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ENTREVISTA Núria Escur

Joan Batlles i Alerm

 

El sacerdote que quiso entender a los laicos

Aunque haya librado montones de batallas, mossèn Joan Batlles pasará a la historia por una en especial: haber sido el apóstol defensor de la intervención de los seglares en la Iglesia. Permanece en el magma de la memoria de aquellos que un día fueron jóvenes y quisieron cambiar el mundo con un modo distinto de ver la religión, ya fuera desde el obrerismo, el escultismo, la política o la pedagogía activa. Este hombre de 81 años todavía tiene mucho que contar a los jóvenes de hoy.

Desde hace seis años vive en la rectoría de Santa Maria del Pi, donde le acogió el padre Josep M. Vidal. Llegó allí después de ser director del Centre d'Estudis Pastorals y tras el cierre de puertas de la Balmesiana, la casa donde había permanecido durante tantísimos años. Aquí comparte sus dudas, que las tiene, y sus convicciones, que defiende a ultranza, con otros eclesiásticos. Aquí come en comunidad. Por el balcón se filtra el bullicio de los turistas que discuten en las terrazas de la plaza y parece que sus gritos vayan a desmontar la paz ecuménica que respira esta habitación con mecedora y azalea.
Pero a este hombre que un día fue Creu de Sant Jordi, hijo de La Garriga y la niñez más piadosa, casi nada consigue arrebatarle el gesto conciliador. Por algo le conocen como el religioso que quiso acercarse a los seglares desde dos premisas irrenunciables: la catalanidad y el sentido de la libertad. Aunque le distraigan, siempre vuelve a su idea inicial.
No es un sacerdote al uso. Se nota en todo, desde su manera de dirigirse a quien le habla achinando sus ojos de azulete hasta el modo de no sorprenderse por casi nada. Si todos los hombres de Iglesia fueran como él, juro que aumentaría el número de creyentes. Eso sí, mossèn Batlles es hermético para sus cosas. Como si toda la vida le hubieran importado más los demás que él mismo, y en ese aspecto no parece que vaya a cambiar.

- ¿Cómo debo llamarle: mossèn, reverendo, doctor ... ?

 Con el tratamiento más simple: yo, para la gente, soy mossèn Batlles.

 - Y cuando mossèn Batlles de 81 años, mira hacía atrás, ¿cree que ha llegado donde quería dentro de la Iglesia?

 Bueno, es que nunca me propuse llegar a nada. Siempre creía que sería la vida la que me llevaría por donde mi destino y mis superiores decidieran. Todo empezó en 1929, en el seminario de Barcelona.

- ¿Cómo sabe un niño de doce años que su vocación religiosa es verdadera?

Parece ser que vieron en mí a un chaval piadoso. El rector dijo: "Este que tiene voz de espabilado podría leer en la iglesia. Este servirá". Y comentó: "Tú serás mi pequeño heredero". Y entonces supe que quería ser sacerdote, pero con esa claridad del niño, la claridad sin reflexión.

- Las circunstancias históricas que vivieron los de su generación ¿les hicieron madurar más deprisa?

Sin duda. Oíamos a nuestros mayores, durante la República, oíamos como se dividían entre los mismos católicos. Aquí, en Cataluña, muchos habían seguido las directrices del obispo de Vic, Torras i Bages, un hombre de talento. De él aprendimos que la Iglesia catalana está muy enraizada en el país. No sabe ni quiere actuar al margen de su gente.

- ¿Qué parcela de la Iglesia recelaba más de ese ideario torrasiano?

La parcela integrista carlista, esos recelaban de las ideas renovadoras. Veían en la República un enemigo para el catolicismo.

- Cuando se consultan referencias suyas, siempre se encuentra un denominador común: "el eclesiástico que más ha hecho por los laicos".

Y fíjese que, en eso, no he inventado nada. He sido un aprendiz. En esa línea innovadora en la que nos metimos algunos quedaba claro que el mundo de los laicos debía encontrar su lugar dentro de la Iglesia. Durante la República creamos, aunque tuviera poca vida, Joves Cristians de Catalunya. Y aquello fue una verdadera forja de cristianos laicos. Hombres y mujeres con espíritu critico.

