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ENTREVISTA Núria Escur

Miguel Núñez

Miguel Núñez, entre el compromiso y la duda.
Recuerda una anécdota que le fascina. La situación transcurre en un gueto de Varsovia. Un reducido grupo de judíos ve como se disponen a aniquilarlos. Y en ese momento en el que, prácticamente, no ocurren ni milagros, uno de ellos dice: “Habrá que hacer algo ¿no? Deberíamos hacer algo”. Es así como Miguel Núñez ha entendido la vida, como un entresijo de situaciones límite en las que, incluso cuando todo está perdido, es necesario un gesto, un símbolo. Responsable del PSUC hasta su legalización, diputado a Cortes Generales por Barcelona, fundador de la ONG Las Segovias, Miguel Núñez es ya una leyenda. Su dilatada lucha antifranquista, su resistencia ante las torturas a las que fue sometido, la cárcel, el exilio... le han dado una visión singular del mundo. En febrero, el alcalde Joan Clos le otorgó la Medalla d’Honor de Barcelona.

A Miguel Núñez, coqueto como pocos, duro a la fuerza, tolerante por opción, indignado con el egoísmo social, héroe de tiempos pasados y kamikaze político en consejos de guerra, querido incluso por algún enemigo, laico, ingenioso y esperanzado, lo que de verdad, de verdad, le gusta es la poesía. Tras su mesa de trabajo, en esa casa de Bellvitge a la que cuesta llegar si uno no conoce el caos de numeración de sus calles, se erige un cartel con el poema de Martí i Pol Ara és demà, que Núñez señala con dedo amenazador mientras lo escoge como resumen de su vida: "No escalfa el foc d´ahir, ni el foc d´ara i haurem de fer un foc nou."
Lea, lea, este otro es de Alberti: "Tiempos tristes, feroces, de condenas a muerte / Tiempos en que es casi un delito contemplar las flores..." Este Alberti es un viejo presumido, como yo.

- Y esperanzado. A sus noventa y tantos todavía cree en algunas cosas.
¿Usted también?

- Bueno, sólo en una que ya dijo alguien: "Quiero pan y rosas para todo el mundo", bienes materiales y bienes espirituales.

- ¿Y de eso habla con su amigo Alberti?

- Él es tremendo. Hace unos años, mientras andábamos con otros amigos, me volví y le dije: "¿Te cansas, Rafael?" Y me contestó: "Coño... ¿y por qué me lo preguntas a mí? ¿Por qué no se lo preguntas a estos más jóvenes?" Tiene una inteligencia y una sensibilidad únicas...

Resulta imposible acotar el espacio y los temas con un volcán de experiencias como este, un hombre del que se puede hablar de todo, que ha pasado ya por lo divino y lo humano y que, para desespero de algunos jóvenes sin motivación, todavía espera cosas de la vida. Opina, Miguel, que uno es también el producto de sus amistades. Y él cuenta con un verdadero lujo de amigos que desgrana entre sonrisas y anécdotas: Mario Benedetti; Tàpies, que es muy hermético pero "cuando quiere, quiere"; Ellacuría, con quién trabajó mucho; José Luis Sampedro; López Raimundo; Salvador, al que mataron... Y todos aquellos que se quedaron en el camino, anónimos, y a quienes a dedicado esta Medalla d’Honor que el alcalde de Barcelona, Joan Clos, le entregó el pasado mes de febrero.

- Bueno, vamos a ver. No hay manera de saber su edad. No figura en ningún sitio. Usted dice que 85 y yo no me lo creo.

- ¡Pero qué mala persona es! Venga, lo diré: nací el 12 de agosto de 1920, estoy en los ochenta.

- Y para haber nacido en Lavapiés habla un catalán muy bueno.

- Per necessitat, per necessitat!

- Me consta que su padre, apasionado por la lectura, le transmitió su espíritu volteriano. ¿Heredó de él esa obsesión demócrata?

- Vivíamos en un barrio obrero y mi padre era hijo de un militar republicano. ¡Imagínese que poca perspectiva, le duró poco! Mi padre era un hombre muy culto, con una formación humanística impresionante. Y aunque nuestra vida era difícil, todo su afán para conmigo (yo era hijo único, luego tonto, como todos los hijos únicos) fue que yo aprendiera.

- Y estudió Económicas en la versión de la época, como perito mercantil. Y la guerra estalló cuando apenas tenía quince años.

- Con quince años ya era de la Federación Universitaria Escolar (FUE), como Tuñón de Lara. Y de las Juventudes Socialistas. Muchos éramos los jóvenes sensibilizados, pero pocos los organizados. La República liberó nuestras energías, teníamos peñas de chicos y chicas juntos (eso nunca había pasado), tocábamos la guitarra, asistíamos a colegios de la República, era precioso...

- Y ahí tiene su primer éxito político.

