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Barcelona, memoria de un siglo

Cuando mataban por las calles

 

La década de los años diez estuvo marcada por la injusticia y la violencia, que se acentuaron al acabar la Primera Guerra Mundial y al aumentar el precio de las subsistencias. Ningún otro título resulta más apropiado que Quan mataven pels carrers, título de la novela de Joan Oller, para definir lo que sucedió en Barcelona en aquella época, y que de haber pasado en Estados Unidos habríamos tenido decenas de filmes explicándolo, como pasó con la lucha de gángsters en Chicago. En la ciudad de los años diez convive la miseria dentro de las casas de muchos con el descubrimiento del tiempo de ocio por las clases medias y altas. Es la época dorada del Paral.lel, se crean los primeros parques de atracciones, se construye la Monumental y los frontones hierven de gente. Son también los años de las primeras escuelas municipales, de epidemias de tifus que causan miles de muertos y del nacimiento del aeropuerto de El Prat.

TEXTO: Josep M. Huertas i Jaume Fabre

 

El nacimiento de la CNT

Las malas condiciones de vida laboral llevaron a los obreros a organizarse en 1910 en un sindicato anarcosindicalista, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Huelgas que unas veces conseguían resultados concretos y otras tan solo frustración fueron radicalizando la actitud de algunos militantes, que optaron por la violencia.

La patronal, por su parte, contrató a Rudolf Stallmann, un aventurero alemán que empleaba el falso título de barón de König, que organizó un grupo de matones que se dedicó a dar muerte a los obreros que más se significaban. También incitó la creación de los Sindicatos Libres, en realidad un sindicato amarillo con otro grupo de pistoleros. Desde el Gobierno Civil, Severiano Martínez Anido completaba, a partir de 1920, el régimen de terror ideando la ley de fugas: soltaban, siempre de noche, a unos sindicalistas detenidos por cualquier motivo y les tiroteaban unas cuantas esquinas más allá.


© AHCB

Así murieron en siete años, los que van de 1916 al 1923, 27 patrones, 27 encargados y 229 obreros. Ya lo dijo Joan Manent, el alcalde anarquista de Badalona de los años treinta: "La sangre obrera era la más barata del mundo". En total, contando viandantes y otros, 307 asesinatos que justifican de sobras el título de “Cuando mataban por las calles”.

Las fuentes del tifus

"Al empezar las primeras humedades del otoño, una tragedia local vino a apaciguar los ánimos y a condensar la atención de la gente dentro del desastre de las propias alcobas. Las aguas de Barcelona se infectaron y estalló una de las más implacables epidemias de tifus que nunca se hayan registrado en nuestro país". Así recordaba una de las páginas negras de la ciudad Josep Maria de Segarra en sus espléndidas memorias. El doctor Ramón Turró, que dirigía el Laboratorio Municipal detectó el inicio de la epidemia en la infección observada en las aguas de una fuente de la calle Aristòtil, en Sant Andreu, a mediados de septiembre de 1914. En octubre se dictaminó que el agua procedente de Montcada no podía beberse porque llevaba el tifus. El miedo a suspender el suministro hizo vacilar al Ayuntamiento. Turró, ante la grave situación y el aumento de la mortalidad, optó por pintar con una cruz roja las fuentes que no podían ser utilizadas. Hay que tener presente que mucha gente no tenía agua corriente y utilizaba la de las fuentes.
Los resultados finales fueron aterradores: 9.278 personas estuvieron cntaminadas, de las que 2.036 murieron (otras fuentes rebajan la cifra a 1.877). E 28 de noviembre se consideraba dominada la epidemia. No acabó aquí el azote de las epidemias, que tanto marcaron la Barcelona del siglo XIX. Una gripe fortísima causó, durante el otoño de 1918, un total de 1.554 muertes.

 

Las primeras escuelas municipales

La enseñanza, hasta el siglo XX, no se había considerado de forma seria como una responsabilidad de los poderes públicos. En Barcelona, la oferta pública era ridícula y casi todo el sistema escolar se basaba en centros privados y religiosos. Los índices de desescolarización eran escalofriantes.

