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LA PREGUNTA

¿El Liceu y el Auditori al alcance

de todo el mundo?

 

 

Los precios de las entradas de los nuevos equipamientos musicales barceloneses han desatado cierta polémica con respecto a la política que seguirán el Auditori y el Liceu. Hemos planteado la cuestión a Ferran Mascarell, director del ICUB, al crítico musical Agustí Fancelli y a la liceísta Montserrat Vives, que responden a la pregunta que se les propone desde unos puntos de vista y de un modo muy diferentes. En el trasfondo de los razonamientos laten cuestiones como: ¿quién paga la cultura?, ¿hasta dónde puede llegar el negocio privado en un equipamiento público?

 

Fotos: Eduard Olivella

Para todos,
naturalmente

 

 

Ferran Mascarell,
Director gerent de l’Institut de Cultura de Barcelona

 

¿Al alcance de todos? Naturalmente. Liceu, Auditori y Palau y todos los demás equipamientos culturales públicos, es decir, para todos los públicos. Cualquier equipamiento, viejo, nuevo o renovado, tiene que fijarse unos objetivos y debe emprender una cuidada gestión. Uno de los objetivos fundacionales del Auditori —y también uno de los objetivos del nuevo Liceu— es no solamente mantener el público sino ampliarlo abriéndose a la búsqueda de nuevos públicos, cosa que implica estar muy atentos a las nuevas demandas que se van produciendo y actuar en consecuencia a la hora de responder, es decir, al programar la oferta.

Ambos equipamientos están trabajando según esta perspectiva, es decir, tienen claros los objetivos citados y empiezan a aplicar una política de gestión —con programas de abonos y diversas fórmulas, cada uno en su ámbito y a su manera— encaminada a encontrar estos públicos nuevos. ¿Dónde está el público? En la ciudad, claro está. Hay toda una generación de creadores de músicas cultas o populares, toda una generación de intérpretes, de promotores y sobre todo un gran número de aficionados a la música y personas que no han podido disfrutar prácticamente nunca del hecho musical en vivo, todo un extenso sector de ciudadanos que casi diría que por sí mismo justifica plenamente la construcción de un gran equipamiento nuevo como el Auditori. A él hay que dirigirse, entender sus demandas y atenderlas. Y esto requiere una gestión presidida por una gran ambición cultural y una clara apertura de miras. Ni este sector de público potencial ni nadie podría entender en modo alguno que un nuevo establecimiento musical no fuera gobernado con la máxima ambición y cooperación entre las administraciones públicas que en nombre de todos los ciudadanos, y con sus impuestos, lo han hecho posible.

La obligación de la Administración pública es obtener el máximo rendimiento social de los equipamientos. Este objetivo no es en absoluto incompatible, sino más bien todo lo contrario, con la participación del sector privado en el uso de estos espacios. Estamos asistiendo a un momento de grandes cambios que modificarán en pocos años y de una manera profunda el panorama de las músicas en todo el mundo. La música es un fenómeno de globalidad cada día más transcultural. Es un sector en el que participa un número creciente de agentes con intereses a veces coincidentes, pero a menudo divergentes.

Los creadores, los intérpretes, los promotores, los representantes, los editores, los ejecutivos propietarios de las casas discográficas, los directores de festivales, los gestores de establecimientos públicos...
Es un sector en el que tradicionalmente los grandes medios audiovisuales como la radio y la televisión tienen intereses de naturaleza diversa, y ahora muy especialmente condicionado por las nuevas tecnologías que sin duda darán enormes facilidades al consumo masivo de música grabada y afectarán de una manera u otra a los hábitos de consumo de música en vivo. Es un sector en el que las relaciones entre lo público y lo que proviene de la iniciativa privada tendrán muchas posibilidades de ampliar sus respectivas áreas de presencia. Toda esta revolución está cambiando mucho los hábitos y formas de creación, producción y consumo; modifica las relaciones entre creadores, programadores, promotores, intérpretes y público. Es en este contexto —y no en esquemas o juicios previos anclados en otras épocas— en el que deben inserirse las políticas de difusión musical, que no se limitan a los grandes equipamientos, sino que se extienden a los centros cívicos y sociales, a los distritos y a los barrios, a fin de tener eficacia y prestar realmente un servicio.