- Bonito éxito. Llega el levantamiento y nosotros, adolescentes e ingenuos, decidimos ir a organizar a todos los chavales del barrio. Cuando llegamos, ya no había ni uno... ¡todos estaban en el frente! Los únicos que todavía estábamos pensando qué debíamos hacer éramos los políticos.

- Explíqueme lo que era un miliciano de la cultura.

- ¡Ah, amiga! Es lo mejor que he sido en mi vida. Era una sección en la que entró gente como Alberti, Miguel Hernández, etc. Teníamos como misión estar en el frente, pero más que como combatientes —que también teníamos nuestro fusil— para enseñar a leer y a escribir a los campesinos y obreros.

- ¿Ayudó a escribir muchas cartas desde el frente?

- A muchos les enseñé a escribir la primera carta de su vida. No se imagina lo que es eso. La emoción. Adivinaba su ideología porque uno decía: "Voy a escribir a mi novia y a La Pasionaria" y el otro le contestaba: "Pues yo voy a escribir a mi mujer y a Federica Montseny..." Avanzábamos hacia una España distinta, donde se mezclaban estudiantes, obreros y campesinos.

- Después de la Guerra Civil le condenan a treinta años de...

- ¡Uy! ¿Y se salta la Guerra Civil?

- No, no... ¡nos paramos donde usted quiera!

- Es que allí viví mi época de comisario. A mí la guerra no me gusta, ¿sabe?, de modo que en lugar de ser militar... yo, con mi tendencia de siempre, voy y me meto a comisario político. Leía los periódicos, visitaba a los soldados heridos y... si no la escribe, le cuento una historia.

- Si no quiere que la escriba es que es buena. Para que no me dé rabia, mejor cuénteme algo que pueda escribir.

- Pues que, según el responsable de las Juventudes, yo era el comisario más joven y más guapo de todos.

- Dicen que en la guerra se ama más.

- Y mal. Mire, en uno de los hospitales había una enfermera guapísima. Yo tenía diecisiete años y ella veinte y pico. Yo le decía cosas cada día. Hasta que una día, se vuelve, me coge, me abraza, me muerde y yo salgo corriendo... Los soldados no me volvieron a ver más en aquel hospital. Me largué asustadísimo, yo era virgencito, ¿entiendes? Y ella seguro que no.

- Ya me habían dicho que es un seductor tremendo y que ha ligado muchísimo en su vida.

- Yo solo me he dejado ligar, que no es lo mismo. He sido pan comido para las chicas. Además, nunca, nunca he sido celoso, ni de los maridos de mis amigas ni de sus novios.

- Ese es un sentido de la tolerancia difícil de adquirir. ¿Podemos pasar a la posguerra o todavía no me deja?

- Mire si estábamos despistados: al final de la guerra, mientras entraban las tropas franquistas, yo todavía andaba organizando las Juventudes Socialistas.

- Algo surrealista, ¿no?

- ¡Completamente surrealista! Y encima lo hacíamos convencidísimos. A mí me detiene un gachó que se pasó de nuestras filas a las fascistas. Lo cogen. Nos lo devuelven. Quieren fusilarle, y yo digo que ni hablar, que hay que devolverlo a las trincheras, y que tenga la misma suerte que los demás. Por lo visto, esa reflexión él no la entendió como tal y después me buscó. Y me encontró.

Recuerdos de prisión

Los ojos de Miguel se quedan anclados, lejísimos, con ese verde intenso cuyas virtudes él conoce bien. A lo mejor está pensando en ese cura del penal de Ocaña, al que llamaban el cura verdugo porque era el encargado de dar los tiros de gracia. O en el pajarillo al que dio de comer mientras estaba en la celda de castigo. O en sus amigos salvadoreños. Tiene tanto dónde escoger en una vida repleta, intensísima, a reventar, que se le acumula un mareo de fechas. El caso es que se queda ahora con el recuerdo de Vicente Goya, "un joven guapísimo, estudiante, al que condenaron. La policía le lleva a juicio, se escapa esposado, no va a mi casa porque piensa que me buscan. Va a casa de su abuela y al llegar su abuela lo echa por rojo. No había hecho nada. Va a ver a su tío, en la sierra, y también lo echa. Esposado, se duerme, sin comer... La guardia civil lo encuentra, lo coge y lo fusila."

- ¿Entonces, cuál era su delito?

- Ser inteligente y estudiar en la escuela de farmacéuticos.

- A usted lo llevan a Yeserías.

- Allí encuentro una maravilla de gente, intelectuales de la República, escritores, periodistas, artistas...

- Piden pena de muerte para usted.

- Sí, pero la confirmación fue de treinta años. Tiene gracia, porque me lo hicieron saber como si me hubiera tocado la lotería. Todavía recuerdo aquel amigo que vino corriendo y me dijo: "Miguel, amigo, ¡felicidades! ¡Tienes treinta años de condena!" Claro que hay que entender lo que quería decir...

