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BARCELONA PLURAL

texto Carmen Luque, Gabriel Pernau   fotos Joan Guerrero

Entre el Pacífico y el Índico

 

Entre los océanos Pacífico e Índico hay varias penínsulas, miles de islas y millones de personas. Al denominado sudeste asiático y península de Indostán está dedicado el último capítulo de la serie Barcelona Plural. La última entrega recorre tres itinerarios muy diferentes: el filipino, el indio y el pakistaní. Un grupo tan dispar histórica, étnica, religiosa y culturalmente que sólo tiene razón de ser si se aglutina, puntualmente, bajo el improbable epígrafe geográfico de más allá de Irán.

 

 

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En cuanto llegó a Barcelona, el padre Avelino recorrió todos los night clubs, discotecas y antros de dudosa reputación de la ciudad. En 1986, lo enviaron desde Filipinas para que reagrupara a las decenas de marineros que recalaban en Barcelona. Enseguida se dio cuenta de que en tierra había muchos más compatriotas que en el puerto. De los locales con poca luz pasó a reunirse con la colonia filipina en la Plaça de Catalunya los fines de semana y a celebrar misa en la iglesia de Sarrià los sábados por la tarde. De Sarrià pasaron a la parroquia de Santa Mònica y luego a la iglesia de Sant Just i Pastor donde celebraba misa en tagalo, el idioma oficial de Filipinas. Ahora ya tienen parroquia propia.
Pero los filipinos empezaron a llegar a la ciudad mucho antes de que el padre Avelino se adentrara en la noche barcelonesa. Algunas familias españolas afincadas en la antigua colonia trajeron a las primeras chicas. Pero no fue hasta 1972 cuando empezaron a llegar regularmente jóvenes procedentes mayoritariamente de la región de Ilocos Norte. Las pioneras llegaban con los papeles en regla y un contrato laboral. Internacionalmente son famosas las agencias filipinas de contratación de personal. Hay emigrantes filipinos repartidos por 131 países del mundo. A partir de 1977 salían con visado de turista y luego regularizaban su situación aquí. Desde 1985 las entradas han estado marcadas por cupos anuales. En la actualidad salir con todos los papeles en regla le cuesta a un filipino aproximadamente medio millón de pesetas y muchos meses de papeleo. Para ello muchos venden su casa, hipotecan propiedades familiares y piden créditos que les permitan llegar a España. Conseguir un visado para Estados Unidos o Gran Bretaña es más caro aún.
En sus inicios, el 99% del colectivo estaba formado por mujeres, principalmente enfermeras, secretarias o maestras, que venían para trabajar en el servicio doméstico. Vivían en la zona alta de la ciudad. Sarrià-Sant Gervasi era su distrito. Con la reagrupación familiar (a partir de 1985) y una vez instalados definitivamente en Barcelona, el 70% optó por Ciutat Vella. Bastantes familias han comprado pisos y otras han abierto pequeños negocios como el bar y la tienda que hay en la calle Paloma o el colmado de la calle Tigre.
"El sueño de las filipinas es librarse del servicio doméstico", confiesa el padre Avelino. "Yo sirvo aquí, pero nunca lo haría en Filipinas", explica Purita que llegó a Barcelona en 1966 y se casó con un autóctono. "Porque friegues suelos no pierdes tu valor, aunque a veces te sientes muy rebajada y es difícil recordar que eres una persona", declara. Las filipinas han sido educadas para trabajar mucho por poco, pero están cansadas del papel de cenicienta que les ha tocado. Aunque nunca se quejarán. Trabajadoras y con una paciencia a prueba de bomba, se sigue prefiriéndolas a las europeas del este y a las latinas, su competencia directa en los últimos años. Algunas han retomado la profesión de enfermeras y otras trabajan en negocios propios.
En Filipinas una maestra gana unas 50.000 pesetas al mes y aquí en el servicio doméstico puede llegar a las 110.000. Así pueden vivir aquí y mantener a su familia de Filipinas. Sin embargo, aunque mejoran su nivel económico, no mejoran su estatus. Normalmente envían dos tercios de su sueldo a la familia. La presidenta de la Asociación de Inmigrantes Filipinos, Alice, llegó en 1975 a Barcelona para trabajar en una casa estupenda. "He sido una de las pocas personas que ha tenido suerte —veo la tele con los señores, siempre me han tratado de usted, estoy asegurada...—, por eso en mis ratos libres trabajo para el colectivo, para ayudar a las personas que no han tenido tanta fortuna como yo". Allí dejó a su hijo, que nunca ha tenido la menor intención de seguir la aventura de su madre. "Sabe lo que he sufrido y el sacrificio que supone emigrar", dice Alice. Nunca ha visitado ni el Parc Güell ni la Sagrada Família, pero se conoce al dedillo los despachos institucionales a los que acude en busca de mejoras para los filipinos. Es miembro del Consell de Dones de Barcelona y ha coorganizando una exposición sobre Filipinas en el Museu Etnològic. .

