L'educación: un proyecto futuro para Barcelona
TEXT: Ignasi Vila, Carme Gómez-Granell.
Congreso internacional Barcelona, poro el conocimiento y la convivencia
Ciudad, sostenibilidad y participación

TEXT: Ramon Folch
La ciudad como pedagogia(*)
TEXT: Jordi Borja.
La función educativa de los espacios urbanos
TEXT: Oriol Bohigas.
La función educativa del espacio urbano
TEXT: Bruno Gabrielli.
Congreso internacional Barcelona, poro el conocimiento y la convivencia
Los cambios en los valores y modelos de familia

TEXT: Marina Subirats.
Congreso internacional Barcelona, poro el conocimiento y la convivencia
Educación, formación y acceso al mercado laboral

TEXT: Joan Majó.


     

 

TEXTO: Ramon Folch
Catedrático de Psicología de la Universidad de Girona

Congreso internacional Barcelona, por el conocimiento y la convivencia
Ciudad, sostenibilidad y participación

 

Es necesario reflexionar sobre el límite del concepto de conocimiento, del concepto de modelo al que nos referimos, antes de abordar el tema de la ciudad, la sostenibilidad y la participación. De hecho, me gustaría revisar el alcance semántico de algunos términos cotidianos a los que a menudo damos valores equívocos.

Existe una gradación que comienza con la noticia, continúa con la información, pasa por el conocimiento, se integra en la cultura y culmina en la sabiduría, que representa diferentes estadios que, sin embargo, habitualmente se confunden. En realidad, lo que la sociedad nos da a lo largo del día son noticias. La prensa, sobre todo, nos ofrece constantemente noticias, es decir, datos. Es difícil que la prensa nos dé realmente información, datos vectorializados, situados en un contexto. 1999 no es lo mismo que 9991, 9199 o 9919. La noticia es el dato, es el 9 o el 1. Su posición se convierte en información. Si vinculamos dicha información a un fenómeno, "es el año 1999", la integramos en un sistema de conocimiento. Los datos, convenientemente vectorializados y convertidos en información, permiten estructurar un corpus cognitivo, un conocimiento que, sometido a una escala de valores pactada, subjetiva, pasa a ser cultura.

Por lo tanto, es difícil pensar que una persona es más o menos culta porque sabe más o menos cosas, sino que lo es en la medida en que tiene estructurada una serie de valores en función de los conocimientos de que dispone, que, a su vez, son el resultado de integrar diferentes informaciones construidas a partir de noticias. Se trata de un largo camino sobre el que la persona llega a construir un universo de sabiduría, siempre y cuando eso le sirva para vivir. Si no es así, será en todo caso una persona culta, pero no una persona sabia. Son muchas las personas cultas que no son sabias, pero son muchas más las personas informadas que no tienen cultura.

Esto nos lleva a cuestionarnos: ¿qué hacen los educadores? ¿Acumulan noticias en la cabeza de los niños o intentan estructurar su universo para que sean sabios y puedan vivir plenamente, integrando todos estos datos en informaciones, en conocimientos y en cultura? Esta gran pregunta tiene una respuesta concreta en el terreno de comprensión de la ciudad, del fenómeno de la sostenibilidad y, en particular, de la sostenibilidad urbana, en la participación de la ciudadanía en la construcción sostenible del fenómeno urbano.

Una vez descrito este concepto, se debería hacer alusión a otros dos:

El paradigma en el que debemos entender el concepto de sostenibilidad.
El concepto de ciudad como fenómeno socioecológico aún no es el eje del debate cuando se habla sobre la ciudad.


© María Birulés

Plaça dels Àngels, sede del Foment de les Arts Decoratives

 

Un para o Apple lanza unos programas que recurren a una interfaz asequible al usuario.

Los paradigmas se encuentran en esta misma línea, es decir, son las figuraciones que nos hacemos de la realidad para poder comprenderla. A mediados de los años sesenta y principios de los setenta, los departamentos de investigación de la industria relojera suiza propusieron a las fábricas líderes en el sector que, para medir el tiempo, al margen de los sistemas de engranajes, desmultiplicadores, rubíes o moldes oscilantes, se pudiera utilizar la oscilación de un cristal de cuarzo. La industria los echó directamente a la calle porque confundían el concepto de reloj con su paradigma. Un reloj era un prestigioso conjunto de engranajes suizos. Los japoneses y norteamericanos compraron la patente a los suizos y, en la actualidad, nadie fabrica relojes con engranajes.

