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REPORTATJE

texto Karles Torra fotos María Birulés

Veinte años de fragua musical

 

Si uno rastrea la cartelera de los clubes de jazz barceloneses, caerá en la cuenta de que al menos la mitad de los músicos consignados han pasado por el Taller de Músics. Esta atípica escuela de música, que nació en 1979 en los bajos de un antiguo almacén de libros del Raval, cuenta hoy con 600 alumnos, su propio club de música en vivo, JazzSí, y una lista de actividades que incluye festivales, seminarios o edición de discos. Son veinte años de cantera inagotable y dinamización musical.

 

 

Actuación de la Big Ensemble Taller de Músics y el grupo Kòniec en L'Aliança del Poblenou, durante el primer Festival de Tardor de l'Olimpíada Cultural (1989).

(© Pau Ros)

Todo empezó en unos bajos que habían servido como almacén de libros en el Raval. Según Lluís Cabrera, "la idea era crear un taller como los de antes, donde entrabas de aprendiz y salías oficial de primera". Corría 1979 y nadie daba un duro por aquella escuela de música tan atípica que concentraba en un agujero nada menos que tres aulas, una secretaría y un puñado de alumnos entre veinticinco y treinta años. "Dos decenios después –señala el máximo artífice del milagro– el submarino ha salido a flote. Hoy el Taller de Músics abarca siete locales, dispone de un club de música en vivo y tiene no menos de seiscientos alumnos con una media de edad que ronda los dieciocho años".
¿La clave? "Pues entre otras cosas –asegura–, este enclave del Raval, que nos ha permitido ir reformando desvencijados locales situados en tres calles confluentes. El hecho de que el patio del Taller de Músics sea un lugar público, como la calle Requesens, marca la relación". Un ágora a la antigua usanza, sí señor, en una zona que vivía no hace mucho bajo el signo de la marginalidad. Cuando se fundó el Taller de Músics nadie podía sospechar que su programa de música moderna llegaría a ser una alternativa seria a cualquier tipo de estudios. "En aquella época –recuerda Lluís Cabrera– la única referencia para crear un plan de estudios era el jazz. Y a pesar de que la prestigiosa Berklee School de Massachussets nos ofreció copiar su programa, teníamos muy claro que nuestro nivel de conocimiento y preparación era otro. Con aportaciones, principalmente, del pianista chileno Mario Lecaros y del contrabajista luso Zé Eduardo, elaboramos un método propio adaptado a nuestra idiosincrasia más latina y anárquica". En la actualidad, el Taller dispone de un equipo músico-pedagógico completo, dirigido por Xavi Fort, y dedicado a la creación y renovación continua de programas y libros.
Pero lo que más distingue su enseñanza del resto no es el punto académico, sino el plano relacional que se establece entre alumnos y profesores. De entrada, la mayoría de chavales que se matriculan lo hacen después de ir a conciertos y haber preguntado in situ a los músicos sobre dónde pueden recibir clases: "Ven al Taller, seré tu profe...". Sin solución de continuidad, teoría y práctica andan aquí siempre entrelazadas. "El verdadero valor de esta escuela –sostiene Cabrera"– reside en ir creando sinergias entre los músicos que tienen experiencia y los que empiezan. En un noventa por ciento, el profesorado del Taller lo componen músicos de primera línea que actúan con regularidad, y que dedican una parcela de su tiempo a la pedagogía. Hemos conseguido lo que el resto de Europa todavía no ha logrado: la figura del artista-pedagogo".
Si uno rastrea las carteleras de los clubes de jazz barceloneses caerá en la cuenta de que al menos la mitad de los músicos consignados ha rozado y olido el Taller. Cantera inagotable, la influencia de tan arrabalera escuela también pasa por una catarata ininterrumpida de actividades que quita el hipo: festivales, seminarios, ciclos, producciones especiales, edición de discos, encargos, revistas, promociones en el exterior... Y lo más curioso del caso es que según Cabrera, "al erario público todo esto no le cuesta un duro, ya que la autofinanciación de la escuela es total". Envuelto en una risa sardónica, añade: "Tenemos estrechas relaciones con las instituciones, pero no nos acostamos juntos".
En la ya extensa vida del Taller de Músics se adivinan dos posibles puntos de inflexión. El primero, a mediados de 1989, cuando se celebró en Begur el Seminario Internacional Carmen Amaya. "Aunque ya llevábamos –asegura Lluís Cabrera– bastantes seminarios a la espalda de cariz jazzístico, queríamos abrirnos a una concepción más global, de mestizaje e investigación. Para ello reunimos en Begur un elenco de músicos que provenían de mundos muy diversos: el improvisador Cecil Taylor, el guitarrista flamenco Manolo Sanlúcar, la bailaora sevillana Matilde Coral, los maestros del qawwali pakistaní Sabri Brothers y la familia china de los Guo, junto a Enrique Morente y el genial Sabicas". Era la vuelta del gran guitarrista a España, meses antes de que falleciera. Un apasionante mano a mano entre Sabicas y Morente en forma de doble disco recoge dicho encuentro en la cumbre. "Desde entonces –concluye– hemos aplicado la teoría de los vasos comunicantes. Es decir, que hemos logrado quitar los tapones para poner en relación diferentes caldos musicales". La inauguración en 1992 del JazzSí, un club de día que lo mismo sirve para general avituallamiento como de espacio abierto a la música en vivo, supuso otro punto de inflexión en la trayectoria del Taller de Músics. Anteriormente, y bajo la coordinación de Lola Huete, ya se había editado una revista con ese nombre. Para Lluís Cabrera, "el club JazzSí nos ha marcado en el sentido de que tenemos un escaparate de cuanto se hace en las aulas. Esto es una exposición musical permanente, donde se dan conciertos a diario sin discriminación de géneros: los lunes, música improvisada; los miércoles, jazz; los jueves, música cubana; los viernes, flamenco, y también la gente del área de rock, que los fines de semana monta unos cirios importantes...".
Mientras hablamos con el intrépido Cabrera sentados en una mesa y ante un pincho de tortilla, tres robustos percusionistas trasiegan sus tambores y ocupan el breve escenario del JazzSí. "La puerta del Taller –recalca su fundador– siempre ha estado abierta a cualquier músico o grupo que haya querido ensayar. Aquí nunca se ha cobrado nada por dejar un aula con instrumentos. Tanto es así que los músicos han sentido que el Taller era algo suyo. Ligar la gestión con las necesidades de la profesión: he aquí el secreto de que el buen rollo continúe".
Las paredes del arrabalero club reflejan, a través del espejo de numerosos carteles de variopintos festivales europeos, la proyección internacional que adquieren las producciones de la casa. "Nosotros somos los primeros interesados en que Barcelona esté situada en el mapa europeo en lo que se refiere a creadores e intérpretes". De las múltiples actividades que han hecho del Taller un factor de dinamización clave en la Barcelona de los últimos veinte años, Cabrera se muestra extremadamente satisfecho de "haber sido catalizadores de una escena flamenca catalana, donde Mayte Martín tiró del carro y desbrozó el camino a los Miguel Poveda, Chicuelo, Cucurella y compañía. Desde el taller hemos procurado facilitar las cosas a cualquier artista con talento, aunque no dispusiera de medios económicos. Pienso que entre todos, y a rebufo de Mayte Martín, hemos dado un fuerte empujón". Y al gran agitador, que creció escuchando El tocadiscos flamenco de Ricardo Romero, le brilla la sonrisa.