El colectiu asiático es uno de los más diversos y uno de los más desconocidos para los barceloneses.

 

En la actualidad, el 15% del grupo son hombres que se han colocado en restaurantes chinos o como chófer, jardinero u ordenanza en las casas donde trabajan sus mujeres. Ellos lo tienen mucho peor que ellas a la hora de encontrar trabajo. En el colectivo hay algunos matrimonios mixtos y bastantes niños. En el período 1990-95 la tasa de natalidad de las familias filipinas era cinco veces superior a la de las barcelonesas.
En la ciudad hoy en día viven unos 8.000 filipinos, muchos de ellos con nacionalidad española, por lo que la cifra podría aumentar hasta los 13.000. El filipino es un colectivo muy discreto, bastante cerrado, con una alta capacidad de autogestión y nada problemático. Es también muy asociativo. En 1975 ya se creó la primera asociación, Movi-miento para la Unidad Filipina. Con los años han ido apareciendo unas y desapareciendo otras. Cuentan con entidades de tipo religioso, social, cultural. En la actualidad están la Asociación de Trabajadores Inmigrantes Filipinos, Amistad de Mujeres Filipinas en Barcelona, Asociación de Inmigrantes Jóvenes Filipinos y otras muchas más específicas como Solteras por Cristo o Matrimo-nios por Cristo. Todas ellas están capitaneadas por mujeres.
La escuela Pinoy se fundó en 1992 y funciona los sábados. En ella un centenar de niños de entre 5 y 12 años aprende tagalo y tradiciones y folclore filipinos. La escuela la lleva la hermana María Gracia, que durante años fue la presidenta de la Asociación de Inmigrantes. María Gracia es también uno de los motores del Centro Filipino, que abrió sus puertas en 1986. En este local de Riera Baixa se enseña castellano y catalán a los recién llegados, se solucionan problemas sociales y legales y se festeja, por ejemplo, el Centenario de la Independencia de Filipinas.
De nuestro país les sorprende que se discuta y se hable alto, que se gesticule con tanto brío y la facilidad para intercalar palabrotas en una conversación amigable. En resumen, el temperamento mediterráneo. Ellos nunca darán una opinión negativa sobre algo o alguien aunque lo piensen y tampoco dirán abiertamente lo que les gusta. "Lo tienes que adivinar, es como un sentido más donde lo importante es la intuición", explican. Son sonrientes, charlatanes y les encantan las fiestas, la música y las danzas. Se reúnen en las casas de sus paisanos y lo celebran casi todo. Para ver de golpe a un centenar de filipinos basta con acercarse un domingo por la tarde a la iglesia de Sant Just i Pastor, donde van a misa, como buenos, buenísimos católicos que son. Muchos son devotos de la Virgen de Fátima. De su pasado como colonia española les quedan la religión, los nombres propios (Consuelo, Adelaida, Encarnación, Dionisia...) y algunas palabras en castellano como puchero o cocido. Con sus hijos nacidos aquí hablan en castellano.
A su tierra vuelven los que no han tenido suerte o los que han tenido mucha. Los demás montan su vida aquí. Los hijos son forofos del Barça y del Club Super 3. Cuando pueden, van de vacaciones y con los ahorros compran terrenos y casas en una isla a la que volverán, dicen, cuando se jubilen.

