De entrada me doy cuenta de que este
escrito es de los tiempos de Maricastaña. Con solo soltar una palabra los lectores
pondrán cara de absoluta ignorancia. La palabra: arximaga. ¿Qué es, qué era un
arximaga? Sencillamente, el encargado de formar una orquesta, de apalabrar los músicos.
Se le podía encontrar, o mejor dicho, abordar, en la Rambla del Mig, en los cafés
próximos al Liceo, el Cafè de lÒpera, el Gambrinus, el Glacier, el Oriente, la
Mallorquina
Hablo de música y del Liceo. Pero, en realidad, y en los tiempos a los
que me refiero, toda la Rambla del Mig, empezando por el Pla de l'Os, resultaba un mercado
laboral en el que, no sólo los émulos de Albéniz y de Pau Casals, sino también los
actores de teatro rivales de Borràs y de Zacconi, o los toreros que se consideraban
superiores al Gallo y a Belmonte, buscaban una oportunidad para trabajar. Solo hacía
falta un empresario que confiara en ellos. O bien, en el caso de los músicos, tropezarse
con el arximaga que precisamente estuviera eligiendo, en ese momento, a los componentes
(profesores, como se les llamaba) de la orquesta del Liceo para la siguiente temporada.
Eran muchos los músicos deseosos de saltar a la barca (foso) de
nuestra ópera. Pero también había unos cuantos que formaban parte de todas las
orquestas. En ocasiones, cuando en la misma tarde o noche les coincidían dos actuaciones,
asistían a la que les parecía más obligada y si, por ejemplo, formaban parte de la
Banda Municipal, no acudían al Liceo. Y no era extraño encontrarse en el Liceo con un
director de orquesta, batuta en mano, que descubría, desesperado, un trombón que no
había participado en ninguno de los ensayos que se habían hecho de la obra y que no era
más que un sustituto que, en el último momento y normalmente en plena Rambla, había
sido reclutado por el arximaga.
El relato de estos casos se convertía en el tema de las tertulias
musicales del barrio, como por ejemplo, la que se formó en una tienda de artículos de
viaje de la calle Sant Pau, justo enfrente de la escalera que daba acceso a los pisos
altos del Liceo. El dueño de la tienda también tenía dos empleos, ya que regentaba su
negocio y, además, formaba parte de un quinteto que actuaba a bordo de un barco de la
Compañía Transatlántica. Cualquier ocasión y cualquier lugar eran buenos para discutir
los avatares del Liceo; pero, curiosamente, la crítica más feroz surgía de un
establecimiento de venta de lámparas de la misma calle Sant Pau, propiedad de un ex
barítono hermano del empresario Joan Mestres.
Hay que recordar que, en el barrio, los empresarios del Liceo gozaban
de una popularidad mítica. Los nombres del mencionado Mestres, de Bernis, de Volpini, de
Rodés eran familiares y repetidamente pronunciados en los bares, peluquerías, peinadores
y en cualquier lugar que diera pie a la conversación. Lo bueno del caso es que la
mayoría de los que los censuraban o alababan no habían estado nunca en el Liceo; pero
eso no importaba. En la calle de Sant Pau, todo lo referente a la ópera parecía afectar
a la comunidad entera.
Huelga decir lo formidable que era el bullicio que se formaba en la
calle durante las noches de gran función, así como en toda la Rambla del Mig. En La
Rambla, los curiosos se estaban una hora de pie pendientes de la entrada del Liceo,
panorama relativamente interesante, ya que, en ocasiones sólo se podía entrever, entre
los coches, un vestido femenino de soirée con la cola arrastrando por el suelo. No
importa. Ya era suficiente. Simultáneamente, en la calle de Sant Pau, se formaba la
larguísima cola de espectadores modestos que esperaban que se abriese la puerta que
conducía al gallinero. Amenizaban la espera los gritos de los vendedores que pregonaban:
"Argumento y canto de la ópera". Gritos que, si se trataba de una función
wagneriana, eran acogidos con cierto desprecio por los fanáticos que llevaban en el
bolsillo las traducciones catalanas del musicógrafo Pena.