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Clase de piano en el Taller.

 

La colección del Taller
Si Zeleste marcó en gran medida la Barcelona de los años setenta, el Taller de Músics ha recogido el testigo para convertirse en la fragua musical de nuestro tiempo. Entre las numerosas iniciativas de la casa se cuenta una valiosa colección de discos que comprende veinte títulos. Sin desmerecer al resto, hay cinco que merecen acotarse y aquilatarse debidamente.
– Lluís Vidal Trio (Cançons populars). Es un magnífico ejemplo de que la chispa del jazz puede brotar en cualquier lado. Como un sabio alquimista al piano, Lluís Vidal transmuta en oro el azogue melódico de Cargol treu la banya, La cançó del lladre o El gegant del pi. Director musical del Taller durante un vasto período de tiempo, Vidal se hace acompañar por dos grandes valores del plantel, Mario y Jordi Rossy, en una grabación efectuada antes de que éste último conquistase América.
– Sean Levitt. Estamos ante el primer y único disco de un guitarrista como la copa de un pino. Atrapado en una vida caótica, Sean Levitt no goza de un grado de conocimiento acorde con el fabuloso talento que atesora. Su guitarra hila el bop con unos fraseos exquisitamente fríos que sacuden la médula. Artista de la estirpe de Chet Baker, bajo la piel de este irlandés afincado en Barcelona subyace el fuego sagrado del jazz.
– Orquestra Taller de Músics amb Tete Montoliu. Excelente muestra del grado de compenetración que existió entre el gran maestro Tete Montoliu y la Orquestra del Taller de Músics. Desde el huracanado C.T.A. de Jimmy Heath al original Neptuno Blues del director de la big band Zé Eduardo, el disco no tiene desperdicio. Prominentes instrumentistas de la casa como Perico Sambeat, ladio Reinón o David Xirgu sazonan los solos con mucho picante.
– Agustí Fernández plus Big Ensemble Taller de Músics (Aura). Es el disco más avanzado de la serie. Lo que podría ser una especie de Torre de Babel donde se entrecruzan lenguajes diversos como el jazz, el blues, el rock, la música contemporánea y la improvisación, adquiere una coherencia absoluta. En una grabación realizada en el Teatre de l’Aliança del Poblenou, con motivo de la celebración del Tercer Festival de Tardor, el inspiradísimo Agustí Fernández y los quince integrantes del esplendoroso Big Ensemble de Taller están que se salen.
– Josep Maria Balanyà (L’Espina). El ex-componente de Carretera y Manta –grupo surgido en el tardolayetanismo– reúne en este volumen una selección de piezas para piano solo. Buena mano la que muestra Josep María Balanyà sobre un Steinway y en una línea de trabajo próxima a Keith Jarrett.