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LA HISTORIA
La formación de un gran teatro de ópera. Texto: Ramon Pla i Arxé
Los alrededores del viejo Liceo . Texto: Sempronio
Caruso, Tebaldi, Callas, Kraus, Caballé... Texto: Pau Nadal
La afición operística en Barcelona. Texto: Xosé Aviñoa
Gallos, churros e historias de amor . Texto: Pau Nadal
El milagro que no se produjo . Texto: Jordi
Casanovas
Crónicas de dos hechos trágicos del siglo XIX. Texto: Gabriel Pernau

texto: Jordi Casanovas
periodista

El milagro que no se produjo

En la temporada 1993-94, uno de los títulos elegidos por la dirección artística del Liceo como representativos de su proyecto de renovación de la programación del teatro era Maties el pintor, de Paul Hindemith. La obra, situada en la época de las revueltas luteranas, es una reflexión sobre las contradicciones entre arte y poder, entre vida privada y compromiso público. Una de las escenas más espectaculares de este Maties el pintor recogía la quema de libros luteranos a cargo de las tropas católicas. Era una magnífica escenografía que muy poco después de la primera función quedaría reducida a cenizas en su totalidad.

El 31 de enero de 1994, los que no creen en los milagros vieron como se corroboraba su escepticismo. Los técnicos habían advertido muchas veces del riesgo de seguir postergando la reforma impulsada por el Consorcio del Gran Teatre del Liceu, prevista desde tiempo atrás. El autor del proyecto, el arquitecto Ignasi de Solà-Morales, lo había dicho con las siguientes palabras: "Hasta ahora el Liceo se ha salvado de milagro de la catástrofe." Todos confiaban en que el milagro duraría todavía algunos meses más, uno o dos años, el tiempo necesario para poner en marcha el proyecto de reforma alternativo que se había aprobado en aquellas fechas, y que había sido denominado de mínimos, dirigido precisamente a corregir las deficiencias en materia de seguridad, pero al final sucedió lo inevitable.

Entre las diez y media y las once menos cuarto de la mañana del 31 de enero, mientras dos operarios trabajaban en la reparación del telón de acero que, en caso de incendio, debía impedir que el fuego pasase del escenario a la sala –otra ironía del destino–, las chispas de su soplete prendieron en los pliegues de la guardamalleta, el cortinaje fijo de tres cuerpos que escondía la parte alta del escenario. Algunos trozos de tela ardiendo cayeron al suelo y, aunque los trabajadores los apagaron rápidamente y se bajó el telón de acero, todo resultó inútil: las llamas ya habían prendido en el telón de terciopelo y subían hasta el telar y el techo.

Cuando los bomberos llegaron, pocos minutos después de las once, el fuego ya era incontrolable. Tal vez demasiado tarde, ya que, por lo que parece, los trabajadores habían tratado de apagar el fuego con los medios que tenían a su alcance, en lugar de avisar inmediatamente a los servicios de extinción de incendios. Por encima de la sala, en el desván que albergó en su día el taller del escenógrafo Mestres Cabanes, todo estaba lleno de madera y trastos viejos que ardían vivamente. Una hora más tarde, aquel montón de combustible ardiendo se precipitaba sobre el patio de butacas e, inmediatamente después, el director general del teatro, Josep Caminal, anunciaba que el siniestro era total.

Cuando, finalmente, se pudo acceder al edificio, se comprobó que, a pesar de todo, se había salvado un parte importante: no sólo las fachadas, sino también el vestíbulo, las escaleras, el Salón de los Espejos, las oficinas, el Círculo del Liceo y el Conservatorio, aunque del teatro propiamente dicho sólo quedaban cuatro paredes y el gran arco del proscenio, más o menos lo mismo que en 1861. Y lo que era más importante: no había habido que lamentar víctimas, ya que los empleados habían podido abandonar a tiempo el edificio, al igual que un grupo de escolares que se encontraba en una sala anexa asistiendo a una visita guiada.

