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BARCELONA, MEMORIA DE UN SIGLO

     La huella urbana de     
la Dictadura

TEXTO: Josep M. Huertas i Jaume Fabre

España quedó marcada por la dictadura de Primo de Rivera durante la tercera década del siglo XX. Con su política represiva sobre los sindicatos, puso fin, por innecesario, al pistolerismo patronal y así se acabó también la violencia de los grupos obreros de acción directa. Con su política antidemocrática y anticatalanista frenó los progresos que en el terreno cultural y de la enseñanza había puesto en marcha el Ayuntamiento de Barcelona. Para ocultar la miseria cívica construyó una escenografía propagandística que tuvo en Barcelona su escaparate en la Exposición Internacional de 1929. Las obras para realizarla dejaron una marca indeleble en la historia de la ciudad: una llegada masiva de inmigrantes que buscaban trabajo dio lugar a nuevos barrios, y muchos puntos de la ciudad -y no sólo Montjuïc- cambiaron de aspecto. Desde la nueva urbanización de la plaza de Catalunya y del extremo sur de la Diagonal hasta el soterramiento del tren de Sarrià por la calle Balmes, las transformaciones urbanas fueron extraordinarias, sólo comparables a lo que sesenta años más tarde supondría la preparación de los Juegos Olímpicos de 1992.

La exposición que cambió la ciudad

La Exposición Internacional de 1929 se celebró cuando el mundo no se había rehecho todavía de las consecuencias de la Gran Guerra. La desaparición del imperio austrohúngaro había borrado del mapa la zona de librecambio más grande del continente, que había quedado sustituida por la multiplicidad de nuevos países, algunos con difícil viabilidad económica, cada uno con sus barreras arancelarias. A cambio, había nacido la URSS, pero con un sistema económico diferente del del resto de países del continente. De esta forma, todo el sistema de relaciones comerciales había quedado alterado. Además, el gobierno republicano norteamericano mantenía el aislacionismo y el proteccionismo.

También el sistema monetario había quedado sometido a tremendas turbulencias. Tras las hiperinflaciones centroeuropeas de principios de la década, Francia consiguió estabilizar su moneda en 1926, pero la dualidad entre el patrón oro y el patrón dólar, con una fracasada competencia de la libra, se mantuvo durante todo el periodo.

En 1929, Europa empezaba a ver la luz al final del túnel. Pero en el marasmo de la crisis, el fascismo había llegado al Gobierno en Italia y había puesto las bases para hacerlo en Alemania. Portugal tenía una dictadura militar desde 1926 y en el Este de Europa arraigaban también las dictaduras, civiles o militares: en Bulgaria en 1923, en Grecia y Albania en 1925, y en Polonia en 1926. Alejandro I la había impuesto en Yugoslavia a principios de 1929. En Rumania y Austria, donde el fascismo pleno no se instauró hasta los años treinta, la política estaba, como en la República de Weimar, fuertemente marcada por los grupos ultranacionalistas.

España tenía también una dictadura militar desde 1923. Fue este régimen el que, en el contexto de aquella Europa convulsionada de posguerra, vio en la organización de una exposición internacional en Barcelona la posibilidad de una operación de propaganda que, de hecho, no le sirvió de gran cosa, porque Primo de Rivera abandonó el poder, para ir a morir a París, cuando la Exposición todavía no había sido clausurada. La Expo de 1929, puesta en marcha sobre la base de la fracasada exposición de industrias eléctricas de 1914, respondía plenamente al carácter de la Dictadura: su política de obras públicas para combatir el paro, su actuación favorable a la entrada de capital extranjero, el proteccionismo industrial y el nacionalismo técnico, y la necesidad de una operación de prestigio grandilocuente. La megalomanía característica de la Dictadura –de todas las dictaduras- encontró en la Exposición de Barcelona un escaparate de primer orden.


© Arxiu Huertas

Tranvía con un buzón de correos incorporado al lado del número de la línea.