- Que usted se había librado de la muerte a los 18 años.

- Nos ponían una chapa como identificación. La roja era pena de muerte o treinta años; la verde, veinte años; la amarilla, doce, y la blanca, seis. Una vez formados, un director de prisiones que era una mala bestia me dijo: "¿Tú qué edad tienes?" "Dieciocho", le contesto. "¿Qué has sido en la guerra?" "Comisario político", le digo con orgullo. Y me suelta: "Pues bonita carrera llevabas si no te la llegamos a tronchar..." Me dejó hecho polvo.

- Cuando le trasladan entonces al penal de Ocaña conoce a Miguel Hernández. ¿Era tan especial como dicen?

- Existe la costumbre de presentar a las grandes figuras como marcaba la antigua fórmula comunista: hombres especiales de una pasta especial.
¡Mentira cochina! Tenían sus virtudes y, por suerte, sus defectos. A Miguel siempre lo recuerdo con emoción: era el compañero de todo el mundo, cariñoso sobre todo con los jóvenes, que daba clase en las galerías. El que nos hacía un dibujo al final de las únicas veinte líneas que nos dejaban escribir por cada carta, veinte...

- ¿Y a él le escribía Josefina, la mujer en que se inspiró para las Nanas de la cebolla?

- Sí, era una mujer que no le perdonó ningún sufrimiento al pobre Miguel. Así como veías madres, hermanas, novias, que se estaban muriendo y aún animaban a sus hombres ("no te preocupes, no te preocupes"), Josefina le decía a Miguel Hernández el hambre que pasaba y siete veces más. Y mira que él estaba enamorado de aquella mujer "de altas torres, de altas lunas"; era una pena. Cuando lo veías pasear solo, ya está, ya había recibido carta de ella.

- Su muerte también fue una agonía lenta.

- Es que él, no sé si debería decirlo, hizo algo que no tendría que haber hecho. Nosotros preparamos su salida y Pablo Neruda, que era embajador en París, lo organizó todo para que le recogieran. Le montamos una documentación falsa (en las oficinas entrábamos como si nada, hacíamos lo que nos daba la gana) y salió. Y en lugar de esconderse, se fue directo a ver a Josefina. Y allí le cogieron, claro. Ya en la cárcel de Orihuela, murió de mala manera, tuberculoso.

Miguel (porque así quiere que le llamen, sin el Núñez y el González) es un pozo de anécdotas. Y sus digresiones, sus saltos en el tiempo a pesar del esfuerzo de quien le entrevista por canalizarlo, son un verdadero placer para los sentidos. Ahora, su memoria vuela hasta Diego San José y nos cuenta la historia de este literato "pequeñito, pequeñito", cuyo mejor amigo era un albañil llamado Paco, condenado a pena de muerte. En lo alto del penal había palomas y Diego, mientras las miraba, emocionado, decía: "Mira Paco, las palomas... ¡el símbolo de la libertad y la pureza!" A lo que Paco contestaba: "Sí, sí. Pero cómo estarían con unas patatitas ¿eh, don Diego?"

- Porque allí sólo se comía lo que se podía. Y aunque la familia nos mandaba cosas, teníamos una norma comunista de reparto tan estricta, que yo había llegado a no recibir nada de mi propia lista. Llegaba leche, por ejemplo, y si había un enfermo, se la dábamos primero a él. Por prioridad.

- El sistema fascista era muy particular, porque imponía una condena pero luego aplicaba unas comisiones de revisión que adjudicaban otra condena distinta. Luego no debían estar muy convencidos.

- Porque sabían que habían hecho muchas bestialidades. A mí me lo dejaron en doce años y luego en seis. Del mismo modo te podían matar, sin ningún criterio.

- En la clandestinidad utilizó muchos nombre de guerra. ¿Los recuerda?

- Pueeeeeeesss... Antonio Caballero Vaquero. Este no tenía inconveniente en usarlo porque era de un compañero de estudios fascista, y pensé que si lo pillaban daba igual. Después me llamé Bruc, Saltor (por el escritor Octavio Saltor), Vicens (por Vicens Vives), puestos a escoger...

- ¿Y no generaba esquizofrenia meterse en el papel de otro y tener que actuar siempre bajo una identidad falsa?

- Es muy difícil que la gente de ahora os hagáis cargo de esas cosas. Porque la verdad es que no, no te costaba ningún trabajo, "te metías en la piel" inmediatamente. Es como ponerse un disfraz para que no te cojan.

- Usted no tardó nada en identificarse con Cataluña. ¿Cómo se ganaba la vida aquí en los años cuarenta?

