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ENTREVISTA
Eugeni Madueño
y Josep Martí Gómez

Joan Clos

 

Joan Clos i Matheu es alcalde de Barcelona desde el 26 de septiembre de 1997. Nació en el seno de una familia campesina de Parets del Vallès el 29 de junio de 1949. Estudió medicina en Barcelona y se especializó en salud pública en Edimburgo. En este campo desarrolló su carrera profesional. Durante diez años presidió la Sociedad Española de Salud Pública, y a principios de los ochenta entra en el Ayuntamiento de Barcelona, donde reestructuró la sanidad municipal. En 1987 debutó en cargos políticos con la presidencia del distrito de Ciutat Vella. El año 1991 es nombrado teniente de alcalde y responsable de Organización y Economía, y cuatro años después asumió la primera tenencia de alcaldía.

 

-¿Hacia dónde va la Barcelona que usted pilota?
Hacia su vocación, que es ser una gran ciudad europea. Y lo hace con mucho ímpetu.

 -¿Una gran urbe de qué tipo?
Una ciudad central. Ahora que se habla de la desaparición de la ciudad en el sentido que la conocemos en Europa y se perfila un tipo de ciudades de alcance regional y configuración difusa, amplia, yo creo que Barcelona demuestra su vocación de seguir siendo una ciudad en el sentido amplio de la palabra, una ciudad con funciones centrales, el centro de la realidad metropolitana.

 -Una realidad cuya consolidación han intentado imposibilitar.
Sin éxito. Es algo mágico. Yo lo atribuyo a una vocación de la ciudad. No ha servido de nada que se pusiera en duda la función central de Barcelona, porque esta reemerge y acaba imponiéndose. Yo lo atribuyo a la vitalidad de la gente y a la vocación ciudadana de continuar siendo el centro, ahora de la realidad metropolitana y regional. La gente quiere que Barcelona mantenga esta función simbólica, que no es muy precisa ni determinada, pero sí real, pues todo el mundo la reconoce y la asume. ¿No veis cómo viene gente de todas partes a mirarnos, a utilizar y servirse de esta ciudad que es también la suya?

 -En cuanto a los usos y funciones, ¿hacia dónde va esta Barcelona-centro de la ciudad-región?
En primer lugar debemos consolidar, afirmar y proyectar esta realidad, y hacerlo mejor. En segundo lugar, Barcelona tiene que aprovechar el cambio que está propiciando la revolución tecnológica sumándose a él, y transformarse en paradigma de futuro. Estamos en la sociedad de la comunicación y la información, cuya incidencia en la organización del trabajo, en la convivencia o en la sociedad ya no es un planteamiento de futuro, sino la realidad del día a día.

 -En todo esto que comentamos existe un desajuste entre la realidad real y la realidad administrativa o política. Usted es legalmente el alcalde de Barcelona, pero realmente es mucho más que esto, pues la Barcelona real no es el territorio que delimitan las leyes administrativas, sino esa realidad que se impone de forma natural. ¿Usted se siente también alcalde de la Barcelona real, cuando menos, de aquella a la que llegan las líneas del metro?
Sí, naturalmente, porque de alguna manera formamos parte de una realidad que tiene por cabecera Barcelona, pero que se extiende mucho más allá. Esta es una realidad que supera la limitación administrativa y que va mucho más allá, pues cada vez más la gente vive en Barcelona y trabaja fuera, o al revés. En quince años se ha producido una explosión de la ciudad sobre el territorio y a consecuencia o por efecto de eso, y porque ha aumentado el bienestar y el poder adquisitivo, se han creado las Rondas y han mejorado los servicios de los ferrocarriles de la Generalitat y también las Cercanías de Renfe...; todo evidencia que la realidad se ha impuesto sobre las leyes administrativas. Los hechos demuestran que la clausura de la Corporación Metropolitana de Barcelona (CMB) no ha servido para modificar el curso de la historia, pues afortunadamente la vida y la administración son realidades independientes.

 -¿Qué peso tiene esta Barcelona en el concurso de ciudades europeas?
Somos una realidad de 4,2 millones de habitantes que residimos en municipios diferentes, pero que cuando competimos, luchamos, producimos, lo hacemos desde este concepto amplio. También somos un mercado conjunto, de gran potencialidad.

 -¿Y en cuanto a especificidad?
Estamos dando con la forma de ser el centro de esta realidad urbana y demográfica. Buscamos fórmulas de actuación que permitan la reconciliación de la ciudad con la gente que vive en ella. Y os aseguro que en otras ciudades europeas tienen muchos problemas para lograrlo. Por ejemplo, en Londres esto no funciona. La City no es de los residentes, sino de los propietarios. En el corazón de Londres no hay democracia convencional, sino censataria. Allí votan sólo los propietarios. ¿Y sabéis qué pasa? Pues que quieren peatonalizar Trafalgar Square, porque aquello es un desastre de tráfico descomunal, y nadie puede, ni sabe ni tiene autoridad. Y lo que todo esto demuestra es que Londres necesita un alcalde y que la tozudez de la señora Thatcher respecto a que en Londres no era necesario un gobierno local ha resultado incierta.