Esta idea es enormemente fértil, porque muy a menudo confundimos nuestro modelo de representación de la realidad con la propia realidad. Cuando, en aquel momento, le pidieron a un directivo de Omega o de Longines que definiera un reloj lo hicieron a su manera: "conjunto de engranajes que giran alrededor de rubíes que, mediante desmultiplicaciones producidas por la energía acumulada en un resorte al que se da cuerda, produce las vueltas de una serie de agujas…". Pero aquello no era un reloj, sino un reloj de engranajes. Un reloj es un aparato para simular el paso del tiempo.

En la actualidad, nuestra sociedad confunde los modelos interpretativos de las cosas con las propias cosas. Confunde la ciudad con el modelo, la educación con el sistema educativo y el funcionamiento de la economía con su concepto. Si no somos capaces de pensar que los paradigmas pueden cambiar y que, incluso, el progreso no consiste en la mejora del paradigma sino en la sustitución del propio paradigma, difícilmente podremos entender qué está pasando y qué pasará.

Por mucho que perfeccionemos nuestro modelo urbano actual, nunca será como el modelo económico y urbano que está empezando a emerger. Cada vez que vemos los reiterados discursos que ofrecen los medios de comunicación, explicando lo bien que funciona este modelo, tenemos fundados motivos para desconfiar, porque presenta tal cantidad de disfunciones que no necesita ser perfeccionado sino sustituido. Su ausencia no provocará ningún cambio sustancial en las formas de vida, sino que las mejorará de forma constructiva, al igual que lo hicieron las máquinas eléctricas cuando sustituyeron a las de vapor o los relojes de cuarzo a los de engranajes.

¿Por qué emerge esta nueva cultura de la sostenibilidad? Sencillamente porque el modelo actual, que no es la realidad sino un modelo, se está revelando como improyectable e insostenible. El modelo alternativo que estamos construyendo aspira a la sostenibilidad, aunque no sepamos cómo es. Lo único que sabemos es que la anterior no funciona.

¿Por qué vamos en contra de esta insostenibilidad? Porque ha instaurado una larga serie de disfunciones que se oponen a nuestra vida en el planeta. Una de estas disfunciones es la desigualdad.

El mundo actual no tiene nada que ver con otros modelos que habían existido. ¿Dónde está el feudalismo? ¿Dónde está la esclavitud? A mediados del siglo pasado, se decía que si la esclavitud desapareciese, la economía se hundiría. Pero la economía no se hundió, lo que se hundió fue el modelo económico. A lo largo de la historia de la humanidad, ha habido diversidad de modelos. El actual, que no es el del feudalismo o el de las monarquías absolutas, ha creado niveles de desigualdad a los que nunca antes se había llegado. Pero si los niveles de desigualdad son mayores que nunca, también lo son los de malversación, hasta tal punto que el actual modelo económico sólo puede funcionar si se incrementan los niveles de malversación. Naturalmente, los economistas neoliberales o neokeynesianos lo desmentirían, pero nos hemos inventado la utopía del crecimiento permanente como motor de la economía. Cada día la radio nos dice que vamos bien o mal en función de los índices de crecimiento, lo cual es una barbaridad. Al igual que las personas, se crece en una etapa de la vida y se deja de crecer en otra. En realidad, lo que tenemos es una economía que debe ampliar el capital cada mañana para poder pagar las deudas generadas por el mal funcionamiento del día anterior. Los productos se deben consumir parcialmente y tirar de forma inmediata. Ello quiere decir que la economía funciona bien cuando los productos duran poco. Es una estrategia habitual a la que nos hemos acostumbrado pero que es intrínsecamente perversa.

Esta economía también está basada en las distancias y en las grandes asimetrías planetarias, ya sean de carácter demográfico, de diferencias de consumo, de incompatibilidad monetaria, etc. Se trata de una situación única en la historia. Las monedas se inventaron para facilitar el intercambio de productos, pero cuando una moneda no es intercambiable por otra, deja de ser moneda.