- Enseguida me sentí de aquí. Janés, el editor de Plaza & Janés, nos daba trabajo a todos los rojillos. Y a mí, que hacía de corrector de estilo, me guardaba el certificado de trabajo con nombre falso.

- Entonces se la jugó a conciencia.

- Sí, se portó maravillosamente. Luego eso me ha pasado con Carlos Barral o con Castellet. Siempre me ha resultado fácil comprender los derechos del pueblo catalán, su idiosincrasia. A veces pienso que una cosa que me ayudó es que me gustaba mucho la literatura catalana.

- ¿Es cierto que cuando montaron unos grupos paramilitares, como no tenían material, cogían lo que pillaban?

- ¡Hasta los revólveres de los serenos! Luego, algunos españoles pasaron a Francia y los que estábamos aquí, jugando, nos incorporamos. Yo en la dotación de Aymerich y Bruc y, para variar, como responsable político. Publicábamos un periodiquito que entonces aún defendía el sistema soviético.

- ¿Ya conocía a Tomasa?

- Éramos un poquito novios. Entonces no se podía ser mucho más. Claro que luego dijeron aquello de "haz el amor y no la guerra", y vi que tenían razón.

La historia de Tomasa y Estrella

Tomasa Cuevas, que está allí, en la habitación contigua a la nuestra, ha sido siempre militante del PSUC. Viendo ahora su aparente fragilidad, nadie diría que aguantó situaciones límite en más de una jefatura de policía. Está ahí, pequeñita, una mujer que debió ser guapísima y a quien le brillan los ojos cuando repasamos libros de los que fue autora: Mujeres en las cárceles franquistas, Cárcel de mujeres. Pronto irá a Nueva York para presentar otra edición. Tomasa, que en la clandestinidad sería Luisa, Antonia, Eugenia, Amalia, Emilia... ("Mi hija —recoge en La Brigada Social Antoni Batista— cuando era pequeña, siempre me preguntaba: ‘Mamá, ¿ahora cómo te llamas?’"). Tomasa, que conoció a Miguel, el compañero de su vida, un día de Navidad, mientras preparaba paquetes para los presos. Tomasa, que todavía hoy va cargada de gelocatiles, calmantes y zumos de limón, porque su cuerpo guarda recuerdo de las torturas recibidas. Tomasa, que en 1946 salió de la prisión de Les Corts con la base de la columna vertebral desviada y que estuvo dos años en un hospital para curar sus heridas. Tomasa, que ha vivido mucho, que lo mira todo con cierta distancia, y a quien le sale la listeza a pesar del dolor.

- En la Modelo nos separaron a cuatro o cinco para hacernos un consejo sumarísimo de urgencia. Eso, resumiendo, quiere decir que en 72 horas te cepillan. Y los rusos, que han hecho muchas cosas malas, entonces hicieron una buena: tomar Berlín en aquel momento. Y el cabrón del juez desapareció.

- ¿Ve como existe la providencia?

- Sí, la providencia... y el comandante militar que se encontró con todos los papelajos míos y no sabía qué hacer conmigo. Claro, el juez se había largado y el que le sustituyó, que estaba apartado del ejército por masón, decía que era jurídico militar, aunque fuera un patatero facha. Le dije: "Usted tiene que ponernos en libertad provisional, nos va llamando, y ya iremos apareciendo."

- Qué dotes de convicción. Supongo que no les vio más el pelo.

- Así fue. Cuando entré de nuevo en la celda y se lo dije a los compañeros no se lo podían creer. Luego, en 1947, pasó lo de Pedro Valverde y a mí no me cogieron por casualidad. Pedro vino a casa, cogió una nota mía, se fue y, a trescientos metros, en la gasolinera de Muntaner, lo detienen, lo torturan, le dan de palos y lo dejan ciego. Iba a ser el padrino de mi hija, Estrella.

Estrella, que también tiene una historia hermosa. Estrella, que cuando tenía nueve años fue a ver a su padre Miguel a la prisión. Allí había otro niño, Bernard, de once años. Se conocen y, a su ingenuo modo, se hacen novios. Después se pierden, crecen sin saber nada el uno del otro. Estrella se casa y se separa dos veces, Bernard se casa y se separa dos veces. Y ahora, después de cincuenta años, aquellos dos niños que se encontraron en el penal mientras visitaban a sus padres se han vuelto a unir. Son pareja y parece que feliz.

- Pedro nunca me delató, nunca dijo dónde estaba yo. Nació mi hija, y antes de que lo fusilaran, tuvimos tiempo de entrar a enseñársela. A veces pienso que la guerra trajo cantidad de errores, pero al mismo tiempo pruebas de cualidades humanas eternas.

- Cualidades que usted vio muy de cerca en su exilio francés desde 1949.

- Allá trabajé en una cantera de sílice. Ahora, en México, y después de una revisión, los médicos han deducido que la sílice de aquella época me calcificó toda la punta de los pulmones. Por eso tengo menos capacidad respiratoria.

