La intervención regeneradora en Ciutat Vella
TEXTO: Joan Fuster i Sobrepere

Ciutat Vella 1983-1998: un paso de gigante para su mejora
TEXTO: Joan Busquets

En torno de Ciutat Vella. Identidades y diversidades en las ciudades
TEXTO: Joan Subirats

Dentro de la ciudad
TEXTO: E. Miralles

Cultura y crimen
TEXTO: Arcadi Espada

De la horizontalidad de las vías romanas y la retícula del Eixample de Cerdà a las nuevas infraestructuras
TEXTO: Pere Cabrera i Massanés

Ciutat Vella, el futuro de Barcelona
TEXTO: Xavier Casas i Masjoan


     

 

TEXTO: Joan Subirats.
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración
de la Universidad Autónoma de Barcelona

En torno a Ciutat Vella.
Identidades y diversidades en las ciudades

 

Ciutat Vella. ¿Problema o solución?

El bienestar y la calidad de vida cada vez están más conectados a la vida cotidiana, ya que no sólo requieren protección social en abstracto. La calidad deriva del hecho de que estas prestaciones se den en un entramado cercano y sentido como propio de relaciones sociales. Ciertos barrios de grandes ciudades han conservado el calor suficiente como para equilibrar las ventajas e inconvenientes que tiene la vida en las ciudades. Los barrios de este tipo son receptáculos privilegiados de estructuras o redes comunitarias que les dan singularidad y generan formas peculiares de resolver la vida en común. Barcelona cuenta con la ventaja de haber sabido transformarse de una manera extraordinaria en los últimos años sin perder del todo esta especificidad de sus barrios.
Ciutat Vella es un modo de denominar al conjunto de barrios y comunidades vecinales que conviven en el núcleo histórico de la ciudad y que han ido manteniendo, a pesar de los cambios urbanísticos y demográficos de los últimos años, una forma característica de hacer y convivir. Podríamos decir que existe un entorno sociocultural característico de Ciutat Vella que convierte sus barrios en lugares espacialmente diferenciados. Lugares en los que la gente se presta cosas, se visita o se encuentra con regularidad. Lugares en los que se discuten los problemas del barrio y se ayudan unos a los otros con pequeños favores. Lugares en los que trabajar y socializarse, y también en los que se va al oficio religioso, se compra o se lleva a los hijos al colegio. En el distrito encontramos la mayor diversidad étnica de la ciudad así como la mayor densidad de edificios institucionales públicos y culturales, las calles más estrechas y la red de comunicaciones más completa de la ciudad. Un espacio lleno de comunidades específicas: vecinales, comerciales, religiosas, étnicas, educativas, de edad, musicales o artísticas.
Este conjunto de características diferenciales, aquí muy parcial y simplemente resumidas, hace de estos barrios una realidad diferente de la del resto de la ciudad. Muchas veces se alude a Ciutat Vella como uno de los problemas de la ciudad, haciendo referencia a su heterogeneidad y compleja composición. Más bien tendríamos que ver este conjunto de barrios y comunidades de todo tipo como una preconfiguración de la ciudad que puede ir afortunadamente conformándose si no triunfan las tesis de quienes sueñan en realidades mucho más homogéneas y bunkerizadas. El problema de Barcelona es, de hecho, su solución si Ciutat Vella es capaz de mantener y reforzar los vínculos internos que la hacen habitable y solidaria, y si las instituciones representativas insisten en la tarea de facilitar la generación y consolidación de puentes, nexos y relaciones entre estas diferentes comunidades evitando que se cierren o que sean manipuladas.
Para plantear este tema de manera más articulada, propongo adentrarnos ahora en un conjunto de conceptos que pueden dar a entender mejor nuestra peculiar mirada sobre la realidad de Ciutat Vella.