-Reconciliar la ciudad con la gente significa quitar de en medio los coches y en esto ustedes todavía son muy tímidos.
Quiere decir avanzar en una línea de, por ejemplo, pacificar el tráfico. En Barcelona es admirable la manera en que la gente acepta este proceso, cómo los cambios se van produciendo sin problemas e incluso con costes elevados. Por ejemplo, las aceras de granito que se están colocando cuestan dinero y la gente lo acepta sin protestar, porque además de valorar el presupuesto saben apreciar la calidad de las reformas que se llevan a cabo, el valor añadido que supone el mobiliario urbano que colocamos, que es de calidad. Resulta admirable el sentido patrimonial que los barceloneses tienen de su ciudad, a la que consideran una extensión de su casa, una propiedad común.

 -Estamos hablando del centro y sin querer el pensamiento se nos va a la Plaça de Catalunya.
Pero esto ya no es exactamente así. Barcelona posee muchas áreas centrales. Ahora estamos acabando los bulevares de Nou Barris, en el paseo Valldaura, y los de Sant Andreu, en el paseo Torras i Bages, y con esto conseguimos que la calidad simbólica del centro se extienda a toda la ciudad. Durante estos veinte años de democracia local todos los alcaldes limítrofes han hecho más o menos lo mismo: dignificar sus centros. Fijaos en el alcalde de L’Hospitalet, que acaba de presentar 21 proyectos para el siglo XXI marcados por esta idea. Todo el mundo quiere hacer las cosas a su modo para prosperar y seguir adelante.

"Somos una realidad de 4,2 millones de habitantes que residimos en municipios diferentes, pero que competimos, luchamos, producimos desde este concepto amplio."

 

-Si Pasqual Maragall alcanza la presidencia de la Generalitat, ¿usted le pedirá que resucite la Corporación Metropolitana?
Sí, porque una estructura de este tipo continúa siendo necesaria. Y digo esto pese a que valoro mucho la Comunidad de Municipios que se creó para suplir el vacío que dejó la CMB. Esta unión voluntaria ha sido de gran utilidad y nos ha demostrado a los alcaldes las ventajas de unirnos y cooperar. De hecho sólo necesitamos un par de competencias, como por ejemplo la de urbanismo y la de infraestructuras... y ya está. No necesitamos nada más. No es necesario pensar en construir más estructuras pesadas. Ya ha pasado el momento de estas cosas. El Área Metropoli-tana funciona con cien personas, y no hacen falta más. Tampoco hacen falta grandes gobiernos. Ni tanta planificación, especialmente urbanística. Ya han quedado atrás los tiempos en los que el planificador quería saber incluso el ancho que tenía la acera en un lugar determinado. La ciudad no tiene que ser la expresión de los poderes públicos, sino del gusto de los ciudadanos; tiene que ser más plástica, más expresiva, más civil en definitiva.

 -Los ciudadanos, especialmente los ciudadanos constructores, han demostrado tener mucho más gusto crematístico que plástico. ¿Qué debe hacer la Administración?
Intensificar los flujos de información, de conocimiento. Para que las cosas funcionen ya no son necesarias estructuras de poder a la antigua.

 -Y la política, ¿en qué lugar queda con todo esto?
Lo que digo es altamente político.

 -Bueno, queremos decir la política tal como la entendemos ahora. Usted afirma: "Los barceloneses están encantados de tener aceras de granito".
Sí, y además las pagan a gusto.

 -Sí, pero usted no sabe qué piensa la gente colectivamente, eso sólo lo sabrá el día de las elecciones.
No estoy de acuerdo. Esto ya no es así. A medida que la política y la gestión pública se acercan a los ciudadanos, el ciudadano puede participar de más formas que exclusivamente votando. Es la ventaja de la subsidiariedad. Si miráis por la ventana, veréis la plaza de Sant Jaume convertida en verdadera ágora romana: hay un campamento de sindicalistas que reclama las 35 horas, otro grupo protestando por no sé qué, dentro de un rato llegarán otros... La realidad de la ciudad está presente, y está cerca.

 -Pero esto es una parte, no la globalidad.
Pues os pondré un ejemplo más amplio. Barcelona cuenta con 124 polideportivos, de los que 119 están gestionados por clubes o entidades sin ánimo de lucro. En esto representa un modelo excepcional del que tenemos que sentirnos muy orgullosos. ¿Esto es un modelo de participación política? Llamadle como queráis, en cualquier caso es participación ciudadana.

