En la temporada 1993-94, uno de los
títulos elegidos por la dirección artística del Liceo como representativos de su
proyecto de renovación de la programación del teatro era Maties el pintor, de Paul
Hindemith. La obra, situada en la época de las revueltas luteranas, es una reflexión
sobre las contradicciones entre arte y poder, entre vida privada y compromiso público.
Una de las escenas más espectaculares de este Maties el pintor recogía la quema de
libros luteranos a cargo de las tropas católicas. Era una magnífica escenografía que
muy poco después de la primera función quedaría reducida a cenizas en su totalidad.
El 31 de enero de 1994, los que no creen en los milagros vieron como se
corroboraba su escepticismo. Los técnicos habían advertido muchas veces del riesgo de
seguir postergando la reforma impulsada por el Consorcio del Gran Teatre del Liceu,
prevista desde tiempo atrás. El autor del proyecto, el arquitecto Ignasi de
Solà-Morales, lo había dicho con las siguientes palabras: "Hasta ahora el Liceo se
ha salvado de milagro de la catástrofe." Todos confiaban en que el milagro duraría
todavía algunos meses más, uno o dos años, el tiempo necesario para poner en marcha el
proyecto de reforma alternativo que se había aprobado en aquellas fechas, y que había
sido denominado de mínimos, dirigido precisamente a corregir las deficiencias en materia
de seguridad, pero al final sucedió lo inevitable.
Entre las diez y media y las once menos cuarto de la mañana del 31 de
enero, mientras dos operarios trabajaban en la reparación del telón de acero que, en
caso de incendio, debía impedir que el fuego pasase del escenario a la sala otra
ironía del destino, las chispas de su soplete prendieron en los pliegues de la
guardamalleta, el cortinaje fijo de tres cuerpos que escondía la parte alta del
escenario. Algunos trozos de tela ardiendo cayeron al suelo y, aunque los trabajadores los
apagaron rápidamente y se bajó el telón de acero, todo resultó inútil: las llamas ya
habían prendido en el telón de terciopelo y subían hasta el telar y el techo.
Cuando los bomberos llegaron, pocos minutos después de las once, el
fuego ya era incontrolable. Tal vez demasiado tarde, ya que, por lo que parece, los
trabajadores habían tratado de apagar el fuego con los medios que tenían a su alcance,
en lugar de avisar inmediatamente a los servicios de extinción de incendios. Por encima
de la sala, en el desván que albergó en su día el taller del escenógrafo Mestres
Cabanes, todo estaba lleno de madera y trastos viejos que ardían vivamente. Una hora más
tarde, aquel montón de combustible ardiendo se precipitaba sobre el patio de butacas e,
inmediatamente después, el director general del teatro, Josep Caminal, anunciaba que el
siniestro era total.
Cuando, finalmente, se pudo acceder al edificio, se comprobó que, a
pesar de todo, se había salvado un parte importante: no sólo las fachadas, sino también
el vestíbulo, las escaleras, el Salón de los Espejos, las oficinas, el Círculo del
Liceo y el Conservatorio, aunque del teatro propiamente dicho sólo quedaban cuatro
paredes y el gran arco del proscenio, más o menos lo mismo que en 1861. Y lo que era más
importante: no había habido que lamentar víctimas, ya que los empleados habían podido
abandonar a tiempo el edificio, al igual que un grupo de escolares que se encontraba en
una sala anexa asistiendo a una visita guiada.
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Vista interior días después del incendio del
31 de enero de 1994
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Ésta es la historia de un desastre temido, anunciado y
casi esperado desde hacía mucho tiempo. En primer lugar, por los propios responsables del
Liceo, quienes sotto voce, como en el caso de Solà-Morales, habían manifestado sus
temores en conversaciones privadas o en informes confidenciales que, en ocasiones, se
filtraban a los medios de información. Las advertencias iban siempre en la misma
dirección, la que apuntó Josep Caminal en unas declaraciones inmediatamente posteriores
al desastre: "Pedíamos al teatro mucho más de lo que podía dar de sí." En
efecto, siempre había mucha gente que iba arriba y abajo trabajando, un grado de
ocupación muy superior al de unos años atrás, más escenografías y más aparatosas,
aparatos y focos que necesitaban de enormes cantidades de energía. "Pero, si lo
hubiese cerrado, me habrían llamado loco", añadía el director general. Sólo
faltaba que, como al final sucedió, coincidieran en el tiempo y en el espacio una serie
de circunstancias fatales.