Identidades

Uno de los principios inspiradores del impulso revolucionario de la Ilustración postulaba la desaparición de todo tipo de cuerpos o entes intermedios entre los poderes públicos, representantes de los intereses generales, y los ciudadanos o la sociedad, entendida como agregación libre de individuos. Las estructuras corporativas o gremiales, así como las vinculadas a las condiciones de nacimiento u origen, se entendían como distorsionadoras de la relación entre ciudadanos y Estado, basada en un mecanismo de representación directa y de defensa-salvaguarda de los derechos individuales. Este ciudadano anónimo, viviera en la ciudad o viviera en el campo, hubiera nacido rico o pobre, creyente, ateo o agnóstico, se sabía protegido por los derechos y libertades que el contrato social le otorgaba, siempre que respetara las leyes entendidas como la expresión de la voluntad general. Hasta entonces los individuos aislados no eran anda. Existían en la medida en que formaban parte de una corporación, de un linaje, de una comunidad. A partir de ese momento la sociedad de ciudadanos libres unificaba, indiferenciaba y garantizaba respecto a la individualidad.
Este indudable progreso en las condiciones de vida y de dignidad de las personas ha constituido una de las bases esenciales de la modernidad y de las sociedades liberales y democráticas contemporáneas y ha significado la base para poder hablar del hombre, de una persona, en sentido universal, al margen de razas, creencias, ideologías o recursos económicos. Por otro lado, la propia consolidación de la economía de mercado ha venido también muy determinada por la identificación individualizada del consumidor. El progreso tecnológico, la globalización económica e informativa producida en los últimos años, acentúa esta diferenciación individualizada en la oferta de todo tipo disponible, hace más anónimas las relaciones al poder prescindir de pautas y de intermediarios sociales considerados antes imprescindibles (los pequeños comercios; los porteros, vigilantes o serenos; la compra diaria; los ámbitos pautados de acceso a información...) y permite llegar a construir un ámbito estrictamente individual, pero al mismo tiempo global, en el que no se precisa de nadie, pero donde todo está plenamente disponible.
Sin embargo, es justamente en este momento de potencial realización del individuo universal que —al margen de orígenes, situaciones personales y tradiciones culturales lo tiene todo al alcance y no tiene ningún límite (no asumido por él como parte de colectividad) en sus derechos— cuando más oímos hablar de identidades, de choques de cultura o civilización, o cuando más se valoran los vínculos comunitarios o locales.
En un muy difuso trabajo de Samuel P. Huntington de hace unos años (1), se afirma que la fuente fundamental de conflictos en el nuevo mundo abierto por la superación de la escisión Este-Oeste no será esencialmente ideológica o económica, sino cultural. La política mundial, afirma, vendrá determinada por el choque entre civilizaciones. Según este autor, la historia presenta cuatro grandes fases de conflictos globales: una primera determinada por el conflicto entre príncipes y dinastías; una segunda, que empieza con la revolución francesa en 1789, de conflicto entre pueblos; una tercera, abierta por la revolución rusa de 1917, caracterizada por los conflictos ideológicos y que se extiende a lo largo del siglo XX; y finalmente una cuarta, emergente, de conflicto entre civilizaciones. Las tres primeras fases se desarrollaron básicamente dentro de los parámetros de la cultura occidental, mientras que esta última podría enfrentar Occidente con el resto.
Al margen de que el trabajo de Huntington presente claras connotaciones conservadoras en otros aspectos de su análisis, lo cierto es que nos indica un cambio muy significativo en la forma en que tradicionalmente se ha considerado la divisoria de civilizaciones y culturas, muy centrada en claras distinciones territoriales. Hoy no parece tener sentido (pese a que el conflicto de los Balcanes pueda expresar lo contrario) estatalizar o territorializar las culturas. La globalización de las sociedades modernas está transformando las fronteras culturales de externas a internas (2). Mientras las fronteras históricas aún no se han cerrado del todo, se multiplican las microfronteras cotidianas en un proceso de dimensiones y características poco semejantes a las de los precedentes conocidos. No encontramos procesos de absorción o asimilación a gran escala, sino que se forman espacios sociales multiculturales en los que conviven diferentes expresiones y prácticas culturales, de forma más o menos aislada, que se acercan más a imágenes de salad bowl que de melting pot (3).

A pesar de los cambios urbanísticos y demográficos de los últimos años, Ciutat Vella ha mantenido una forma característica de hacer y convivir. En esta página, salida de una guardería en la calle Sant Pere més Baix, y la calle Riera Baixa.