 -Una participación que no pasa por los partidos.
Exacto, eso sí, es una participación que trasciende de los partidos. A través de los partidos se puede hacer política, pero no es la única forma ni es la fundamental. Hace tiempo que hemos aprendido que el camino no era el que seguían los partidos socialdemócratas, que gestionaban empresas, escuelas, cajas de protección social... Ahora, y lo digo en sentido relativo, somos plenamente posmodernos.

 -Todo eso está muy bien por lo que atañe a la participación que va de abajo a arriba, pero no al revés, porque la única manera de ser alcalde es presentándose con un partido. Unos partidos con graves déficits democráticos y gobernados jerárquicamente... Por cierto, ¿ha tenido usted que doblegarse muchas veces ante el partido?
No. Existe buena relación. El partido no es monolítico. Yo formo parte de la Ejecutiva y de la Permanente, y las cosas se van haciendo.

 -Los partidos antes actuaban como intelectuales orgánicos, los militantes discutían sobre el futuro de la ciudad, por ejemplo, y decidían líneas de actuación. Ahora bien, ¿quién toma la decisión sobre lo que hay que hacer en el Poblenou, pongamos por caso? ¿El partido? ¿Los concejales, que han sido escogidos a dedo por el alcalde? ¿Quién manda y quién piensa globalmente en la actualidad? Usted dice: "Barcelona será la ciudad del conocimiento", como Maragall dijo: "Seremos la capital cultural del 2001". Muy bien. Nosotros decimos: "¿De dónde ha salido esta idea? ¿Quién lo ha decidido? Y este, ¿quién es y a quién representa?"
Las ideas salen de donde salen y después se llenan de contenido. Es lo que se ha hecho siempre. Las ciudades más importantes de EE.UU. van en esta dirección, ya no están pendientes del capital financiero, sino del que se expresa en forma de conocimiento. El capital financiero corre por todas partes, es inabarcable. En cambio, las que están mostrando el camino hacia el éxito son las ciudades que son capaces de atraer capital intelectual.

 -Cuando usted habla de conocimiento, ¿en qué está pensando?
El conocimiento no es aquello de la colaboración entre las universidades y las empresas, sino que va desde las cosas más pequeñas hasta los proyectos de investigación. Conocimiento es la parte invisible que aporta Barcelona en su mobiliario urbano, esta parte de valor añadido que implica el diseño, el conocimiento de los factores que rodean al producto, etc. Es la diferencia que existe entre un diseño urbano funcional y un diseño urbano realizado con intención, lo que distingue una pasadera normal de la pasadera del puerto, que ha sido realizada añadiendo conocimiento, intención, porque además de ser útil quiere decir algo más.

 -Bueno, es un objeto artístico.
Os pondré otro ejemplo. Tomemos las empresas de transporte. Ahora vosotros les añadís un tratamiento de la información a fondo y os da la logística. Logística es la sociedad del conocimiento aplicada al transporte.

-Ah, ¿sí?
Nosotros tenemos un gran espacio en el que podremos aplicar este concepto de ciudad del conocimiento. Es el Poblenou, donde podremos hacer compatibles los usos ciudadanos con los que requieren avanzar hacia este objetivo de manera que la aplicación de una estrategia defina a la vez la utilización que se hace del territorio. Es lo que ha pasado en Nueva York con el Soho.

 -Usted y Maragall tienen una fijación con esta ciudad.
Porque Nueva York era una ciudad decrépita, con problemas de seguridad y de todo tipo. Pero la casualidad hizo que allí se instalaran las industrias multimedia y de publicaciones, y poco a poco se han ido revitalizando, porque se han instalado una serie de iniciativas complementarias que han creado una dinámica extraordinariamente positiva. Aquí queremos que pase lo mismo. Que pase eso, exactamente. Por cierto, ¿habéis visto Full Monty?

-¿Quién no la ha visto?
Pues es el ejemplo de la ciudad que no ha sabido dar el salto de capital exitosa de la manufactura, de la era industrial, a capital exitosa de la era postindustrial.

 -¿Bilbao sí ha dado el salto?
Bilbao ha hecho un gesto. En cambio, Barcelona es como Sheffield, la ciudad de Full Monty. Barcelona tenía La Maquinista, tenía la España Industrial, la Pegaso... Si os fijáis, veréis que los mejores parques antes habían sido fábricas. Pero en Barcelona no se ha dado la crisis de Sheffield. Barcelona ha ido dejando atrás su pasado industrial y se ha convertido... en capital de los cruceros del Mediterráneo, por ejemplo. Y es una ciudad que ha inventado el concepto de turismo urbano, o turismo cultural. Una ciudad que enseña su arte gótico, su románico, que tiene ruinas romanas en su subsuelo y, unos metros más allá, un barrio posmoderno dejado por los Juegos Olímpicos.

