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LA HISTORIA
La formación de un gran teatro de ópera. Texto: Ramon Pla i Arxé
Los alrededores del viejo Liceo . Texto: Sempronio
Caruso, Tebaldi, Callas, Kraus, Caballé... Texto: Pau Nadal
La afición operística en Barcelona. Texto: Xosé Aviñoa
Gallos, churros e historias de amor . Texto: Pau Nadal
El milagro que no se produjo . Texto: Jordi
Casanovas
Crónicas de dos hechos trágicos del siglo XIX. Texto: Gabriel Pernau

texto: Sempronio
cronista de la Ciudad

Los alrededores del viejo Liceo

 

Sempronio, el viejo y memoriado cronista de Barcelona, guarda un montón de recuerdos del Liceo que conoció. En las páginas siguientes se cuentan aquellas pequeñas historias que ayudan a explicar y, sobre todo, a entender, una gran historia como la del teatro del Liceo; porque, en ocasiones, las simples anécdotas cotidianas, aparentemente insignificantes, resultan más explícitas que el lúcido relato de una noche de estreno o la rutilante carrera de un gran divo.


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De entrada me doy cuenta de que este escrito es de los tiempos de Maricastaña. Con solo soltar una palabra los lectores pondrán cara de absoluta ignorancia. La palabra: arximaga. ¿Qué es, qué era un arximaga? Sencillamente, el encargado de formar una orquesta, de apalabrar los músicos. Se le podía encontrar, o mejor dicho, abordar, en la Rambla del Mig, en los cafés próximos al Liceo, el Cafè de l’Òpera, el Gambrinus, el Glacier, el Oriente, la Mallorquina…

Hablo de música y del Liceo. Pero, en realidad, y en los tiempos a los que me refiero, toda la Rambla del Mig, empezando por el Pla de l'Os, resultaba un mercado laboral en el que, no sólo los émulos de Albéniz y de Pau Casals, sino también los actores de teatro rivales de Borràs y de Zacconi, o los toreros que se consideraban superiores al Gallo y a Belmonte, buscaban una oportunidad para trabajar. Solo hacía falta un empresario que confiara en ellos. O bien, en el caso de los músicos, tropezarse con el arximaga que precisamente estuviera eligiendo, en ese momento, a los componentes (profesores, como se les llamaba) de la orquesta del Liceo para la siguiente temporada.

Eran muchos los músicos deseosos de saltar a la barca (foso) de nuestra ópera. Pero también había unos cuantos que formaban parte de todas las orquestas. En ocasiones, cuando en la misma tarde o noche les coincidían dos actuaciones, asistían a la que les parecía más obligada y si, por ejemplo, formaban parte de la Banda Municipal, no acudían al Liceo. Y no era extraño encontrarse en el Liceo con un director de orquesta, batuta en mano, que descubría, desesperado, un trombón que no había participado en ninguno de los ensayos que se habían hecho de la obra y que no era más que un sustituto que, en el último momento y normalmente en plena Rambla, había sido reclutado por el arximaga.

El relato de estos casos se convertía en el tema de las tertulias musicales del barrio, como por ejemplo, la que se formó en una tienda de artículos de viaje de la calle Sant Pau, justo enfrente de la escalera que daba acceso a los pisos altos del Liceo. El dueño de la tienda también tenía dos empleos, ya que regentaba su negocio y, además, formaba parte de un quinteto que actuaba a bordo de un barco de la Compañía Transatlántica. Cualquier ocasión y cualquier lugar eran buenos para discutir los avatares del Liceo; pero, curiosamente, la crítica más feroz surgía de un establecimiento de venta de lámparas de la misma calle Sant Pau, propiedad de un ex barítono hermano del empresario Joan Mestres.

Hay que recordar que, en el barrio, los empresarios del Liceo gozaban de una popularidad mítica. Los nombres del mencionado Mestres, de Bernis, de Volpini, de Rodés eran familiares y repetidamente pronunciados en los bares, peluquerías, peinadores y en cualquier lugar que diera pie a la conversación. Lo bueno del caso es que la mayoría de los que los censuraban o alababan no habían estado nunca en el Liceo; pero eso no importaba. En la calle de Sant Pau, todo lo referente a la ópera parecía afectar a la comunidad entera.

Huelga decir lo formidable que era el bullicio que se formaba en la calle durante las noches de gran función, así como en toda la Rambla del Mig. En La Rambla, los curiosos se estaban una hora de pie pendientes de la entrada del Liceo, panorama relativamente interesante, ya que, en ocasiones sólo se podía entrever, entre los coches, un vestido femenino de soirée con la cola arrastrando por el suelo. No importa. Ya era suficiente. Simultáneamente, en la calle de Sant Pau, se formaba la larguísima cola de espectadores modestos que esperaban que se abriese la puerta que conducía al gallinero. Amenizaban la espera los gritos de los vendedores que pregonaban: "Argumento y canto de la ópera". Gritos que, si se trataba de una función wagneriana, eran acogidos con cierto desprecio por los fanáticos que llevaban en el bolsillo las traducciones catalanas del musicógrafo Pena.