©Albert Fortuny

 

En este contexto podríamos defender una idea de sociedad que tienda a apaciguar las comunidades identitarias, que busque en las raíces ilustradas los ideales universalistas que difuminen los conflictos potenciales entre mayorías y minorías, entre pautas culturales dominantes y pautas sometidas a la intimidad residual. Hombres y mujeres iguales, relacionados y gobernados por leyes iguales para todos. Pero, como siempre, este hombre idéntico a los demás es una simple abstracción. Lo cierto es que el refuerzo-redescubrimiento de las identidades no es sólo reducible a minorías-culturales-presentes-en-sociedades-altamente-uniformizadas, sino que se producen manifestaciones de identidad, de fuerza y relevancia muy desigual, en ámbitos que podríamos considerar culturalmente homogéneos y que sólo pueden entenderse desde perspectivas clave más locales o de afirmación de elementos de diferenciación muy específicos.
Todo proceso de identidad parte de definir con mayor o menor precisión quiénes somos nosotros y quiénes son ellos, Y lo cierto es que acostumbramos a tener muchos nosotros y los ellos son cada vez son más. Este sentido de pertenencia tan básico como natural, que hace que nos reconozcamos miembros de un grupo o una colectividad y que tiene siempre como complemento a otros individuos que no forman parte de esta identidad asumida, es hoy muy complejo como para ser ejercido sin contradicciones, sin la existencia de espacios transfronterizos. Mis nosotros no acaban en una pertenencia única. Excepto en situaciones dramáticas, todos nos encontramos inmersos en una encrucijada de pertenencias múltiples. El ganador de los cien metros libres en los últimos Juegos Olímpicos se paseaba con una bandera canadiense, mientras repetía que era jamaicano. En los campeonatos de fútbol de 1998, la plural selección francesa triunfaba, y poco después la gente en las calles celebraba la victoria de Francia, pero también la de Argelia, Marruecos, Armenia u otros lugares de origen de jugadores y seguidores de la selección. Aquí somos catalanes, pero no por eso queremos renunciar a sentirnos a veces españoles, europeos, mediterráneos, del norte del sur pero también del sur del norte. Y, además, este conjunto de pertenencias, de identidades, varía de intensidad y de relieve con el tiempo, como las coyunturas y como las vicisitudes personales o colectivas.
Se ha acusado a los nacionalismos de todo tipo de perversiones y degeneraciones. Y no les falta razón a los que así piensan. Pero también se han producido todo tipo de exageraciones y deformaciones desde lógicas universalistas e indiferenciadoras. Algunas naciones-Estado europeas jugaron a igualar territorio, etnia y Estado en el conflicto de los Balcanes.
En cambio, los libaneses intentan mantener a toda costa una comunidad que se basa en la yuxtaposición de muchas identidades (lingüísticas, religiosas, de origen) diferentes. Todos caminamos hacia un futuro en el que o bien somos capaces de aceptar la diferencia y este cruce de identidades y de multipertenencias o no habrá quien resista.
A todos, probablemente, nos gustaría defender nuestras anomalías (lo que nos separa del ideal de persona universal) con la suficiente solidez y flexibilidad para no tener que renunciar a ello en nombre de indiferenciaciones universalistas o descalificaciones de irracionalismo. Uno puede sentirse catalán sin sentirse español y no por eso afirmar que lo que se quiere es un Estado y una pertenencia únicamente catalana. La identidad como ciudadano español no tendría que anular nuestro sentido de pertenencia prioritario. Entre la posibilidad de reivindicar una ciudadanía con derecho a mantener una multiplicidad de identidades individuales y las múltiples variantes del principio goebbelsiano de "tú no eres nadie, tu pueblo lo es todo" no puede haber dudas.
Por un lado, mis identidades dependen en gran parte de mis vivencias. Y ellas dependen no sólo de mi memoria, sino de la memoria colectiva, de este conjunto de elementos que han sido transmitidos por la familia, por la escuela, por los medios de comunicación... y que por lo tanto dependen de un conjunto de hechos que han sido seleccionados (deformados) por los formadores, por los transmisores. Un joven de veinte años en Cataluña no ha vivido (afortunadamente) la situación que con tantas dificultades acostumbra a explicar Pujol cuando viaja al extranjero. Al contrario, sólo ha vivido en una Cataluña autónoma gobernada por alguien que afirma que su único norte ha sido y es Cataluña. No podemos, ni con museos ad hoc, ni con campañas de renacionalización, pretender recrear artificialmente vivencias y situaciones que hemos dejado atrás, aunque tengamos derecho a recordar y también los demás tengan derecho a hacerlo. Como alguien dijo, puedo rechazar Auschwitz sin tener que identificarme al cien por cien con la política del Estado de Israel.
Todo esto hace pensar que estamos en tiempos difíciles para identidades simples. Debemos ser capaces de trabajar sobre nuestras identidades básicas sin perder ni un gramo de exigencia en la aceptación de las identidades de los demás. Y eso exige respeto. Respeto sobre todo a las identidades de los más débiles, y en este paquete podemos identificar a mucha gente y muchas situaciones, diferenciando posiciones relativas y momentos coyunturales diversos. Y por eso tenemos que ser capaces de trabajar, de participar en la reconstrucción de estas pertenencias, en un contexto de intersección. Como dice Rubert de Ventós (4), las características de los catalanes como pueblo pueden ayudarnos: respeto y admiración por la complejidad de lo que nos rodea; lealtad a todo lo que tiene de circunstancial, de híbrido; y conciencia de la precariedad de lo que hemos logrado.