- ¿Entonces tiene algo similar a la silicosis de los mineros?

- Sí, eso es. Ese polvillo fino que yo debía tragar desde las ocho de la mañana hasta las seis o las siete de la tarde. Después me reunía en casa de algún amigo. En una ocasión empezaron a opinar sobre la situación de España. Yo, cauteloso, les dije: "Eso no tiene nada que ver con la realidad". Y me contestaron: "¿Tú quién eres? Porque si hasta ahora eras comunista, que sepas que a partir de este momento has dejado de serlo". Les contesté que ni ellos ni La Pasionaria podían impedir que yo fuera comunista. "Me podéis sacar el carnet, pero no la ideología."

- ¿Cómo se aguantan tantos años sin ver a una hija?

- Tomasa estuvo en Checoslovaquia y la niña con mis padres, desde los tres meses. Yo no la volví a ver hasta que tuvo diez años (y luego cuando cumplió los diecisiete y vino a la cárcel, donde yo volvía a estar, a pedirme permiso para casarse). Sus compañeros de escuela, algo crueles, le decían: "Tú no tienes padre", y ella, la pobre, sacaba mi foto: "Claro que sí, es este." La organización preparó un viaje desde España para que pudiéramos vernos. Y yo fingí que venía de París. Pero a los dos minutos, me dijo mi padre: "Venga, déjalo". Yo sé que la niña ha sufrido, la criatura, es un disloque... se sintió abandonada. Una vez tuve una conversación muy hermosa con Estrella. Me dijo: "Ya es tarde para que seas mi padre, pero podemos ser amigos." Y lo hemos sido, es difícil que el padre de una chica sepa todos sus asuntos, sus novios, sus confidencias... Esa es una compensación que la vida trae.

 "Kamikaze, por supuesto"

 - Dicen los cronistas que Miguel Núñez era especialista en desafiar, en pleno juicio, al régimen franquista. Así se ganó el traslado a la prisión de Burgos.

- Insté a los militares, en pleno consejo de guerra, a abandonar al dictador.

- ¿Valiente o kamikaze?

- Kamikaze, por supuesto. Estás en una lucha en la que crees que das ejemplo. En el descanso, uno del tribunal que era más joven me saludó y me dijo: "Miguel, hombre, que se ha ganado usted por lo menos diez años más." Claro, pedirle a aquellos que abandonaran al dictador, fíjese qué ocurrencia.

- Pero tenía la ayuda de Josep Solé Barberà, el primer abogado catalán que se puso la toga en un proceso del TOP [Tribunal de Orden Público] por una causa de delito de opinión y que ya no pudo continuar ejerciendo de ese modo.

- Ese sí que era un caso. Había estado condenado a muerte. Un tío estupendo.

La prensa extranjera publicó todo el diálogo. Ahora Miguel Núñez lo tiene ahí, sobre la mesa, en fotocopias. Se lo mira y le parece una borrachera. Dice que le tenían muchas ganas. Pero que ellos hicieron un consejo de guerra sonadísimo, hablando bien hasta de los monárquicos y mal de la dictadura, veintisiete preguntas y veintisiete respuestas. Quienes llevaban el juicio se cansaron tanto que al día siguiente cambiaron de tribunal. Entonces a Solé Barberà no se le ocurre otra cosa que decir: "¿Qué más puedo añadir yo que no haya dicho con su elocuencia este gran revolucionario?" Echa mano al bolsillo, saca un número de una revista clandestina sobre la reconciliación nacional y se la lee al tribunal casi enterita.

- Lástima de vídeo para ver ese juicio.

- Fue tremendo. Estaban hasta los cojones de los dos. A mí me ponen 55 años. Luego estoy en Burgos de 1958 a 1967. Y a Solé lo retiran.

Quienes conocen su trayectoria dicen que Miguel Núñez nunca delató a nadie ni en la peor de las sesiones de tortura. Le aplicaron la bañera (te meten la cabeza dentro del agua hasta que no puedes respirar) y le cosieron a palizas, pero no le pudieron arrancar ni un solo nombre. Su integridad le valió, incluso, durante muchos años, el respeto dentro del mundillo policial. Cuenta la leyenda que cuando pasaba por la policía algún jovencito que no quería largar nada, los policías, ante su empecinamiento en aguantar y no chivarse, le espetaban: "¿Pero tú qué te has creído, que eres Miguel Núñez?"

- Claro. Creo que cambié el estilo. Porque algunos decían directamente: "Soy fulano y a mí nadie me saca una palabra." Yo eso, para bien o para mal, no sé hacerlo. Yo llego y me dice el torturador de Creix: "Miguel, has caído, ahora tienes que hablar." Y yo le respondo: "¿Cuánto ganas?" Va y, después de una discusión de miedo y mientras me pegaba, me contesta que gana algo así como 45.000 pesetas, creo, y yo le digo: "¿Tú sabes lo que ha ganado el Banco de Bilbao este año? ¿Por ese precio haces lo que haces?"