- ¿Conoce a algún laico que se preocupe más por la religión que un creyente?

Es que si se preocupa, ya no es estrictamente laico. Lo que existe ahora, con evidente fuerza, es mucha gente que cree en el Evangelio, pero no en la Iglesia. Y ese es un diálogo difícil, pero conveniente. En Barcelona mismo tenemos personas que profesan muy distintas religiones. Para nosotros eso es un estímulo para valorar la profundidad en nuestras propias convicciones. Algo que también ocurre en política: es la legítima diversidad. Y es evidente que hay montones de personas de muy buena fe que no se declaran cristianas.

- ¿Pero, la fe no es un don, un estado de gracia, al que uno no puede llegar sólo con desearlo? ¿No tiene fe quien quiere sino quien puede?

Eso es cierto. Pero hay un componente racional, tenemos razones humanas por las que decantarnos por la fe. En la vida cotidiana también tomamos opciones que no responden a la química y a la matemática. El amor, por ejemplo.

- Alguien le dijo a Brossa una vez: "Usted está muy cerca de Dios. Pero está de espaldas". ¿Este es el prototipo de no creyente con el que se encuentran?

Nos encontramos personas lejanas a nuestra ideología, pero pensamos que, por su comportamiento, deben estar complaciendo mucho a Dios. Y en cambio, en el gremio... encontramos gente que no nos satisface.

- ¿No ha tenido nunca una crisis de fe?

Dudas, sí. Vacilaciones, sí. Oscuridades, sí. El que diga que no las ha tenido jamás es que vive en la luna o que miente. Lo que ocurre es que, a veces, resulta necesario distinguir eso de la vida de fe, que es una cuestión meramente vital. Y que depende de una intervención misteriosa. Los discípulos de Jesús, sin embargo, no tenían nada de misterioso, eran humanos, estaban llenos de defectos y alguna virtud.

- El Concilio Vaticano II lanzó una frase al mundo: "La Iglesia es santa y pecadora".

El mundo está lleno de santos, que no significa más que personas buenas, y de pecadores porque hacemos cosas bastante gordas. Y es en esa mezcla donde reside la esencia humana por definición. Sus errores hay que asumirlos.

- Eso mismo opina el obispo Casaldàliga cuando enumera los defectos de la Iglesia: "A mí la Iglesia me duele porque la amo".

He leído el libro de Escribano que ha hecho sobre él, el premio Gaziel. Y es absolutamente recomendable. Y estoy de acuerdo con Casaldàliga porque, el deber de aquellos que amamos la Iglesia es el de mantener una actitud de discernimiento (etimológicamente, capacidad de discernir es espíritu critico). En el Concilio se acuñó una frase: "La Iglesia debe renovarse siempre" y eso significa que no sólo debemos escuchar las críticas que vienen de fuera sino que, de vez en cuando, debemos interrogarnos: "¿Creéis de verdad que lo estamos haciendo bien?, ¿seguro que nuestro lenguaje es adecuado a los tiempos de hoy?, ¿de veras éstos son los problemas que sienten las personas?..."

- Si dependiera de mossèn Batlles modificar alguna cosa de la Iglesia católica actual, ¿qué cambiaría mañana mismo?

Esto lo he pensado, no lo improviso: me gustaría que la Iglesia dejara participar más a las personas. No me refiero a participación en cuanto a actuaciones. Antes se creía que el seglar podía ser un mero ejecutor de ideas, pero siempre y cuando fueran las que decidían sus superiores. De ahí salió aquella frase: "Acción Católica es la larga mano de la jerarquía".

- Entonces lo que usted aborrece es la imagen de una Iglesia clasista.

Clasista dentro de ella misma, donde coexisten diversas categorías. Hoy ya existe la intención de vencer esto. Si preguntas a los obispos, todos te dirán que sí, claro, que hay que terminar con esa idea clasista..., pero no acaban de saber cómo hacerlo.

- ¿No es una consecuencia lógica, hasta cierto punto, que un organismo tan complejo como la Iglesia genere cierta superposición de poder y un organigrama donde unos ganan y otros pierden?