La Exposición se inauguró el 19 de mayo de 1929, en un momento de difíciles relaciones comerciales y monetarias, y cinco meses antes de que la Bolsa de Nueva York iniciara una caída vertiginosa que sumió Europa en una crisis aún más fuerte que la de los años veinte. Era la primera exposición que se organizaba después de que se hubiera creado una oficina internacional para regularlas, estableciendo su duración y el tiempo que debía transcurrir para que un mismo país pudiera volver a organizar otra. Hasta entonces, y desde que se había celebrado la primera en Londres, en 1851, se habían ido organizando con cierta anarquía.

La de Barcelona era la segunda que se organizaba en el continente europeo desde la guerra, después de la de Wembley, en 1924. Sirvió para integrar plenamente la montaña de Montjuïc en la ciudad y para transformar algunas otras zonas urbanas. Pero también sirvió, sobre todo, para que la electricidad, hasta entonces prácticamente limitada a los establecimientos públicos e industriales y a una parte de las viviendas, se convirtiera en una fuente de energía absolutamente popular, que entró ya de manera decidida en las casas, al igual que lo hicieron, gracias a ella, los aparatos de radio, un invento que hacía sus pinitos pero que habría de tener una influencia decisiva en la sociedad de los años venideros.

 

Primera piedra de los campos del Barça y del Espanyol

El 18 d febrero de 1922, el presidente del F.C. Barcelona, Joan Gamper, firmó la escritura de compra de los terrenos de Can Ribot, llamados también de Can Guerra, en el barrio de Les Corts, para edificar allí un campo de fútbol propio. Hasta entonces, y desde su fundación en 1899, el Barça había utilizado diversos terrenos alquilados.

Al día siguiente, el 19 de febrero, se puso la primera piedra. Fue una ceremonia muy lucida, con un desfile con banda de música, los cuatro equipos del club y las autoridades. No faltaron discursos.

Las obras fueron muy deprisa. Al cabo de tres meses, el 20 de mayo, ya se pudo inaugurar con otra ceremonia todavía más lucida y un partido con el equipo escocés de Saint Mirren, que el Barça ganó por 2 a 1.

1922 fue el gran año del deporte barcelonés porque el último día del año también el Espanyol colocó la primera piedra de su campo, que inauguró el 18 de febrero siguiente, y porque se jugó en la ciudad el primer partido de baloncesto de su historia entre el Laietà y el Europa. El campo del Barça en Les Corts duró hasta la inauguración del Nou Camp, el día de la Mercè de 1957; el del Espanyol, hasta la venta de los terrenos en 1998. Desde entonces juega en el Estadi de Montjuïc. En ambos casos, el espacio deportivo fue recalificado y actualmente se erigen allí conjuntos de viviendas. Un cambio que se presta a múltiples reflexiones sobre las relaciones entre los poderes políticos, los deportivos y los inmobiliarios, y sobre la cantidad de dinero que mueven actualmente las empresas en las que se han convertido aquellos clubes de aficionados fundados por Joan Gamper y por Àngel Rodríguez.

 

Einstein en Barcelona

El 23 de febrero de 1923, seis meses antes del golpe de Estado de Primo de Rivera, el científico Albert Einstein llegó a Barcelona con su mujer y se alojó en el sencillo Hotel Les Quatre Nacions, pese a que el Ayuntamiento de Barcelona le tenía reservada una habitación en el Hotel Ritz. El dueño de Les Quatre Nacions se enteró de quién era su huésped y fue a ver si podía hacer algo por él; lo encontró muy tranquilo tocando el violín. Cuando Joaquim Maria de Nadal, presidente de la Comisión Municipal de Cultura, fue a recogerlos para llevarlos al Ritz, Einstein se limitó a responder: "Yo soy un ciudadano modesto y he cogido la habitación que corresponde a mi categoría".


