La intervención regeneradora en Ciutat Vella
TEXTO: Joan Fuster i Sobrepere

Ciutat Vella 1983-1998: un paso de gigante para su mejora
TEXTO: Joan Busquets

En torno de Ciutat Vella. Identidades y diversidades en las ciudades
TEXTO: Joan Subirats

Dentro de la ciudad
TEXTO: E. Miralles

Cultura y crimen
TEXTO: Arcadi Espada

De la horizontalidad de las vías romanas y la retícula del Eixample de Cerdà a las nuevas infraestructuras
TEXTO: Pere Cabrera i Massanés

Ciutat Vella, el futuro de Barcelona
TEXTO: Xavier Casas i Masjoan


     

 

TEXTO: Arcadi Espada

Cultura y crimen

 

El verano del año pasado, cuando el barrio del Raval vivió el último estertor de su leyenda —el falso descubrimiento de la red de pederastia—, diversos medios de comunicación aprovecharon el crematístico acontecimiento para practicar una retórica elemental, pero de una gran eficacia destructiva. Mientras iban informando del delirio, proyectaban sus metáforas de apoyo en torno a un contraste notable: la oscura sordidez de las prácticas pederásticas enfrentadas a la mole blanca, luminosa, abierta del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (Macba).
La retórica daba de sí y era ajustada al derecho metafórico. Con una rapidez sorprendente empezó a circular en el ambiente que algunos de los presuntos pederastas se cobraban precisamente sus piezas delante de la gran plaza del arte contemporáneo. Mientras los tiernos niños vagaban despreocupadamente a bordo de sus monopatines y bicicletas, o estampaban la pelota como una tralla contra los muros, el ojo vigilante del cazador —en su noche— acechaba. La conclusión era radicalmente decepcionante: de nada servía la cultura contra el crimen.
Los artífices de la metáfora no eran conscientes en general de que el debate en el que participaban era viejo, viejísimo. Y de que el propio y agonizante siglo XX había sido uno de sus escenarios más acabados y terribles. A los artífices, por supuesto, sólo les interesaba el aspecto estrictamente vecinal del asunto, asumiendo el riesgo de que la metáfora no levantara otro revuelo que el gallináceo. La lección que según sus boletines había que extraer era que la Barcelona de ilusión del maragallismo recibía la patada de la realidad en su parte más dolorosa: el corazón cansado del Raval. La cultura, ya fuera la tradicional, simbolizada por el museo, ya la más moderna y tal vez inaprensible, simbolizada por la higiene urbanística, no había sido capaz de evitar que el barrio se convirtiera en un siniestro plató pornográfico donde evolucionaba carne inocente.
Un año después de aquello no queda más que la desgracia profunda e irreparable de un puñado de ofendidos. No es el momento de hablar de ello, pese a que este barrio tenga pendiente un desagravio. Las metáforas y sus artífices han dejado el campo en busca de nuevos escenarios. Duran poco allí donde van: son gente alegre e inquieta. Yo camino un año después por las calles del Raval y no puedo evitar el síndrome de Pangloss: este es el mejor mundo entre los posibles. Y estoy a punto también de proferir un ¡viva! bien alto y en crudo, ¡que viva la cultura y muera el crimen para siempre! Pero callo y camino.

La nueva fonda

He accedido por la calle Gravina. Una posibilidad como cualquier otra. Quizás un recuerdo de pequeño: la calle tenía un bajar gris siniestro, pero en la esquina con la plaza Castella acababan de abrir un bar luminoso, en el que se levantaban montañas desbordantes de ensaladillas, rusa, alemana, de toda la geografía europea. Ahora, la calle se ha transformado y tiene el aspecto que reclama un almirante heroico de España, con un hotel en el que parece posible tener un insomnio tranquilo. Pero la novedad importante está en la esquina de Pelai; hace poco, poco relativamente, ha abierto un establecimiento dedicado a la comida rápida. Posee una singularidad muy relevante: las materias primas que se utilizan, según anuncio, son frescas y no contienen porquerías más o menos amenizadoras. Por lo demás, es un establecimiento plenamente identificado con los de su clase: se come por poco dinero, tiene horarios dilatados y un servicio que no atosiga. Y como es natural, suele estar lleno de jóvenes.