SANDOKAN, EL TIGRE DE MALASIA

Del colectivo malaisio poco sabemos. De etnia china, están escasamente representados en Barcelona. Desde el consulado se asegura que no llegan al centenar. Buena parte son hombres solteros que trabajan como cocineros o camareros en diferentes restaurantes. Algunos tienen negocio propio y hay varios directivos. Lo que más llega aquí de Malaisia son todo tipo de objetos que se venden en las tiendas de Todo a cien. En los ochenta, un indonesio causó furor entre el público infantil: Sandokan, El Tigre de Malasia.
Según su consulado, el colectivo indonesio está formado por una treintena de personas, pero en las calles de Barcelona se pueden contabilizar unas decenas más. Hay varias familias mixtas. Profesionalmente la mayoría son cocineros o trabajan en restauración. Incluso hay un dentista. Los indonesios suelen emigrar a países musulmanes, como el suyo, y a Holanda, de la que fueron colonia durante 350 años. Muchos de los que vinieron se han ido al perder el trabajo. Encantadores, hospitalarios y alegres son grandes desconocidos aquí. De las 13.000 islas que forman Indonesia, las más conocidas, sobre todo por parejas de recién casados, son Borneo Sur, Java y la paradisiaca Bali.

CONEJILLOS DE INDIAS

Joan Aragó bromea cuando se define como un auténtico "conejillo de Indias". Con diecinueve años se fue a la India como jesuita. Se enamoró profundamente del país y de una india, Clara. Dejó los hábitos y se casaron en Barcelona, donde viven desde hace 23 años. Lo de conejillo de Indias se debe a las innumerables pruebas culinarias que le ha hecho digerir su mujer. Clara es de Goa, por lo tanto india cristiana.
Pero el colectivo indio que vive en Barcelona es un puzzle similar al existente en su país de origen. La India presenta una diversidad cultural, social, étnica, religiosa y lingüística asombrosa.
En la ciudad se pueden distinguir tres grupos relativamente definidos. Por una parte, se encuentran los indios que van por libre, de diferentes procedencias y motivaciones; no pertenecen a ninguna asociación y tienen historias muy particulares: imposible generalizar con ellos. El segundo grupo está formado por matrimonios mixtos, la mayoría de los cuales se formaron en los años setenta. Preferentemente son de religión cristiana y a él pertenecen Joan y Clara. Son unos setenta. Y en tercer lugar está la comunidad sindhi. De religión hinduista, se concentran en la Rambla, en sus tiendas de souvenirs. En total, alrededor de 3.000 personas de lo más diverso. La relación entre estos grupos es escasa y con el resto de la sociedad, prácticamente nula, a excepción de los matrimonios mixtos.
Jaideep es un joven sindhi. Para los no iniciados, repasa el catálogo de los tipos de indios que se pueden encontrar en la ciudad. "Los que llevan turbante y barba son sij, los comerciantes en el 99% de los casos son sindhis, hay algunos indios musulmanes, si ves a chicas con un piercing en la nariz son hindús y hay algún gujarati y algunos cristianos."
"La comunicación entre los sindhi de todo el mundo funciona mejor que Internet", bromea Jaideep. Esta etnia procede de la región del Sind —actual Pakistán— que empezó su diáspora con la independencia de la India. Sindhis se pueden encontrar por todos los puertos del mundo como marca su tradición mercantil. Los primeros que llegaron a Barcelona lo hicieron a mediados de los años sesenta. Gracias a la buena comunicación existente entre ellos, iniciaron sus negocios de electrónica e importaron calculadoras y pequeños aparatos desde Gran Bretaña y EEUU a precios bajísimos. Cuando la electrónica ya no fue un buen negocio, se pasaron al sector de los souvenirs.