El escenógrafo en el estanco

La calle Sant Pau de aquella lejana época era una especie de presumida calle mayor del barrio, cordón umbilical entre el Poble Sec y La Rambla, en la que se podía encontrar un hotel de primera categoría, el España; tres cines: Argentina, Diana y Monumental; una serie de peluquerías de lujo; la academia de baile de Pauleta Pàmies, y dos librerías, Millà y Palau, santuarios de la literatura y el teatro. Lluís Millà, dueño de una de ellas, manejaba la pluma con desenvoltura y era autor de un gran número de monólogos. En uno de ellos, dedicado al Liceo, exactamente a una función de opera buffa, el intérprete recitaba: "El Liceio, recarat!/ el no anar-hi em desespera /sobretot quan bufa (sopla) el Pere / que és lo que més m'ha agradat". El supuesto Pere bufaba (la ópera buffa) al final de la representación para apagar la iluminación de la sala.


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Coches de lujo esperan la salida de los asistentes a una función de gala, el noviembre de 1958

 

En la calle de Sant Pau, como quien dice a la sombra del Liceo, se alineaban negocios que eran toda una institución, famosos en los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Batía todos los récords el estanco que no cerraba nunca, situado en un pasadizo corto y estrecho, casi incrustado en el edificio del teatro. De toda Barcelona y a cualquier hora del día o de la noche venía gente a echar cartas en su buzón, colocado en la calle. Lo regentaban los hermanos Morros, nietos del fundador del establecimiento. Dos hermanas eran artistas modestas: una era pintora y la otra, profesora de piano. A pesar de que la tienda, como he dicho, era como un puño, acogía una tertulia cuya alma era el ilustre escenógrafo Vilumara, un señor bajito con grandes patillas canosas y un fumador de pipa empedernido.

Su tacañería era famosa. Trabajaba solo en el taller situado sobre la platea del Liceo. Prescindía de ayudantes e incluso se hacía él mismo los trabajos mecánicos, como pegar tiras de refuerzo en el papel de los decorados. Al subir o bajar del taller, siempre encontraba en el estanco con quien hablar un rato. Una vez, al acabar de llenar la pipa, pidió en el mostrador una caja de cerillas de cinco céntimos.

-Se me han acabado -le dijo el estanquero-. Coja una de diez.

-No, no… -se negó el pintor, quien unos momentos más tarde y pretextando una diligencia urgente, salió a la calle diciendo: "Ahora vuelvo".

Una diligencia… La verdad era que, siguiendo por la calle de Sant Pau hacia arriba, se llegaba al estanco de la Bretxa, junto a la Ronda, en donde compró una caja de cinco céntimos y, volviendo sobre sus pasos, se integró de nuevo a la tertulia.

El estanco, que nunca cerraba, era un privilegiado centro de información al que llegaban las noticias antes que a cualquier otro punto de la ciudad. Una noche, la noticia era tan terrorífica que Vilumara, aficionado a los comentarios rotundos, exclamó: "Éste es un mundo de hijos de p…" Al darse cuenta de que quizá había exagerado un poco, añadió: "Exceptuando a los presentes". Manuel Fontdevila, conocido periodista, que estaba mirando una caja de habanos, se apresuró a decirle: "Mire, Vilumara, si es por mí, no es necesario que haga excepciones".

Antes he hablado de peinadores. En La Rambla, pared por medio con el Liceo, se encontraba la peluquería Cebado que, en sus primeros tiempos, estaba dirigida sólo al público masculino. Sin embargo, su fundador intuyó que podía ser un buen negocio peinar a las mujeres, y mandó pintar en el techo una alegoría de El barbero de Sevilla. La clientela femenina respondió positivamente y todas las divas de la Ópera, incluida la Barrientos, se convirtieron en sus clientes. Del balcón del negocio colgaba un rótulo con letras de hierro forjado con el nombre de Cebado. Cuando, en 1934, cerró la peluquería y retiraron la pomposa enseña, para los vecinos de la Rambla fue como si les sacaran una muela.