Mientras paseaba por los pasillos, en los entreactos, el público
también solía hacerse eco del peligro, aunque sin hacer demasiado caso, como si se
tratase de un elemento más de la leyenda del Liceo, la leyenda que todo teatro que se
precie debe tener, junto al primer gran incendio de 1861, a la bomba anarquista de 1893,
al supuesto lago que se encontraba bajo el escenario, a las historias de queridas en los
antepalcos, a los festivales wagnerianos de los años cincuenta o al recuerdo de los
históricos debuts protagonizados por tantas primeras estrellas. Una leyenda de la que,
finalmente, con el incendio de 1994, se adueñó la sociedad entera como nunca antes lo
había hecho. Las llamas dieron una nueva vida al mito del Liceo, porque así es como
funcionan las tragedias.
Cuando un teatro se quema y resurge de sus cenizas, siempre hay quien
cae en la tentación de compararlo con el ave Fénix. Así lo hizo la prensa barcelonesa
con el Liceo con ocasión del incendio de 1861, como también, casi un siglo antes, lo
habían hecho los venecianos que se pusieron manos a la obra para construir un nuevo
teatro sobre las ruinas del de San Benedetto. En este caso, además, quisieron que la
nueva ópera se encontrara bajo los auspicios del mítico pájaro, quizás con la
intención de que la protegiera del riesgo de posteriores catástrofes, que, en aquel
entonces, siempre era enorme debido a la omnipresencia de la madera en los edificios y a
los sistemas de calefacción y de iluminación.
En realidad, lo que sucedió con La Fenice es que hizo honor a su
nombre con demasiada frecuencia: una vez comenzadas las obras, en 1790, el nuevo teatro se
quemó por primera vez antes de estar acabado y, en otra ocasión, en 1836. Finalmente,
casi dos años después del incendio del Liceo, la noche del 29 de enero de 1996, quedó
destruido, por última vez, a consecuencia de un siniestro que lo fue en todos los
sentidos, ya que las investigaciones posteriores determinaron que había sido provocado y
que detrás de este hecho se ocultaban intereses mafiosos relacionados con las obras que
se realizaban.
Y también, como en el caso del Liceo, se tuvo que hablar de ironías
del destino. En primer lugar, porque uno de los objetivos de la intervención a la que se
estaba sometiendo La Fenice era precisamente mejorar los sistemas contra incendio. Pero el
hecho más grave, y decisivo para que el teatro quedase totalmente destruido después de
nueve horas, fue que los canales adyacentes al teatro habían sido desecados temporalmente
para dragarlos y facilitar así el paso de las lanchas de los servicios de extinción.
La reconstrucción de La Fenice, que había de concluir en 1997, ha
sufrido considerables demoras provocadas por los enfrentamientos entre constructores y por
los procesos seguidos en los tribunales.
El del teatro veneciano sólo ha sido el último de los episodios
catastróficos que, cada cierto tiempo, protagonizan las grandes salas líricas, que
parecen envidiar el aura trágica que envuelve a los héroes que se mueven en sus
escenarios. El Covent Garden de Londres quedó destruido en 1856 por un incendio iniciado
en el taller de carpintería. La Ópera de Dresden se quemó en 1869, y más tarde, en
1945, quedó reducida a escombros durante los bombardeos aliados sobre la ciudad. La
guerra también destruyó la Ópera de Viena y el Teatro Wielki de Varsovia.
En 1951, el interior del Gran Teatro de Ginebra quedó reducido a
cenizas a consecuencia de un incendio. Más recientemente, ya en la década de los
noventa, se han quemado otros dos teatros europeos, también como consecuencia de
incendios provocados, como La Fenice: la Ópera Petruzzelli de Bari y la Ópera de
Frankfurt.