Contamos con tres equipamientos de primer orden, el Palau ampliado, el Liceu reconstruido y el Auditori de nueva planta, y de ellos se deriva una densidad demográfica determinada —por cierto, y contra lo que preveían algunos pesimistas, la altísima ocupación de todas las salas del Auditori los primeros meses no ha conllevado una disminución de asistencia en el Palau— en función de la cual se elaboran las políticas de gestión más eficientes para alcanzar los objetivos fijados. Estos objetivos están muy claros: Liceu y Auditori al alcance de todo el mundo, es decir, de todos los públicos, viejos y nuevos, y también de los creadores y de todos los agentes que de una manera u otra son protagonistas en el sector. La política de las administraciones responsables debe saber encontrar las vías para conseguir que estos objetivos sean realidades, se conviertan en resultados. De la capacidad de gestión, de la eficiencia, la adaptabilidad y los reflejos de una gestión sensible al contexto de cambios que se producen y se producirán en el sector musical dependerá, por tanto, el éxito de la empresa.

 

El espacio de la música entre el sector privado y el público

 

 

Agustí Fancelli,
Periodista y crítico musical

 

1. Oferta

La apertura del Auditori de Barcelona el pasado mes marzo ha modificado sensiblemente el mapa de la oferta musical en Barcelona, muy especialmente en el ámbito de la música clásica. Dos mil plazas más en la sala grande -al final no entraron las otras 337 inicialmente planificadas por ordenador, pero incompatibles con la realidad-, a las que hay que añadir las cuatrocientas de la sala polivalente y, para la temporada 2000-2001 si se cumplen las previsiones, las setecientas de la sala de cámara. El Palau de la Música cuenta con otras 2.000 y el Liceu, que se inaugurará en otoño, con 2.324. Eso sin contar otros espacios que también programan este tipo de música, algunos de ellos tan notables como el Teatre Nacional de Catalunya, al que es de suponer que se sumará en el futuro la Ciutat del Teatre.
La pregunta a plantearse es muy obvia: ¿tenemos medios para tener en marcha todo esto? Y medios quiere decir todo, empezando por unos presupuestos razonables para crear nuevos públicos, con una labor divulgativa y promocional adecuada, y llenar estos nuevos espacios. Barcelona tiende sistemáticamente a crear el órgano antes que la función.
Y esta no siempre es una derivada tan inmediata y razonada del primero. Muy bien, ahora ya tenemos las localidades y dentro de muy poco tendremos más todavía. ¿Qué haremos con ellas? Ahora se empieza a hablar de ello.

"La aplicación de una tarifa de alquiler baja a cambio de unas entradas asequibles sería en este caso una forma de subvención indirecta puede que más afectiva que las que están funcionando actualmente y que tan poco satisfacen a unos y a otros".

2. Programación

Los promotores privados de conciertos de la ciudad tienen una respuesta lógica: alquilaremos las localidades para hacer nuestros conciertos y ganarnos la vida, nosotros y los artistas que representamos, con el precio de las entradas y las pocas subvenciones que recibimos de las administraciones. Es una respuesta típica de empresario. En el otro extremo de la escena tenemos entradas de platea a 23.000 pesetas y esto, que constituye un récord entre las ciudades españolas, escandaliza, crea incluso cierta alarma social. La verdad es que suena muy mal, porque la frase políticamente correcta dice que la música es un bien cultural de interés general; o sea, que tendría que estar al alcance de todo el mundo. Ahora bien, la música hay que pagarla: lo tienen que hacer unos u otros, pero hay que pagarla. A fin de no caer en falsas demagogias, debemos añadir inmediatamente que ningún concierto del país ni de su capital tiene precios tan desorbitados. Los muchos que hace la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya, pese al barroquismo del nombre que podría llevarnos a pensar otra cosa, son a precios muy ajustados, y se trata de un conjunto profesional de nivel bastante aceptable.

3. El debate inexistente

Quizás lo que ha pasado en este país es que el diálogo entre la esfera pública y la privada ha sido deficiente, lleno de incomprensiones, desconfianzas y extraños miedos. La propia palabra subvención está absolutamente desprestigiada en el lenguaje común, entre unos porque tal como la oyen sospechan que hay trampa y entre otros porque la consideran migajas que no les sacan de ningún apuro. Recelos como estos hacen muy difícil el establecimiento de un terreno neutral fértil para que brote la flor de invernadero más delicada de la condición humana: el acuerdo sin renunciar a los propios intereses, la negociación abierta, el establecimiento de un programa de objetivos alcanzable por una parte y por otra.

