La pervivencia de las actividades del Liceo
en estos difíciles años itinerantes -del Palau de la Música Catalana al Auditori, del
Teatre Victòria al Teatre Nacional de Catalunya o al Mercat de les Flors- ha tenido unos
efectos saludables que no podemos despreciar, ya que ha permitido discernir entre el
edificio y la institución, ha acentuado la sintonía del Liceo con una sociedad que ha
demostrado que lo siente como propio, ha abierto las temporadas del teatro a un público
nuevo que, por su edad o por la vieja etiqueta que reducía el teatro de La Rambla a un
reducto de expertos o de privilegiados, nunca había entrado en el antiguo edificio.
En la actualidad, existen perspectivas muy favorables para que el Liceo
se convierta en un espacio realmente abierto a todos. Unas perspectivas que han comenzado
a materializarse con el éxito sin precedentes de la venta de abonos para la temporada
1999-2000 y, muy especialmente, con la aceptación que han tenido las nuevas modalidades
de abonos -reducidos y populares- que permiten el acceso al teatro a un público más
amplio y joven. El proyecto artístico del Liceo y su apuesta decidida por una concepción
dinámica del arte operístico, tiene que resultar especialmente sintónico con la
mentalidad de estos nuevos públicos a los que el Liceo abre sus puertas. Se trata de
defender la ópera como arte. Un arte que no agota el sentido en los argumentos ni en las
imágenes -plásticas o literarias- sino en lo que los argumentos y las imágenes
significan, y que, por eso mismo, no los trata como una finalidad sino como un instrumento
del sentido. Un arte que no sólo habla de cosas sino en las cosas, lo que lo compromete y
condiciona la actitud perceptiva del espectador.
Paul Valéry afirmaba que el arte es una acción del receptor, un
acontecimiento realizado o actualizado por los poderes creadores del receptor estético,
es decir, que no se trata de un contemplar sino de un hacer. No es una sustancia
narcótica porque, como escribía Chaikovski a Nadeshda von Meck en 1877, la música
"no es ningún engaño de felicidad, sino una revelación".
A este hacer y a esta revelación se opone el conjunto de modelos y
experiencias previas que conforman el horizonte de expectativas. Es frecuente, incluso
entre expertos, la tendencia a conservar los bienes culturales como posesiones, como si el
goce artístico pudiera ser un simple ejercicio de reconocimiento.
El arte -decía Paul Klee- no reproduce lo que vemos, sino que nos
enseña a ver. En 1830, Caspar David Friedrich ya proclamaba que "la finalidad de un
cuadro paisajístico no es la representación precisa del aire, las rocas o los árboles
[
], sino reflejar el sentimiento que se traduce en ese paisaje, y penetrar en él,
acogerlo y transmitirlo". La reproducción o imitación de las formas heredadas
tiende a cerrar la obra de arte a cualquier demanda no previsible y oscurece y diluye el
sentido. Por eso, el director de escena, Walter Felsentein, insistía en que, para
representar una obra, había que tratarla como si nos fuera totalmente desconocida y
partir desde el comienzo. Para hacerlo así, es preciso que, a veces, el objeto se mire
sin que se reconozca. Hay que extrañar el objeto -la expresión es de Sklovski-,
prolongarlo y dificultar el proceso de percepción porque eso es lo que permite que la
información que genera el objeto se convierta en una experiencia. Una cosa es el
significado y otra muy diferente es la información artística que contiene la obra de
arte.
Cualquier arte ha de acabar luchando contra la reiteración, si desea
seguir siendo expresivo. De hecho, el fenómeno no es exclusivo del mundo del arte; en
realidad, la reiteración de un signo tiende a convertirlo en inexpresivo. Si lo que se
desea es manifestar intensamente alguna cosa, es preciso exponerla con una nueva forma.
Esto sucede tanto en el arte como en la ópera y en la vida misma. A veces, hasta los
mensajes tan cotidianos como el inevitable rótulo ferroviario del que habla Umberto Eco,
"Prohibido asomarse al exterior", por su reiteración y por haber sido
decodificados en innumerables ocasiones, deja de surtir efecto si alguien está empeñado
en asomarse por la ventana. Para que el mensaje vuelva a ser eficaz, es necesario
traducirlo a una nueva fórmula que, por inesperada o extraña, resulte impactante.
Actuamos también así, por ejemplo, cuando deseamos expresar la
alegría de reencontrar a un amigo muy querido: recurrimos a una gesticulación poco
habitual que altera el saludo convencional entre conocidos. De hecho, lo que hacemos en la
vida cotidiana -y sobre lo que los semiólogos han teorizado- se produce también en el
arte y, por tanto, también en la opera: la novedad es una condición ineludible -no una
finalidad en sí misma- para que se genere un arte capaz de conmover y de impresionar.
Pero este efusivo saludo al amigo resulta expresivo únicamente porque ya conocemos el
código convencional de los saludos. Sin este código, la efusividad del gesto sería
incomprensible y, además, inexpresable.

© Antoni Bofill |
"levgueni Onieguin", en versión de
Peter Konwitschny (1997-98)
|
Esto mismo sucede en el mundo del arte: la creatividad
estética resulta inteligible e identificable precisamente porque existe una tradición,
unos parámetros y unos modelos de referencia. Sin estos elementos, la novedad será
incomprensible. Ya lo decía Eugeni d'Ors: "Sólo existe auténtica originalidad en
el seno de una tradición. Lo que no es tradición es plagio".
Por eso mismo, es un privilegio contar, como el Liceo, con más de 150
años de historia, de tradición y de referentes. A pesar de que la finalidad última no
puede ser la originalidad, tampoco puede serlo la reiteración, por muy adornada y
fastuosa que se presente. El objetivo no puede ser imitar, sino revelar. Por ello, en
definitiva, el Contrato-programa entre el Gran Teatre del Liceu y las administraciones
públicas defiende un concepto dinámico del arte de la ópera. Hacer lo contrario sería
condenar la ópera a ser un lujo indiferente al entorno, encerrado en una caja de
terciopelo, autocomplaciente con su gloria pasada, nostálgico de sus viejos ídolos,
perfectamente prescindible.
Desde el convencimiento de que, a las puertas del siglo XXI, la ópera
puede ser aquel espejo del espectador del que habla Oscar Wilde, que apela a nuestra
experiencia común humana, nos ilusiona poder inaugurar, el 7 de octubre, la
infraestructura que debe permitir consolidar el proyecto artístico del Liceo, aumentar el
prestigio internacional del teatro, mejorar el nivel artístico de sus colectivos
estables, difundir la ópera y la danza a capas cada vez más amplias de la población,
coordinar la actividad del teatro con otros agentes culturales de la ciudad y asegurar, en
última instancia, que el Liceo sea, más que nunca, un espacio abierto a todos.