La Lliga, desde la Mancomunitat y desde el Ayuntamiento de Barcelona, comenzó a considerar la cuestión escolar como algo propio a partir de 1914. La presencia en el Ayuntamiento, con un peso importante de concejales republicanos especialmente preocupados por las cuestiones pedagógicas, hizo que el tema escolar se convirtiera en uno de los ejes de la política municipal.


© AHCB

El punto de partida fue el progresista presupuesto de cultura que el Ayuntamiento había aprobado en 1908.

La importancia que habían cobrado movimientos pedagógicos como la Escola Moderna y los centros escolares vinculados a los ateneos obreros habían creado una oferta pedagógica con unos contenidos ideológicos que no podían satisfacer en absoluto a la burguesía industrial, y finalmente esta consideró conveniente hacer una oferta propia de plazas gratuitas de enseñanza pública de calidad.

Esto fue posible porque existieron maestros de categoría que aportaron todo su esfuerzo: Rosa Sensat, Pere Vergés, Josep Puig Elías, Artur Martorell...

El día 8 de mayo de 1914 el Ayuntamiento inauguró por primera vez una escuela moderna, la Escola del Bosc. La mayoría de las clases se daban al aire libre y la expresión corporal y la música desempeñaban un papel importante. La positiva experiencia de la Escola del Bosc animó a crear otros centros escolares municipales de características similares, uno en la playa y otro en el Guinardó, en el segundo parque municipal de Barcelona. También en el campo de los parvularios el Ayuntamiento optó por una línea avanzada. Después de enviar maestros becados a aprender el método Montessori, creó en Barcelona dos centros que lo aplicasen, la Casa dels Nens, en la calle Aribau número 155, y la Escola Montessori, en el número 12 de la calle Ataülf.

Fue el inicio de una política que interrumpió la dictadura, pero que fue recuperada por la República. Una política escolar con unas bases tan fuertes que ni el franquismo pudo destruirla del todo. Las escuelas municipales, sobre todo las cuatro más antiguas, puestas en marcha antes de la dictadura de Primo de Rivera, fueron en los años cuarenta y cincuenta un oasis casi increíble en el que se impartían algunas clases en catalán y en el que se aplicaban métodos pedagógicos completamente alejados del autoritarismo propio de la época.

La domesticación de Montjuïc

Ir a Montjuïc a pasar el tiempo siempre había sido una tradición. Sus ermitas eran lugar de peregrinaje y las excursiones solían acabar en una comida campestre. A las ermitas se sumaron los merenderos, siempre cercanos a las fuentes, a los que se iba el domingo, a bailar al aire libre, a la sombra sobrecogedora del castillo. Las fuentes de Montjuïc, especialmente en la noche de San Juan, se convertían en el lugar preferido para celebrar las verbenas, ya que en la montaña crecía la verbena y aquél era el día ideal para hacer un ramo y regalárselo a la novia. La Font del Gat dio pie a una de las canciones catalanas más populares.

El trajín de las canteras y los campos de cultivo de trigo convivía con la tranquilidad de ciertos lugares, con prados y bosques de pino donde los partidarios de Lerroux se reunían a principios de siglo. Este paraíso dejó de serlo cuando ciertos financieros barceloneses muy vinculados al Ayuntamiento y a las incipientes compañías productoras y distribuidoras de electricidad pusieron sus ojos en él con el fin de convertirlo en el mejor escaparate publicitario de sus intereses. Los terrenos vírgenes de Montjuïc fueron escogidos en 1913 para organizar, cuatro años más tarde, una Exposición de Industrias Eléctricas. Un real decreto autorizó al Ayuntamiento a expropiar los terrenos, que fueron declarados de utilidad pública. Se encargaron proyectos de urbanización a algunos de los más importantes arquitectos del momento y, el 18 de junio de 1915, se iniciaron las obras con gran entusiasmo y la celebración de una fiesta popular.