Los primeros en venir ya tienen hijos veinteañeros que seguirán con el negocio familiar. Los varones no estudian, no por falta de medios económicos, sino porque están educados para seguir al frente de las empresas. Llevan el comercio en la sangre. Las chicas sí realizan estudios superiores, pero pocas ejercerán. Jaideep es en este sentido la oveja negra de la familia y casi de la comunidad. De familia por supuesto comerciante, el chico decidió ser abogado. Es el único, y por ello también es respetado. Trabaja en un bufete de la ciudad y, pese a tener un buen trabajo, su madre continua disgustada con su decisión. "Si hubiese seguido en el negocio familiar ya tendría un coche, una casa, pero las leyes no dan tanto dinero", explica. Los sindhis, unas 250 familias, viven en el Eixample y la zona alta de la ciudad. Estudian en colegios privados donde toda la formación se da en inglés como el Benjamin Franklin o el Kensington de Pedralbes.
Las mujeres adultas hablan poco castellano y sólo se relacionan entre ellas. Las casas son el punto de encuentro. Con los hijos se habla sindhi o inglés y el hindi lo mantienen a través de la televisión por satélite. Los hombres se pasan los días y la vida detrás del mostrador. La tienda se convierte en el hogar y abren quince horas al día. Son trabajadores incansables.
Cuando vuelven de vacaciones a su país se les ve a la legua. "Nos reconocen y para ellos somos extranjeros. Hasta los taxistas nos intentan timar", explica Jaideep. También asegura que es muy diferente un hindú catalán a un hindú inglés.
Pese a nacer y a vivir a miles de kilómetros de su lugar de origen, mantienen intactas tradiciones y cultura, unas pautas sociales y personales que marcan sus vidas. Por ejemplo, entre los sindhis se siguen celebrando matrimonios convenidos. Las cartas astrales son decisivas a la hora de elegir pareja y al menos un hijo seguirá viviendo en casa de los padres tras el matrimonio. El respeto a los padres es fundamental y mantener la unidad del colectivo es una obligación de por vida de cada miembro. La ayuda mutua funciona a la perfección. Como asociaciones destacan la Indian Association y la Cámara de Comercio India.
La segunda generación vive en constante esquizofrenia entre las obligaciones familiares y sociales y una sociedad mucho más permisiva y liberal que los ha visto crecer. Aman la libertad de aquí, la diversión, la relajación y la calidad de vida. Son malabaristas combinando valores orientales y occidentales.
De religión hindú, creen que todo lo que tenga que pasar pasará y eso les permite afrontar y aceptar lo que les ocurre. El sacrificio también es propio de su forma de pensar. Siguen dietas vegetarianas un par de veces por semana. Incineran a sus muertos y creen en la reencarnación. Aunque las castas están abolidas es muy difícil mejorar la clase social en la que se ha nacido.
El año nuevo lo celebran por todo lo alto. Viven según su calendario lunar en el año 2056 y le rezan a la Diosa de la Prosperidad para que les ayude en sus negocios, el centro de su vida.
Clara siempre se ha sentido bien acogida. Se ríe al recordar como la señalaban con el dedo y decían "la india, la india" cuando recién llegada salía a la calle con sus tops de colores vivos y su larga melena negra suelta. O el revuelo que armó una amiga suya que llevaba un piercing brillante en la nariz. "Al principio", explica, "cuando les decía que era India no sabían si era una indígena sudamericana, una india con plumas... Había un desconocimiento total." Luego estaban los que le hablaban de lo pobre que era su país. "Y a mí me entraban ganas de que todas esas personas fueran a la India y vieran que la India es mucho más que eso", remarca
Su marido, que está al frente de la Fundació Vicenç Ferrer para el apadrinamiento de niños indios, siempre repite lo mismo: "En Europa lo importante es tener, en India es ser. La riqueza de la India son sus personas, la calidad humana." "Vivimos aquí", declaran al unísono, "pero tenemos el corazón en la India".