-Quiere decir que no somos una ciudad en crisis.
Somos una ciudad en la que falta espacio para realizar convenciones y que tiene las plazas reservadas para todos los congresos que se han de celebrar hasta el año 2002. Una ciudad en la que faltan hoteles, y...

-Va lanzado.
Es que hemos ido avanzando de una manera notable, y todavía queda mucho por hacer.

Campus Nord de la Universitat Politècnica de Catalunya. Según el alcalde, cada día más, los ciudadanos "ya no están pendientes del capital financiero, sino del que se expresa en forma de conocimiento".

(© Eduard Olivella)

 

-Continúe.
Tenemos que completar la recuperación del frente marítimo. Adecuar los ríos Besòs y Llobregat y conseguir que verdaderamente seamos el centro de esta ciudad de 4,2 millones de habitantes.

-Hablando del frente marítimo, permítanos hacerle una pregunta personal: ¿a usted le gusta el Maremàgnum?
Sí, sí. Tiene un gran éxito popular. Siempre está lleno de gente. Además, abrirse al mar es el destino histórico de esta ciudad.

-Es usted muy optimista, parece que se cree todo lo que dice.
Porque ya estamos trabajando en el segundo Maremàgnum, la nueva bocana del puerto ya se está construyendo; no hablamos de proyectos, sino de realidades. Son seis hectáreas de terreno afectadas. Por otro lado tenemos el proyecto del 2004, que remodelará todo el frente marítimo de Sant Adrià, que, en cierto modo, es como... Vosotros sabéis que yo navego, ¿verdad?

-Sabemos que tiene un velero de nueve metros.
Bueno, tenía, ya lo he vendido, pero todavía salgo de vez en cuando con unos amigos. Pues cuando vuelves a Barcelona desde el mar, a cierta distancia, a dos o tres millas de la costa, la ciudad se ve como una línea de edificios junto al mar, en el espacio que va de Montjuïc a Montgat y, precisamente, el centro de esta ciudad marítima es la desembocadura del Besòs. Si alguien viniera por primera vez a Barcelona, un extraterrestre, y lo hiciera por mar, y para orientarse quisiera ir al centro de la ciudad, iría directo al Besòs.

-¿Qué se aprende navegando?
Que el mar no es nunca igual. Nunca. Siempre es diferente. La gente cree lo contrario, que es monótono, pero está equivocada. El déjà vu no tiene sentido sobre el agua. Todo puede cambiar en un momento. Y ya puedes enfadarte o emocionarte, porque no hay nada que hacer. Estás en un medio ajeno, protegido por un cascarón de tan sólo seis milímetros de grosor en según que partes.

-Usted también vuela. En avioneta.
Sí. El aire es otro elemento ajeno al hombre. Mucho más rápido, más trepidante que el mar. Volar es un arte del siglo XX, mientras que la navegación es un arte de hace siglos.

-¿Usted navega bien en la política?
Navegar en política es muy diferente. Se parece a navegar en el mar en el hecho de que nunca tienes la sensación de haber vivido la misma situación. Todo es nuevo y cada situación es diferente. ¿Vosotros habéis navegado?

-En el mar, sí.
¿Verdad que es bonito? Fantástico. Cuanto mayor es la dificultad, más bonito resulta. Lo más impresionante del mar es el ruido. Es impresionante el ruido que el mar puede llegar a hacer si se lo propone.

-¿Cuándo supo que podría ser alcalde de Barcelona?
Tres meses antes de las últimas elecciones, cuando Pasqual Maragall me puso de número dos en la lista. Fue una manera de decírmelo.

 -El alcalde nombró a su delfín.
Eso del delfín se lo inventó el periodista Enric Juliana, buen amigo mío. En guasa, estableció una analogía con la orca Ulysses, en alusión a Pasqual Maragall, y yo, que era el delfín.

-Nosotros creíamos que las listas electorales se elaboraban de otro modo, previa discusión en el partido, en asambleas de militantes y actos de este tipo. Y que su inclusión como número dos había sido fruto de un diseño de futuro entre el alcalde Maragall y usted.
No, no, eso va de otra manera. Las listas no se hacen al dictado, sino que son fruto de una previsión, de una posibilidad...

-Pero la lista la hizo el alcalde personalmente.
Sí.

-Y al colocarlo como número dos, usted interpreta que él lo nombra sucesor in pectore...
Exactamente. Él asume sus riesgos, que los tenía, y el enojo de algunos, que también lo hubo; en fin, lo típico.

-Enfados importantes de militantes del partido, básicamente.
De algunos, sí; de personas directamente afectadas, sí.

