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EL CIUTADANO Y EL BARRIO

Ana, Antoni y Rogelio

TEXTO: Gabriel Pernau FOTOS: Enrique Marco

Ana Lebrón,
graduada escolar a los cincuenta

(La Verneda)

Recuerda perfectamente el día en que llegó a Barcelona, a finales de la década de los cincuenta. Ella tenía 10 años recién cumplidos y, como toda niña de su edad, llegaba emocionada por el viaje. Era la primera vez que salía de La Luisiana, su pueblecito, a cien kilómetros de Sevilla. Conocer una ciudad nueva, hacer nuevos amigos, reencontrar a su padre al cabo de ocho meses de separación, el piso nuevo en Horta... Tenía motivos para estar contenta.

Las ilusiones se aguaron al cabo de un tiempo. Ana Lebrón era la pequeña de tres hermanas y tenía que quedarse en casa a ayudar. Mientras su padre iba a la obra y su madre trabajaba de sastra en casa, ella debía hacer los recados e ir de compras. Ya nunca más volvería al colegio. Pasó un año, dos años, y cuando trató de volver a clase, era demasiado tarde. Con las niñas de su edad ya no podía ir,y no se sentía a gusto con las asistentes familiares de la parroquia. "Sabía leer, escribir, multiplicar, y mis padres consideraron, acaso porque era una chica, que con esto bastaba. No los culpo, era otra época. La conciencia actual de estudiar para obtener un nivel de vida más adecuado no se tenía entonces, al menos entre la gente del pueblo. El caso es que me quedé muy baja de cultura".

La pequeña Ana ya era una gran lectora de tebeos y de los libros de sus hermanas. Los domingos pedían 21 pesetas a sus padres y las tres se iban al cine Horta. Las películas de estreno no estaban a su alcance."A Barcelona sólo bajábamos a pasear y a ver escaparates", apunta. Con los años, la familia se mudó a la Verneda, a un piso mejor. Hacía poco tiempo que Ana Lebrón había empezado a trabajar en un taller de confección. La muerte del dictador se veía cercana. "Empecé a darme cuenta, creo que como toda mi generación, de lo que había supuesto el franquismo. En el trabajo oías hablar de los problemas que algunos habían tenido en el mundo laboral, y empecé a pensar en las situaciones que la gente como yo había vivido", reflexiona.

En 1979 la vida de Ana Lebrón dio un giro brusco. No le tocó el gordo ni encontró un trabajo mejor. El cambio fue más profundo, personal. "Era consciente de que me faltaba cultura, y esto me creaba un grave problema de comunicación. Me fijaba en cómo hablaban por la radio, pero mis conocimientos eran superfluos. En 1979 abrieron una escuela de adultos en la calle Maresme, y... me inscribí. Quería una cultura general, aprender a aprender, saber interpretar un texto, leer a los filósofos, saber plantear una ecuación, no cortarme cuando llegase a un sitio y me hiciesen escribir, no cometer faltas de ortografía, no quedarme en los titulares de los periódicos, entender a los políticos cuando hablaban... No aspiraba a hacer una carrera, tan sólo a saber, y contra más mejor".

-¿Y lo ha conseguido?

Bien, nunca consigues completamente tus objetivos. Sigo haciendo faltas de ortografía, pero me he sacado el graduado escolar y me gusta mucho leer. Estoy leyendo Fausto, y también he leído a Machado, Lorca, Proust, Cervantes, Sartre, Joyce, Homero, Baudelaire... Me gustan los clásicos. Hablan de los problemas universales del hombre.

-¿Y la universidad?

Me da cierto miedo, pero no descarto nada. ¿Sabes que el año pasado siete alumnos de la escuela aprobaron el examen de ingreso? Ya veremos. Siento pánico por las matemáticas.

 

Antoni Albiol,
pescador

(Barceloneta)

Tiene un marcado acento valenciano, aunque tanto él como sus padres nacieron en Barcelona. Fueron sus abuelos quienes llegaron a la gran ciudad procedentes del sur, de Peñíscola y de Deltebre. Como tantas otras familias de pescadores de principios de siglo, huían de la miseria. No aspiraban a gran cosa. Se conformaban con un futuro mejor.

La Barceloneta -qué otro barrio, si no- acogió al matrimonio Albiol. Era principios de siglo, calcula mentalmente Antoni, ¿o tal vez vinieron en 1888, con motivo de la Exposición Universal? Tanto da; ¿qué importancia tiene una fecha?