© AHCB-AF

Reflotamiento de la Golondrina hundida en el puerto al ser abordada por una lancha motora. El accidente provocó diez muertos.

El gran científico había venido a Barcelona invitado por el ingeniero Esteve Terrades y dio tres conferencias, todas ellas en torno a la relatividad, en medio de la expectación que despertaba la visita de un personaje tan conocido.

El 27 de febrero Einstein recibió la visita de miembros del Sindicato Único del ramo de la distribución, que le invitaron a visitar su sede en la calle Sant Pere Més Baix. Asistió y escuchó la exposición del ya famoso sindicalista Ángel Pestaña en la que explicaba lo fuerte que era en España la represión sobre la clase obrera. Einstein les dijo que seguramente era así más a causa de la estupidez que de la maldad.

Einstein, que también trabó amistad con el socialista Rafael Campalans, aprovechó el tiempo libre para conocer bien Barcelona y algunos lugares de Cataluña, como Terrassa y Poblet. Su visita a Barcelona estuvo llena de detalles, como la lista del menú de la cena que le ofreció el Ayuntamiento, que según La Veu de Catalunya "estaba bellamente impresa, en carácter gótico a dos tintas y escrita en latín relativista para conservar carácter más o menos con la teoría de la relatividad".

 

Los grandes almacenes

En 1925 se abrieron en la plaza Universitat los almacenes El Águila. Al año siguiente lo hizo Can Jorba, en el Portal de l’Àngel. No eran los primeros grandes almacenes que se abrían en la ciudad, aunque sí los que llegaron a alcanzar más popularidad.

La moda de los grandes almacenes como lugar en el que era posible comprar un poco de todo la habían iniciado establecimientos como El Siglo, en La Rambla, o Can Vicenç Ferrer, en la plaza Catalunya. Después se añadieron el SEPU, que ocupó una parte del Palau Moja, en La Rambla, y los Alemanes, en la calle Pelai, convertidos en Capitol después de la derrota nazi y finalmente desaparecidos.

El Siglo ocupaba un espacio en el que ahora está la calle Pintor Fortuny. El edificio sufrió un devastador incendio el día de Navidad de 1932 y entonces se trasladó al impresionante edificio secesionista que en 1915 había mandado construir en la calle Pelai la empresa de sastrería Fills d’Ignasi Damians. Ahora, desaparecido El Siglo, el edificio lo ocupan los almacenes C & A.

El mundo de los grandes almacenes fue quedando concentrado, de este modo, en el área de Portal de l'Àngel, plaza Catalunya, La Rambla y sobre todo, la calle Pelai. Era lógico que El Corte Inglés, cuando decidió instalarse en Barcelona en 1962, tomara la opción de la plaza Catalunya. Compró el edificio de Can Vicenç Ferrer, lo derribó y levantó su actual imperio, sin duda el número uno de los grandes almacenes, que no ha parado de crecer e incluso ha absorbido Can Jorba, desde 1999 convertido en su sección de artículos multimedia y deportivos. Esta área ha quedado fortalecida por la apertura de la FNAC en el durante tantos años lamentable Triangle d’Or que se encuentra entre la plaza Catalunya y la calle Pelai, y con la inminente inauguración de una sucursal de Marks & Spencer allí donde estuvo el Banco Central, en la confluencia de plaza Catalunya y La Rambla.

Una segunda área, la de la plaza Francesc Macià y la Diagonal hacia el sur, ha tardado mucho más en arraigar. Los que, a finales de los años sesenta, creyeron antes que nadie que podía llegar a ser el verdadero centro comercial de la ciudad, como por ejemplo los grandes almacenes de la cadena Sears, fracasaron. Pero la implantación en 1974 de un nuevo edificio de El Corte Inglés en la Diagonal, donde había estado, en la posguerra, la cárcel de mujeres, y la construcción del complejo Illa Diagonal en el solar del antiguo Hospital de Sant Joan de Déu, dentro de la revolución urbanística que supusieron los años previos a los Juegos Olímpicos de 1992, demostraron la visión de futuro de los que habían creído que no todo se acababa en el Quadrat d’Or.