La ciudad como espacio privilegiado de identidades múltiples

Vivir en sociedad, vivir hoy en una gran ciudad tiene muchas ventajas. Ofrece muchas oportunidades, incrementa el bienestar, pero también crea muchas inseguridades y genera malestares. Crecen las capacidades tecnológicas, aumentan las posibilidades de ocio y de formación en la propia casa o lugar de trabajo. Pero estas nuevas alternativas y oportunidades se presentan a menudo bajo formas muy mercantilizadas e individualistas, la vida se ha monetarizado y tecnificado, y esto provoca muchas veces que las relaciones se vuelvan más anónimas, las hace más impersonales. Han ido desapareciendo conserjes, porteros, serenos, cobradores y tiendas pequeñas, y aumentan las grandes superficies comerciales y el consumo de productos (congelados y demás) que evitan la esclavitud diaria de la compra, pero que generan también más aislamiento, menos contacto con los vecinos. El coche se erige en dueño y señor y genera más nervios y tensiones. Todo esto tiene el aspecto positivo de evitar las dependencias, la dictadura de las rutinas diarias. Todo lo que tiene la ciudad de ámbito creativo, de generación de espacios de libertad, lo puede tener de mecanismo de aislamiento y de insularidad-insolidaridad.

Las ciudades como Barcelona y los municipios de su entorno se han transformado de manera espectacular en los últimos treinta años. Si el proceso de urbanización caótica y la falta de los servicios más básicos marcaron la llegada de los ayuntamientos democráticos, los ochenta estuvieron dedicados a recomponer las ciudades y sus conexiones, mientras que los noventa han comportado un muy significativo incremento de la movilidad territorial y una difuminación de los límites territoriales. Las ciudades actuales presentan cierto agotamiento del modelo de respuesta a las necesidades y demandas sociales que se había ido empleando, ciertas dificultades para hacer frente a nuevos procesos de fragmentación social (étnicos, de edad, de género...) que parecen conllevar fenómenos de exclusión, con pérdida de recursos personales para salir adelante y con tendencias a la cronificación. Por otro lado, las ciudades crean nuevos incentivos culturales, comerciales y de ocio para hacer más atractiva la vida en las mismas. Entramos en una etapa de redefinición del modelo de ciudad que queremos y de redefinición del papel que en esta cuidad deben asumir instituciones, entidades y otros actores sociales en la resolución de los problemas colectivos, así como de los mecanismos de participación y decisión.

Paralelamente, se desencadena un proceso de redefinición de los referentes de identidad colectiva. Se debilitan identidades de tipo clásico, pero aparecen otras nuevas, menos centradas en vínculos culturales clásicos y más basadas en vivencias comunitarias compartidas. La cultura política del bienestar va transformándose, adquiere una nueva dimensión. No se requiere sólo protección social. Se requiere también un nuevo entramado de relaciones sociales participativas y cohesionadoras en el ámbito más cercano. Y, en este contexto, la ciudad, las políticas locales, asumen e irán asumiendo todavía más un protagonismo específico.

La ciudad mantiene la escala humana necesaria para vehicular sentimientos de pertenencia, esenciales en la vida de las personas, que, aunque parezca paradójico, aumentan a medida que la globalización y la mundialización van cobrando fuerza. Este localismo, entendido como el refuerzo de los vínculos comunitarios, genera un nuevo posicionamiento de la identidad personal y comunitaria en busca de soluciones propias, haciendo más sencillas también las actuaciones y su adaptación a la realidad.

