores deberían enseñar a los atletas a utilizar los starting blocks, tacos de salida, porque resultaba ridículo que los velocistas catalanes continuaran cavando los agujeros en la ceniza para impulsarse en la salida. Suponía un atraso de muchos años con respecto al resto de atletas españoles.

Jordi  Llopart, Josep Marín y Jaume Barrosso -de derecha a izquierda- durante los 10 Km. marcha del Meeting Internacional de atletismo (estadio olímpico, julio de 1993).
(© Sergio Carmona)

La irrupción de Tomàs Barris, otro extraordinario mediofondista, reimpulsó el atletismo barcelonés. Barris, de quien dicen que se adelantó treinta años a su época por sus excelentes marcas, acaparó buena parte de la atención por los Juegos del Mediterráneo y despertó el interés de los expertos extranjeros, como el finlandés Olli Virho, quien se encargó de entrenarlo, de llevárselo concentrado durante un año a Friburgo (Alemania) y de enrolarlo en los grandes encuentros escandinavos. "Juan Antonio Samaranch, entonces concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona, me facilitó las becas para viajar al extranjero", explica Barris. "Yo era un atleta de Estado. Incluso recibí la Medalla al Mérito Civil por una anécdota muy curiosa: tenía que correr en Laaperanta (Finlandia), pero no habían hecho ondear la bandera española en el estadio. Dije que sin ella no corría. Tuvieron que enarbolarla."
Salvo por la eclosión de algunas estrellas, el atletismo barcelonés reposaba sobre sus bases. Seguía desarrollándose como un deporte más bien minoritario y dirigido a los jóvenes en edad escolar. Casi toda su actividad se concentraba en el Estadio de Montjuïc, de hecho la única instalación que se encontraba en unas condiciones discutiblemente aceptables. Tenía que llover mucho hasta que Barcelona alcanzase su actual cifra de pistas sintéticas. Hoy, la metrópoli cuenta ya con siete instalaciones de tartán y la Federación Catalana de Atletismo (FCA) dispone de unas 6.000 licencias. En aquella época, la presente situación se hubiera calificado de utópica. El Estadio Serrahima, también en Montjuïc, se convirtió en alternativa del Olímpico en 1969. En poco tiempo, la coqueta instalación asumió las funciones del vetusto gigante, un peligro incluso para la integridad física de los deportistas porque el cemento se caía a pedazos.

Instalaciones del Estadio Serrahima, en Montjuïc.
(© AHC - AF Antonio Lajusticia)

El número de fichajes fluctuaba de un año a otro y los clubes malvivían. El Barça no tenía problemas, pues los ingresos económicos del fútbol tapaban todos los huecos. También se mantenía en forma el CNB, pero no así el Espanyol, un páramo yermo que arrojó la toalla por falta de atletas en 1972. En aquel entonces, Barcelona intentaba asomarse cada vez más al exterior. La Federación Internacional de Atletismo (IAAF) instauraba el uso del cronometraje eléctrico y las superficies de tartán empezaban a ser habituales. Francisco Aritmendi, un discípulo de Gregorio Rojo, conseguía ganar el prestigioso Cross de las Naciones en 1964 (tres años antes, Antoni Amorós lograba el segundo puesto en esa misma competición). Con ellos, y con la sabadellense Carme Valero, campeona del mundo de cross en 1976 y 1977, llegaba la época de los grandes atletas catalanes y el impulso que permitiría alcanzar el fructífero periodo actual.
El deporte ganó tal entidad que devino sinónimo de prestigio político e institucional. En sus últimos años, el gobierno de Franco había vuelto la mirada hacia los deportistas. Éstos empezaban a recibir un especial trato de favor. La metrópoli atraía a los atletas de cualquier punto del país mediante becas suculentas y las distintas residencias de deportistas los acogían con los brazos abiertos. Así llegaban corredores como el salmantino Vicente Egido, el aragonés Domingo Catalán o el cántabro José Manuel Abascal. Nacían los Centros de Perfeccionamiento Técnico. Contagiados de aquel espíritu deportivo, los barceloneses también se calzaban las zapatillas deportivas y se lanzaban a correr a las calles. Ya era habitual cruzarse con grupos de corredores, a primeras horas de la mañana o al caer la tarde, atravesando la ciudad a buen paso. Los últimos años setenta, primeros de la democracia, reflejaron esa ebullición latente en la ciudad. Los grupos de aficionados que se reunían para entrenarse en el Castell de Montjuïc, en el paseo de la Zona Franca, en el Parc de la Ciutadella o en la Carretera de les Aigües fueron los mismos que promovieron el nacimiento del Maratón de Barcelona (1978) y de las tradicionales carreras de El Corte Inglés y de la Mercè (ambas en 1979). Era la cultura del jogging, importada de Nueva York, la que se apoderaba de Barcelona, inmersa en un periodo de modernización que debería plasmarse años más tarde en los Juegos Olímpicos de 1992, el momento más brillante en la historia del deporte de la ciudad.
Llega la fiebre
El atletismo se vinculó más que nunca al deporte popular. Alguna edición de El Corte Inglés superaba los 60.000 participantes: ya era la carrera urbana más numerosa del mundo. Proliferaron las pistas de atletismo, como la Marbella, una instalación de tierra que apareció por arte y magia al fondo de Poblenou, mientras que el cultivo de nuevas técnicas de entrenamiento cristalizaba en el escenario internacional. Jordi Llopart lograba la medalla de plata en los cincuenta kilómetros marcha de los Juegos de Moscú’80; José Manuel Abascal, el bronce en los 1.500 metros de Los Angeles’84. Barcelona quiso tocar el cielo con sus manos y presentó la candidatura a los Juegos Olímpicos de 1992. Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), proclamó su victoria en Lausana en 1986.
Y llegó la fiebre. Nació el Centre d’Alt Rendiment de Sant Cugat (CAR), embrión de los futuros astros, se aceleraron las obras olímpicas y Barcelona se preparó para vivir el gran sueño. Los atletas soñaban con correr en el remodelado Estadio de Montjuïc, examinado y suspendido durante la Copa del Mundo de Atletismo de 1989, cuando un intenso aguacero dejó en evidencia sus deficientes acabados. Sobrevinieron las prisas de última hora, los cálculos aproximados. Las obras finalizarían pocos meses antes de la inauguración. Los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron calificados de éxito mayúsculo, y luego emergió la resaca.