Con la primera piedra de la urbanización de Montjuïc, se inició la domesticación de la montaña. La guerra europea aconsejó el aplazamiento de la Exposición de Industrias Eléctricas, pero las obras no se detuvieron y, en 1923, sirvieron para una exposición de mobiliario y más tarde, en 1929, para la Exposición Internacional. El Ayuntamiento de Porcioles lo utilizó como un cajón de sastre y, al principio de la última década del siglo, los Juegos Olímpicos sirvieron de excusa para resolver la dispersión reinante y completar la urbanización.

 

Ocio

Barcelona no sólo disfrutó de unos felices veinte sino también, y sobre todo, de unos felices diez. A partir de 1915 aproximadamente, el dinero corría con facilidad, como lo demuestra el hecho de que se creasen el casino de la Arrabassada, el frontón Principal Palace y el hipódromo de Can Tunis para los aficionados a las apuestas.

Si bien los años de la Gran Guerra y los posteriores felices veinte lo fueron sobre todo para los que se habían enriquecido rápidamente con los negocios vinculados a la contienda, los felices diez tuvieron, en lo que a diversión se refiere, un carácter más democrático. Fueron los años en que surgieron las nuevas formas de ocio de los barceloneses. Más allá de las fiestas mayores, las comidas campestres o las procesiones, de carácter gratuito, la segunda revolución industrial proporcionó a los barceloneses nuevas formas para entretenerse, esta vez pagando. O dicho de otro modo, hubo quien descubrió la manera de incorporar el ocio a la sociedad de consumo.


© Arxiu Huertas

En los años diez, en los que se construye la plaza de toros Monumental y los primeros parques de atracciones —el Turó Park, el Saturno Park, en la Ciutadella, y el del Tibidabo—, el Paral.lel vive su máxima expansión —en 1911 abre sus puertas El Molino y Raquel Meller debuta en el Arnau—, y se inauguran el nuevo teatro Tívoli, muchas salas de cine y algunos bares que llegarán a ser míticos, como el Zurich, el American Bar, el Canaletes o el London.

No deja de ser sorprendente que unos años tan llenos de tensiones sociales fueran también los que llevaran el ocio a una nueva época. Años llenos de vida, en los que las calles se vuelven protagonistas y la noche se configura como un nuevo espacio para hacer cosas. Años en que la represión eclesiástica sobre las costumbres recoge velas. Y años de grandes contrastes, en los que el bullicio y las luces de la diversión esconden la miseria que hay en casa y sobre todo la de más allá de los Pirineos.

El nacimiento del aeropuerto de El Prat

El primer aeródromo que tuvo Barcelona fue el denominado La Volateria, construido en terrenos de El Prat de Llobregat. Era un nombre irónico, que jugaba con el doble sentido de los aviones voladores y de las granjas de gallinas que desde hacía muchos años habían caracterizado la actividad económica de El Prat.

El aeródromo de La Volateria fue establecido en 1916 por la empresa industrial Pujol, Comabella i Companyia, que se había creado tres años antes con el fin de construir los primeros aviones nacionales. Los pioneros de la aviación catalana crearon, en los terrenos de La Volateria, la Escola Catalana d’Aviació. El primer aviador que obtuvo el título fue Josep Canudas, que procedía del periodismo deportivo, al igual que otros pioneros de la aviación catalana, como el fotógrafo Josep Maria Co de Triola y Josep Maria Armangué.


© Arxiu Huertas

Armangué murió en un accidente con su avión, cuando volaba con Manuel Hedilla, el 30 de octubre de 1917.

De aquel prehistórico aeropuerto despegó, en 1919, el primer vuelo regular, que unía Barcelona con Toulouse de Languedoc y, al año siguiente, el que unía Barcelona con Mallorca.

En 1934 la Generalitat de Cataluña adquirió los terrenos y lo convirtió en un servicio público. Los militares, por su parte, habían creado, a unos dos kilómetros del aeródromo deportivo Canudas, un aeródromo militar.