Pero nos obliga a tanta comisión, a tanto grupo, a tanto organismo... que a veces se pierde lo esencial de por medio. Los montajes cobran demasiado protagonismo.

- Usted escribió una vez "muchos protocolos y solemnidades que nos rodean no tienen nada que ver con el ejercicio propio de nuestro ministerio". ¿Cuál de esos gestos le molesta más, todavía hoy?

A mí me molesta mucho el concepto de Iglesia jerárquica. Creo absolutamente necesario que vayamos modificando el concepto de Iglesia, porque Iglesia no es ni el Papa solo ni los obispos solos.

- ¿Iglesia somos todos?

Claro. La comunidad. Pero por eso me molesta que digan, a veces, los medios de comunicación: "La Iglesia ha dicho, la Iglesia ha opinado... tal cosa". No señor, deberían escribir: "El Papa ha dicho" o "tal obispo ha opinado". Porque no me gusta que se ponga en voz de una sola persona el criterio general.

- ¿Le disgusta que hablen en nombre de todos?

Claro, porque no es verdad y la gente se lo cree. Un señor que hace de secretario de una conferencia episcopal debe hacer su trabajo, pero no el trabajo de portavoz.

- ¿Qué opinión le merece el Papa actual?

Lo malo es que hasta el Papa está sometido a las opiniones que se crean a su entorno. Si vas hacia atrás y miras lo que debería ser un papa, aparece la figura de san Pedro. Compare.

- En ese sentido preferiría a Juan XXIII.

Juan XXIII nos sedujo, las cosas como son. Nos sedujo a todos aunque en su gestión también se pueden encontrar sombras no resueltas. Pero ese hombre fue un gigante. Incluso en querer antes que nadie una Iglesia participativa.

- Pues parece que no pudo resolverlo, porque aún andan ustedes batallando por eso.

Él convocó el Concilio porque admitió que no se veía capaz de hacerlo solo. E invitar a sus "hermanos de profesión" a esa decisión fue de una categoría extraordinaria. En ese sentido "viva el papa Juan".

- Cuando la Iglesia se establece como poder, ¿empieza a corromperse?

Adopta del poder muchas ventajas y muchísimos defectos. Por ejemplo, me molesta una cosa de la que no tienen la culpa ni el Papa ni los obispos: que se haga creer a la opinión pública que los grandes actos y manifestaciones multitudinarias harán avanzar al Evangelio.

- Desde luego el escenario del Evangelio es mucho más sobrio.

¡Es el escenario del desierto! Y cuando a Jesús le ofrecen tentaciones de este estilo, contesta con frases emblemáticas: "Todos los reinos de este mundo no me interesan, os los podéis quedar". Y que conste que eso deberíamos aplicárnoslo todos. Yo el primero. Uno debe silbarse a sí mismo si ve que no va por el camino recto.

- ¿Y para cuando las mujeres podremos ser sacerdotes? No existe ninguna razón bíblica que lo prohiba.

Ninguna. El hecho de que Jesús escogiera a hombres por discípulos tiene una razón cultural Y doce, porque eran las doce tribus de Israel. Pero, del mismo modo podría alguien haber dicho: "¡Eh!... Él sólo escogió a judíos, luego los apóstoles de ahora sólo podrán ser judíos". Desde mi percepción yo creo que esa todavía no es una cuestión prioritaria.

- ¿Qué es prioritario para usted?

Pues entender que debemos meternos en la cabeza que es diferente la Iglesia en Japón que la Iglesia en Cataluña o la Iglesia en Castilla. Hablar de Conferencia Episcopal Catalana no es una banalidad, no. Para responder a los problemas de una tierra hay que palparla. Y eso no se resuelve desde Madrid.

- Déme un consejo. Cada vez que oigo hablar de la falta de vocaciones religiosas me convenzo más de que si no fuera obligatorio el celibato, el número de personas que dedicarían su vida al sacerdocio aumentaría. ¿Estoy equivocada?

En absoluto. Es una opinión que compartimos muchos, pero sobre eso hay que reflexionar, no es una cosa que pueda tomarse a la ligera. Pero los problemas de fe no están absolutamente ligados a que exista el celibato o no. Si reducimos el concepto de Iglesia al de clérigos, entonces sí que faltan, muchos.

