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ENTREVISTA Núria Escur

Carlota Soldevila,
el prestigio teatral

 

  Discreta gran dama del       teatro

Carlota Soldevila (Barcelona, 1929) inició sus actividades teatrales en 1950 e inmediatamente se incorporó a la Agrupació Dramàtica de Barcelona (ADB), donde trabajó siete años hasta la desaparición de la asociación. Más tarde, fundó con Albert Boadella la compañía Els Joglars, de la que fue actriz durante seis años. También fue cofundadora del Grup de Teatre Independent (1965) y del Teatre de l'Escorpí (1974). Entre 1971 y 1986, fue profesora de expresión corporal en el Institut del Teatre de Barcelona y miembro de su Comisión Coordinadora de Estudios, como Delegada de Dirección y Coordinación General. En 1976, participó en la creación del Teatre Lliure, del que llegaría a ser una de las actrices emblemáticas. Con el Lliure ha interpretado una treintena de obras, entre las que figuran Mahagony, Titus Andrònic , La bella Helena, El balcó, Un dels últims vespres de carnaval, Les noces de Fígaro, El barret de cascavells o Carrer Sebastià Gasch, esta última en la temporada 1997-98. En 1999 subió al escenario del Espai Brossa.

Carlota Soldevila podría ser también paradigma de la discreción, elogio de seriedad, garantía de teatro comprometido. Presencia que llena incluso el más terrorífico silencio. Pero el destino quiso que fuera, para varias generaciones de teatreros, el triunfo del prestigio "versus" el éxito social. Ella fue, desde el principio, "la mare" de esa gran familia que se llamó el Lliure. Y quienes han disfrutado del teatro con sus actores, saben bien que ya siempre seguirán creciendo con ellos.

Al entrar, Carlota Soldevila me pareció apenas una pacífica e inofensiva abuelita británica, ingeniosa y solícita con su perra Kira. Algo así como una mujer lábil. Pero a lo largo de dos horas esta gran dama del teatro se fue transformando. Ignoro si fue una transformación catártica o histriónica pero puedo asegurarles que sus ojos se esponjaban hablando de Ionesco o de Brecht, sus dedos cargados con anillos que le cedieron sus dos bisabuelas se convertían en profundos sarmientos rememorando sus años de gitana zíngara en la caravana del teatro catalán, su boca repintada de muñeca de Ibsen se abría generosa recordando la génesis de algo que, más que un proyecto teatral, fue una familia, su familia, el Lliure.

Y el silencio. Nunca un silencio fue tan explícito. Todo lo que ha visto esta mujer cargó en exceso su maleta. Hablándome de quienes ya han muerto, como Fabià Puigserver, creí, incluso, que se levantaría de la silla y levitaría por las estancias del Lliure como el primer día en que entró en ese santuario con el alma algo quebrada. Su egipcio contorno de ojos, esa línea negra que siempre le acompaña, apuntaba al infinito al pronunciar el nombre de Shakespeare. Y, en fin, Carlota, Lota, la hija de Carles Soldevila, salía de lo más profundo de este ser, ahora frágil y juguetón, de tira cómica, para volver a la fuerza telúrica, la sobriedad y la elegancia más puras. Lota y la magia.

- Joan Brossa decía que usted era su actriz preferida.

Cuando murió, en el capítulo de pésames, la viuda de Brossa le dijo a alguien: "La quería mucho, a Carlota, mucho... incluso demasiado."

- Pues era un hombre muy selectivo.

A mí me quería porque representé muchas de sus obras. En 1957 ya hicimos Or i sal. ¡Y nos dieron unas silbas impresionantes!

- La gente no entendió la obra.

Noooo. Y él, desde detrás del escenario se reía como un niño mientras el público se desgañitaba. Una de las primeras veces me asusté tanto de la silba que no pude continuar, me fui. Veías que la gente no te escuchaba, unos reclamaban su dinero de la entrada, otros pedían que nos echaran...

- ¿Qué escena les indignó más?

Lo que desató la tormenta fue el momento en que uno de nosotros se ponía uno binóculo espléndido y mirando al público gritaba: "Allí, a lo lejos, veo... ¡vacas!...." Eso es lo que yo amaba en Brossa, la transgresión. En una ocasión me dedicó un poema en el que yo me pasaba el rato poniéndome y sacándome el sombrero. Al final le pregunté: "¿Es que me ves una mujer muy indecisa?" No contestó.

- ¿Y es indecisa?