Esta es una gran noticia para la cultura del Raval, una emanación directa y sencilla, pero muy poderosa, de los grandes balumbos culturales de los alrededores: de los nuevos estudios universitarios, de los centros de vanguardia y de los nuevos museos. El crimen se combate, primero, por vía bucal. Formar unos paladares intuitivos, higienizados, que respondan a los estímulos y no hayan sufrido la devastación de las especies vulgares, de las salsas nitroglicerinadas es una tarea educadora de primer orden. El daño que ha hecho a las inteligencias la lóbrega fonda de estudiante, infestada de pestilencia a col hervida, es incalculable.

Atravesando la plaza de Castella, hay otra pequeña gran noticia: la librería Nuevos Medios acaba de trasladarse al barrio, después de una primera y breve experiencia en la calle Còrsega. La librería se sitúa en la calle Valldonzella entre la parte trasera del diario La Vanguardia y la facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Ramon Llull. No será necesario insistir en que se trata de una librería especializada en el periodismo y los periodistas y que ha ido a parar allí en busca de un ecosistema óptimo. En realidad, este es el objetivo supremo del gobierno de una ciudad y el objetivo supremo de la iniciativa pública: facilitar la proliferación ordenada y estratégica de ecosistemas.

Tres tótems

Es probable que los ecosistemas necesiten tótems. Y el ecosistema cultural del Raval dispone de dos: el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (Cccb) y el Macba. Existe una extraña complementariedad entre uno y otro. El primero ha llevado a cabo hasta ahora una tarea muy importante a la hora de familiarizar a los ciudadanos con la nueva identidad del barrio: su programación ha sido atractiva, rigurosa y coherente, aunque en los último tiempos haya perdido cierta potencia. El espectáculo de su arquitectura, sin embargo, no se ha proyectado al exterior. Su —notable— contundencia arquitectónica ha optado por la introversión: una decisión de una gran elegancia expositiva, pero de resultados más dudosos por lo que respecta a las necesidades simbólicas del barrio en el que se erige. Paradójicamente, todo lo contrario de lo que ha acabado sucediendo con el Museu d’Art Contemporani. Para mi gusto, se trata de un edificio mediocre, de lenguaje vacilante, que parece haberse impuesto por la mera fuerza de las armas. Encima, está muy lejos de haber acogido hasta ahora una programación convincente. No obstante, el poder de la pura presencia física del edificio, volcado al exterior y originando una gran plaza que ha tenido que cambiar por fuerza los hábitos de circulación y de relación de los vecinos, es suficiente para que el efecto totémico funcione con la corrección necesaria. Podría decirse, y sin forzar más que un poco las cosas, que el impacto del museo es por completo independiente de su salud interna: el museo podría estar vacío e inactivo y seguiría siendo útil. Sólo sería necesario que nadie se diera cuenta de esta circunstancia, que es lo que ha pasado, en el fondo, durante la mayor parte del tiempo que lleva de vida. Hasta tal punto ha pasado que a la sombra de la gran piedra blanca, y cuando todavía estaba en pleno proceso de construcción, se ha producido en el barrio la aparición de uno de los fenómenos de cambio de apariencia más espectaculares: el traslado o instalación de nueva planta de una serie de galerías dedicadas al arte contemporáneo, en cualquiera de sus formas: trabajos sobre vidrio (Espai Vidre), joyas (Magari), fotografía (Urania), pintura (Alter Ego, Galeria dels Àngels, Ferran Cano, etc.).
He pensado hasta ahora en un par de tótems, pero en realidad hay tres. Lo compruebo ante la gran pieza de piedra del edificio del Grup 62, tan bien iluminada por la luz de noviembre, el mejor mes para el color de Barcelona. La instalación del grupo editorial en el barrio ha sido una gran noticia. En primer lugar, porque revela una notable confianza del sector privado, que aumenta la propia confianza de los ciudadanos en el ecosistema. El ciudadano, ante las inyecciones exclusivas de dinero público, acostumbra a exhibir una incredulidad muy compacta. Aunque los resultados sean irrevocables. Sólo cuando observa que alguien se juega el dinero propio reacciona con cierta —nunca excesiva— afabilidad solidaria. La elección arquitectónica del edificio resulta, desde este punto de vista, muy útil: las franjas de vidrio que se alternan con la piedra permiten la contemplación del trabajo de los oficinistas. La visión del trabajo ajeno siempre deja una reposada alegría en el interior de aquel que mira, pero qué duda cabe de que la circunstancia resulta muy especial y celebrada en un barrio en el que hace muchos años que no se instala una empresa privada de volumen similar. Y el que sea, además, una empresa dedicada a la fabricación de productos culturales no hace sino mejorar la expectativa de las cosas. La instalación ha empezado a generar un agradable fenómeno mimético, más o menos inducido con la apertura en las proximidades de una especie de embajada cultural de las Islas Baleares en la que se ofrece, aún sin gran concreción ni exhaustividad, pero con buenos pronósticos, una muestra de los productos intelectuales y artísticos del presente balear.