Àrea Olímpica de la Vall d'Hebron.

 


© Antonio Lajusticia (O.T.I.A.B.)

El deterioro ambiental se incrementa de forma progresiva hasta el punto de que lo aceptamos como consecuencia inevitable del crecimiento económico. Esto produce un trastorno planetario considerable, cuya máxima expresión son las alteraciones en los procesos atmosféricos que conllevan sensibles variaciones climáticas.

¿Pero qué es la sostenibilidad? Es el proceso de aquellas personas capaces de rechazar el statu quo para revertir esta situación. ¿Cómo se expresa? Mediante propuestas que se suman unas a otras y que van creando otro paradigma que probablemente será cuestionado dentro de unos veinticinco años.

No se puede entender el concepto de insostenibilidad si no nos aproximamos a él de una forma holística, no reduccionista, considerándolo no sólo en uno de sus aspectos sino en su totalidad. La vida es holística. Una botella de agua lo es por una combinación de elementos, no por los elementos en sí; si la rompo, seguirá habiendo vidrio y agua. El holismo intenta entender la realidad considerando los componentes y sus interacciones de una forma global.

A menudo se asimila el análisis sostenibilista y el estrictamente ecologista. Cuando el ecologismo detectó las disfunciones ambientales, fue el primero en levantar la bandera contra la insostenibilidad, pero se trata de un tema eminentemente social. Cuando nos hacen un análisis de sangre, no queremos saber cómo está nuestra sangre, sino cómo está nuestro organismo. Contemplando el estado de salud del entorno, deducimos las disfunciones de la sociedad. La ecología detecta las disfunciones, pero las causas o las soluciones no dependen de la ecología, sino del paradigma económico o social.

En cualquier caso, la sostenibilidad no consiste en hacer bien las cosas, sino en hacer bien lo que se ha de hacer. La actual situación provoca que muchos responsables públicos sean presionados para que triunfe esta equívoca manera de hacer las cosas. No consiste en mejorar el modelo sino en cambiarlo. Es una falsedad divulgar la idea de disminuir al máximo la ineficacia de las cosas insostenibles en vez de intentar diseñar cosas sostenibles.

La cuestión es si somos objeto o vehículo de la economía; la economía es la manera de ordenar nuestra vida o la actividad abstracta a la que hemos supeditado nuestra existencia.

Hay una frase que resume nuestra situación. La pronunció el presidente de Argentina en los años ochenta: "Estamos mal, pero vamos bien". De hecho, corremos el riesgo de estar permanentemente mal yendo bien, porque la insostenibilidad es la insatisfacción ante la permanente instalación en las malas condiciones, en la esperanza, quizá imposible, de que vamos bien.

Pensemos ahora en la ciudad e intentemos relacionar el concepto de sostenibilidad con el fenómeno urbano. La ciudad puede ser vista desde una óptica arquitectónica, urbanística o sistémica. La primera ha prevalecido durante años, incluso hoy en día ("la ciudad como conjunto de casas"), y la segunda es más compleja porque vertebra estas casas y crea la calle. Pero una ciudad es básicamente un sistema del que nos interesa no tanto saber de qué elementos dispone sino cómo funciona.

Hay un marco ambiental, porque, ante todo, hay un lugar (un oikos, en griego). Alguien escoge un lugar por algún motivo específico y en él se construye lo que los romanos denominaron urbs, una arquitectura o anatomía física construida sobre el oikos. Esto permite que funcione la civitas, la ciudadanía. Una ciudad no es un conjunto de edificios, sino de personas que viven en los edificios. Y la suma de todo ello constituye la polis, que es el arte de hacer funcionar el sistema global de manera civilizada, es decir, con un urbanismo adecuado que respete la ecología.

Desde el punto de vista socioecológico, ¿cuál es el problema que plantea la ciudad? Pues que los dominadores de estos ámbitos han dominado la totalidad holística del sistema, en particular los urbanistas. El político, en lugar de interesarse por el funcionamiento de la polis, se interesa por la implantación de las concepciones urbanísticas. ¿Cómo se puede hacer urbanismo sin política y política sin ecología? En el fondo, la sociología y el urbanismo son casos aislados de la ecología, de la misma manera que la medicina es un caso particular de la biología.