En absoluto. Yo puedo lanzarme a lo más inimaginable sin pensarlo dos veces. Hubo un tiempo en que un sobrino mío fue médico sin fronteras en Mali. A punto estuve de irme allí a trabajar y vivir. Y algo que todavía tengo mitificado es un viaje a la Patagonia.

- A lo mejor porque su padre, Carles Soldevila, escribió Lau, o les aventures d'un aprenent de pilot, que también llega a la Patagonia.

Puede ser, porque ya me leía eso cuando yo tenía ocho o nueve años.

- A usted le bautizaron Carlota porque no podían ponerle Carles, en honor de su padre. ¿Pesa mucho llevar ese apellido o facilita la vida?

Ya todo el mundo me llama Lota. Nosotros éramos cuatro hermanos con una formación cultural especial, que nos marcó, eso es cierto. Hicimos el ingreso de bachillerato en casa y teníamos institutriz porque mi madre era de vicios muy aristocráticos. Después nos pusieron en el Tècnic Eulàlia.

- Vivieron cuatro años en París. ¿Cómo es el exilio para una chica de quince años?

Lo aprovechamos al máximo. Fue extraordinario. En París mis padres nos dieron una libertad insospechada. Supongo que pensaron: "Si para otros el exilio es un castigo, para ellos será un regalo." Y nos pasamos el tiempo del Louvre al teatro, del teatro a las exposiciones, pero en casa teníamos que lavar la ropa en la bañera, ¿sabe?

- Su padre gozaba de una magníficas relaciones con la intelectualidad francesa de la época.

Cierto. Por nuestra casa pasaban Mauriac, Maurois, Jules Romain, Keyserling (aquel barón báltico inmenso...). Y después yo interiorizaba todo lo que había oído de esos grandes hombres mientras paseaba en bicicleta por el Bois de Boulogne.

- ¿Y el miedo de la guerra?

Nos enseñaron que sólo debíamos emitir una frase, ante cualquier situación: "Il ni a pas rien a declarer." En los bombardeos, al final ya no tenías ni miedo. Ni te escondías ni corrías al refugio. Muchas veces preferí quedarme en la cama por pereza, antes que bajar. Pensé que si la muerte quería, llegaría igual. Y en ese caso me aterrorizaba pensar que podía quedar enterrada, sepultada, en el refugio.

- A ese exilio le debe su excelente francés.

En esa época eres como una esponja. En una ocasión Flotats me dijo que yo debería hacer teatro en francés. Tal vez.

- ¿Se enamoró de algún francés?

¡No! ¡De un armenio! Me pusieron a trabajar en un taller de alta peletería. Eran judíos, los Frouchtmann. Yo les hacía de maniquí dando pases delante de las clientas, montada en unos zapatos de charol de siete centímetros. Y ahí trabajaba como jefe de taller un armenio por el que yo me dejé querer hasta que lo movilizaron. Entonces me hicieron madrina de guerra. Hace poco que he roto sus cartas...

- ¿Por qué?

Porque yo no tiraría nunca nada, y alguna vez hay que armarse de valor y hacerlo. No se pueden guardar todos los recuerdos de una vida. Hay que seleccionarlos. No puedo guardar cartas de todos mis amores porque coleccioné bastantes.

- ¿Cree que las mujeres a menudo se enamoran de los hombres equivocados?

El tiempo ha dicho que sí. Porque me casé enamoradísima de un hombre con mucho dinero y viví diecisiete años en la gloria para que terminara todo mal.

- Usted estaba programada para ser la perfecta esposa burguesa, buena anfitriona, vestida por Balenciaga...

Sí, hasta que llega el día en que a mí el marido me desaparece, ¿sabe?

¿Cómo?

Bueno, me dijo que no se encontraba bien, que le preparara un arroz caldoso. Y se marchó. No llegó a comérselo nunca. Parece ser que llevaba un año y medio con otra mujer, y yo no supe nada hasta que hice esa cosa tan tonta que sale en las películas: lavar una chaqueta y primero vaciar los bolsillos. Allí descubrí una carta donde ella le comunicaba a mi marido que ya había encontrado un piso para los dos.

- En un mismo año, usted se separa, muere su padre y muere su madre. ¿No se hunde?

De golpe sentí que estaba absolutamente sola en el mundo. Y todavía no lo entiendo, pero no me hundí. Supongo que me salvó el teatro. Había hecho algo, poco, pero me llamaron enseguida para trabajar. Y me agarré a ello como a una tabla de salvación. Recuerdo que me llevaron a rastras, pasaba las noches llorando, sola, pero al levantarme me decía que tenía que resistirlo. A los dos meses de separarme me vino a buscar Jordi Sarsanedas porque se inauguraba la Cova del Drac. Y con lo que gané allí me compré un collar de consolación.