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Carrera de la Mercè en la década de los sesena. Millares de barceloneses participan cada año en estos maratones particulares.
(© Rafa Seguí)

El mundo pareció acabarse. Se perdió la tradicional reunión internacional de atletismo y sólo la disputa del Campeonato Mundial indoor, en el Palau Sant Jordi en 1995, devolvió cierta brillantez al atletismo barcelonés. Llegaron las vacas flacas cuando se hicieron públicas las deudas millonarias de la FCA, superada por una gestión deficiente, aunque siguieron surgiendo atletas de altísimo nivel. El último de ellos se llama Reyes Estévez, otro mediofondista portentoso, que maravilló a los expertos al lograr la medalla de oro en los 1.500 metros del Campeonato de Europa. Acaso su incorporación a la elite del atletismo le vincule con las heroicidades de Pere Prat, el pionero.
Hoy, Barcelona se ha concentrado en reimpulsar el movimiento atlético. Ha renacido la reunión de atletismo, se conservan todas las grandes carreras de la ciudad y las residencias de atletas siguen llenas hasta los topes. En el año del centenario, la ciudad anda en busca de nuevos alicientes para no perder fuelle. Falló la candidatura a los Mundiales de Atletismo de 1999, cuya sede corresponderá a Sevilla, aunque la espita puede abrirse en cualquier otra vía.

 

 

 

TETXO: J. M. Baget i Herms

Els clubes, base de l'atletisme

Los clubes han sido la base del atletismo en todo el mundo, y también en Cataluña, pese a que este concepto ha ido cambiando a lo largo de los años y muy especialmente en los últimos tiempos. La incorporación de las empresas de equipamiento deportivo (chándales, zapatillas deportivas, material atlético...) ha cobrado gran importancia, sobre todo en lo referente a las carreras de medio fondo y fondo, por no hablar de los maratones en los que el profesionalismo se desarrolló ya desde los años setenta con el éxito rotundo del célebre maratón de Nueva York, escenario incluso de la película Marathon Man, las multitudinarias carreras urbanas (la Carrera de El Corte Inglés, por ejemplo) y el jogging.
Últimamente ha surgido un gran número de clubes dedicados específicamente a estas modalidades, mientras que los tradicionales equipos pluridisciplinares (carreras, saltos y lanzamientos) sufren los efectos de estos cambios estructurales, ya que no pueden competir con las citadas multinacionales, como por ejemplo Reebok, Adidas, Nike, New Balance y también el club Larios, en varias ocasiones campeón de Europa de clubes, que forma parte del grupo Unipublic (organizador por ejemplo de la Vuelta Ciclista a España) y está financiado íntegramente por esta marca de bebidas alcohólicas.
El caso del barcelonés Reyes Estévez, medalla de bronce en los campeonatos del mundo de 1997 y este año campeón de Europa en la carrera de los 1.500 metros, es emblemático, ya que se formó deportivamente en el Futbol Club Barcelona bajo las órdenes del entrenador Gregorio Rojo, figura legendaria de los años de la posguerra. Cuando se convirtió en un atleta de prestigio internacional, Estévez fue fichado por el grupo Adidas, aunque sigue entrenando con Rojo. Fermín Cacho, por su parte, pertenece al Reebok; y Isaac Viciosa, Manuel Pancorbo y Alberto García, al Larios.