El mercado y la claque

Es lógico que, ahora, puesto a evocar cafés, dé preferencia al que, deseoso de identificarse con el Liceo, se llamaba de la Ópera y abría sus puertas (y aún ahora las abre) frente al teatro. Hace unos años le hicieron un lavado de cara y restauraron su decoración más o menos noucentista, cuyo máximo atractivo radicaba en unos espejos, grabados al flúor, que reproducían protagonistas femeninas de ópera: Aida, Butterfly, Traviata, Tosca, Isolda… Como he dicho, al café le han lavado la cara, pero también han reformado el mostrador, despojándolo de los últimos vestigios del botellero, que tenía cierto aire de retablo.

Antes de la guerra, y de madrugada, a la salida de los teatros, de vez en cuando irrumpía en el Cafè de l’Òpera un grupo numeroso de gente. Con diligencia, el dueño, el señor Doria, que presentía copiosas consumiciones, encendía todas las luces y, libreta en mano, se apresuraba a anotar el pedido. Cuando éste se reducía a cafés con leche, decepcionado y con disimulo, volvía a dejar el local casi a oscuras.

En el Cafè de l’Òpera, solitario y en ocasiones dando alguna cabezada, se podía ver al periodista Josep Maria Pascual, crítico musical de La Publicidad. Le llamaban don Pasquale y sobre él se cuentan muchas anécdotas, probablemente falsas en su mayoría. Se dice que, llevado por su entusiasmo por el tenor Gayarre y exagerando la amistad que les unía, escribió en una ocasión: "Con Julián nos hubiéramos amado de consentirlo el sexo".


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Vilumara y Junyent, dos escenógrafos del Liceo

 

Evocar los castizos aledaños del viejo Liceo omitiendo al vecino mercado de la Boqueria sería un pecado. Como verán, el nexo que utilizo para unir estas dos instituciones, ópera y plaza de abastos, es un tanto inesperado. El punto de unión es la pecera del Círculo del Liceo, el famoso salón desde donde unos cuantos caballeros, de lo más respetable, arrellanados en sendas butacas, contemplaban a través de los cristales el paso de atractivas criadas y vendedoras en sus idas y venidas al cercano mercado.

¡Liceo y mercado de la Boqueria! Más que unidos, estaban estrechamente vinculados en un aspecto específico y muy importante en el mundo del teatro: la claque. Parece ser que se trata de un invento de los franceses, pero su llegada a Barcelona, concretamente a la ópera, merece una especial mención, aunque también hay que señalar que se debió en parte al azar. En 1882, un barítono, Sante Athos, recibía protestas sistemáticas del público por encargo de un personaje que no podía verlo ni en pintura. Los amigos del cantante, para dar la réplica, echaron mano de un carnicero de la Boqueria, Joan Lligue, conocido por Noi Salau, que llevó al Liceo a un pelotón con la consigna de aplaudir y gritar "¡bravo!" en cuanto Athos abriese la boca. A partir de este incidente, quedó instaurada la claque en nuestro Gran Teatro. El Noi Salau encabezaba la lista de cabos (como eran llamados los cabecillas de la claque), compuesta sucesivamente por Villegas, empleado de la compañía del gas; Simó, dependiente del Borsí y, por último, los Rosés, padre e hijo, forjadores de la reputación de la que gozaba la claque del Liceo. Fue una lástima que, en 1981, el Consorcio del Teatro la suprimiera ya que, en el momento de su disolución, cumplía noventa y nueve años de su fundación y por doce meses no llegó a ser centenaria.

Caballos y un camello

No todas las personas que iban al Liceo veían la representación. Entendámonos, no me refiero a aquellos, que se podían contar por docenas, movidos por el único propósito de lucirse, de hacerse notar, como se dice corrientemente, que se limitaban a dar vueltas por el foyer o bien a charlar en los antepalcos. Quiero dedicar un recuerdo al personal que iba obligado por su condición de cochero o de chófer. Una vez que habían dejado a sus pasajeros y estacionado los vehículos en la calle Fernando o en las plazas Pi y Beat Oriol, los conductores tenían su punto de reunión preferido en la mesa (mostrador) de refrescos situada en la entrada de la calle Sant Pau. Se daba el caso de que su dueño, Domingo, pertenecía a la Facultad, que es como irónicamente se autodenominaban los barceloneses amantes de los caballos. Amantes y, en ocasiones, negociantes. El propio Domingo, en su cuadra, siempre tenía una jaca o un poni en venta, o bien para prestar a los amigos. En la esquina de la tantas veces citada calle Sant Pau, en la mesa de bebidas, con competencia y a veces con pasión, se discutía sobre las cabalgaduras. Una noche, la charla tuvo un final insólito. La voz de un principiante llamó la atención:

- ¡Ojo, muchachos! Que ya se ha acabado la función…

Y señaló la puerta del escenario del Liceo por donde, con toda prosopopeya, salía el camello que el director de la colección zoológica del Parque prestaba para ambientar la mise en scène del segundo acto de Aida.