Y pese a todo, las condiciones para llevar a cabo este diálogo no parecen las más malas. Hoy existe mucha más oferta, tanto de conciertos como de lugares para convocarlos. Hay más público: de vez en cuando intentar recordar como eran las cosas veinte años atrás contribuiría a serenar muchas vehemencias. ¿Hay que crear nuevos públicos? Por supuesto. Pero este, precisamente, es un interés que comparten promotores privados y administradores públicos. Si estos últimos tienen el mandato legal de hacerlo, especialmente, a través de la educación, los primeros también deben estar implicados en ello, si es que son buenos profesionales por estrictas razones de mercado de futuro.

Las administraciones controlan los espacios: programan espectáculos en ellos y los alquilan para mantenerlos. La primera actividad tiene un contenido claramente cultural, la segunda es de orden estrictamente económico y, siendo así, el mercado está autorizado a meter baza: si hay más oferta de plazas, en principio los alquileres deberían abaratarse. No hay derecho a que, por el hecho de que las administraciones están a la vez mandando en los mismos sitios, se pongan de acuerdo y el mercado quede excluido, sin capacidad de influir.

"La dirección actual del Liceo ha creado turnos fuera de abono, otros precios reducidos, miniabonos... También habrá representaciones a buen precio al "foyer", a las once de la noche, para los que acaban tarde, e incluso los domingos por la mañana, para los niños".

© Antoni Bofill

Me gustaría mucho que continuasen sonriendo cuando las administraciones les pidieran rebajar los precios de las entradas a cambio de un alquiler inferior. Estas tienen perfecto derecho a hacerlo en virtud de su primera obligación, la que se ocupa de que vaya a más el nivel cultural y musical de la población. Es obvio que este aumento de nivel no pasa solo por una política de precios, pero que también pasa por eso es indiscutible. Y las administraciones regidas con criterios valientes de gestión pública estarían perfectamente legitimadas para establecer tarifas de alquiler diferentes en función del precio al que aparecieran a la venta a las localidades. La aplicación de una tarifa de alquiler baja a cambio de unas entradas asequibles sería en este caso una forma de subvención indirecta quizás más efectiva que las que están funcionando actualmente y que tan poco satisfacen a unos y otros.

4.¿La utopía?

Quizás a partir de esta primera negociación sobre dinero, que podría incluso acabar a satisfacción de las partes implicadas -hoy me siento optimista, que le vamos a hacer—, podrían venir otras formas de colaboración igualmente con beneficios recíprocos. Lawrence Foster se quejaba el otro día, en la presentación de la próxima temporada de la OBC, de las dificultades que tenía para conseguir que buenas batutas internacionales pasasen por el podio barcelonés, porque se trata de una formación con poca proyección internacional. Hay que preguntarse a este respecto si los contactos entre la orquesta pública y los promotores privados locales han sido lo bastante fluidos para intentar resolver el problema. Por ejemplo: ¿se han aprovechado los buenos contactos internacionales del director de Ibercàmera Josep Maria Prat? El empresario podría ser un buen mediador. Tiene legítimas expectativas de beneficio como representante de un artista que podría actuar en Barcelona. Pero el beneficio también lo tendría la orquesta: un altísimo beneficio en motivación artística; y el público: a los precios de siempre podría escuchar una batuta de prestigio reconocido.

Y si queremos que la utopía vuele más alto quizás algún día públicos y privados podrían ponerse de acuerdo sobre programaciones, también sobre la base de un beneficio mutuo. Un diálogo, con música pastoral de fondo, que más o menos sonaría así: "Puesto que tú has programado este año esto que no se había hecho nunca en Barcelona [o en Cataluña o en España, se trata de un ejemplo], la próxima temporada yo haré lo otro, que en cierta manera da continuidad al discurso empezado".

¿Se imaginan? Parecería un país normal. Pero permítanme que les diga que eso acabará pasando. La música de este país y el país de esta música acabarán siendo normales. No hay ningún otro camino posible en el horizonte más que el del acuerdo mutuo entre la esfera pública y la privada. Y a quien se pregunte lo de que por qué tiene él que pagar una cosa tan elitista como la música clásica no hace falta contestarle que todos hemos pagado el Velòdrom d'Horta, los que no vamos en bicicleta tanto como los que sí lo hacen. Los maximalismos no hacen más que fomentar monólogos.