- Después del exilio usted trabaja en un despacho de abogados y en la editorial Horta. Su carrera teatral empieza con casi cuarenta años. ¿Qué le ha impedido eso?

Yo nunca he podido representar el papel de Ofelia, por ejemplo. Nada de jovencitas. Mi verdadera estrella, mi suerte ha sido trabajar con gente de tanto talento como Lluís Pasqual, Fabià Puigserver, Albert Boadella...

- ¿Es cierto que le dijo a Boadella que dejaba Els Joglars porque no quería hacer más pantomima y necesitaba un teatro con más palabras y menos gestos?

Le dije suavemente y con todo el respeto y cariño que me gustaba más el teatro de texto, de autor. La letra, lo que comunicas, para mí, lo es todo. Y ese no era el estilo específico del grupo. Lo entendió perfectamente.

- Dígame un título que le traiga buenos recuerdos

La cantant calba. ¡La representamos tantas veces! Y eso que la censura nos limitaba la cantidad de actuaciones para no hacer la competencia a los teatros comerciales. Eso era vocación: pagarnos el taxi para volver a casa y el bocadillo de la cena y cosernos nosotros mismos los trajes de la obra.

- A eso se le llama amor al arte.

Tiempos irrepetibles. El Lliure fue una experiencia intensa similar.

- Incluso utilizó su propio traje de novia para representar Les noces del Fígaro.

Sí, sí, lo vio Puigserver en una ocasión y me dijo: "¡Por Dios, Carlota! No te lo romperemos, pero es precioso; tiene que ser este el que saques a escena." Y así se hizo. Era de damasco valenciano.

- ¿Con la muerte de Fabià Puigserver creyeron que el Lliure agonizaría?

Totalmente. Fabià había hecho prodigios. Yo lo quería con locura y su muerte me hizo llorar más de lo que se puede imaginar. ¡Tenía tanta imaginación...! Su muerte nos desesperó y yo creí que el mundo se hundía a nuestros pies justo cuando llevábamos lustros juntos, habíamos llegado tan lejos, teníamos tantas cosas estelares por estrenar...

- El más valiente fue Lluís Homar.

Eso voy a agradecérselo mientras viva. Porque cuando andábamos descabezados tuvo el valor (y algo de inconsciencia, creo yo) de decir: "Si vosotros me ayudáis, yo puedo intentarlo." Me lancé y le contesté: "Dime qué necesitas; te lo voy a buscar."

- A Carlota Soldevila, que no tiene hijos, la han considerado la madre de la familia del Lliure. Debe usted conocer todos los secretos de su gente.

Durante veinticinco años me ha dado tiempo, sí. Desde aquel día en que dijeron: "Lota, ven con nosotros a ver un teatro, ya sabemos que es soñar pero... no perdemos nada con ello." E hijos reales nunca he querido tener, fue la única condición de mi marido, quedó tan traumatizado con la guerra que me hizo jurar que no traeríamos ningún niño a este horrible mundo.

- Suponga que yo soy extranjera y llego a Barcelona. ¿Cómo me explicaría que el Lliure es una formación teatral distinta a las demás?

Lo es porque el destino unió varios hilos y porque supimos trabajar más allá de lo estrictamente teatral. Coincidimos un grupo de gente a la que le sobraba pasión por su trabajo. Jamás escatimamos horas. Llegamos a sacar tanta basura, tanta pintura, tanta mierda, la verdad, que aún recuerdo fotos de las obras donde parecemos verdaderos obreros de la construcción.

- ¿Nunca hubo peleas?

Es curioso. Siempre digo que no lo entiendo, pero realmente no había peleas. ¿Envidias? ¿Celos? No vi ninguna y en todo caso se pasaban en privado. Se respetó a todo el mundo. Cuando Imma Colomer dijo que quería probar cosas fuera, que estábamos cerrándonos mucho, se le contestó que adelante. Un día miré esto que hace por televisión y al terminar descolgué el teléfono para felicitarla. Minguell, otro tanto. El segundo año nos dijo: "Yo no sirvo para compartirlo todo, no tengo vocación de comuna. Ya me perdonareis." Y se fue tan tranquilo. Después fue Quim Lecina que se marchó a la montaña a disolver sus preocupaciones...