EL MICROCOSMOS PAKISTANÍ

Los primeros pakistaníes que vinieron a España eran hombres de mediana edad que trabajaron como mineros. Corría el año 1972. A partir de entonces fueron llegando compatriotas más jóvenes. La representación del colectivo ha aumentado progresivamente en los últimos años, sobre todo entre los escolares. En la actualidad viven en Barcelona unos 4.000 pakistaníes y hay unos cuantos más ilegales. Muchos entran a través de países para los que no necesitan visado como Gran Bretaña ya que obtener un visado les cuesta un millón y medio de pesetas. La gran mayoría son hombres que dejan a la familia en Pakistán.
En la hostelería se les puede ver como camareros, friegaplatos o pinches de cocina. Algunos trabajan en la construcción, otros en talleres textiles y los menos afortunados cargando bombonas de butano, deshollinando calderas o vendiendo flores por los bares. Un obrero gana en Pakistán unas 500 pesetas al día y el quilo de pollo cuesta 400 pesetas. No se quejan de su situación. Amir, que llegó del Punjab hace siete años, explica la razón: "Yo compro la comida donde es más barata, pues el mercado laboral aquí es lo mismo: busca la mano de obra barata. O sea, nosotros".
Los que tienen más posibilidades abren negocios. Suelen ser los que consiguen traer a su mujer e hijos. Los bazares, las carnicerías halal y los colmados son de pakistaníes. Hay varios locutorios telefónicos (Carme, Princesa, Sant Pau), algunas tiendas de ropa (Hospital), bastantes restaurantes (plaza Vila de Madrid, Rauric, Avinyó, Ample) e incluso un videoclub (Sant Pau). En estas tiendas encuentran lo necesario para sentirse como en casa. Incluso hay plantaciones en Gavà y en el cinturón metropolitano donde se cultivan verduras típicas de Pakistán como las ocras, una especie de judía.
En el casco antiguo y la Barceloneta compran pisos a precios asequibles. Si no, los alquilan y los comparten tres o cuatro amigos. Aunque cuentan con varias asociaciones (Asociación de Trabajadores Pakistaníes, Pakistán Universal y Pakistan Society), éstas no son muy activas. Se reúnen en la mezquita, que abrió sus puertas hace dos años en la calle Arc del Teatre. Cada día 11 del mes lunar, como manda la tradición islámica, celebran una comida con el himam.
La mayoría procede de regiones campesinas (Norte del Punjab, Gujrat, Rawalpindi...). Cada vez emigran más jóvenes (entre 18 y 20 años) y por lo tanto con menos formación, aunque entre el colectivo se pueden encontrar algunos universitarios. Amir dice que en verano, cuando llueve, las calles de Barcelona huelen a su Pakistán. Entre indios y pakistaníes la relación es inexistente aunque algunos son amigos. La religión, la historia y la guerra santa les separan.
De Barcelona, además del catalán, les sorprende que haya mujeres que conducen autobuses y que los presos vuelvan a la cárcel tras los permisos de fin de semana. Pero lo que más les perturba es "la suavidad de las mujeres, te sonríen, son cálidas, muy amables y nos creemos que quieren ser nuestras novias. Evidentemente nos equivocamos", remata Amir. Hay algunas parejas mixtas y algunos matrimonios blancos.
Los niños aprenden urdu —lengua oficial— y las leyes coránicas en la mezquita. En la mochila escolar llevaban el tope (gorrito para orar), ellos, y ellas, el chador. Las mujeres paquistaníes viven dedicadas a la familia, sólo se relacionan entre ellas y las de procedencia campesina son analfabetas. Por el islam mantienen, igual que las mujeres marroquíes, una relación muy concreta con el marido, los hijos y su entorno social. Son las transmisoras de las pautas sociales y religiosas de su cultura. Pocas hablan castellano y algunas chapurrean el inglés. Celebran el día de la Independencia, la Fiesta el Cordero y el fin del Ramadán. Y las tiendas son auténticos locales sociales donde las horas no pasan charlando en urdu con los paisanos.

 

Un colectivo en cifras

 Filipinos

  • Según padrón
    1991: 1.179.
  • Con permiso de residencia
    1995: 2.503.
  • Según fuentes oficiosas 1998:
    13.000.
  • Por sexos
    Mujeres, 85%. Hombres, 15%.
  • Nivel de instrucción
    La mayoría de las mujeres que llegaron en los años setenta son enfermeras, maestras o secretarias.
  • Edad
    El 80% de la población tiene entre treinta y 55 años.
  • Distritos de residencia
    Ciutat Vella y Sarrià-Sant Gervasi.
  • Ocupaciones:
    El 95% de las mujeres trabajan en el servicio doméstico, y los hombres, en restaurantes chinos, como conductores o jardineros.
    Algunos se dedican al comercio.

 Indios

  • Según padrón
    1991: 384.
  • Según fuentes oficiosas
    1998: 3.000.
  • Por sexos
    Mujeres, 55%. Hombres, 45%.
  • Nivel de instrucción
    El 80% tiene estudios básicos y el resto tiene estudios superiores.
  • Edad:
    El 80% de la población tiene entre 25 y 64 años.
  • Distritos de residencia
    Eixample y Sarrià-Sant Gervasi.
  • Ocupaciones
    El 90% del colectivo se dedica al comercio.

