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EL CIUTADANO Y EL BARRIO

Imma, Joan y Maria Dolors 

TEXTO: Gabriel Pernau  FOTOS: Enrique Marco

Imma Planas Mateu,
actriz de teatro aficionada

(Sant Andreu)


Ni recuerda la primera vez que subió a un escenario. Debía tener 6 o 7 años, quizás 8. Ella acompañaba a su madre al teatro y cuando la veía actuar, reclamaba un lugar protagonista a su lado. De pequeña, hizo todos los papeles que se pueden imaginar en el teatro de un barrio popular y activo como Sant Andreu: interpretó a Patufet, un pastorcillo, un ángel, a san Miguel… Después vinieron los papeles de verdad, de verdadera actriz. En el propio Casal Catòlic, en el que debutó, intervino en zarzuelas, bailó en el grupo de coros y danzas Maragall durante más de quince años... Imma Planas quedó cautivada por el escenario. "Tiene una magia, una atracción especial, un feeling que te gusta o no te gusta. Me gusta es la posibilidad de poder ser la persona que te hubiera gustado ser o, al contrario, la persona a la que no te hubiera gustado parecerte. También sirve para olvidarte de los problemas personales. Me gusta el teatro, como actriz y como espectadora. Hace ocho o diez años no me perdía casi ni una de las obras que se estrenaban en Barcelona. Hoy no puede ser, ¡son tantas…!".

Imma Planas quiere continuar en el teatro. Prefiere actuar, pero también tiene ganas de dirigir alguna obra. De entrada, se negó, porque creía que no podía aportar nada a los actores jóvenes. Pero recientemente ha dirigido alguna pieza corta en el Centre Cívic Sant Andreu, y con éxito. Los compañeros están satisfechos con su trabajo y le han animado a continuar por este camino. Ya hace casi cuarenta años que Imma hace teatro. En los setenta participó en la fundación del grupo Ou Nou, que, junto con el grupo en el que participaba Alfred Lucchetti, creó el Sant Andreu Teatre, el mítico SAT, del que salieron tantos y tantos protagonistas de la escena catalana.

"Estuve diez años en el Ou Nou, pero el grupo se disolvió porque algunos de sus miembros se profesionalizaron. Me encontré en la disyuntiva de intentarlo yo también, pero no me atreví, supongo que por circunstancias de la vida: soy hija única, mis padres eran mayores -tienen 91 y 84 años-, la situación del teatro no era la actual y quizás pequé de cobardía al no dejar el trabajo".

A Imma Planas le encanta vivir en Sant Andreu, un barrio que, quizás por cuestiones románticas, a ella le gustaría que se segregara de Barcelona, que volviera a ser un pueblo independiente como hace cien años. Paradójicamente, cuando se le pregunta qué es lo que más le gusta de Sant Andreu, responde que el hecho de que "estás en Barcelona y a doce minutos del centro en metro, pero no en el centro". No soportaría vivir en el Eixample, dice, por el ruido y la sensación de soledad. Paseando por las calles adoquinadas de este antiguo barrio obrero, Planas se siente como en casa; se para cada cuatro pasos para atender a alguien que le saluda y asegura que, ahora, ya no tiene que desplazarse para comprar nada de lo que necesita. En la calle Gran encuentra de todo. También se alegra de que después de numerosas manifestaciones, se recuperase la Rambla "que el señor Porcioles nos quitó".

Esta mujer de cabellos lánguidos lamenta que no queden cines y la desaparición de los teatros del Centre Cultural Els Catalanistes y del SAT. "El Ayuntamiento nos prometió que se construiría un teatro y la verdad es que lo necesitamos. Yo reivindico un teatro".


Joan Múrria,
propietario de Queviures Múrria

(Eixample)

La familia Múrria ha sido testimonio de la transformación del barrio. Desde el mostrador de su colmado modernista, Joan Múrria ha vivido la terciarización y el envejecimiento de una Dreta del Eixample que lucha, contra reloj, por adaptarse a los nuevos tiempos.

Si hace treinta años vendía detergentes o cirios a una clientela eminentemente del barrio, el público de hoy es de lo más diverso. Han calculado que solo un tercio de los compradores viven en el barrio: un 20% son de fuera de Barcelona y un 10% extranjeros.

Una parte de la clientela se conforma con contemplar una joya de escaparates de madera y vidrio, llenos de letreros que todavía anuncian Licor Chartreuse, Malvasía Moscatel Robert, Manuel Raventós o Vinos de Alella. Los más gourmands -la mayoría- se decantan por la variada gama de productos que se expone en el interior y que incluye diferentes marcas de champán, cervezas de toda Europa, 211 tipos de quesos…

El hecho de pasar de los cirios y los garbanzos a manjares más exquisitos y caros fue algo más que una intuición. Corrían los años setenta, Joan Múrria vio claro que los colmados tenían que transformarse como ya hacían los de París o Londres, y él, como un reto, se lanzó a modernizar un comercio que ahora, a las puertas del año 2000, es centenario.

Queviures Múrria aparece como un reclamo turístico en todas las guías de la ciudad e incluso dispone de web propia.