-¿Y en qué se fundamenta su relación con Pasqual Maragall?
Pasqual Maragall es un político como la copa de un pino. Él es el responsable de que Barcelona no sea la ciudad de Full Monty. Naturalmente eso es mérito de mucha gente, pero la visión global es de un mérito extraordinario. Yo he vivido a su lado momentos de toma de decisiones muy importantes. Por ejemplo, cuando decidió si presidía o no el COOB’92. Fueron horas y horas de reuniones, de discusiones para decidir qué hacer. No había ningún precedente en el mundo de un alcalde que hubiera presidido el Comité Organizador de unos juegos olímpicos. Era una decisión muy importante. Y la tomamos aquí mismo.

-Las Olimpiadas son una mina de experiencias y emociones.
Vivimos aquel episodio del Estadio Olímpico, el chaparrón, la pita y el Rey, que llegó media hora tarde...

-Y en el ámbito personal, ¿Maragall qué es para usted?
Un maestro, un amigo y muchas cosas más. Trabajamos juntos desde 1979. Cuando nació el mayor de mis hijos, nació el pequeño de los suyos. Y ahora ya están en la Universidad. Un día intercambiamos los jerseys de nuestros hijos, de Guim y de Ignasi.

-En una biografía reciente se explica que Maragall descubrió que usted podría ser un gran alcalde el día que fue a verlo a casa de sus padres, a Mollet, para darle el pésame por la muerte de su hermano.
Sí, Francesc; fue una muerte muy dura para todos. Pasqual Maragall también ha pasado por la misma experiencia, se le murió un hermano, Pau. También recuerdo una vez que nos encontramos en Ciutat Vella. Yo estaba hablando con unos vecinos, en la plaza de Caramelles, y entre todos se creó un clima muy bueno. De hecho, yo fui a Ciutat Vella porque nadie quería. Un día le dije a Pasqual Maragall: "Si quieres, ya me encargo yo". Y le saqué un peso de encima, porque el distrito estaba en unas condiciones muy difíciles. Pero, en fin, todo esto forma parte de nuestra historia, que es apasionante.

-Dentro de la gestión pública, usted ha hecho de todo.
En cada mandato he llevado a cabo una tarea diferente. Eso representa una gran ventaja y no sólo porque acumulas experiencia, sino porque puedes cambiar, vas rodando, y te cuesta más anquilosarte como político. La política no ha de ser un modo de vida.

-¿Usted es más médico que político?
Yo soy médico de profesión y, además, hago política, pero circunstancialmente, como un servicio, no como una profesión.

 -¿Y qué es para usted la política?
Arbitrar conflictos de intereses legítimos y contradictorios bajo el filtro de una ideología.

 -¿Cuál es la suya?
La socialdemocracia. Para mí, que soy médico, eso significa que desde la gestión pública, en este caso de la salud, se pueden hacer cosas para mejorar la vida de la gente. Es lo que hicieron los higienistas del siglo pasado, que detuvieron las primeras epidemias de cólera antes de que se descubrieran los microbios que causaban la enfermedad. ¿Cómo lo hicieron? Interviniendo sobre el agua, que era la portadora de los microbios, cuidando y mejorando la alimentación en las escuelas... Todo esto puede realizarse desde la intervención pública.

 -¿Y qué diferencia hay entre un socialdemócrata como usted y un socialcristiano como, por ejemplo, Helmut Kohl?
La convicción de que el poder viene de la gente y no de una divinidad. El poder sale del común, de la asamblea; no sale ni de Dios, ni del Rey. Ni tampoco de la Nación -que es lo que defendieron los cristianodemócratas- ni de la ideología -como creía la izquierda. Yo en esto soy más radical, liberal e individualista. El poder público no tiene ninguna razón para inmiscuirse en la mayor parte de los temas, ya sea el aborto o las tendencias sexuales. Si me preguntáis en qué creo...

 -¿En qué cree?
En las relaciones cívicas, humanas.

 -¿Los Mossos d’Esquadra deben desplegarse en Barcelona?
Yo soy partidario de simplificar las policías. Contar con cuatro es un lujo un tanto exagerado. Tenemos una de las tasas más altas de policía por habitante de toda Europa: cuatro policías por mil habitantes; en Holanda el índice es de 1,6 por mil. Yo soy partidario de la policía local, que es la que está más cerca del ciudadano. Todo lo que podemos hacer como ciudad, ¿por qué hay que hacerlo desde un ámbito más amplio?

-La relación policía / preso es aún más exagerada.
Hemos mejorado un poco; ahora estamos en un preso por cada mil habitantes. En EE.UU. son dos o tres presos por cada mil habitantes; en Holanda, en cambio, están entre 0,4 y 0,5 presos por mil habitantes, porque aplican políticas menos represivas.

-¿Un alcalde de izquierda, y además en la plana mayor de su partido, debe inaugurar las tiendas que abren las multinacionales en la ciudad, como El Triangle de la Plaça de Catalunya? A veces los ciudadanos tenemos la impresión de que usted gobierna más pensando en los inversores y los hombres de negocios que en los residentes.
Todo es más complejo, más intrincado. Fui a la inauguración de la FNAC porque se lo había prometido. Porque tuvieron que venir de fuera a arreglar el problema histórico que teníamos planteado en aquella manzana, un problema urbanístico. Por otro lado, estaba lleno de gente a rebosar, gente que además de consumidores también son ciudadanos y se expresan, y están preocupados porque se creen puestos de trabajo...