El escenógrafo en el estanco
La calle Sant Pau de aquella lejana época era una especie de presumida
calle mayor del barrio, cordón umbilical entre el Poble Sec y La Rambla, en la que se
podía encontrar un hotel de primera categoría, el España; tres cines: Argentina, Diana
y Monumental; una serie de peluquerías de lujo; la academia de baile de Pauleta Pàmies,
y dos librerías, Millà y Palau, santuarios de la literatura y el teatro. Lluís Millà,
dueño de una de ellas, manejaba la pluma con desenvoltura y era autor de un gran número
de monólogos. En uno de ellos, dedicado al Liceo, exactamente a una función de opera
buffa, el intérprete recitaba: "El Liceio, recarat!/ el no anar-hi em desespera
/sobretot quan bufa (sopla) el Pere / que és lo que més m'ha agradat". El supuesto
Pere bufaba (la ópera buffa) al final de la representación para apagar la iluminación
de la sala.

© AHCB - AF |
Coches de lujo esperan la salida de los
asistentes a una función de gala, el noviembre de 1958
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En la calle de Sant Pau, como quien dice a la sombra del
Liceo, se alineaban negocios que eran toda una institución, famosos en los cuatro puntos
cardinales de la ciudad. Batía todos los récords el estanco que no cerraba nunca,
situado en un pasadizo corto y estrecho, casi incrustado en el edificio del teatro. De
toda Barcelona y a cualquier hora del día o de la noche venía gente a echar cartas en su
buzón, colocado en la calle. Lo regentaban los hermanos Morros, nietos del fundador del
establecimiento. Dos hermanas eran artistas modestas: una era pintora y la otra, profesora
de piano. A pesar de que la tienda, como he dicho, era como un puño, acogía una tertulia
cuya alma era el ilustre escenógrafo Vilumara, un señor bajito con grandes patillas
canosas y un fumador de pipa empedernido.
Su tacañería era famosa. Trabajaba solo en el taller situado sobre la
platea del Liceo. Prescindía de ayudantes e incluso se hacía él mismo los trabajos
mecánicos, como pegar tiras de refuerzo en el papel de los decorados. Al subir o bajar
del taller, siempre encontraba en el estanco con quien hablar un rato. Una vez, al acabar
de llenar la pipa, pidió en el mostrador una caja de cerillas de cinco céntimos.
-Se me han acabado -le dijo el estanquero-. Coja una de diez.
-No, no
-se negó el pintor, quien unos momentos más tarde y
pretextando una diligencia urgente, salió a la calle diciendo: "Ahora vuelvo".
Una diligencia
La verdad era que, siguiendo por la calle de Sant
Pau hacia arriba, se llegaba al estanco de la Bretxa, junto a la Ronda, en donde compró
una caja de cinco céntimos y, volviendo sobre sus pasos, se integró de nuevo a la
tertulia.
El estanco, que nunca cerraba, era un privilegiado centro de
información al que llegaban las noticias antes que a cualquier otro punto de la ciudad.
Una noche, la noticia era tan terrorífica que Vilumara, aficionado a los comentarios
rotundos, exclamó: "Éste es un mundo de hijos de p
" Al darse cuenta de
que quizá había exagerado un poco, añadió: "Exceptuando a los presentes".
Manuel Fontdevila, conocido periodista, que estaba mirando una caja de habanos, se
apresuró a decirle: "Mire, Vilumara, si es por mí, no es necesario que haga
excepciones".
Antes he hablado de peinadores. En La Rambla, pared por medio con el
Liceo, se encontraba la peluquería Cebado que, en sus primeros tiempos, estaba dirigida
sólo al público masculino. Sin embargo, su fundador intuyó que podía ser un buen
negocio peinar a las mujeres, y mandó pintar en el techo una alegoría de El barbero de
Sevilla. La clientela femenina respondió positivamente y todas las divas de la Ópera,
incluida la Barrientos, se convirtieron en sus clientes. Del balcón del negocio colgaba
un rótulo con letras de hierro forjado con el nombre de Cebado. Cuando, en 1934, cerró
la peluquería y retiraron la pomposa enseña, para los vecinos de la Rambla fue como si
les sacaran una muela.
El mercado y la claque
Es lógico que, ahora, puesto a evocar cafés, dé preferencia al que,
deseoso de identificarse con el Liceo, se llamaba de la Ópera y abría sus puertas (y
aún ahora las abre) frente al teatro. Hace unos años le hicieron un lavado de cara y
restauraron su decoración más o menos noucentista, cuyo máximo atractivo radicaba en
unos espejos, grabados al flúor, que reproducían protagonistas femeninas de ópera:
Aida, Butterfly, Traviata, Tosca, Isolda
Como he dicho, al café le han lavado la
cara, pero también han reformado el mostrador, despojándolo de los últimos vestigios
del botellero, que tenía cierto aire de retablo.