Antoni Albiol pertenece a la tercera generación de pescadores. Su familia ya lleva un siglo dedicada a la pesca en aguas de Barcelona. Los abuelos se dedicaron a lo mejor y único que sabían hacer en este mundo. Ellos enseñaron el oficio a los hijos, y éstos se encargaron de transmitir los conocimientos marineros a Antoni.

Este hombre de anchos hombros y manos contundentes recuerda que, de pequeño, intentó estudiar. Los padres lo llevaban a escuelas de pago y a Llotja para que aprendiera dibujo, pero no había manera. No es que no le gustasen los libros. Lo que en verdad atraía a aquel chico de 13 años era el mar, las barcas, la pesca. Contra su voluntad, el padre tuvo que aceptar que su hijo tampoco luciría mangas blancas.

Hoy, Albiol no sólo no se arrepiente de la decisión; es que no cambiaría su trabajo por ningún otro. Para tener la certeza de ello, basta con observar la pasión con que habla desde el puente de la Maireta II, una de las dos barcas de su propiedad y la mayor del puerto de Barcelona. Gesticula con las manos y se atropella a sí mismo cuando dice que está pensando en encargar una nueva barca, que la Maireta II ya tiene 21 años y le toca ir a retiro.

"Me ha ido bien. No tenía nada y ahora tengo dos barcas. ¿Cómo ha sido? Trabajando; mucho. Yo, del franquismo, no me di cuenta de nada. Mi única preocupación era traer dinero a casa. Mira: mi abuelo tenía el dicho de que para que un hombre hiciera dinero tenía que robar, tocarle la lotería o no estar en sus cabales. Este último era nuestro caso. Al volver de la mili, a los 21 años, con mi padre nos liamos a comprar una barca nueva. Y mira si nos liamos que hasta los 40 no pude coger vacaciones. Nos fuimos a Mallorca con mi mujer, en avión, ¿y sabes lo primero que hice al llegar al hotel? Bajar al muelle a ver las barcas. ¡Ja, ja, ja! Sí... Mi señora es la típica mujer que cualquier hombre querría: buena madre y buena mujer. No se puede pedir nada mejor", se congratula.

El mar es la droga de Antoni. Está jubilado, pero sigue embarcándose cada día. Pone los ojos en blanco cuando dice que, a quince millas de la costa, la metrópolis aparece lejana, cubierta por un manto de humo marronoso. Es allí, mar adentro, donde a él le gusta estar. "Los pescadores desconfiamos de la gente de tierra por la cantidad de veces que nos han tomado el pelo, por compras, por inversiones que hemos realizado. Nos dan palos por todos lados. Ahora la comandancia nos obliga a comprar un aparato que se llama la caja azul; ¿tiene guasa, eh? Claro que hay cosas de tierra que me gustan, pero donde encuentro una satisfacción más grande es en el mar. Haces lo que quieres, no te encuentras a nadie que te diga nada, sólo tranquilidad y gaviotas. Cuando estás en el puente de la Maireta, solo, tienes tiempo para cavilar. ¿Dónde quieres que esté, sino aquí?; ¿en el piso, con las mujeres y el televisor a todo taco?". Aquello no está hecho para mí. Tú, Simó, ¿no volverías a salir a la mar, ahora mismo? Y el hijo, marinero como el padre, marinero como su hermano, marinero como los abuelos y los bisabuelos, dice que sí, que él también volvería a hacerse a la mar sin pasar por casa.

Simó, cuarta generación de pescadores de la Barceloneta, vive en un piso del barrio, de 50 metros cuadrados, uno de los llamados medio pisos. Antoni, en uno de ochenta. Son unos privilegiados, si se tiene en cuenta que la mitad de las viviendas de la zona no llegan a los treinta. "La Barceloneta era como un pueblo. Todos nos conocíamos, los chicos se casaban con las vecinas, las puertas de las casas permanecían abiertas y la gente entraba y salía. No había miedo ni maldad. Había pobreza, claro, pero estabas acostumbrado. Ahora el barrio ha envejecido, no hay aspiraciones, está lleno de gente mayor y sin recursos. ¿Qué futuro puede tener? ¿Esperar a que se mueran todos y hacer una remodelación? No lo sé. Hay mucha humedad y malos olores, y los vecinos ya aspiran a tener otro nivel de vida".

 

Rogelio Pérez,
porter des de fa 42 anys

(Sant Gervasi)

Tiene un marcado acento valenciano, aunque tanto él como sus padres nacieron en Barcelona. Fueron sus abuelos quienes llegaron a la gran ciudad procedentes del sur, de Peñíscola y de Deltebre. Como tantas otras familias de pescadores de principios de siglo, huían de la miseria. No aspiraban a gran cosa. Se conformaban con un futuro mejor.

