Mercados, mercadillos, golosos y curiosos
TEXTO:Danielle Provansal

1. Mercado de mercados
2. Tenderetes de barrio
3. Ferias tradicionales
4. Las especializadas
5. Mercados de coleccionista
6. Otros mercados

INFORMACIÓN, DOCUMENTACIÓN Y TRABAJO DE CAMPO
Gabriel Pernau, Felicia Esquinas, Carmen Luque


     

 

TEXTO: Danielle Provansal,
Antropóloga de la Universidad de Barcelona
y autora del libro "Els mercats de Barcelona"

Mercados, mercadillos, golosos y curiosos

 

El mundo, nuestro mundo, se está convirtiendo en una gigantesca y cada vez más tupida red de transacciones de todo tipo: mercancías, información y conocimientos, creencias y símbolos. Lugares remotos se aproximan a nosotros y se convierten en familiares, mientras consumimos, vemos y admiramos las mismas cosas en diferentes puntos del planeta. El mundo, nuestro mundo, parece haberse reducido hasta tal punto que ahora se le denomina la aldea global, mientras los usos y los gustos parecen uniformizarse cada vez más. Efectivamente, al parecer es lo que ocurre cuando se observa el ir y venir de los capitales, de las personas y de las imágenes. Pero eso es una percepción astronómica de la realidad. Si nos acercamos a los quehaceres cotidianos de la gente, a sus espacios vividos o soñados, esta misma realidad aparece mucho más compleja, sutil y diversa. Nos podemos preguntar si las múltiples expresiones de afirmación local y, en particular, las formas recuperadas o alternativas de intercambio no son sino una de las respuestas colectivas a esta estandarización generalizada propia de la aldea global. Frente a la figura del consumidor anónimo inducida por las grandes cadenas de distribución y las grandes superficies comerciales que, de Nueva York a Singapur pasando por Londres y El Cabo, imponen sus criterios de gusto, aparece cierto eclecticismo, cierta búsqueda de lo propio e, incluso, una sana complicidad entre todos los que se resisten a ser las víctimas pasivas de los estudios de mercado. En los últimos años han aflorado en Barcelona nuevos espacios mercantiles a cielo abierto: mercados, mercadillos y ferias que dan a la ciudad su carácter festivo, alegre y pintoresco. Al mismo tiempo se han ido conservando o recuperando otros espacios de intercambio que forman parte de la historia misma de la ciudad. Esta profusión de creaciones locales es indudablemente la


© Eva Guillamet

respuesta más imaginativa y más viva a la estandarización que nos amenaza. La inventiva no tiene límites, como tampoco los tiene nuestro deseo, por definición, nunca satisfecho de descubrir y experimentar cosas nuevas.

"Barcelona és bona..."

Todo el mundo conoce este dicho. Nos da testimonio de una ciudad amena para todos, pobres y ricos, pero su propia formulación nos indica indirectamente que el dinero es asunto principal en la ciudad, aquel dinero que se guarda provisionalmente en una bolsa para que esté inmediatamente disponible para cualquier tipo de transacciones; en suma, dinero hecho para circular. Otro dicho tan conocido como el primero reafirma el sentido del mismo: "Roda el món i torna al Born". El Born, como corazón de la vieja ciudad y plaza de mercado, desde tiempos inmemoriales, simboliza la ciudad entera y su primera vocación: ser el nexo central de redes comerciales terrestres y marítimas.

Si bien a lo largo de la historia la ciudad ha tenido otras vocaciones económicas como la de centro industrial y más recientemente la de capital de servicios, la primera sigue siendo sumamente importante y constituye una de las más entrañables señas de identidad de la ciudad puesto que cumple múltiples funciones. Efectivamente, además de su evidente rol económico, todos estos espacios mercantiles responden a otras funciones profundamente imbricadas entre sí que se actualizan en las prácticas cotidianas o periódicas de la gente y que, de alguna manera, reflejan el apego que la ciudadanía siente respecto a su entorno urbano. Incluso los mercados cotidianos que cumplen necesidades triviales no dejan de ser lugares eminentemente culturizados: basta ver la magnificencia de los puestos de frutas y verduras en el pasillo principal de la Boqueria, la profusión de colores en la rotonda central reservada a los puestos de pescado y marisco o la hilera de puestos de carne de caza antes de las fiestas navideñas para comprobar que el comer y el beber son un pretexto para muchos otros placeres, donde la estética y el buen gusto del paladar se entremezclan con el afán de exotismo y con cierta capacidad lúdica. Además, los mercados son, como lo era el ágora, espacios de encuentro y de circulación de la información, en particular de aquellas noticias locales o cotilleos entre vecinos que no interesan al gran público y no salen en la prensa, pero que contribuyen a forjar una comunidad viva y activa dotada de su identidad propia.