Instalación “Jardín de invierno" en el patio del CCCB

©Eva Guillamet

 

Del mismo modo, la noticia del Grup 62 no habrá sido precisamente desmoralizadora para las otras librerías que operan a su alrededor. En especial, para la Llibreria del Raval, en la calle Elisabets, que después de haber abierto demasiado pronto, es decir, de haber confundido el timing y haberse visto obligada, en consecuencia, a cerrar puertas, ha reaparecido igual de profesional y voluminosa, pero con una estabilidad que parece cierta. Las otras dos librerías vecinas del Grup 62, en la calle de los Àngels, se dedican a la venta de viejo. Son magníficas. Los libros suelen estar limpios y ordenados y una de ellas ha resuelto, además, el problema tradicional del cliente de este tipo de establecimientos. En efecto: uno entraba en la tienda y en el extremo de una montaña derrumbada de libros solía aparecer el rostro de hoja amarilla del librero o la librera. Uno lo esquivaba, si podía, y se dedicaba a investigar por su cuenta. Si buscaba algo en concreto, la búsqueda era desmoralizadora. Porque al lado de un opúsculo con las recetas cardinales del señor Ignasi Domènech podía aparecer la primera edición de Metropolitano, la poesía subterránea del señor Carlos Barral, tan escasamente comestible. Así, ante el criterio inextricable, uno preguntaba por:
-La obra completa de Gaziel... en castellano.
- No.
- ¿La inspiración y el estilo, de Benet?
- De Benet tenemos algo sobre la represión.
- ¿Y Medio siglo de vida barcelonesa, de Mario Verdaguer?
- Hace días vendí uno que tenía.

El dueño había producido todas las respuestas abriendo apenas un ojo, como para afinar la puntería, sin mover ni un centímetro brazo, pierna, miembro cualquiera. En el entorno, la fracasada montaña introducía un elemento de duda inaplazable sobre la capacidad científica del dueño para saber de todo sin buscar nada, y uno siempre acababa marchándose de mala manera. Pero ahora no hay perdida. La amable y joven señorita, ante las preguntas, siempre las mismas, teclea el ordenador, observa la pantalla durante unos segundos, se vuelve en un escorzo delicioso, que favorece mucho su clavícula, y dice:
- No.
Pero es otra cosa.