Los tiempos en los que en la esquina Llúria - Mallorca había dos colmados, una lechería una mercería, un afilador, una zapatería y una relojería quedan atrás. "¡Buf, ya lo creo que ha cambiado el barrio! Hemos vivido la apertura masiva de bares, en los años setenta; la diáspora de los vecinos que se iban a la parte alta; el descubrimiento del patrimonio que se escondía tras una capa de suciedad, a partir de 1985; el incremento de la disciplina viaria… ¿Sabe? Eso de las motos por la acera es un problema de cultura y de autoridad. Existe una normativa, pero no se hace cumplir. La Guardia Urbana es gente mayor y mal pagada, y tampoco perciben que su actuación sirva de mucho. Antes, si regabas fuera del tiempo establecido, te ponían una multa. En la ciudad de hoy somos muchos, y 5.000 atolondrados distorsionan el civismo del resto. Pero si se aplica mano dura, viene la típica asociación de vecinos y dice que eso es una dictadura. Y manda, y tú a tragar. Los concejales deberían patearse su barrio cada día. También es verdad que los que causan problemas de tráfico son los mismos que tuvieron que marcharse a vivir a otros lugares. Me preocupa la contaminación, que en la tienda sufrimos en carne propia. No puedes pasar un día sin limpiar los vidrios. Estamos en un buen momento, pese a todo. Se ven edificios limpios, aunque están en manos de las grandes promotoras y de financieras de fuera. Como el centro de todas las grandes ciudades, el Eixample pierde carácter. Porque, vamos a ver: ¿quién se puede comprar un piso nuevo aquí ahora? No nos engañemos: cuatro".
La válvula de escape de Joan Múrria es la naturaleza y los viajes. Cuando habla, una parte de él parece que se encuentra a muchos kilómetros de distancia, recordando otros escenarios y otras formas de vida, no siempre más confortables que la suya.

¿Qué piensa, cuando vuelve de África, habiendo visto la miseria de cerca, y tiene que volver a ponerse detrás del mostrador a vender queso a 2.000 pesetas los 500 gramos?

"Pues pienso que hago lo que me gusta, pese a que no dejo de recordar a aquella gente. Soy consciente de que no resolvería los problemas del mundo si cediera mi tienda de buenas a primeras. Yo hago mi pequeña contribución. Tengo un acuerdo con un banco de alimentos que suministra productos a barceloneses que los necesitan. No hay que ir muy lejos para encontrar miseria".

 

Maria Dolors borrās,
profesora de encaje de bolillos

(les Corts)


Fue un shock. Para Maria Dolors Borràs fue un impacto dejar el Poble Sec, donde había vivido desde niña, y trasladarse a Manuel Girona, a un barrio de señores. Tenía 25 años y se acababa de casar. Ella estaba acostumbrada a un barrio popular, en el que las mujeres bajaban a la calle con una silla para charlar con las vecinas y en el que las relaciones eran de "tú a tú". Por Blasco Garay, donde vivía, pasaban tan pocos coches que, cuando venía uno, desde el cabo de la calle lo anunciaban a gritos. Una imagen de la infancia que no olvida son las verbenas de Sant Joan.

El padre de Maria Dolors compraba los petardos y ella y los demás niños escondían la madera en las alcantarillas para que los operarios municipales no se la llevasen.
La familia de Maria Dolors hacía tiempo que vivía en Poble Sec. El padre se había criado en una masía que se levantaba donde ahora están las piscinas municipales. Se ganaba el pan en una cantera, también de su propiedad, de Montjuïc. Por parte de madre, el abuelo era calafate. Se llamaba Pickering. "Suponemos que era un marinero inglés que se debió instalar en la Barceloneta", comenta Dolors.

Les Corts, en cambio, era un barrio todavía en construcción en 1973. Ella y su marido compraron el piso por 2,5 millones justo antes del primer boom inmobiliario. El Corte Inglés no existía, y en torno a la casa había numerosos descampados llenos de barro y desperdicios. A ella, cuando oscurecía, incluso le daba miedo bajar a la calle. Un par o tres de veces vivió la desagradable experiencia de que la confundieran con una prostituta cuando esperaba, en una esquina, un taxi. "Me sentía desplazada en el barrio; encontraba que era frío y que la gente no salía. No es que hubiera servilismo, pero lo cierto es que en las tiendas las mujeres recibían un trato distinto. No era aquello de "¿qué te pongo guapa?" del Poble Sec. Procuraba arreglarme incluso para ir a comprar, ¡imagínate! Me di cuenta de que hacía el ridículo y empecé a ir como me daba la gana. No conoces un lugar hasta que no vives en él y yo iba descubriendo, sobre todo sacando a pasear al perro, que Les Corts era un barrio como otro, que las mujeres también se quedaban hablando en la esquina. Pero ¿sabes qué pasó? Que tenía que dar explicaciones a las amigas de Poble Sec, que me decían "Como ahora vives en la parte alta…".

Maria Dolors estudió artes y oficios en la Massana y en la Llotja. Su especialidad, "mi droga", son los encajes de bolillos, especialmente en su variante más artística. Desde 1985 da clases. Ahora a los 51 años, se siente con más energías que cuando tenía 28. Se lamenta de que su profesión no sea valorada, de que lo que en otros países se considera un arte aquí sea menospreciado, considerado como un pasatiempo para mujeres mayores. Ella, sin embargo, se siente ampliamente gratificada con los cursos que imparte en Can Deu. Tiene un público variado, desde mujeres de ejecutivos hasta señoras de hacer faenas de Hospitalet. "Son mujeres muy diferentes que quizás si se hubieran encontrado en otro ámbito ni se habrían dirigido la palabra. Me encanta ver cómo van a tomar café juntas o se llaman para visitar una exposición". Maria Dolors no renuncia a su sueño: que le toque la lotería y, con el dinero, montar un taller de encajes de tipo artístico.