Los mercados cotidianos

En la actualidad, Barcelona cuenta con 41 mercados cubiertos diseminados por el tejido urbano que constituyen una referencia ineludible para los habitantes del barrio. Por un lado, son una referencia topográfica; por otro, arquitectónica, como es el caso de los mercados de la época modernista, y, por último, simbólica, que se trasluce a través de algunas designaciones familiares, tales como El Ninot o La Boqueria. La plaza, como se denomina familiarmente el mercado cubierto de alimentos en Barcelona, es a la vez el vientre y el corazón del barrio, pero, además, en el imaginario

popular, da testimonio del último vínculo visible que nuestra sociedad conserva con la naturaleza, aportando, frente a la producción alimentaria industrial, cierta referencia ecológica. Finalmente, una de las funciones de los mercados cubiertos, puestos en valor en los últimos años, ha sido su potencial lúdico. Inciden en ello, por cierto, los bares u otros comercios de venta al detalle próximos, que dan a los alrededores mucha animación; pero contribuyen sobre todo a ello los actos festivos que se organizan en el propio recinto: la lotería de Navidad, el carnaval con las tenderas y los tenderos disfrazados, las rosas amablemente regaladas por cada compra el día de Sant Jordi o el cava repartido entre vendedores y clientes en la vigilia de Sant Joan en algunos mercados.

Dos grandes ciclos conforman el ritmo de los mercados al detalle: un ciclo corto, de cadencia nocturna y diurna, y un ciclo largo, más imperceptible, que incluye al primero y sigue el cambio de las estaciones. Es así como se reencuentran encabalgadas en un doble movimiento las alternancias de la naturaleza y la cadencia de las actividades humanas, a las que se superponen periódicamente, como notas de crescendo, tanto la efervescencia de las festividades religiosas o profanas como los descansos debidos al calendario laboral y a las grandes migraciones veraniegas.

La trama continua de lo cotidiano y de sus diferentes secuencias (secuencia de la distribución y del consumo, ciclos relacionados con las funciones alimentarias) coexiste con otro periplo más caprichoso, que pese a no estar vinculado a necesidades básicas no es por ello menos imperioso porque está impulsado por una pasión tan secreta como irresistible: la del coleccionista. En Barcelona, como en cualquier otra gran urbe, todo o prácticamente todo es adquirible o intercambiable: viejos sellos y monedas, como en la Plaça Reial los domingos por la mañana; viejos discos o casetes, vídeos, libros y postales antiguos en el mercado de Sant Antoni los domingos por la mañana; muebles y objetos antiguos los jueves por la mañana en la avenida de la Catedral, otro día de la semana en la plaza Sarrià y los sábados y domingos en el Moll de les Drassanes. Pero el lugar más emblemático en este sentido lo constituye la Fira dels Encants, cuyo propio nombre es de por sí toda una promesa de aventura. Nos evoca, además, aquellos horizontes lejanos o lugares exóticos que quizás hemos atravesado en el curso de un viaje o aquellas épocas remotas tal como las han configurado nuestras lecturas infantiles.

Alternativamente, zoco magrebí, bazar oriental, mercado africano o feria de principio de siglo, los Encants son una fuente inagotable de ocasiones para maravillarse e inventarse, a través de objetos inútiles pero conmovedores —viejos juguetes, fotografías amarillentas de seres desconocidos, vestidos de novia, sombreros anticuados—, otro pasado, otros recuerdos llenos de nostalgia. A la hora del regateo, cuando los curiosos irán a merodear por el laberinto de los Encants en busca de un tesoro, de su tesoro, de un fragmento de la vida de personas desconocidas y probablemente desaparecidas, esta apropiación imaginaria tendrá su precio, que el vendedor sabrá calcular hábilmente y que no es más que el precio de la emoción que ha suscitado en el comprador.

Existen otros periplos semanales tan lúdicos como los del coleccionista,pero sí menos apremiantes, porque no son animados por la obsesión de encontrar, apropiarse y conservar. Son periplos que introducen a los placeres de los sentidos, en particular, del olfato, del paladar y de la vista, al recorrer ferias artesanales instaladas en varios puntos de la ciudad donde se vende miel, queso fresco, mermelada y repostería casera, hierbas aromáticas, curativas o culinarias. Algunas son recientes, pues cada barrio quiere tener las suyas, y otras son tradicionales, pero todas aportan el testimonio de la época en la que los agricultores llevaban directamente a la ciudad los productos de sus campos y de su maestría doméstica. La vuelta a la naturaleza es un tema de moda que está invadiendo progresivamente las modalidades del consumo alimentario y que se asocia con el deseo de hacer de las tareas de compra rutinarias un recreo lleno de sensualidad. Eso explica porque cada 11 de mayo la feria de Sant Ponç, la más antigua de las ferias artesanales, atrae cada vez más gente, y gente más variada, muchedumbre en la que se mezclan tanto los sectores sociales, los turistas y los extranjeros que viven en Barcelona, como personas de cualquier edad.