CENT ANYS DE CURSES

Este año se celebra el centenario de la primera carrera atlética en Cataluña, aunque la Federación Atlética Catalana, la primera del Estado español, no se fundó hasta 1915. En 1920 se creó en Madrid la Real Federación Española de Atletismo bajo la presidencia de Gabriel María de Laffitte. Con todo, desde principios del siglo XX fueron frecuentes las competiciones promovidas por los clubes y grupos de aficionados. Recordemos que en 1896 se celebraron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna y que el atletismo fue el deporte más importante, y desde entonces las mejores marcas del olimpismo van estrechamente ligadas al atletismo. En 1914, y todavía bajo el efecto que causó la gran calidad de los Juegos de Estocolmo que se celebraron dos años antes, se organizaron en Barcelona, Madrid y Donostia las primeras competiciones según los reglamentos vigentes de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) y con unas desmesuradas ambiciones de grandeza. El llamado Concurso Olímpico, al parecer destinado a recaudar fondos para el Sindicato de los Periodistas Deportivos de Barcelona, coincidió con los Juegos Olímpicos Madrileños y la Olimpiada de Jolastokieta en Jaizkibel, y dio lugar a los primeros récords de la historia del atletismo español.
En el momento de la fundación de la Federación Catalana, numerosas sociedades deportivas ya disponían de su sección de atletismo. El Club Natació Barcelona (CNB) y el Futbol Club Barcelona han sido los clubes punteros de la ciudad a lo largo de su historia y sus enfrentamientos en los campeonatos de todas las categorías han sido una de las claves del progreso del atletismo catalán. El gran pionero de nuestro atletismo fue Nemesi Ponsati, propietario de una farmacia en la avenida Pau Claris y uno de los socios fundadores del Club Natació, que llevó adelante durante muchos años su sección de atletismo. Su trabajo se desarrolló en diferentes campos, desde el entrenamiento hasta la organización de competiciones, siempre con una dedicación especial a las categorías infantiles y juveniles.
Su inmensa obra se prolongó hasta los años setenta, cuando todavía se le podía ver día tras día en el viejo estadio de Montjuïc, por aquel entonces casi en ruinas, enseñando a niños y jóvenes la práctica del atletismo. Para todos los seguidores de este deporte, la figura patriarcal del senyor Ponsati estaba vinculada a las manifestaciones atléticas de toda clase y sin duda contribuyó a crear grandes núcleos de practicantes y aficionados. Su espíritu impregnó buena parte de la filosofía deportiva del CNB. La formación integral del deportista fue su objetivo fundamental, y ni tan solo en la época del más incipiente profesionalismo el Club Natació se apartó de aquella línea de estricto amateurismo, aunque sus mejores atletas a menudo se iban a otros clubes como el Barça. Un caso significativo lo protagonizó Martí Perarnau, con el tiempo prestigioso periodista y director de programas deportivos de TVE. Perarnau se formó en el CNB y en 1972, con diecisiete años, llegó a ostentar el récord de España absoluto y la segunda mejor marca mundial all-time de su edad, pero poco después fue fichado por el Futbol Club Barcelona, donde estuvo casi hasta el final de su carrera, muy marcada por las lesiones.
Desde su fundación en 1898, el Futbol Club Barcelona incorporó una sección de atletismo que ha pasado por diferentes etapas. En diciembre de 1900 se celebró un festival de inauguración del campo de fútbol delante del Hotel Casanovas y según las informaciones de la época Miguel Valdés corrió los cien metros en doce segundos exactos, quizás la primera marca de la que se tiene constancia en Cataluña. Estas pistas fueron el escenario de las primeras carreras, saltos y lanzamientos que componen el programa atlético.