Pakistaníes

  • Según padrón
    1991: 317.
  • Según fuentes oficiosas 1998:
    4.000.
  • Por sexos
    Mujeres, 25%. Hombres, 80%.
  • Nivel de instrucción
    Básico. Las mujeres de procedencia rural suelen ser analfabetas.
  • Edad:
    El 55% de la población tiene entre 26 y 49 años.
  • Distritos de residencia
    Ciutat Vella.
  • Ocupaciones
    Comercio, restauración-hostelería, talleres textiles, reparto de butano y venta ambulante de flores.

 

 

El tópico: vacas, tigres y la Preysler

 

Las vacas, los elefantes, las moscas... Los indios no acaban de entender por qué para muchos catalanes su país se reduce a rumiantes e insectos. Clara sigue enumerando tópicos: "la miseria, Calcuta". "Las castas, la reencarnación, los intocables...", añade Jaideep, "hay personas que tienen auténticas lagunas culturales, religiosas e históricas sobre la India". El curry, la comida picante, la madre Teresa, Tagore, Gandhi, el Kamasutra, el yoga, el budismo, el karma, los maharajás, el lujo asiático. Hay tópicos para dar y tomar. Joan Aragó apunta que la situación ha cambiado, que la gente ya no pregunta tantas banalidades. Quizás ayude el hecho de que cada año aumenta el número de catalanes que viaja a la India. "Pero lo que está claro", asegura Aragó, "es que cada uno encuentra en un sitio lo que anda buscando."
De los bengalíes, lo más popular aquí son sus felinos —el tigre de Bengala— y sus inclemencias climáticas —inundaciones, maremotos, tifones, lluvias torrenciales...—.
A los pakistaníes nadie les quita el sambenito de butaneros. También están los que venden flores y por eso mucha gente cree que también son pakistaníes los que venden pañuelos y corbatas en Passeig de Gràcia o los que ofrecen tabaco rubio a la salida del metro. "Son bengalíes", remarcan los de Pakistán desconcertados porque no los diferenciemos físicamente. ¿Qué podemos decir de Pakistán?. Pues que tienen un campeón mundial de squash, que se les da muy bien el hockey sobre hierba y el polo y que son una potencia nuclear. ¡Ah! y que una mujer gobernó el país, Benazir Bhutto.
Alice dice que está harta de que le digan lo obedientes que son las filipinas. "Obediencia es una palabra que desearía borrar de mi vocabulario", confiesa. "Hay que tener respeto, pero a la vez no dejar que te pisoteen", reivindica. Un colectivo atónito de que el personaje filipino más popular aquí sea Isabel Preysler, una filipina de lo más descafeinado.

 

 

Más plural, más rica

Argentinos, gambianos, japoneses, checos, peruanos, chinos, marroquíes, norteamericanos... En los últimos diez números, B.MM ha repasado los principales colectivos extranjeros que viven en Barcelona. Hombres y mujeres venidos de otros países por razones diversas: algunos por necesidad, buscando las condiciones sociales que no encontraban en su lugar de origen. Otros, los más afortunados, han aterrizado como inmigrantes de lujo. Dos motivaciones que marcan radicalmente la experiencia migratoria. Lo que les espera a los que vienen por gusto nada tiene que ver con el rosario de dificultades y decepciones con que se encontrarán los inmigrantes por motivos estrictamente económicos.
Finalizada la serie, el titular que desde mayo de 1997 la encabezaba ha quedado en entredicho. Barcelona aún no es plural, pero empieza a serlo. Es plural si se compara con la ciudad de hace quince años, cuando llegaron las primeras oleadas migratorias, o si se compara con otras urbes cercanas. Tan sólo el 2% de las personas que viven en Barcelona son extranjeras, un porcentaje muy bajo respecto a ciudades europeas como Birmingham o Rotterdam donde la población foránea representa el 20%.

En la ciudad viven 20.000 personas provinentes de las Filipines, el Pakistan y la Índia.