Vista interior días después del incendio del 31 de enero de 1994

 

Ésta es la historia de un desastre temido, anunciado y casi esperado desde hacía mucho tiempo. En primer lugar, por los propios responsables del Liceo, quienes sotto voce, como en el caso de Solà-Morales, habían manifestado sus temores en conversaciones privadas o en informes confidenciales que, en ocasiones, se filtraban a los medios de información. Las advertencias iban siempre en la misma dirección, la que apuntó Josep Caminal en unas declaraciones inmediatamente posteriores al desastre: "Pedíamos al teatro mucho más de lo que podía dar de sí." En efecto, siempre había mucha gente que iba arriba y abajo trabajando, un grado de ocupación muy superior al de unos años atrás, más escenografías y más aparatosas, aparatos y focos que necesitaban de enormes cantidades de energía. "Pero, si lo hubiese cerrado, me habrían llamado loco", añadía el director general. Sólo faltaba que, como al final sucedió, coincidieran en el tiempo y en el espacio una serie de circunstancias fatales.

Mientras paseaba por los pasillos, en los entreactos, el público también solía hacerse eco del peligro, aunque sin hacer demasiado caso, como si se tratase de un elemento más de la leyenda del Liceo, la leyenda que todo teatro que se precie debe tener, junto al primer gran incendio de 1861, a la bomba anarquista de 1893, al supuesto lago que se encontraba bajo el escenario, a las historias de queridas en los antepalcos, a los festivales wagnerianos de los años cincuenta o al recuerdo de los históricos debuts protagonizados por tantas primeras estrellas. Una leyenda de la que, finalmente, con el incendio de 1994, se adueñó la sociedad entera como nunca antes lo había hecho. Las llamas dieron una nueva vida al mito del Liceo, porque así es como funcionan las tragedias.

Cuando un teatro se quema y resurge de sus cenizas, siempre hay quien cae en la tentación de compararlo con el ave Fénix. Así lo hizo la prensa barcelonesa con el Liceo con ocasión del incendio de 1861, como también, casi un siglo antes, lo habían hecho los venecianos que se pusieron manos a la obra para construir un nuevo teatro sobre las ruinas del de San Benedetto. En este caso, además, quisieron que la nueva ópera se encontrara bajo los auspicios del mítico pájaro, quizás con la intención de que la protegiera del riesgo de posteriores catástrofes, que, en aquel entonces, siempre era enorme debido a la omnipresencia de la madera en los edificios y a los sistemas de calefacción y de iluminación.

En realidad, lo que sucedió con La Fenice es que hizo honor a su nombre con demasiada frecuencia: una vez comenzadas las obras, en 1790, el nuevo teatro se quemó por primera vez antes de estar acabado y, en otra ocasión, en 1836. Finalmente, casi dos años después del incendio del Liceo, la noche del 29 de enero de 1996, quedó destruido, por última vez, a consecuencia de un siniestro que lo fue en todos los sentidos, ya que las investigaciones posteriores determinaron que había sido provocado y que detrás de este hecho se ocultaban intereses mafiosos relacionados con las obras que se realizaban.

Y también, como en el caso del Liceo, se tuvo que hablar de ironías del destino. En primer lugar, porque uno de los objetivos de la intervención a la que se estaba sometiendo La Fenice era precisamente mejorar los sistemas contra incendio. Pero el hecho más grave, y decisivo para que el teatro quedase totalmente destruido después de nueve horas, fue que los canales adyacentes al teatro habían sido desecados temporalmente para dragarlos y facilitar así el paso de las lanchas de los servicios de extinción.

La reconstrucción de La Fenice, que había de concluir en 1997, ha sufrido considerables demoras provocadas por los enfrentamientos entre constructores y por los procesos seguidos en los tribunales.

El del teatro veneciano sólo ha sido el último de los episodios catastróficos que, cada cierto tiempo, protagonizan las grandes salas líricas, que parecen envidiar el aura trágica que envuelve a los héroes que se mueven en sus escenarios. El Covent Garden de Londres quedó destruido en 1856 por un incendio iniciado en el taller de carpintería. La Ópera de Dresden se quemó en 1869, y más tarde, en 1945, quedó reducida a escombros durante los bombardeos aliados sobre la ciudad. La guerra también destruyó la Ópera de Viena y el Teatro Wielki de Varsovia.

En 1951, el interior del Gran Teatro de Ginebra quedó reducido a cenizas a consecuencia de un incendio. Más recientemente, ya en la década de los noventa, se han quemado otros dos teatros europeos, también como consecuencia de incendios provocados, como La Fenice: la Ópera Petruzzelli de Bari y la Ópera de Frankfurt.