RIVALIDAD BARÇA - ESPAÑOL

La sección de atletismo del Barça ha sido la única vinculada al mundo del fútbol que se ha mantenido en un primer plano a lo largo de la historia. El RCD Espanyol, por ejemplo, contó con una excelente sección de atletismo en los años cuarenta y cincuenta, sobre todo en las carreras de medio fondo y grandes distancias. Constantí Miranda y Josep Coll simbolizaron toda una época junto con Gregorio Rojo, del Barça, que siguió una larga trayectoria deportiva: en 1942 Rojo fijó un récord de 5.000 metros (14'53''6), sólo superado nueve años más tarde cuando el españolista Josep Coll lo dejó en 14'45''4. En los 10.000 metros Rojo y Miranda protagonizaron un duelo espectacular en la primavera de 1947 cuando el primero marcó 31'32''6 el 15 de abril y Miranda le arrebató el récord el 17 de mayo con 31'02''6. Sus duelos en la pista y en las carreras de cross levantaron una gran expectación y el interés de los aficionados.
Dentro de esta encarnizada rivalidad Barça-Espanyol destaca la figura de Tomàs Barris, sin duda el mejor atleta español de todos los tiempos en aquella época, que rebajó el récord de 1.500 metros en más de doce segundos entre 1955 (3'54''6) y 1958 (3'41''7), situándose entre los veinte mejores atletas del mundo de todas las épocas. Barris, del Espanyol de toda la vida, fue apadrinado por Juan Antonio Samaranch a raíz de los Juegos del Mediterráneo celebrados en Barcelona en 1955 y se puso en manos de un técnico finlandés de gran prestigio, Olli Virho, que, además, le dio la oportunidad de competir en los países escandinavos, que en aquel entonces estaban a la cabeza del medio fondo mundial, donde consiguió sus mejores resultados. Más tarde las casi crónicas dificultades financieras que ha sufrido la entidad blanquiazul condujeron a la disolución de su sección de atletismo, y aunque a veces ha habido algún indicio de recuperación, no parece que el Espanyol se plantee recuperar este deporte que tantas satisfacciones le dio antaño.
El CNB en Cataluña y el Real Madrid en el conjunto del Estado fueron los grandes adversarios del Barça, aunque el equipo madrileño nunca se caracterizó por la continuidad de su sección, que desapareció en los años setenta. Los éxitos del mediofondista toledano José Luis González dieron lugar hacia 1986 a una singular propuesta, su fichaje por el Real Madrid; pero este club no disponía de una sección de atletismo y el proyecto se quedó en el limbo de las peregrinas intenciones. El Atlético de Madrid tampoco se ha preocupado casi nunca por el atletismo... ¡y con el señor Gil de presidente todavía menos! Por tanto, la rivalidad con los equipos madrileños no se ha extendido habitualmente al atletismo, y menos desde la aparición del Larios, radicado formalmente en Madrid pero formado por atletas procedentes de todos los puntos del Estado español gracias a la generosa aportación económica de sus promotores. Atletas catalanes como Carles Sala, Gaietà Cornet, Gustau Adolf Becquer, Albert Ruiz, Daniel Martí y otros formados en los equipos catalanes, sobre todo en el CNB, se sintieron atraídos por el dinero que les ofrecía el equipo de amarillo de la capital. CNB y Barça son, pues, los equipos más notables del atletismo catalán, pero a lo largo de su historia se han dado diferentes iniciativas para crear clubes específicamente dedicados al atletismo. La falta de recursos económicos ha frustrado la mayoría de estos proyectos, aunque hay que recordar la formación del Club Atlètic Stadium hacia los años sesenta, que significó la ruptura del duopolio CNB-Barça al crearse un equipo muy potente que, no obstante, desapareció unos años más tarde por falta de medios. Sin embargo, la sección atlética del Centre Gimnàstic Barcelonès (CGB), del popular barrio de Gràcia, consiguió excelentes resultados sobre todo en la categoría femenina (recordemos a las gemelas Tatjer) y hoy sigue siendo uno de los equipos más destacados a pesar de la progresiva desintegración de los clubes deportivos a raíz de la incorporación de los grupos patrocinados por las marcas deportivas multinacionales.
El movimiento atlético permanece vivo sobre todo en las ciudades del área metropolitana y de las comarcas catalanas como una extensión del asociacionismo tan propio del carácter catalán. En L'Hospitalet, Badalona, Cornellà y otras poblaciones se han creado nuevos clubes a fin de dar motivos de superación y estímulo a los jóvenes, y clubes legendarios como el GEIEG de Girona, el Club Natació Reus Ploms, el Club Atlètic Manresa, el Unió Esportiva Vic, el Joventut Atlètica Sabadell, entre otros, continúan su actividad y su labor de formación junto con las secciones de marcha atlética (en la que los deportistas catalanes mantienen su hegemonía) y las carreras populares, frecuentes en todo el país. Pese a todo, el movimiento atlético, el deporte rey, no se detiene.

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