- ¿Cómo se aguantan las palizas físicamente, cómo se consigue no delatar a nadie cuando las torturas son insoportables y un ser humano debe sentirse tan vulnerable?

- Es cuestión de convicción. Yo he visto a tíos como armarios que con una sola amenaza, a la primera bofetada, se hundían. Y he visto a mujeres delgaditas, enfermas incluso, frágiles... aguantarlo todo. Es resistencia moral. Yo me sentía muy superior a la gente que me torturaba.

- ¿Y eso sirve de algo cuando te muelen a palos?

- Sí. La tortura degenera al que la hace y al que la recibe. Yo no sé si otra vez me pasaría igual con la policía. Cada vez era una experiencia distinta.

- ¿Es cierto que le colgaron, por las esposas, de las tuberías de la calefacción de jefatura y lo dejaron ahí durante horas?

- Sí. Y aguantas por una pura reacción psicológica. Yo entré a la ofensiva y convencido. Luego se añadió una circunstancia. Me tenían allí colgado, me acercaron una silla para que apoyara la punta de los pies, pero como yo sabía que eso cascaba la columna vertebral y el dolor es irresistible, di una patada a la silla y preferí quedarme colgado. En ese momento ocurrió algo importante. La policía me tortura, pero se cansa. Hacen turnos. Se van y entran dos policías armados. Me vigilan en el cuarto. Y entonces uno de ellos me dice: "Aguanta Miguel, que ya los tienes vencidos. ¿Puedo hacer algo por ti?" ¿Se imagina lo que se siente cuando uno de ellos te dice eso, cuando ves que está contigo?

-  ¿No tuvo miedo de que fuera sólo una pantomima y él hiciera el papel del bueno para que usted hablara?

- Lo pensé, pero, de repente, le dije: "Tome las señas de mi abogado francés y cuéntele lo que pasa." A los dos días entró Creix y me insultó, "¿Cómo te las arreglas, hijo puta, cabrón, con un transmisor?" ¡Era verdad, aquel policía estaba conmigo! Y le digo a Creix: "¿Pero qué te crees, que yo entre toda tu gente no tengo mi gente?" Se volvió de golpe, les miró con odio. Era otro estilo.

- Después de eso uno ya no debe creerse la máxima de Rousseau por la que somos buenos desde que nacemos. ¿Cómo es la verdadera condición humana?

- Bastante lamentable. Cuando a alguien le torturan, por ejemplo, y habla, encima no le podemos machacar. Los hombres no somos dioses. Y esa persona que en ese momento falla tiene una trayectoria anterior a ese miedo, que no podemos olvidar. Años más tarde, el camarada que me entregó a mí, después de que le torturaran salvajemente (yo me hice muy amigo suyo, podía ocurrirle a cualquiera), le dijo a Creix: "No sé dónde está Miguel, pero eso me da más rabia porque me gustaría, esta vez, saber dónde está para no decírtelo nunca."

- ¿Este Creix es el mismo al que Joan Oliver le dijo: "Creix, creix, però no et multipliquis..."?

- El mismo, Creix era un verdadero producto de la época.

 Partidos políticos, ayer y hoy

 - Y ahora, visto en perspectiva, ¿qué es lo que no repetiría?

- Si estuviera convencido, actuaría otra vez igual. Aunque yo he cambiado, he hecho una profunda reflexión y todo lo veo distinto. Por ejemplo, estoy seguro de que la estructura de partido que nosotros teníamos no era idónea. Eso, lo de la bestialidad de la lucha, como los del IRA, como ETA, era un error. Crees que sin violencia no puedes luchar y entonces utilizas sus mismos instrumentos y acabas organizándote casi militarmente. Era un verdadero ordeno y mando. Era útil contra el fascismo, pero no era una solución.

- Pero ese es un fenómeno universal.

- Claro, el partido del Frente Sandinista tiene estructura militar, y cuando tú quieres ejercer tu visión crítica y ven que puedes dañar a la organización, te dan una consigna terrible: "Más vale equivocarse con el partido que acertar contra él". ¡Eso es una barbaridad tan grande! Te están diciendo: "No pienses."

- ¿Conoce algún partido que, de algún modo, no aniquile ideológicamente?

- Yo tenía un amigo soviético cojonudo que me decía: "Mira, la dictadura del proletariado ya es limitativa, porque no todos son obreros, es la dictadura del partido. Pero no todo el partido, porque el partido en el fondo eso es el Comité Central, pero el Comité Central no es el comité, es el Bureau Político. Y el Bureau Político... al final... es el secretario general." Toda forma de trabajo que limite el criterio de la persona es mala, impide el enriquecimiento de una idea, y una idea solo puede salir de un contraste.