 

Entradas baratas pero visibilidad reducida
Aprovechar los nuevos espacios

 

Montserrat Vives Malondro,
asidua del Liceu desde hace cuarenta años y miembro del Grup de Liceistes del quart i cinquè pis

 

El Auditori es un espacio grande, con buena visibilidad para casi todo el mundo y con precios asequibles, aunque las entradas más baratas son precisamente las de visión reducida. Que haya localidades de esta clase en una sala del siglo XXI es inaceptable. Se me dirá que en el Palau de la Música tampoco se veía bien desde todas partes, pero no olvidemos que era una sala en forma de herradura y de principios de siglo. El público lo sabía y lo aceptaba, pero en una construcción moderna, eso no se puede tolerar.

En cuanto al Liceu, dejó de estar al alcance de todo el mundo el día en que el director general anterior al actual tuvo la luminosa y democrática idea de numerar los asientos de general y destinarlos a abonados, o sea, que se cargó los únicos asientos libres del teatro. La Dirección actual parece que ha hecho lo posible por contrarrestar y corregir el desaguisado a base de crear turnos fuera de abono, otros a precios reducidos, miniabonos... También hemos podido ver que habrá representaciones a buen precio en el foyer, a las once de la noche, para los que salen tarde del trabajo, e incluso los domingos por la mañana, para niños.

El Liceu puede ser un teatro operístico al alcance de todo el que tenga interés en ir, si es que consigue sacarse de encima ese tópico que arrastra desde hace años: que es un teatro caro y elitista. Hay gente que tuerce el gesto cuando le hablan de nuestro Teatro, y es que debe creer que solo van marqueses y fabricantes de tejidos. Para empezar, muy pocos marqueses hay en Cataluña y los fabricantes de tejidos cada día son menos, por desgracia.

“La ciudad es un lugar de múltiples actividades, pero también punto de encuentro y de conversación. Y este espacio se identifica con el espacio colectivo o público, que puede ser en el interior o en el exterior de las viviendas y en espacios cerrados o abiertos, según el clima y la cultura urbana de cada ciudad: patios, calles, plazas, parques, cafés...”.

© Antoni Bofill

Yo empecé a ir a los quince años y éramos un grupo de jóvenes muy numeroso que íbamos a hacer cola en la calle Sant Pau para tener un buen sitio en general, esa general tan injustamente abolida. Y no éramos millonarios ni hijos de magnates del comercio. Nos gustaba la ópera y no nos frenaban los sacrificios para ver a nuestros ídolos.

Si se quiere atraer a los jóvenes a los espectáculos culturales y no se acaba de conseguir, no se puede decir que es porque los espectáculos culturales son caros. Estoy harta de este tópico. Que calculen lo que se gasta un chico o una chica en un fin de semana, entre tabaco, discotecas, copas y gasolina. Si no van a los conciertos de música clásica o a la ópera, es porque no les interesa. Hace falta una buena educación musical en la escuela, una buena difusión en los medios de comunicación (cuando programan ópera parece que lo hagan a escondidas y bien tarde para no molestar a la audiencia) y también, naturalmente, precios económicos. Pero, sobre todo, hace falta caldo de cultivo y espectáculos atractivos.

Es necesario que las televisiones y las cadenas de radio informen sobre las óperas, que hagan críticas sobre ellas, que realicen entrevistas a los cantantes y también reportajes que les hagan populares entre la gente del pueblo. Lo han hecho con los tres tenores y ha funcionado; que lo hagan con otros, sobre todo con las nuevas figuras. Que la gente ajena a la lírica vea que las sopranos, los barítonos y los bajos son jóvenes como ellos, guapos y delgados, que los divos viejos y barrigones son un tópico. Y que en el Liceu y en cualquier lugar en el que se hace ópera hay gente joven, profesional y moderna; que no se trata de un reducto de gente anticuada y mayor... cargada de joyas.

En el caso del nuevo Liceu se puede llevar a cabo gran parte de esta labor y estoy segura de que así será, porque lo llevan personas jóvenes y que no están resabiadas. No diré que la ópera sea un género condenado a la extinción, pero alguna ópera sí que lo está. Obritas del tipo de Linda de Chamounix, con aquella orquestación más bien escasa y aquellas melodías ratoneras, no las salvan ni las pirotecnias de una Gruberoba. Pero hay muchas otras que no se llevan a escena y podrían elevar el nivel, como por ejemplo muchas de Meyerbeer. Si no salen autores nuevos, que se mire bien en el armario y seguro que se encuentran algunos interesantes, aunque sean antiguos.