Identidad y comunidad. El espacio local

Hace muchos años (5) Töennies explicó el paso de la Gemeinschaft (comunidad) a la Gesellschaft (sociedad) como expresión de modernización del orden social. Como ya hemos apuntado, la reacción liberal contra el antiguo orden entendía como elemento distorsionador la existencia de entidades y la realidad de agrupación social que se situasen de forma intermedia entre el conjunto social de individuos y las instituciones representativas. La gente que vive y depende de una comunidad sería aquella que no cuenta con los recursos necesarios (de vigencia efectiva de sus derechos, o de carencia de recursos económicos, cognitivos o relacionales...) para trascender y no depender de un vínculo territorial. Para esta gente, la comunidad podría considerarse como una especie de cuenta corriente que uno puede utilizar si le conviene. Según esta idea, la comunidad (local, la más cercana) se sufriría si no se tiene ninguna otra opción posible. La comunidad aparecería, pues, como necesidad, como signo de debilidad. Los fuertes serían capaces de pasar de la comunidad.
En esta perspectiva, podríamos construir una idea de comunidad como valor añadido a perseguir, como cualidad relacional. Una comunidad como espacio de elección, como posibilidad de elección. La crisis de las instituciones más impersonales, más modernas, puede explicar en parte la revalorización de una idea de comunidad entendida como pertenencia, como relación, como valor en sí misma. La comunidad sería así una expresión de la sociabilidad, una construcción social y, por tanto, fruto de una opción, de una elección.
De este modo, crecería la conciencia de que para afrontar eficazmente ciertos problemas sociales y mantener una fuerte capacidad de responder a las necesidades de todo tipo de la gente quizás es necesario contribuir a forjar comunidad.
Evidentemente, no hablamos de comunidad como concepto contrapuesto a globalidad. La autarquía o el localismo no son sólo poco deseables, son simplemente imposibles. Los fenómenos están hoy demasiado interconectados y son demasiado interdependientes como para imaginar respuestas exclusivamente locales. Por eso, en este sentido, tan significativa es la frase "pensar globalmente, actuar localmente" como la contraria "pensar localmente, actuar globalmente".
Las dificultades por las que pasan los sistemas democráticos desde el punto de vista de su excesiva profesionalización y el alejamiento de la realidad de la gente han comportado un renacimiento de la preocupación por el civismo, por una ciudadanía activa, capaz de implicarse, participar y mantenerse vigilante frente a las fáciles salidas autoritarias y de democracia delegativa. La comunidad local se nos presenta como un espacio privilegiado para este tipo de adiestramiento. Aumentan significativamente las expresiones sociales de solidaridad, se multiplican las organizaciones de voluntariado y las experiencias que quieren encontrar espacios de ayuda mutua.
En el campo que nos interesa, el término comunidad se ha visto a menudo relacionado con una valoración de más proximidad y emotividad que el término sociedad, siempre más impersonal, más explicativo de conjunto de individuos aislados. La sociedad representa un tipo de unidad conseguida por contrato, por un acuerdo que aparentemente une, pero que de hecho asegura la interdependencia y separación entre los individuos que la componen, mientras que en la comunidad encontraríamos un consenso interiorizado, vivo, que iría más allá de la agregación. Pero debemos admitir que es un término que está también cargado de significados que nos llevan a relaciones que parecen hoy sobrepasadas, obsoletas. Por esta razón, algunos consideran que el término comunidad se encuentra en una especie de encrucijada entre nostalgia y utopía. Nostalgia de un mundo no contaminado, esperanza y utopía de una mundo más diverso, más humano.
Desde esta aproximación, el sentimiento de comunidad, de sentirse parte de, será muy importante. Y este sentirse parte de dependerá de las conexiones personales establecidas, de la capacidad de influencia que se tenga en los asuntos comunes, de la integración y satisfacción de las necesidades que se pueda encontrar y de una cierta conexión emotiva que se comparte. Pertenecer quiere decir formar parte de algo y se forma parte de ello por nacimiento o por elección. Pertenecer significa sentirse con, compartir, tener relaciones sociales, poder usar un nosotros.