- Si no surgen más vocaciones, ¿no habrá que plantearse un nuevo papel del sacerdote?

Participé una vez en un seminario en la Universidad de Prada. En una sesión, el vicario general de Perpiñán nos explicó su experiencia: "En una ocasión, en el seminario —dijo— empezamos a rezar para que hubiera más y mejores sacerdotes. Lo hemos ido haciendo cada año. Y ahora nos hemos dado cuenta de que, desde que empezamos a rezar por las vocaciones... ¡las vocaciones han ido disminuyendo! A ver, ¿qué ocurre? ¿Es que Dios nos tiene abandonados? No puede ser. ¿Es que no sabemos rezar? Tampoco. Conclusión: lo que puede ser es que Dios nos esté pidiendo otro tipo de sacerdote". No todo es culpa del celibato, cuando se vive como opción pensada. El celibato es algo elogiable.

- Permítame que le pregunte si usted no se ha enamorado nunca.

A ver. Claro que alguna vez pensé, y más de adolescente, "caray, aquella chica, qué bonita es, qué simpática, qué agradable... Si yo tuviera que casarme, iría a por ella". Sí, eso sí. Pero no me dejaba cautivar. El celibato se acepta.

- ¿Se acepta mejor que ir al frente?

Yo estuve unos meses en el frente. Y fui de los que dijimos: "¿A la guerra? Yo no". Lo que ahora se llamaría ser objetor de conciencia y entonces denominábamos emboscados. Decidimos huir y escondernos.

- ¿Llegó a coger un fusil?

 Sí, sí, pero nunca supe manejarlo.

- ¿Le encontraron?

 Sí, y estuve en prisión. Y salí gracias a una amnistía.

- También debió pasarlo mal cuando, al nombrarle en 1953 conciliar diocesano de Acción Católica, le acusaron de ser demasiado renovador.

La verdad es que lo teníamos muy negro.

- Usted había cursado sus estudios de Teología en Roma (donde se ordena en 1943) y, para muchos, su nombre era garantía de nuevas ideas, renovadoras, europeas, que podían aplicarse aquí.

También estuve presente en el primer bombardeo de la Guerra Mundial, no me libré ni de eso. Vuelvo a Barcelona y paso unos años de vicario de parroquia, una época tranquila. Después de la victoria de Franco, la Iglesia pudo volver a vivir, pero era una Iglesia que nos hacía sufrir mucho. Por ejemplo, al cardenal Vidal i Barraquer lo vetan porque consideran que su catalanismo es un peligro para la unidad nacional.

- ¿Qué panorama se encuentra en Barcelona en 1953 cuando se le encarga reorganizar a la juventud, volverla a entusiasmar?

La Iglesia triunfalista se había deshinchado. Y los jóvenes con ella. Algunos habían creído que la victoria de Franco había traído también la victoria de Cristo Rey. Y la juventud de los años cincuenta ya no era la de los años treinta, era la gente de escuelas como Virtèlia. La cosa estaba difícil porque todo lo que olía a catalanidad quedaba prohibido. Gente como el doctor Modrego pensaba que eso no podía ser, "tan dirigidos por Madrid". Alguien les silbó mi nombre. Ellos esperaban un mesías y yo tuve el acierto de empezar a generar contactos con obispados y reuniones con sacerdotes y gente joven.

- Explíqueme qué era el método jocista que aplicaron con los jóvenes de aquí.

Fue un gran acierto pedagógico. El método que orientó a los movimientos de laicos, en Europa, a partir de los años veinte. Se trataba de hacer pensar al joven a partir de su realidad, normalmente la realidad del mundo obrero. Y a partir de ahí hacerles reflexionar: ¿esto liga con el Evangelio? Ver, juzgar y actuar, esa era la trilogía.

- ¿Y los cursillos de cristiandad que conseguían llevarse a Mallorca a chavales incrédulos que volvían absolutamente creyentes?

Yo fui muy crítico con eso. Porque no seguían la línea de encarnar el sentimiento religioso. Resultaba vacío.

- ¿Les lavaban el cerebro?