 

Barcelona se transforma y esta transformación es palpable, por ejemplo, en Ciutat Vella donde se concentra buena parte de estos colectivos (en este distrito vive el 70% de los pakistaníes, el 60% de los marroquíes y el 65% de los senegaleses). El panorama actual de la inmigración se caracteriza por la diversificación. Los primeros hombres y mujeres que llegaron solos ya tienen aquí a su familia, lo que evidencia que no se trata de un fenómeno transitorio sino permanente. Es un hecho: las necesidades aumentan a la par que los números. Ya no sólo buscan trabajo, sino una atención escolar, sanitaria, social y cultural igual a la de los autóctonos. En los últimos años se han creado algunos servicios de ayuda específicos para el colectivo, pero el futuro pasa por que éste acuda a la red de servicios ordinarios de la ciudad.
Los problemas que los recién llegados se encuentran de entrada son numerosos y comunes: dónde alquilar un piso, cómo regularizar la situación, quién les dará un trabajo o cómo adaptar sus costumbres a las pautas de comportamiento imperantes aquí. Se conocen de memoria la comisaria de Via Laietana y el Centro Policial de Internamiento para Extranjeros de La Verneda. Casi todos han tenido que recurrir a servicios jurídicos para no ser expulsados. Las leyes se lo ponen cada vez más difícil. Y el objetivo principal es conseguir el documento que los identifique como españoles; aunque la realidad es otra y aquí no acaban los obstáculos. "Además de ser inmigrante quieren que te comportes como un inmigrante". "Salir a la calle sin papeles o sin DNI es sinónimo de meterse en líos". Son algunas de las impresiones que se han repetido entre las diferentes nacionalidades. Muchos han explicado cómo sus rasgos o su color de piel los marcan en una sociedad nada acostumbrada hasta hace poco a la pluralidad. A algunos les han llamado en plena calle pinchito moruno por marroquí, sudaca por colombiano, integrista por argelino, negro por camerunés o chino por filipino.
Pero su principal quebradero de cabeza son las restricciones legales —corta duración de los permisos de residencia, la prohibición de entrar en el mercado laboral a las mujeres venidas gracias a la reagrupación familiar...—, que se han convertido en el principal elemento desestabilizador. La precariedad es una constante en el grupo. La experiencia ya ha demostrado que la estabilidad familiar es clave para la integración de todos sus componentes, sobre todo para la de los hijos. Y la segunda generación es una pieza fundamental para afrontar con garantías el futuro de la inmigración.
La atención a la cultura de origen no es sólo necesaria para su enriquecimiento personal, sino sobre todo para conseguir un equilibrio emocional e intelectual entre lo que ven en casa y lo que viven en la calle. Un buen ejemplo es Bayt Al-Thaqafa, una entidad donde decenas de jóvenes magrebíes aprenden árabe y algunas de sus tradiciones más características. De la misma manera, también es importante que dispongan de los medios necesarios para que ellos sean activos en su integración. Quieren ser sujetos y no objetos de la sociedad a la que han venido a parar.
Son muchas las reivindicaciones, las necesidades, las situaciones y las experiencias. Pero se constata que aunque Barcelona tiene experiencia en flujos migratorios, como los que acogió en los años cincuenta y sesenta, es aún primeriza en afrontar fenómenos multiculturales.
Así las cosas, dos décadas escasas son poco tiempo para saber qué papel tendrán estos grupos en la sociedad barcelonesa. ¿Cómo será su adaptación? ¿Habrá integración o asimilación? ¿Qué lugar ocupará la segunda generación? Predecir el futuro es complicado, pero las personas implicadas en este fenómeno coinciden en una cosa: la integración sólo es posible entre iguales y para ello la información es un instrumento básico.
Y eso es precisamente lo que Barcelona Plural ha intentado: mostrar cómo son y cómo viven unos colectivos que, desde los años ochenta, son cada día más numerosos. Por estas páginas han desfilado las caras de los números. Las vidas y vivencias de las personas que forman las estadísticas. Las tradiciones, costumbres y situaciones sociales que las determinan profundamente y que a veces se desconocen.
Huyendo de los tópicos, la revista ha realizado una primera aproximación. Pero por encima de todo hemos intentado dar una visión completa, no sesgada, del mundo de la inmigración en Barcelona. Ha sido una oportunidad para explicar la vida de unas personas que muchas veces sólo aparecen en los medios de comunicación cuando se tratan temas de marginación, de conflictos religiosos o de delincuencia. Barcelona, como cualquier otra gran urbe mundial, crece y se enriquece, en todos los aspectos, con las aportaciones que hacen quienes la escogen para vivir. Desde este punto de vista, la llegada de miles de hombres y mujeres que quieren ser unos barceloneses más sólo puede ser valorada de forma positiva y como un motivo de orgullo para la ciudad.