Rituales y ferias

Finalmente, están las ferias religiosas o profanas, cuyo poderoso simbolismo las asemeja a verdaderos ritos colectivos. La feria de Santa Llúcia, asociada oficialmente al ciclo navideño, está tradicionalmente dedicada a la venta de todos los accesorios imprescindibles para unas fiestas rutilantes: árboles de Navidad, tiras de bombillas de colores, estrellas de belén y ornamentos diversos. Su origen es probablemente más antiguo y se vincula al solsticio de invierno, a aquellos rituales estacionales de las antiguas sociedades agrarias cuyos cultos servían para asegurar la reproducción de las condiciones naturales, de las estaciones y del grupo.

Es, como lo sugiere su nombre, la fiesta de la luz. Más cerca de nosotros, y dentro de las creencias populares que se desprenden de su carácter religioso, la feria de Santa Llúcia anuncia la Natividad, poniendo a la venta las figuras de barro que representan los personajes del belén, más aquellos, truculentos e irreverentes como el caganer, que traducen el genio popular.
Hoy en día, sin embargo, la materia plástica ha invadido insidiosamente la fabricación de estas figuras, haciéndoles perder su fuerza evocadora.


© Leopoldo Samsó

Otras ferias de carácter religioso y popular tienen lugar a lo largo del año, como la feria de Reyes, tradicionalmente instalada en la Gran Via, o la feria de las palmas, antes del domingo de Ramos, que ha perdido, por contraste con otras, mucho brillo dadas ciertas nuevas tendencias como la de huir de la ciudad durante las vacaciones escolares. Son diversas las que han aparecido para ocupar su lugar de espacio festivo. Están las fiestas que son más recreativas y menos comerciales y que tienen la finalidad de expresar una solidaridad, como la Festa del Treball, o la Festa de la Diversitat, que recuerda a los barceloneses la vocación cosmopolita de su ciudad.Sin embargo, el acontecimiento más notable de todos los que hemos mencionado, por ser a la vez religioso y profano, feria y fiesta, y el más entrañable para los habitantes de Barcelona es la feria de libro y de la rosa que tiene lugar el día de Sant Jordi. La naturaleza a través de las rosas, el fruto del trabajo sobre la naturaleza a través de las espigas que se mezclan con las flores y la cultura a través de los libros se convierten en los emblemas singulares de la historia de un pueblo y de una ciudad en posesión de su destino.

 

 

 

Un mercado efervescente

El efervescente sector de ferias y mercados en la calle es de una gran volatilidad. Salvo excepciones, las ferias de este tipo aparecen y desaparecen con una facilidad sorprendente; la que la semana pasada se hacía en la plaza X, mañana se hará en la calle Y, y en lugar de abrir de nueve a tres, tendrá un horario de diez a dos. En otros casos, ferias que se habían celebrado durante dos o tres años desaparecen definitivamente debido a una reforma urbanística, por un cambio de actividad de los feriantes o simplemente porque no funcionaban, mientras que otras nuevas toman el relevo. Los cambios de fechas son también frecuentes. Un mercado puede abrir en mayo en lugar de junio como había hecho siempre, o sencillamente dejar de funcionar una semana a causa del mal tiempo o de cualquier contingencia. Otros cambian de fechas cuando llega el verano y casi todos amplían horarios y duración durante las fiestas de Navidad, Semana Santa, Sant Jordi o la Mercè.

El transeúnte atento, además, observará que los feriantes que, por ejemplo, el lunes encuentra en Sarrià pueden ser los mismos que al día siguiente se hayan instalado en Ciutat Vella.

Por todas las razones expuestas, creemos que es nuestro deber advertir al lector de que cuando esta publicación llegue a sus manos algún dato que hemos recogido sobre el terreno habrá cambiado. Será una prueba más de la vitalidad del sector.

Al plantearnos la elaboración de este Cuaderno Central, en Barcelona. Metròpolis Mediterrània queríamos realizar un estudio que nos parecía interesante y que hasta este momento era inédito. Se trataba de aglutinar de forma rigurosa todo el comercio instalado en las calles de Barcelona, un fenómeno que liga con los orígenes mismos del comercio, en la edad media, y visto con perspectiva actual, con la tendencia recuperar tradiciones y algo vago, pero muy presente, que se califica de auténtico y que también se da en países de nuestro entorno desde hace algunas décadas.

Hemos dividido los mercados y ferias en seis grandes grupos:

1. Mercados de mercado, que son el conjunto de puestos que funcionan alrededor de la mayoría de los mercados municipales.
2. Tenderetes de barrio o los mercadillos de toda la vida.
3. Ferias tradicionales, como Sant Jordi o Sant Ponç.
4. Las especializadas en arte, artesanía o de almonedas.
5. Ferias de coleccionistas.

Otros, epígrafe que incluye los capítulos más diversos, como ferias alternativas o de entidades.

Así, el presente trabajo no quiere ser más que una foto fija del comercio en la calle en Barcelona en un momento puntual, y como tal hay que tomarlo, porque ese es su valor.

Para conseguir datos más específicos de alguna de las ferias y mercados de Barcelona y de los cambios eventuales, el lector puede dirigirse al servicio de información telefónica 010 o a las sedes de los distritos.