Algo parecido. Les convencían a través de un sistema impositivo. Claro que eso tenía sus efectos, les funcionaba, pero no era mi estilo. Eso no construía personas. Era el mismo funcionamiento que el de una secta que impone sus lazos afectivos.

- ¿Esos jóvenes eran distintos a los de ahora?

No voy a juzgar a los de ahora porque no los conozco tanto. Pero tengo miedo, mucho miedo. Miedo a la superficialidad. A que sean autómatas. Y Jesucristo vino a hacer personas libres, no autómatas. Libertad ilustrada.

- ¿Cuál fue su peor enemigo en su actuación como conciliar de los jóvenes?

El régimen franquista veía con malos ojos nuestra labor renovadora.

- ¿Le amenazaron alguna vez?

Recuerdo que telefónicamente. Nos acusaban, primero de catalanistas. Después tenían pesadillas con el fantasma del comunismo. Los que me llamaban se hacían llamar Cruzados de Cristo Rey, y decían cosas como "te está esperando el depósito de cadáveres". Y esto duró hasta la muerte de Franco.

- Dígame su peor pecado venial.

Teniendo en cuenta que los pecados mortales solamente los sabe Dios... Ocurre que todos somos un popurrí, no nos entendemos, porque si no, con seguir lo que nos dice la conciencia habría bastante. A medida que voy envejeciendo, lo que más me duele es haber pecado por omisión.

- Entonces se arrepiente más de lo que no hizo que de lo que ha hecho.

A veces pienso que tendría que haber intercedido en favor de alguien. 0 que cuando tuve un cargo importante, en lugar de callarme, debía haber sido más valiente y denunciar cosas que vi en el funcionamiento interno de la Iglesia.

- Póngame un ejemplo.

Haber defendido más a algún sacerdote. ¿Y si por culpa mía alguno se secularizó?

- Ya sé que el secreto de confesión existe. Pero sin darme pistas del pecador, cíteme lo más peculiar que le han confesado nunca.

Pues, sinceramente, lo que ocurre es que las confesiones de la gente son de lo más superficial que se pueda imaginar. Cuando oyes a alguien que te pide perdón y se siente culpable porque no rezó al levantarse o porque no hizo la señal de la cruz... entonces te convences de que no lo han entendido, de que no nos hemos sabido explicar. Era para decirles: "No hacía falta que viniera para esto, hombre, váyase tranquilo". 0 te decían: "Es que tuve distracciones involuntarias mientras rezaba". Yo también, hombre, yo también.

- ¿Cuál es el despertador infalible que indica dónde empieza el pecado?

Cuando hace daño a otro.

- ¿Y si hace daño a uno mismo?

Eso ocurre cuando confiesan cosas de sexualidad, por ejemplo. No entienden que emborracharse de placer va contra uno mismo. A veces descubren que han transgredido una norma pero no profundizan, ni se enteran de la naturaleza del pecado.

- ¿Mossèn Batlles tiene miedo de la muerte?

Sí. Porque me gusta hacer cosas como la que estamos haciendo ahora, conversar, ir más allá. Pienso a menudo en la muerte. No temo lo que venga después porque tengo la suerte de creer en la resurrección, aunque como decía el poeta Maragall: "Què més ens podeu donar en una altra vida si el món ja és tan formós?". Pero pensar en ello no es bueno ni te quita el miedo. Si leemos el Evangelio, nos damos cuenta de que al mismo Jesús la muerte le dio mucho miedo. Conclusión: a medida que envejezco creo que tendría que ir más al grano, que no me queda mucho, que tengo que actuar, hacer cosas...

- No le gustaría morirse sin haber hecho qué cosa.

Eso me inquieta mucho. Me dicen que tendría que escribir mis recuerdos, mis memorias, y a mí me da una pereza enorme. Porque pondría mil cosas y no me sale ni una. Yo no tengo esa satisfacción de los que creen que ya lo han hecho todo en la vida y ya pueden morirse tranquilos.

- Un sacerdote, internamente, no se jubila nunca...

Yo no voy a jubilarme nunca ni como cristiano ni como humano. Es de lo único que estoy seguro.