Comunidad y diversidad. Ciutat Vella

Precisamente la gente ha valorado muchas veces la gran ciudad como un espacio más anónimo, en el que vivir con tranquilidad conductas o hábitos que en un pequeño pueblo podrían ser considerados desviados, peligrosos para la comunidad. Se ha dicho, por tanto, que cuando en una colectividad aumenta el sentido de comunidad y la cohesión, los comportamientos considerados desviados se identifican con más facilidad y la mayor fuerza social acaba comportando un mayor control social. Así pues, la aceptación de la diversidad resultaría difícil en sociedades en las que existe una gran distancia entre las personas, en las que predomina la indiferencia. Cuando aumentara la implicación con respecto a los demás, el interés por la comunidad, esta capacidad de convivencia, de asumir las diferencias, se haría más difícil, y el anonimato, casi imposible.
La interacción entre comunidades resultaría más fácil a partir de esta visión inclusiva y no exclusiva de las pertenencias comunitarias. Las interacciones se basarían en intereses, en la búsqueda de soluciones pragmáticas (más que ideológicas) a los problemas de convivencia. Allí donde exista más tradición de colaboración, más vínculos creados, más rutinas de interacción creadas, resultará más fácil desarrollar procesos de colaboración positivos para el conjunto de comunidades, para el conjunto (en el caso que nos ocupa) de la ciudad. Así, cuanta más confianza entre unos y otros se genere, cuanta más reciprocidad exista en los intercambios sociales y cuanto más consistentes sean las redes asociativas y el compromiso cívico, más fácilmente se podrán generar prácticas que ofrezcan certeza, seguridad para establecer y desarrollar mecanismos de prosperidad y de crecimiento social y económico. Y este resultado, en una especie de círculo virtuoso, puede densificar y reforzar este tejido asociativo, esos recursos que nutren una sociedad civil capaz de desarrollo y cohesión social. A esta densidad de redes comunitarias algunos la llamamos capital social, entendiéndolo como ese conjunto de organizaciones políticas, económicas y sociales, formales e informales, asociaciones y grupos, que se sitúan a medio camino entre los individuos y los grupos primarios, por un lado, y las instituciones representativas y de gobierno, por otro.
La capital social de Ciutat Vella es consistente. Existe un sentimiento de pertenencia y de lealtad entre sus vecinos, y tememos ejemplos de cómo se han sabido utilizar estas características socioculturales en palanca de acción colectiva. Se han creado redes de relaciones y contactos espacial, étnica, religiosa o socialmente potentes. Lo que hay que hacer es evitar que los vacíos estructurales existentes entre estas comunidades se puedan convertir en barreras para la acción colectiva o puedan ser ocupados por emprendedores que buscan aprovechar en su propio beneficio estas divisiones potencialmente conflictivas. Las instituciones de gobierno deberían hacer lo posible para que esta labor emprendedora de tejer redes comunitarias, de construir puentes, se realizara de manera colectiva, asumiendo todos juntos las responsabilidades de los espacios y ámbitos de convivencia. Y esto implica partir del reconocimiento del ciudadano y de sus potencialidades como agente activo en la comunidad, con todo lo que eso representa de impulso y gestión de redes sociales, y de cesión de espacios a la participación ciudadana. Y también implica entender la labor de la Administración más como habilitadora que como dictaminadora, más capaz de gobernar por la influencia que por las normas y la jerarquía, más adaptable y flexible que rígida y procedimental.

 

1 Nos referimos al trabajo de Samuel P. Huntington, "The Clash of Civilizations", publicado en 1993 en la revista Foreign Affairs, 72, nº 3, p. 22 y sigs.

2 Véase E. Lamo de Espinosa, "Fronteras culturales" en Lamo de Espinosa (ed.), Culturas, estados, ciudadanos, Alianza Editorial. Madrid, 1995, p. 13-80.

3 Bandeja de ensalada en la que encuentran todos los ingredientes mezclados pero fácilmente separables y reconocibles, o vaso de mezcla en el que al final resulta bastante difícil distinguir los ingredientes.

4 X. Rubert de Ventós. Los Nacionalismos, Editorial Planeta. Barcelona, 1995.

5. Nos referimos al clásico texto de Töennies, Comunidad y Sociedad, de 1887.