-Ahora dirá que el alcalde es de todos los ciudadanos.
Lo que quiero decir es que la ciudad es el resultado de muchas dinámicas que se entrecruzan. Hay gente que reclama equipamientos, como por ejemplo centros para atender a los drogadictos, y otros que los rechazan porque no quieren tenerlos cerca de casa. Lo interesante para mí es que se dé esta expresión, que se utilice el espacio público, el espacio del común, y que nadie, ni siquiera el Ayunta-miento, se apodere de él en exclusiva. En Ciutat Vella pasaba esto en cierta medida; había lugares por los que no se podía pasar a ciertas horas, y hemos acabado con esto. La ciudad es de todos, y nadie la puede disfrutar en exclusiva. Barcelona es la ciudad que conozco en la que más espacio público hay, desde el Pirotécnico de la Mercè hasta el Correfoc, desde la Rambla hasta el Frente Marítimo.

-Ciutat Vella celebra ahora la década del proceso renovador que usted puso en marcha cuando era concejal.
Es una transformación impresionante, cuyo aspecto más importante es esto que ahora comentaba, que ha dejado de ser una zona excluyente.

-¿Tendremos TGV? ¿Lo tendremos en los plazos previstos? ¿La estación estará en La Sagrera?
El TGV tiene que llegar en el 2004 a la frontera francesa y tiene que conectarse a la red de tren europeo, porque esta es la vocación de Barcelona: ser la capital de una parte del Mediterráneo que va de Sevilla a Hamburgo. Esta capital necesita carreteras, un aeropuerto competitivo y también el TGV.

-Fomento no ve claro que la estación esté en La Sagrera.
La estación estará en La Sagrera. Todo está previsto para que así sea. El Plan General de Enlaces Ferroviarios así lo establece y fue elaborado ya en 1969. Otra cosa es que provisionalmente tenga que parar en Sants, porque las obras no están todavía acabadas, pero es evidente que todo está previsto para que la estación definitiva esté en La Sagrera.

 -¿Qué le falta al Foro 2004 para que sea creíble?
¡No le falta nada! En el próximo año se irá concretando todo.

 -¿Qué le falta todavía al Auditori, que debía inaugurarse en 1992 y todavía está pendiente?
Nada. Se inaugurará el 23 de marzo. Será un edificio sorprendente.

 -Y la Carta Municipal, ¿qué le falta para que los ciudadanos vean su aplicación práctica?
Se notará cuando podamos poner en marcha la justicia local, por ejemplo. Una justicia para los pequeños temas, para mejorar la convivencia. La Carta es necesaria para facilitar el gobierno de la ciudad posmoderna, porque aquí todavía utilizamos las herramientas que nos sirvieron para la sociedad industrial y manufacturera, aquella que estaba gobernada por los jefes en la fábrica, por los curas en las iglesias y el guardia urbano, que ponía orden en la calle. Pues bien, parte de estas funciones debe arbitrarlas la justicia local. En Londres nadie aparca en doble fila. 

-¿El Pacto de Movilidad es sólo una declaración de buenas intenciones?
El Pacto debe servir para recuperar el civismo del tráfico en Barcelona. No aparcar en doble fila era un orgullo para los conductores barceloneses.

 -Pues a todo el mundo se le ha olvidado ese orgullo. Esto ya parece Madrid.
No es cierto; Madrid continúa siendo peor.

 -¿Al alcalde le queda el papel de pregonero cívico?
Es mi papel, pero también el del resto de la ciudad, el de la gente que crea opinión, el de los periódicos. Marta Mata elaboró aquel manual de civismo y mucha gente no lo tomó en serio, pero tenía mucha razón. Mantener el civismo es fundamental. Y para mantenerlo lo que hace falta no son predicadores, sino justicia. Los ciudadanos centroeuropeos lo hacen y nosotros, que ya tenemos 17.000 dólares de renta per cápita, es decir, sus mismos problemas, ¿por qué razón no vamos a hacer lo mismo?

 -Las basuras: cada día hay más, y más suciedad.
El problema no es únicamente los residuos, sino los envoltorios, lo que resulta más patético todavía. Un envoltorio que no se dobla convenientemente, que se tira en el contenedor tal cual, lleno de aire, y sobresale. Barcelona se convierte cada vez más en un centro comercial, y la función comercial se basa más en el embalaje que en el contenido. Compras un disco compacto y el papel y el envoltorio tienen más volumen que el propio disco, que es pequeño y sencillo. Pues bien, tenemos que pactar con los comerciantes sobre cómo debe llevarse a cabo la recogida, cómo tiene que doblarse el cartón. Y no basta con que me vaya un domingo a hacerlo, para dar ejemplo, sino que es necesario que funcione la justicia local y una vez pactada la forma, se haga cumplir.