La Barceloneta -qué otro barrio, si no- acogió al matrimonio Albiol. Era principios de siglo, calcula mentalmente Antoni, ¿o tal vez vinieron en 1888, con motivo de la Exposición Universal? Tanto da; ¿qué importancia tiene una fecha?

Antoni Albiol pertenece a la tercera generación de pescadores. Su familia ya lleva un siglo dedicada a la pesca en aguas de Barcelona. Los abuelos se dedicaron a lo mejor y único que sabían hacer en este mundo. Ellos enseñaron el oficio a los hijos, y éstos se encargaron de transmitir los conocimientos marineros a Antoni.

Este hombre de anchos hombros y manos contundentes recuerda que, de pequeño, intentó estudiar. Los padres lo llevaban a escuelas de pago y a Llotja para que aprendiera dibujo, pero no había manera. No es que no le gustasen los libros. Lo que en verdad atraía a aquel chico de 13 años era el mar, las barcas, la pesca. Contra su voluntad, el padre tuvo que aceptar que su hijo tampoco luciría mangas blancas.

Hoy, Albiol no sólo no se arrepiente de la decisión; es que no cambiaría su trabajo por ningún otro. Para tener la certeza de ello, basta con observar la pasión con que habla desde el puente de la Maireta II, una de las dos barcas de su propiedad y la mayor del puerto de Barcelona. Gesticula con las manos y se atropella a sí mismo cuando dice que está pensando en encargar una nueva barca, que la Maireta II ya tiene 21 años y le toca ir a retiro.

"Me ha ido bien. No tenía nada y ahora tengo dos barcas. ¿Cómo ha sido? Trabajando; mucho. Yo, del franquismo, no me di cuenta de nada. Mi única preocupación era traer dinero a casa. Mira: mi abuelo tenía el dicho de que para que un hombre hiciera dinero tenía que robar, tocarle la lotería o no estar en sus cabales. Este último era nuestro caso. Al volver de la mili, a los 21 años, con mi padre nos liamos a comprar una barca nueva. Y mira si nos liamos que hasta los 40 no pude coger vacaciones. Nos fuimos a Mallorca con mi mujer, en avión, ¿y sabes lo primero que hice al llegar al hotel? Bajar al muelle a ver las barcas. ¡Ja, ja, ja! Sí... Mi señora es la típica mujer que cualquier hombre querría: buena madre y buena mujer. No se puede pedir nada mejor", se congratula.

El mar es la droga de Antoni. Está jubilado, pero sigue embarcándose cada día. Pone los ojos en blanco cuando dice que, a quince millas de la costa, la metrópolis aparece lejana, cubierta por un manto de humo marronoso. Es allí, mar adentro, donde a él le gusta estar. "Los pescadores desconfiamos de la gente de tierra por la cantidad de veces que nos han tomado el pelo, por compras, por inversiones que hemos realizado. Nos dan palos por todos lados. Ahora la comandancia nos obliga a comprar un aparato que se llama la caja azul; ¿tiene guasa, eh? Claro que hay cosas de tierra que me gustan, pero donde encuentro una satisfacción más grande es en el mar. Haces lo que quieres, no te encuentras a nadie que te diga nada, sólo tranquilidad y gaviotas. Cuando estás en el puente de la Maireta, solo, tienes tiempo para cavilar. ¿Dónde quieres que esté, sino aquí?; ¿en el piso, con las mujeres y el televisor a todo taco?". Aquello no está hecho para mí. Tú, Simó, ¿no volverías a salir a la mar, ahora mismo? Y el hijo, marinero como el padre, marinero como su hermano, marinero como los abuelos y los bisabuelos, dice que sí, que él también volvería a hacerse a la mar sin pasar por casa.

Simó, cuarta generación de pescadores de la Barceloneta, vive en un piso del barrio, de 50 metros cuadrados, uno de los llamados medio pisos. Antoni, en uno de ochenta. Son unos privilegiados, si se tiene en cuenta que la mitad de las viviendas de la zona no llegan a los treinta. "La Barceloneta era como un pueblo. Todos nos conocíamos, los chicos se casaban con las vecinas, las puertas de las casas permanecían abiertas y la gente entraba y salía. No había miedo ni maldad. Había pobreza, claro, pero estabas acostumbrado. Ahora el barrio ha envejecido, no hay aspiraciones, está lleno de gente mayor y sin recursos. ¿Qué futuro puede tener? ¿Esperar a que se mueran todos y hacer una remodelación? No lo sé. Hay mucha humedad y malos olores, y los vecinos ya aspiran a tener otro nivel de vida".