© AHCB-AF

Acceso al campo de fútbol del Barça, en 1925

Los años noventa han visto la descentralización de los grandes almacenes, que han abierto sucursal en muchas ciudades catalanas. Pero eso no ha restado fuerza en absoluto a las dos áreas tradicionales de Barcelona.

Inauguración de la plaza Catalunya

El 2 de noviembre de 1927, durante la estancia de la familia real en Barcelona, Alfonso XIII inauguró la plaza Catalunya. Las estatuas se fueron colocando durante los meses siguientes y antes de la inauguración de la Exposición Internacional de 1929. Se había recorrido un largo camino para llegar a aquel momento y habían abundado más los proyectos y las discusiones que las realizaciones.

Cerdà no preveía el espacio de la plaza en su proyecto de Eixample, pero el Ayuntamiento, espoleado por los medios de comunicación y la opinión popular, decidió hacerla, después de convocar un concurso de proyectos y de conseguir que Madrid aceptara en este punto una modificación del plan de Eixample.

Partiendo de la idea de Pere Falqués, ganador del concurso de proyectos de 1877, el Ayuntamiento fue expropiando los terrenos necesarios y encargó a Puig i Cadafalch en 1915 un proyecto de urbanización que es el que finalmente se realizó, con modificaciones sustanciales de tipo monumentalista añadidas por Francesc de Paula Nebot en 1923. Las obras dieron comienzo en 1925.

Seis grupos escultóricos y 22 figuras decoran la plaza. Entre sus autores figuran los hermanos Oslé, Marès, Gargallo, Llimona, Casanovas y Calrà. Los grupos simbolizan cada una de las cuatro capitales catalanas más la sabiduría y el trabajo. Al final no se colocaron, por cuestiones de moralidad, algunos desnudos que habían sido contratados y que fueron desplazados al entonces solitario paisaje de la Diagonal, cerca del Palau de Pedralbes, donde no perturbaran la vista de nadie.

La plaza Catalunya no ha tenido suerte en lo referente a la arquitectura que la rodea ni tampoco en cuanto al uso que se ha hecho de su espacio interior, con reformas bastante desafortunadas. La guinda la puso la Generalitat, cuando presionó para que uno de los monumentos más criticados de la ciudad, dedicado a Francesc Macià y obra de Josep Maria Subirachs, fuera erigido en el extremo más concurrido de la plaza, el que da a La Rambla y a la calle Pelai.

 

 

La vida cotidiana
1920 - 1929


© Arxiu Huertas

Del lavadero a la nevera

A medida que el siglo avanza, la vida doméstica se hace más fácil, más simplificada. Incluso en los pisos más modestos, el agua (aunque no sea corriente), el gas (en muchos casos servido por contadores de monedas) y la electricidad (con pequeñas bombillas) hacen la vida más cómoda.

Aparecen auténticos lujos que sólo están al alcance de personas con posibles. Uno de ellos es la nevera eléctrica (reina triunfante de la Exposición de Barcelona), una especie de tesoro que llega del otro lado del Atlántico. El denominado Frigidaire, fabricado por General Motors, es anunciado en los periódicos como nevera electroautomática. Uno de los reclamos es que permite fabricar cubitos de hielo, tener las bebidas frías y preparar postres helados en casa.

Tendrán que pasar muchos años hasta que los inventos domésticos se popularicen. A falta de lavadoras en las casas o de productos que faciliten determinadas labores, uno de los grandes centros de la vida popular sigue siendo el lavadero, el lugar en el que se hace la colada y se prepara la lejía; pero que también es punto de encuentro, de reunión y de comentarios. Las expresiones catalanas fer bugada o fer safareig tienen un significado muy preciso. En todos los barrios de Barcelona hay lavaderos que, en muchos casos, prolongan su vida hasta bien entrados los cincuenta o sesenta, hasta que las lavadoras los arrinconan definitivamente. La última actividad de muchos de los propietarios de lavaderos, antes de cerrar, es el alquiler de lavadoras semiautomáticas por horas. Las llevan a casa y una vez ha pasado el tiempo convenido vuelven a buscarlas.