Antes de la guerra, y de madrugada, a la salida de los teatros, de vez
en cuando irrumpía en el Cafè de lÒpera un grupo numeroso de gente. Con
diligencia, el dueño, el señor Doria, que presentía copiosas consumiciones, encendía
todas las luces y, libreta en mano, se apresuraba a anotar el pedido. Cuando éste se
reducía a cafés con leche, decepcionado y con disimulo, volvía a dejar el local casi a
oscuras.
En el Cafè de lÒpera, solitario y en ocasiones dando alguna
cabezada, se podía ver al periodista Josep Maria Pascual, crítico musical de La
Publicidad. Le llamaban don Pasquale y sobre él se cuentan muchas anécdotas,
probablemente falsas en su mayoría. Se dice que, llevado por su entusiasmo por el tenor
Gayarre y exagerando la amistad que les unía, escribió en una ocasión: "Con
Julián nos hubiéramos amado de consentirlo el sexo".

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Vilumara y Junyent, dos escenógrafos del
Liceo
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Evocar los castizos aledaños del viejo Liceo omitiendo al
vecino mercado de la Boqueria sería un pecado. Como verán, el nexo que utilizo para unir
estas dos instituciones, ópera y plaza de abastos, es un tanto inesperado. El punto de
unión es la pecera del Círculo del Liceo, el famoso salón desde donde unos cuantos
caballeros, de lo más respetable, arrellanados en sendas butacas, contemplaban a través
de los cristales el paso de atractivas criadas y vendedoras en sus idas y venidas al
cercano mercado.
¡Liceo y mercado de la Boqueria! Más que unidos, estaban
estrechamente vinculados en un aspecto específico y muy importante en el mundo del
teatro: la claque. Parece ser que se trata de un invento de los franceses, pero su llegada
a Barcelona, concretamente a la ópera, merece una especial mención, aunque también hay
que señalar que se debió en parte al azar. En 1882, un barítono, Sante Athos, recibía
protestas sistemáticas del público por encargo de un personaje que no podía verlo ni en
pintura. Los amigos del cantante, para dar la réplica, echaron mano de un carnicero de la
Boqueria, Joan Lligue, conocido por Noi Salau, que llevó al Liceo a un pelotón con la
consigna de aplaudir y gritar "¡bravo!" en cuanto Athos abriese la boca. A
partir de este incidente, quedó instaurada la claque en nuestro Gran Teatro. El Noi Salau
encabezaba la lista de cabos (como eran llamados los cabecillas de la claque), compuesta
sucesivamente por Villegas, empleado de la compañía del gas; Simó, dependiente del
Borsí y, por último, los Rosés, padre e hijo, forjadores de la reputación de la que
gozaba la claque del Liceo. Fue una lástima que, en 1981, el Consorcio del Teatro la
suprimiera ya que, en el momento de su disolución, cumplía noventa y nueve años de su
fundación y por doce meses no llegó a ser centenaria.
Caballos y un camello
No todas las personas que iban al Liceo veían la representación.
Entendámonos, no me refiero a aquellos, que se podían contar por docenas, movidos por el
único propósito de lucirse, de hacerse notar, como se dice corrientemente, que se
limitaban a dar vueltas por el foyer o bien a charlar en los antepalcos. Quiero dedicar un
recuerdo al personal que iba obligado por su condición de cochero o de chófer. Una vez
que habían dejado a sus pasajeros y estacionado los vehículos en la calle Fernando o en
las plazas Pi y Beat Oriol, los conductores tenían su punto de reunión preferido en la
mesa (mostrador) de refrescos situada en la entrada de la calle Sant Pau. Se daba el caso
de que su dueño, Domingo, pertenecía a la Facultad, que es como irónicamente se
autodenominaban los barceloneses amantes de los caballos. Amantes y, en ocasiones,
negociantes. El propio Domingo, en su cuadra, siempre tenía una jaca o un poni en venta,
o bien para prestar a los amigos. En la esquina de la tantas veces citada calle Sant Pau,
en la mesa de bebidas, con competencia y a veces con pasión, se discutía sobre las
cabalgaduras. Una noche, la charla tuvo un final insólito. La voz de un principiante
llamó la atención:
- ¡Ojo, muchachos! Que ya se ha acabado la función
Y señaló la puerta del escenario del Liceo por donde, con toda
prosopopeya, salía el camello que el director de la colección zoológica del Parque
prestaba para ambientar la mise en scène del segundo acto de Aida.