-Antes hemos hablado de Madrid. ¿Qué intenciones tiene Madrid respecto al aeropuerto de Barcelona?
Un eslogan de la Ciudad del Conocimiento es "servicios y aeropuertos". Si queremos tener una ciudad puntera en el siglo XXI, necesitamos un aeropuerto que sirva a los intereses de la ciudad, y el que tenemos ahora es subsidiario del de Madrid.

 -Eso no es un problema técnico, sino político.
Evidentemente, es un asunto de política del Estado. Lo que ocurre es que los nacionalistas de España intentan llenar el avión en Madrid, y los nacionalistas franceses intentan que se llene en París. En la medida en que el aeropuerto de Madrid se descentralizara, nosotros ganaríamos mucho, porque intentaríamos realizar vuelos intercontinentales con aviones más pequeños que es lo que se está haciendo en todas partes.

 -¿Es rentable el destino Barcelona?
Mucho. Nosotros debemos aspirar a ser capital de los cruceros de EE.UU. por el Mediterráneo. No hay que olvidar que la línea más exitosa de 1998 que ha tenido la compañía norteamericana Delta es la que cubría Barcelona y Nueva York. El contrasentido es que, pese a esto, al llegar septiembre la tengan que cerrar. Y la cierren.

 -¿Qué libro tiene en la mesilla de noche?
Uno de Vinyoli. Lo llevo en el bolsillo de la chaqueta, ¿veis?

 -¿Barça o Espanyol?
El Barça en el corazón y el Espanyol por el coraje que ha demostrado con la transformación que ha llevado a cabo.

 -¿Qué queda de Marx y del marxismo?
El optimismo de creer que era posible hacer un mundo mejor.

 -¿Jospin o Blair?
Blair, Jospin, Schröder y D’Alema. La mezcla es más rica que uno solo.

 -¿Su principal defecto?
Ya lo comentan los de la oposición; ¿por qué tengo que insistir en ello?

 -¿Tímido?
Un poco.

 

 