El bar, la civilización

En la misma calle de los Àngels, especialmente privilegiada por este fin de siglo, el flâneur atento puede proferir una exclamación importantísima. La misma que Jaime Gil de Biedma encontró escrita a principios de los años sesenta en el álbum de autógrafos del Whisky Club: "¡Por fin, un bar!". Yo la pronuncio ante la puerta del ambiguo Silenus y digo con Jaime Gil, también, una vez y mil: "¿Quién entre nosotros no ha pensado, con melancolía, en todos aquellos a quienes dejó de conocer, porque aún no existía el lugar para conocerse?" Desde hace un año, el Silenus es la prueba final de que el crimen retrocede en el Raval. Su puerta despintada —casi un trompe l’oeil— indica con suavidad posmoderna que todo el mundo sabe aquí de qué va la cosa: saben de qué va lo viejo y de qué va lo sucio. Pero en su interior es de una amabilidad estilística como hacía mucho tiempo que no se veía en Barcelona, de una amabilidad sostenida, profunda, francesa, que no tiene nada que ver con la de aquellas personas de las que se dice "qué amables".
Cuando el resurgir cristaliza en el bar, la partida está muy a punto de ganarse. Desde el Raval Bar de Doctor Dou, pionero, pero aislado, hasta la apertura del Silenus y la todavía más cercana en el tiempo de El café que pone, Muebles Navarro, en Riera Alta, se extiende el último esfuerzo del Raval por romper la cuarta muralla. Un digest mínimo de historia. La construcción y desarrollo de Barcelona presenta tres murallas de piedra: la primera rodeó el Barri Gòtic; la segunda siguió la línea de La Rambla; la tercera, que fue construida entre 1336 y 1387, tuvo la misión de proteger los núcleos de población dispersos que habían crecido extramuros: su trazado perfila el actual Raval, barrio que fue urbanizado a principios del siglo XIX. Sin embargo, la cuarta muralla —este cerco de prejuicios, leyenda y agria realidad— que ha separado al barrio del resto de Barcelona ha sido la más difícil de derribar. Si la mentira temible que se explicó a principios del verano de 1997 se hubiese demostrado cierta, si el Raval hubiera acogido efectivamente un plató internacional de la pederastia, la cuarta muralla —formada de palabras— habría vuelto a fortificarse de una forma muy poderosa.
Por fortuna, o tal vez por la imparable lógica racional que, cansada de pensamiento mágico, adopta a menudo la felicidad, no fue así y la afluencia de barceloneses al Raval no se ha interrumpido ni de día ni de noche. Y quizás haya llegado la hora de que lo escriba: desde el punto de vista de la cultura, entendida la cultura como un toma y daca, es decir, como un proceso en el que los papeles de creador y de receptor no están todavía nítidamente diferenciados —este momento endiabladamente confuso y atractivo en el que la cultura ni tan sólo se reconoce como tal, sólo hay gente, gente joven, que va probándose, ya sea con la pintura, las palabras, la música o el lenguaje digital—, digo que ha llegado la hora de que escriba esto: desde el punto de vista de la cultura, lo más interesante, decisivo, y seguramente perdurable, que está pasando en Barcelona está pasando aquí.
Las pruebas no están todavía en los catálogos, en las librerías, en los auditorios, en la televisión ni en las redes informáticas. Las pruebas están en el ambiente. Esto puede parecer elusivo, difuso, vago, pero es en el ambiente donde de momento tienen que estar, y harían bien en creerme. Es difícil que en un país en el que determinadas formas de cultura han sido tan terroríficamente subvencionadas, de tal manera que el genio ha pasado directamente del útero al Teatre Nacional o a las paredes del Macba, se pueda comprender con todo su matiz esta perentoria obligación que la joven genialidad tiene de mezclarse con el oxígeno de la vida, a ver cómo resulta. Pero la intemperie —radical, íntima, nada que tenga que ver con la estampa romántica de la bohème— es una de las condiciones necesarias del genio. Lo que la cultura catalana necesita es intemperie. Y aquí la hay.
Aún no hay pruebas documentales, pero esta mezcla del genio con las limitaciones de la vida —tan parecida a la que afronta el pensamiento al materializarse en la palabra— deja rastros y sólo se trata de seguirlos con humildad y una atención noble. Llega un momento en el que mi paseo de constatación matinal coincide con el itinerario propuesto por la iniciativa Artdnit al Raval. Cada jueves de octubre y de noviembre —la primera convocatoria tuvo lugar en mayo—, las galerías, librerías y tiendas del barrio han ampliado sus horarios hasta las diez de la noche, y el Macba y el Cccb han hecho lo propio. Los bares y restaurantes han incluido en su oferta todo tipo de amenidades culturales: exposiciones, debates, tertulias, música. He estado por aquí, divagando, alguna noche de estas. Visitar por la mañana los escenarios de la noche es parecido a entrar en las casas por la puerta de servicio: tiene un doble gusto. En todo caso, pone a prueba los recuerdos. Y es como si la vitalidad matinal de la que hacen gala los establecimientos —levantando persianas metálicas, limpiando cristales, sacando el polvo a los marcos, moliendo café con gran estrépito— probara la efervescencia espiritual, ese magnífico intercambio de ideas, proyectos y expectativas de la noche.