En cualquier caso, nuestras ciudades actuales, en las que el funcionamiento de la civitas y de la polis cuenta más que la belleza del oikos, se caracterizan por tres elementos fundamentales:

La ciudad es un espacio, al menos en Occidente, biológicamente muy poco productivo. En el término municipal no hay cultivos ni ganadería. Pero no siempre ha sido así. Antes, en la edad media, había huertos dentro de las murallas. Con el aumento de los sistemas de transporte, la cosa cambió.

La ciudad es una capital logística. Gradualmente, ha dejado de ser un lugar en el que se vivía de lo que se producía, para convertirse en un lugar donde se vive.

La ciudad es un espacio poco productivo que vertebra un amplio territorio.

Por tanto, ¿dónde acaba la ciudad? Esta es la gran pregunta de este final de siglo. No acaba, ni remotamente, en su término municipal ni en el área metropolitana. Las ciudades, a través de unas telarañas invisibles, interaccionan unas con otras. La ciudad acaba allí donde se acaban de consumir los productos que produce. Una cosa es el concepto de término municipal, un artificio administrativo con un sentido dudoso hoy en día, y otra muy distinta los límites funcionales sistémicos de la ciudad.

Si tenemos en cuenta los términos (oikos, urbs, civitas y polis) y las funciones (escasa productividad biológica, capital con funcionalidad logística y capacidad vertebradora del territorio), veremos que las ciudades son inmensas. Interpretarlas en función de su plan municipal o creer que el urbanismo depende del arquitecto municipal que decide dónde se construyen las calles es una ingenuidad que haría reír a los analistas dentro de cien años.

¿Cómo se explica entonces qué es una ciudad? ¿Cómo integrar el concepto de sostenibilidad en la educación? ¿Cómo podemos establecer unos mecanismos civiles que relacionen ciudadanía y gobierno de una forma democráticamente justa? Si no logramos dar respuesta a estas preguntas, estaremos lejos de saber lo que se debe saber para hacer bien lo que se ha de hacer. Lo demás es perversión o manierismo.

La ciudad actual no responde a muchas de estas exigencias. Por una serie de motivos, en la cuenca mediterránea se definió una estructura urbana realmente eficaz. Es el modelo de la ciudad mixta, donde todo pasa en la ciudad y donde cada una de las partes es autosuficiente. Las células, si bien se integran en el organismo, tienen entidad propia. Ante esta ciudad celularizada, los anglosajones inventaron la macrocélula, una ciudad en la que todo está separado y en la que sólo existe un núcleo. Esto provoca unos desplazamientos enormes. Si las células son pequeñas no es porque no sepan ser grandes, sino porque no les sale a cuenta. Las células se dividen cuando se invierte más energía en transmitir las órdenes que en hacer lo que dicen que se debe hacer. Las ciudades anglosajonas intentan solucionar esta cuestión incrementando la movilidad, atándose, de este modo, al automóvil. Aleja los nudos confiando en que se podrá llegar con rapidez. Pero el tiempo se pierde yendo de un sitio a otro y consumiendo energía para hacerlo. Toda esta energía no alimenta ni la felicidad del individuo ni la eficacia del sistema, sino la locura del invento.

Es un modelo insostenible. Aplicamos la tecnología para hacer posible una mala decisión. En eso consiste la insostenibilidad urbana. Es necesario reflexionar sobre esta realidad, pero su reiteración no nos llevará a ningún sitio. Iremos bien, pero estaremos mal.

Por tanto, los educadores y educadoras deben enseñar a sus educandos a utilizar sus conocimientos para trabajar menos, pero no para ser como una piedra, sino para convertirse en seres que construyan su felicidad, o al menos tiendan a hacerlo. Es evidente que se trata de un objetivo utópico, pero la educación es una tarea utópica. Así pues, se trata de utilizar un órgano tan inadecuado como el cerebro para construir una estructura de sabiduría que avance hacia una ciudad sosteniblemente posible.