- ¿Todo lo hacían en comunidad?

El proselitismo, sí. Cada uno se llevaba unos cuantos carteles para pegar en su barrio y distribuir por los buzones. Y si luego había que pasar el aspirador, pues lo pasábamos.

- A los jóvenes que quieren ser actores ahora ¿qué les falta?

Reflexión previa. Llegan con otras motivaciones que no tienen nada que ver con las nuestras. Pero algunos de esos jóvenes, con los que yo he trabajado, llegan a ser buenísimos actores y ganan más dinero de lo que yo he ganado en toda mi vida. Yo he sido muy austera, como buena Capricornio. Y ellos hacen televisión.

- ¿La palabra maldita?

Bueno... yo no he querido hacer televisión.

- ¿Por qué?

Me lo he montado mal. Pero lo sabía. En una ocasión me ofrecieron un millón de pesetas por hacer de abuelita en un anuncio de Nescafé. Les dije que no, que no me parecía coherente. Ahora miro las noticias y tengo que apagarla. Por televisión descubrimos una vez la existencia de los campos de concentración y todavía recuerdo como me levantaba por la noche con un espanto indescriptible. Ese aparato nos despertó la conciencia, ¿cómo podía existir tanta barbarie?

- ¿Se ha psicoanalizado alguna vez?

No, pero mi marido sí y yo acudí a algunas visitas de refuerzo. A él le dijeron que todavía no había cortado su cordón umbilical. Yo, por lo visto sí. Mi padre siempre nos quiso libres.

- Funcionario de la Generalitat, muy comprometido, ¿un hombre estricto?

Sorprendente. Lo veo dirigiéndose hacia nuestra mesita, donde los cuatro hermanos cenábamos, cogiéndome la mano y recitando de golpe La vaca cega. Mi madre intentaba poner orden, pero él nos quería comunicar la emoción. Quiso transmitirnos el gusto por la cultura, pero siempre por osmosis. Mi casa estaba llena de libros y jamás nos dijo que los leyéramos. También nos enseñó la intensidad, la voz, la pausa, el ritmo...

- Dicen de usted que es la actriz que mejor ha sabido interpretar los silencios.

Me enorgullece, porque es algo muy difícil de conseguir. El tempus, saber alargarlo hasta que el aire te pide que vuelvas a hablar, eso, a veces, es algo innato, depende de un ritmo interno, como la vida, que te empuja o te frena. Pero la verdad es que yo nunca he sabido cuáles eran mis virtudes, mis gracias.

- Dicen que sus ojos.

¡Ah, los ojos! Los ojos sí que eran bonitos. En una ocasión mi padre me presentó a García Lorca, él me levantó la barbilla, me miró y dijo: "Menos mal, ¡esta niña tiene ojos de andaluza!." Le seguí tanto que cuando años más tarde me enteré de su fusilamiento, se apoderó de mi un desespero extraño.

- Fue una adolescente privilegiada. Conocer a todos esos personajes de la cultura, ¿le cambió en algo?

Formaban parte del círculo vital de mi padre. Y me hizo ser distinta. Piense que cuando yo tenía quince años ya había leído a todos los rusos y franceses, de Tolstoi a Voltaire.

- ¿Nunca les censuró una lectura?

No. Aunque yo leí El amante de lady Chatterlay tan pronto que no entendí nada. Ni las escenas de sexo.

- ¿Qué ha heredado de Carles Soldevila?

Tal vez la discreción. Nunca quiso destacar. Cuando había una mesa con autoridades, el primero en sentarse y polarizar la atención era Sagarra, a quien, por cierto, respetaba mucho. Pero parece ser que mi padre era tan educado que acababa por quedarse sin silla. Su elegancia de trato era excelente. Yo, si alguna vez la he tenido no la he cultivado suficiente. Es un distanciamiento innato. Pero he vivido con intensidad, con eso me basta.

- Explíqueme la historia de amor más importante de su vida.

¿Para qué? Si todas terminan mal...

- Porque lo más interesante de alguien es lo que no explica nunca.

Hubo cosas que yo creí que no se sabrían nunca y, finalmente, todos las supieron. Mi historia de amor, por ejemplo, con Guillem d´Efak. Estaba separado de su mujer y tenía una hija, yo quise llevarlo discretamente, pero al final se supo. Me dio tanta pena imaginar que una mujer pasaba por lo mismo que pasé yo con mi marido, años antes, que acabé por avanzarle el dinero de su piso. Después de mi marido tuve lo que llamaríamos amistades amorosas. Y ahora creo que ya no voy a enamorarme. Hasta los 51 años mantuve relaciones, después crucé un lapsus porque la historia se acabo de modo algo desagradable. Y al final decidí que bajaba la persiana en ese aspecto. Amigos, muchos. Nada más. A Puigserver lo quise mucho, por ejemplo.