- Puestos a ser críticos, dígame algo crítico de Iniciativa.

- Yo considero que los partidos políticos de ahora son pura reminiscencia del pasado. Ni siquiera los de izquierda son partidos auténticamente democráticos, no funcionan como tales. Y la sociedad, en su inmensa complejidad actual, no los asume bien. El capital financiero mueve, en el mundo, diariamente, un trillón de dólares ¡sin producir nada, ni una zapatilla! Sólo especulando. Y cuando aquí leemos que un perro ha matado a una niña, allí se han muerto dos millones de niños de hambre. Frente a ese sistema, estos elementos de partido que tenemos no son válidos, pero...

- Es lo único que hay, ¿no?

- Claro, eso es. No podemos tirar por la ventana lo que tenemos. Pero necesitamos otra forma de participación ya. Por suerte, entre los más jóvenes está empezando a resurgir una cosa muy bonita, en ese sentido.

- Póngame un ejemplo, usted que tiene predilección por la gente joven.

- Me metí en una manifestación de jóvenes universitarios (en cuanto veo un lío, me meto) Protestaban contra las tasas. Les pregunto: "¿De qué organización o partido sois?" Y me contestan aterrorizados: "¿Qué? ¡De ningún partido, hombre, no nos hables de partidos!" Pero estaban pidiendo exactamente lo mismo, desde fuera de la estructura.

- Si los partidos políticos actuales le parecen de juguete, ¿a qué se agarra para seguir?

- En un programa de radio, una entrevistadora me preguntó: "¿Y después de tantas cosas qué consigna le queda?" "Mira, no me queda ninguna —le dije— y no sabes los contento que estoy."

- Políticamente, no está usted en su salsa.

- Realmente no puedo decir: "Esto es lo mío". Esto es lo mío circunstancialmente. Hombre, si me hacen escoger entre que gobierne Aznar o (para poner una cosa imposible) Rafael Ribó, pues prefiero que sea Rafael. Entiendo que no tenemos instrumentos, pero mirando al pasado hay algo que me ha calado muy hondo: que no puede haber bajo ningún concepto una organización autoritaria dirigiendo a una sociedad, que debe ser plural. Ni un secretario general que dure 32 años.

- Como Santiago Carrillo.

- Los partidos políticos de hoy no dan la talla.

- Dígame algo por lo que esté dolido.

- Estoy muy, muy dolido por el hecho de que se hagan programas sobre sanidad, enseñanza, vivienda, impuestos, que son nuestra realidad inmediata... y que, en cambio, casi nunca hablemos de que tres cuartas partes de la humanidad están machacadas.

- ¿Le da miedo la globalización que hace el capitalismo?

- Esa es una globalización odiosa. Pero no condeno la globalización cuando significa "ocupémonos todos unos de otros".

- ¿Qué palabra le repatea más de todas las que nos repiten a menudo?

- La competitividad. Eso quiere decir que tú salgas adelante poniendo la zancadilla a alguien. ¿Por qué no la cambiamos por solidaridad?

- ¿Y por eso montó usted una ONG, Las Segovias?

- Al salir del Parlamento.

 El primer día como diputado

 - ¿Cómo recuerda su experiencia de diputado?

- En la primera legislatura sustituyo al Guti. Allí entiendo que nunca nos debe ser indiferente en qué forma ejerce el poder el que tiene poder.

- Explíqueme su primer día en el Parlamento.

- Me encuentro con Sánchez Terán donde Tejero hizo sus demostraciones. Me mira y me dice: "¡Hombre, Núñez! ¡Cuántas veces he tenido yo tu expediente sobre la mesa mientras fui gobernador civil de Barcelona!"

- Vaya gracia...

- Me cogió un cabreo tremendo... Me voy para el escaño, me siento y Santiago Carrillo me dice: "Ya te veo, ¿qué te ha pasado?" Le digo que el tipo me había puesto de mala leche. Y él, muy baqueteado, me contesta: "Pues no veas la leche que se le habrá puesto a él de verte a ti." Pensé que tenía razón, a mí no se me había ocurrido.

- ¿Cuándo se enamora de países como Nicaragua?

- Inmediatamente. Cogí a quince personas, arquitectos, médicos, empresarios y me los llevé a Nicaragua, El Salvador, Guatemala... Como resultado de eso, vimos claro que teníamos que montar una organización no gubernamental de carácter distinto.

- ¿Para enseñar en lugar de ejercer la caridad?

- Exacto. Para proporcionar a aquella gente lo necesario para formarse, organizarse, para que pudieran ser alguien por ellos mismos.

- ¿Qué ha aprendido del Tercer Mundo?