En 1944, el gobierno franquista encargó, aprovechando precisamente esas pistas de El Prat mínimamente acondicionadas, el proyecto de un aeropuerto internacional, inaugurado en 1949 con el nombre de aeropuerto Muntadas, en honor a uno de los dueños de la Espanya Industral, Carles S. Muntadas Prim, que murió en la Guerra Civil mientras combatía con la aviación franquista. Ese aeropuerto ha ido creciendo hasta convertirse en lo que es en la actualidad, un aeropuerto que poco tiene que ver con aquella Volateria de 1916.

 

 

 

 

La vida cotidiana
1910 - 1920


© Arxiu Huertas

Miedo a la enfermedad

Los barceloneses del segundo decenio del siglo tienen, con razón, miedo a las enfermedades, sobre todo a grandes epidemias de tifus o de cólera, como las que se han vivido en el siglo pasado y todavía presentes en la memoria popular. En octubre de 1918 se declara una fuerte epidemia de gripe que afecta a 150.000 personas y que provoca numerosas muertes. La causa se encuentra en las muy precarias condiciones higiénicas y sanitarias que se agravan con el foco de infección aparecido en Europa a raíz de la Gran Guerra.

La enfermedad más temida es la tuberculosis, la tisis, que causa estragos en los barrios populares de la ciudad y entre las personas más jóvenes. En 1913 se crea el Sanatori Marítim de Sant Josep en la Barcelona para atender a niños y adolescentes escrofulosos, raquíticos y tuberculosos, y la Junta de Protección a la Infancia se encarga de organizar estancias en el campo para niños que corren el peligro de contraer la tuberculosis por su contacto con enfermos en la familia. La mala alimentación, la falta de aire libre, de sol y de hábitos higiénicos, las viviendas húmedas e insalubres son los mejores aliados de las enfermedades. La tuberculosis estará presente en Barcelona hasta la década de los cincuenta.

La máquina de coser

Aunque la máquina de coser es un invento de mediados del siglo XIX, se populariza en Barcelona durante estos años. Cierto aumento del nivel de vida la hace más asequible, hablando siempre en términos muy relativos, ya que, a menudo, su adquisición comporta muchos sacrificios y ahorros.

La máquina de coser es un instrumento imprescindible en las casas populares, donde se corta y se cose buena parte de la ropa que lleva la familia. En las casas con posibles tampoco falta el aparato para cuando se desplaza hasta allí la modista o costurera. Ir a clases de corte y confección es, durante mucho tiempo, una asignatura obligatoria para las chicas, independientemente de su clase social. En 1916 el Patronato de Obreras de Poblenou, una institución de origen católico, organiza clases para enseñar a coser, bordar y hacer encajes. Saber coser permite, a veces, que muchas mujeres puedan tener un trabajo autónomo, liberándose de otras tareas más pesadas en la fábrica o en el taller. Las modistas, además, tienen prestigio social y se configuran como lo que hoy llamaríamos un grupo de presión como lo demuestra la resonancia de la que gozó su fiesta, el día de Santa Llúcia.

Los primeros baños de mar

Los baños de mar, gracias a las recomendaciones de los médicos higienistas, ganan muchos adeptos. Ya no son simples ocurrencias de los jóvenes ociosos de la alta burguesía, los primeros que se lanzan, también, a la práctica de deportes exóticos como el tenis o el fútbol.

Los baños de Sant Sebastià son los primeros que hay en Barcelona. Antes de transformarse en balneario de lujo son una playa libre en la que no se hace distinción entre hombre y mujeres, lo que provoca cierto escándalo. Los de La Deliciosa, Neptuno y Tritón son solo para hombres. La Junta de Damas tiene un establecimiento para mujeres y familias, y La Sirena admite solo mujeres. A la playa Mar Bella, en Poblenou, (en una época en la que los vecinos de este barrio hablaban de ir a Barcelona) se desplazan barceloneses de otros puntos de la ciudad, que se acercan también a Badalona y Montgat.

Tomar baños de mar no quiere decir tener que tomar el sol, porque, sobre todo entre las clases altas, la piel blanca es sinónimo de belleza y distinción y por eso las mujeres van a la playa con sombrilla. Lo importante no es el sol, sino los baños de aire de mar, de gran reputación por su aporte de yodo.

Rafael Pradas