- Con Fabià Puigserver fue una historia sin sexo

Sí. Recuerdo cuando me confesó que era homosexual, me dijo: "Lota, yo te quiero muchísimo. Pero soy homosexual y además milito en ello." Desde entonces muchas mujeres que lo encontraban guapo e interesante me pedían que se lo presentara. Y yo pensaba: "Pobrecilla, otra que no ha caído en la cuenta y que se va a llevar un disgusto." Era excelente, el talento y la sinceridad juntos. Cuando murió perdimos el norte, estábamos todos tan colgados de él... Se pasó tanto que nos ha dejado en herencia una casa.

- ¿Nunca se ha quedado en blanco en el escenario?

En una obra en castellano. Tenía que llorar. Y lloré, caray si lloré, porque no pude recordar lo que venía después. Suerte que alguien me apuntó una palabra y arranqué. Homar me miraba con espanto, yo venga llorar sin que la memoria llegara... Son segundos, pero al actor le parece una eternidad.

- ¿Usted es de las que en escena lloran de verdad?

En L´héroe, mientras hacía la escena de la madre que le prepara el hatillo al niño que se va, me harté de soltar lágrimas como una loca.

- ¿Qué puede más en un actor, la intuición o la técnica?

Tengo el título del Institut del Teatre, pero he sido una autodidacta pura. Yo siempre digo que lo que me movió fue el poso cultural familiar y eso me dio la fuerza para saber lo que debía hacer sin demasiados tecnicismos. Yo lo debo todo a la biblioteca Univers, que era una cosa barata que editó mi padre, se lo juro. Y cuando nos miraba y arrancaba poesías, eso ya era representar...

- Shakespeare no lo leyó hasta mucho más tarde.

Curiosamente no lo descubrí hasta subir a un escenario. Yo llegué al teatro de la mano de la cultura y la necesidad de revolución, el compromiso social que quería dar una patada a todas las injusticias del mundo. Pero para llegar ahí primero tuve que leer de niña a Dumas y Balzac. Y mi abuela consideró que yo no tenía que leer eso, que era inapropiado, de modo que ¿sabe qué hice para leer Los tres mosqueteros? Me encerré en la comuna, un váter de la época, con una ventanilla por donde se filtraba un rayito de luz.

- Casi místico.

Pues si alguna vez me encuentro con Jesucristo, le diré: "Señor, pudiéndolo haber hecho todo tan bien, ¿cómo has permitido tanta chapuza?" Sólo fui creyente en Francia, con el pánico. Me veo delante de una iglesia, con dos bolsas gigantes de comida recogida, mi madre con el miedo de que violaran a sus hijas, y de golpe... los alemanes que entran con sus motos. Me metí corriendo en la iglesia y grité con todas mis fuerzas y en francés "Ils son là!"...

¿Retirarse es la decisión más difícil para una actriz?

Yo me he propuesto ir retirándome, aceptando solo retos puntuales que pueda cumplir. Siempre fui una mujer fuerte, de salud de hierro. Por eso me ha disgustado tanto, ahora, un pinzamiento de vértebra que me está fastidiando. Quiero ponerme en contacto con el grupo de Paniker que lucha por una muerte digna, porque lo que no soportaría es la degradación de mi cuerpo. La templanza es una virtud.

- ¿Nunca ha perdido la serenidad? ¿Ni se ha discutido con sus directores?

Jamás. Ni con Fabià, que era sereno, metódico, sólido y de pocas palabras, ni con Pasqual, que es la fuerza caótica, un ciclón de palabras. Con él, a veces te pasabas una tarde trabajando y al día siguiente te decía: "Todo lo de ayer fue una mierda. Vamos a repetirlo." Te derrites, pero vuelves a repetirlo. Eso es ser actor.

- ¿Los personajes que ha interpretado han invadido su vida privada, ha permitido que le afectaran?

Solamente en la última representación. Cuando sabes que ese personaje no volverá a tener vida, que termina esa noche, entonces sientes algo así como si una persona de la familia se estuviera muriendo. Se aleja y siempre se lleva algo tuyo con ella.onal.