TEXTO Josep Martí Gómez
Talante inglés

Un día, a eso de medianoche, sonó el teléfono y por el auricular llegó la voz de un entrañable amigo londinense. Pensé que se había muerto su gato o quizá su madre agonizaba en los anteayer modélicos hospitales británicos. Un inglés no telefonea a medianoche para conversar sobre un asunto trivial.
-¿Ocurre algo grave? -le pregunté alarmado.
- Acabo de ver un reportaje televisivo en el que sale tu alcalde.
- ¿Terrible, verdad? -musité acongojado y comprendiendo que Michael llamaba para expresarme su condolencia.
- ¡Qué suerte tenéis! ¡Si en Londres tuviésemos un alcalde como el tuyo! -y al decir esto Michael casi sollozaba.
-¿Estás seguro de que era mi alcalde? -pregunté incrédulo.
-Joan Clos -dijo con seguridad.
Luego añadió:
—Very, very important person.
Y sin dejarme reponer de mi sorpresa pasó a relatarme con entusiasmo todas las ideas que Clos había aportado al programa televisivo al que fue invitado como alcalde de Barcelona, ciudad en la que según los londinenses viajeros debería inspirarse Londres para reconstruir su tejido municipal, que tras el decenio de gobierno de Thatcher ha quedado tan maltrecho como los hospitales.
Como devoto lector de Lytton Strachey mantengo la tesis de que sólo Inglaterra puede dar gente que aúne fuerza y debilidad con prosaísmo y romanticismo, y excentricidad con convencionalidad. Mezclado todo eso en la coctelera genética da como resultado el denominado "confuso y contradictorio talante inglés", que lleva a que un ciudadano como Michael se gaste diez libras en una conversación telefónica -un despilfarro para todo buen inglés- descubriéndome las cualidades para mí desconocidas del alcalde.
Desde aquella llamada telefónica reconozco que valoro más a Joan Clos. Los ingleses suelen tener olfato e ideológicamente nadan contra corriente, lo que hace de Gran Bretaña un laboratorio de ideas políticas dignas de tener en cuenta. He recordado todo eso mientras esta mañana observaba cómo Clos repetía una y otra vez, de forma maquinal, el gesto de subirse los calcetines sin percibir que ya no se los podía subir más. El alcalde está resfriado. "Como una sopa", ha dicho, y dado que el alcalde es médico —¿a qué se debe que en la política catalana abunden tanto los médicos?— la expresión "como una sopa" ha adquirido proporciones hipocondríacas, elevando el simple resfriado a la categoría de neumonía.
El despacho de Joan Clos no ha sufrido variaciones respecto a como lo tenía su antecesor. La mesa ordenada y con pocos papeles, el tresillo frente a la mesa, los cuadros de Tàpies, Miró, Casas, Nonell... Si Clos dice que le sorprende lo ruidoso del mar, a mí me sorprende lo silencioso que es este despacho incluso aunque tenga la ventana entornada.
Además de subirse una y otra vez los calcetines, Clos gesticula mucho. Mueve las manos, y viendo cómo las une formando un hueco uno tiene la sensación de que es un mago que oculta una paloma a la que cuando separa sus manos deja volar sin que percibas otra pista que una imaginaria, sugerente estela.
Joan Clos sueña con la ciudad del futuro. Como su antecesor, también él es admirador de Norman Foster y Richard Rogers, los dos arquitectos/urbanistas que desde Londres se esparcen por el mundo sin que hasta el momento hayan tenido mucha suerte en la propia capital británica. Como ellos, también el alcalde se plantea interrogantes. Cómo afrontará la Barcelona del nuevo siglo el desafío de los ordenadores, los faxes, las nuevas tecnologías que cambiarán los sistemas tradicionales de trabajo? ¿Cambiará nuestro modo de vivir y pasaremos a ser insulares, seres encerrados en la caja de nuestra vivienda?
¿Cómo conseguir en la Barcelona del siglo XXI que funcione un transporte público eficiente, cómo minimizar el impacto del automóvil, cómo crear unas áreas seguras para que la gente pueda pasear o ir en bicicleta y cómo poder conseguir la mezcla adecuada de actividades en una comunidad?
"La misión de un alcalde estriba, entre otras cosas, en conseguir una ciudad en la que sea posible alcanzar una mejor calidad de vida", me dijo un día Richard Rogers. Joan Clos coincide. "La ciudad del futuro se basará en comunidades autosuficientes, con lo que quiero decir que los ciudadanos que habiten esas ciudades no necesitarán coger el coche o el metro o lo que sea para hacer cosas que podrán hacer en su propio barrio", me dijo cualquier otro día Norman Foster. Clos vuelve a coincidir, según intuyo de lo que va diciendo.
Quizá por su profesión de anestesista, Clos parece que es un hombre de talante tranquilo, habituado a valorar con rapidez las constantes vitales de lo que tiene entre manos. Es cierto que se enrolla confusamente cuando ha de explicar las diferencias entre la política social de un socialdemócrata y de un democratacristiano europeo, pero ¿quién no se enrolla confusamente con ese tema, en estos años de crisis de identidad de la izquierda?
Puede parecer frágil, pero debe de ser duro de pelar cuando se sienta tras una mesa y empieza a diseccionar los problemas. Quizá habla más de la cuenta en algunas ocasiones y eso le lleva a meter la pata, pero hay que agradecer que cuando habla no ofrezca la imagen de un hombre en posesión de la verdad y, al contrario que otros políticos de variado pelaje, no demuestre que él es quien más sabe de rugby, de Shakespeare, de historia del Español y del Barça y de cualquier tema que se tercie en desayunos que suelen terminar en aburridos monólogos.
A Joan Clos, si algo le debe preocupar al margen de la campaña electoral ya inminente, es el hecho de que los articulados movimientos vecinales se han salido de madre y hoy la reivindicación ciudadana está en manos de grupos aislados que han sustituido la vieja política de la negociación entre los administrados y la administración por las algaradas, que dan resultados más inmediatos, aunque, como afirma el viejo militante de una histórica asociación vecinal, "lo que no se puede controlar se desmadra y acaba siendo un problema para los propios afectados y para la clase política".
Que a Joan Clos le preocupa ese tono de protesta lo demuestra el hecho de que ha suspendido algún acto previsto cuando se le ha hecho saber que los vocingleros estaban apostados a la espera de su llegada. A Clos no le inquieta la reivindicación más dura. De su etapa al frente de Ciutat Vella, distrito que se las trae, ha aprendido a distinguir la protesta enérgica y razonada del puro show callejero, frente al que tan sólo caben gestos populistas de cara a la galería. En el momento de recibir la información sobre alguna algarada inútil, el alcalde Joan Clos imagino que ha inclinado su cuerpo y ha dicho "no voy" mientras con las manos tiraba hacia arriba, enérgicamente, de sus calcetines que deben de ser de buena calidad. Hoy, pese a los estirones que han sufrido a lo largo de casi dos horas de conversación, he observado que no se han roto.
Por la noche, he telefoneado a Londres. Me he gastado dos mil pesetas en la conversación con mi amigo Michael, contándole lo que Joan Clos opina de lo que debe ser Barcelona. Como despedida le he dicho:
- Te he de dar la razón, Michael. Rectifico y reconozco que Clos es un buen alcalde.
Michael me ha dicho que ya tiene dos primos viviendo en Barcelona.