Llega la radio

Los barceloneses, que ya conocen el teléfono –pese a que su implantación es minoritaria- quedan maravillados cuando llega la radio. En Barcelona ya hay reducidos grupos de radioaficionados, pero la fecha principal es la del 14 de noviembre de 1924, cuando Ràdio Barcelona emite por primera vez y se convierte en la primera emisora de España. La radio no se hace popular de repente (entre otras cosas por los precios de los aparatos), pero todo el mundo habla de esa maravilla, una caja y un conjunto de alambres del que salen voces y músicas, aunque pocas personas la han escuchado realmente. Llegan a organizarse encuentros en cafés, tabernas o sociedades alrededor de un rudimentario aparato de galena con la esperanza de poder escuchar algo. La precariedad de los materiales hace que a veces el intento resulte inviable y se tenga que esperar a otro día.

Cuando en 1926 Ràdio Barcelona cambia sus modestas instalaciones del Hotel Colon (en cuyo terrado estaba situada la antena) por las del edificio del Tívoli, en la calle Casp, e inaugura una moderna antena en el Tibidabo, los barceloneses ganan en capacidad de audición. El Bell R-500 de galena se muestra como un buen aparato para los nuevos adelantos, pero pronto queda superado por aparatos más potentes con grandes lámparas de electrodos que son la pesadilla de las familias, puesto que se funden en los momentos más interesantes de los programas o de las retransmisiones. Desde el mismo año de su inauguración, la radio barcelonesa ofrece conciertos en directo: en 1924 de la Banda Municipal desde la Plaça del Rei, y al año siguiente de ópera desde el Liceu. Los aparatos se vuelven cada vez más grandes, más muebles, y acaban presidiendo -según la clase social- el comedor o la sala de estar.

La mujer avanza

La sociedad barcelonesa inicia la tercera década del siglo con el eco, todavía, de la Primera Guerra Mundial que ha convertido la ciudad en un ámbito mundano, lleno de vida, de dinero y de lugares de moda. Barcelona ha vivido días de gloria: se han hecho negocios, ha circulado el dinero y se ha desarrollado cierta vida canaille, reflejada en los periódicos de la época. La ciudad cuenta con cabarets, bailes, cafés, restaurantes y todo tipo de locales que no tienen nada que envidiar a los de París.

Los famosos y tópicos años veinte acentúan los aires de emancipación. La Iglesia católica -apenas recuperada de lo estremecedor de la Semana Trágica- clama contra el libertinaje y contra la relajación de las costumbres, especialmente las que afectan a la población femenina, que ha sido su tradicional clientela, y a menudo da severos toques de atención respecto a reforzar la autoridad familiar, como ocurrió con ocasión de la Santa Misión de 1917. Así, el acortamiento de las faldas y la simplificación de las prendas de vestir o el acceso a lugares prohibidos (baños, por ejemplo) es una gran característica de los años veinte, pero no la más importante: toda una generación de chicas procedentes de la pequeña y mediana burguesía y de la menestralía acceden al mundo laboral para trabajar como secretarias, mecanógrafas, taquimecanógrafas, maestras y bibliotecarias. Algunas entran tímidamente en los institutos de segunda enseñanza y una pequeña minoría accede a la universidad. Son excepciones, porque las mujeres de las clases bajas siempre han trabajado, y mucho. Algunas empresas del sector textil mantienen jornadas de escándalo y las aprendices entran con diez o doce años. La fábrica de cáñamo de Poblenou es conocida, por ejemplo, con el elocuente nombre de can arrossegadones ("arrastramujeres").

Rafael Pradas