Cultura es periférica

Se hace difícil hacer pronósticos. Lo máximo que en realidad puede hacerse es relatar algunos hechos objetivos. La instalación en el barrio de personal vinculado con alguna forma de expresión artística ha aumentado considerablemente en los últimos años. Buena parte de este personal es extranjero. Y por primera vez después de la gran emigración latinoamericana a Barcelona —un alud enriquecedor ante el que los barceloneses practicaron la menos sugerente de sus formas, tan exiguas, de expresar la gratitud— vuelve a haber indicios en Barcelona de una cierta inmigración intelectual y artística. Sólo que ahora proviene del Magreb, de Centroamérica e incluso de los países del Este. Se trata de una emigración joven, pobre en recursos económicos —nada que ver con los cíclicos periplos europeos de los hijos de las burguesías santiaguina, limeña o bonaerense—, que tantea la posibilidad de instalarse en la ciudad de manera provisional o definitiva, definitiva en la medida en que las decisiones de este orden puedan ser definitivas en este fin de siglo. El flujo migratorio incorpora también el personal correspondiente a los intercambios universitarios, aunque reducido básicamente al Occidente desarrollado. Que esta emigración joven, limitada económicamente, pero tampoco miserable, escoge con preferencia las zonas más aireadas del Raval o Ciutat Vella no creo que sea una noticia que requiera muchas explicaciones: los corazones de las ciudades, cuando no han caído en manos del crimen, son irresistibles para los viajeros. Y sólo a fin de favorecer en las mejores condiciones posibles la vibrante y renovadora capacidad de mezclarse, las viejas y orgullosas ciudades europeas deberían imprimir en sus corazones el ritmo y el confort del presente.
Para Barcelona —e incluso para Cataluña— esta situación presenta todos los visos de un reto histórico. La ciudad —como, por otro lado, todas las ciudades de referencia europeas— ha acariciado repetidamente la posibilidad de convertirse en un polo de irradiación cultural. Al menos desde la recuperación democrática, los diversos programas políticos de los responsables del gobierno ciudadano han dejado entrever la necesidad de aspirar a esta distinción. Puede discutirse, contemporáneamente, la propia posibilidad —y la propia necesidad— de que un barrio cualquiera del planeta civilizado pueda acceder hoy a las categorías más o menos míticas —o incluso a sus simulacros más humildes— del Saint Germain de Hemingway, del Bloomsbury de Strachey o del Manhattan del big bang artístico de los ochenta. Entre otras cosas, porque esto requiere la coincidencia en el tiempo y en el espacio de un número apreciable de gigantes y de una masa apreciable de buenos comentaristas: ni unos ni otros son fáciles de obtener. También es posible que esta noción clásica de polo cultural resulte obsoleta en un presente marcado por la fragmentación y por la agrupación en las redes telemáticas de intereses que no comparten un espacio común. Pero aunque, a mi entender, la ciudad es la garantía más sólida de la perdurabilidad de una relación que se establece en todas las dimensiones del hombre, esta no es para mí ahora la cuestión capital. La cuestión es que Barcelona, el proyecto cultural de Barcelona, no ha resultado demasiado exitoso en lo referente a la emergencia de unas culturas periféricas sólidas. Sólo, y con mucho trabajo y con mucha indiferencia por parte del establishment cultural, se ha conseguido consolidar en los últimos años una generación de artistas flamencos que se cuentan entre lo mejor que ha dado nunca el género, no sólo en Cataluña sino también en España entera. Pero el off Barcelona ha producido muy pocos resultados reseñables, sobre todo si se tiene en cuenta que entre los años sesenta y setenta el crecimiento urbanístico y vegetativo de Barcelona y su área metropolitana tiene pocos elementos posibles de comparación en Europa. Es evidente que las hipótesis para explicar este vacío indiscutible de la cultura del país pueden ser muchas y explicables cada una desde muchos puntos de vista. Pero parece relevante señalar que la falta, no ya de este privilegiado ecosistema que hoy apunta en el Raval, sino de las condiciones más elementales de desarrollo de la sociabilidad colectiva en tantas y tantas periferias metropolitanas, algo habrá tenido que ver con la consolidación del vacío.
Así, el proyecto cultural del Raval no es sólo para Barcelona una operación urbanística, de higienización necesaria, democrática, ineludible. Esto es importantísimo, quizás lo más importante. Pero detrás está también en juego la posibilidad de que la cultura patria se vigorice y abra una fisura perturbadora en la tradición.
La mañana, el paseo meditable, acaba en el número 20 de Riera Baixa. Lailo es una tienda que vende ropa de segunda mano, antigua hasta los setenta, como matiza. Una de estas tiendas que veinticinco años atrás se hubieran instalado en la calle Tuset o en un pasaje de Sant Gervasi. El despliegue ha llegado pues hasta Riera Baixa, antes humilde y siniestro callejón, convertida hoy en una estupenda cuña peatonal. Está justo en la frontera: a cien metros, cruzada Hospital el mundo acaba; "Más allá del valle no hay ningún camino", advertía Marlon Brando en El rostro impenetrable. Robadors —impertérrita— y su desembocadura en la que llaman Plaza Negra, cerca de Sant Pau, sitúan al paseante ante la evidencia del viejo mundo de la prostitución grotesca y venenosa. Alrededor de la plaza, expectantes, se encuentran los yonquis y todo el tráfico habitual. Es posible que sea mero efecto del paseo, que ha sido largo, y de las cavilaciones, que han sido probablemente inútiles. Pero los miro, a unos y a otros, y me da la sensación de que son maniquíes depositados para el reclamo de una exposición grandiosa, irónica y final.