- He visto morir a un padre de familia, en una comunidad indígena de Guatemala, y que al día siguiente el resto de vecinos estuviera cultivando las tierras de esa persona para que la viuda pudiera mantener a sus hijos.

- Eso aquí es inimaginable o, al menos, improbable.

- Por eso Las Segovias quiso ser diferente, aprender de esos ejemplos. Por cierto, que no se llama así por Segovia, sino por la tierra de Sandino.

- ¿Ahora trabaja más en otras cosas?

- Sigo colaborando con ellos. Pero ocurre que yo, en política, he hecho igual que en la vida. Creo que las personas no deben mantenerse demasiados años en los puestos de dirección. Yo les di dos años de plazo, a Las Segovias. Luego, dije: "Me voy". Y así lo hice. Hay un ilustre madrileño que me descubrió una virtud que yo no conocía de mí mismo. Sabía que tenía otras virtudes, que me gustan las mujeres, por ejemplo, pero esa no. "A ti, Miguel - me dijo- se te escucha y, además, como no le haces sombra a nadie..."

- En Iniciativa se empeñaron en que estuviera en la dirección.

- Sólo he aceptado un sitio que tiene gracia, la Comisión de Garantías. Y lo acepté porque ahí no hay que sancionar a nadie por nada. Sólo si se lleva los cuartos. Pero por ideas no.

- Odia sancionar y juzgar ¿verdad?

- Si alguien dice que se va, pues que se vaya.

- Primero le dieron el premio Ciutat de Barcelona y ahora la Medalla d’Honor de la Ciutat. ¿Cómo le ha sentado eso a usted, a quien no le van especialmente los honores?

- Yo ya sé por qué me la dieron. Porque anda por ahí Pasqual Maragall. Él me vino a buscar cuando salí de la cárcel siendo aún un estudiante. Y yo, hace ya muchos años, tuve en mis rodillas a una chiquilla que se llamaba Diana Garrigosa, su padre era íntimo amigo mío. Los de Convergència ya me conocen y a Ribó, para apuntarse un tanto, también le pareció bien.

- Y pensar que a Creix le acabaron dando también una medalla al mérito policial por detenerle a usted.

- Pues sí, es verdad. Ya le dije a Clos que no me gustaban estas cosas porque las medallas las da la Iglesia y el Ejército. Y no es que sea pesimista, sino que, como dice mi amigo Mario Benedetti, del que estoy enamorado, "soy un optimista bien informado".

- Dígamelo cantando.

- Con una canción revolucionaria: "Ni en jueces, reyes ni tribunos está el supremo salvador..." O sea, vosotros, tenéis que realizar el esfuerzo.

- Seguro que se acuerda de algún poema de amor escrito por usted.

- No sé si debería, pero bueno... Uno dedicado a la monja de la cocina de la cárcel de Ocaña: "La monja de la cocina es una monja divina/ hada de cuento infantil (...). Y en la chispeante llamarada de sus ojos, al mirar, yo veo, tras la monja aparente, un diablo angelical".

- Supongo que después de eso usted comería mejor en Ocaña.

- ¡Me daba cada filete!

- ¿Y para cuando las memorias?

- Ese sí que es un problema gordo, porque quieren que escriba, pero yo he leído muchas biografías con las que estoy en desacuerdo. Si hago algo será explicar las cosas sensacionales que he visto en mi vida, pero que han hecho otros, no yo.

- Cuando se pasó meses enteros encerrado en una celda de castigo, ¿en qué pensó?

- Me enamoré mucho, muchísimo.

- Pero sí estaba encerrado y no veía a nadie.

- Es que me enamoré de Santa Teresa de Jesús. Su libro era lo único que me acompañaba. Era una mujer estupenda, fantástica, valiente, que actuó en contra de todos los de su época. Una maravilla.

- ¿Cuál es la mentira más grande que ha dicho en su vida?

- Que el franquismo sólo duraría un par de años. Escribí a mi novia Maruja desde la cárcel y le dije que, dadas las circunstancias, "y aunque el franquismo solo durará uno o dos años", le devolvía la libertad de nuestro compromiso.

- ¿Y en la vida cotidiana uno se puede enamorar de dos personas a la vez?

- ¡Y de tres, y de cuatro...! Lo malo del amor es que las cuestiones culturales las convertimos en dogmas. Yo, al amar, he procurado ser un hombre civilizado, no me he enfrentado jamás con mis ex relaciones, no he forzado nada y he conocido excelentes compañeras. Las mujeres tienen de bueno que su capacidad de sacrificio, en momentos límite, es fabulosa. A veces, la mujer del militante, sin ser ella militante, se la jugaba mucho más.

- Dicen que nunca estamos seguras de nada.

- Es que la duda es el elemento más interesante de la vida. Cuando veas alguien que está muy seguro de sí mismo, que lo sabe todo, o eso parece... huye de él.