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LA PREGUNTA

¿Cuál es la situación de
la educación musical en Barcelona?




 

Nunca había habido tanta música clásica en Barcelona como esta temporada. La entrada en funcionamiento del Auditori y el Liceu ha multiplicado el número de conciertos, que en un año ha pasado de 281 a 403. Y ha dejado en el aire la pregunta de si esta actividad tendrá una demanda correlativa. Este panorama pone la educación musical de los ciudadanos de Barcelona en el punto de mira. ¿Qué nivel de formación musical hay en Barcelona? ¿La música está lo suficientemente presente en el mundo escolar? ¿Se está formado adecuadamente al público de mañana? El compositor Josep M. Mestres Quadreny; Jordi Roch, presidente de Juventudes Musicales de España, y Lluís Cabrera, director del Taller de Músics, dan su respuesta a estos interrogantes.

 

Recuperar
el tiempo perdido

 

Josep M. Mestres Quadreny,
Compositor


El actual desbarajuste en la educación musical de los barceloneses, como en la de todos los españoles, solo puede entenderse si se tiene en cuenta que nuestros gobernantes nunca habían legislado esta materia hasta 1990. Se ha mantenido durante siglos la flagrante ausencia de los estudios musicales en la universidad y en la enseñanza general, y únicamente habían tenido regulación los estudios profesionales, con normativas anticuadas y de evidente ineficacia. El resultado de todo esto es que somos un país atrasado e importador de música y músicos. En 1990 se aprobó la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), que por primera vez en la historia de España contempla y regula la enseñanza de la música a todos los niveles. Así pues, la educación musical tiene un antes y un después de 1990, y ahora nos encontramos justo en el momento de la transición. Es necesario que la aplicación de esta ley se lleve a cabo con acierto si queremos recuperar el tiempo perdido, cosa que no es imposible porque nuestro pueblo cuenta con una excelente cantera musical.

En Barcelona hay dos conservatorios superiores, el Municipal y el del Liceu, que han sido los depositarios y ejecutores de la inoperante y raquítica normativa. La realidad es que en estos momentos los músicos que salen del conservatorio no tienen una preparación suficiente para superar las pruebas de ingreso en la Orquestra Simfònica de Barcelona, o los que quieren ser compositores tienen que completar su formación acudiendo a clases particulares. Y para remachar el clavo, no hace mucho me comentaba un profesor de la nueva Facultad de Musicología que le llegaban alumnos, con el actual título superior del conservatorio, que desconocían la Quinta sinfonía de Beethoven. Todos estos ejemplos evidencian de forma patente la deficiente formación que han recibido.

A este déficit tenemos que añadir la inexistencia total de teóricos que deberían haberse formado en la universidad, donde estos estudios no han existido nunca, con el consiguiente menosprecio de la clase intelectual que, pese a saber de todo, afirma públicamente no saber nada de música sin ruborizarse.

Mientras tanto, las deficiencias de la enseñanza oficial han sido cubiertas por el sector privado, activo desde la segunda mitad del siglo XIX. No me puedo extender sobre la gran cantidad de escuelas y academias de música que siguiendo métodos propios al margen de normativas oficiales han alcanzado un nivel aceptable y, en algunos casos, excepcional. Algunas gozan de gran prestigio y citaré únicamente por su carácter emblemático la Escolania de Montserrat, la escuela de música más antigua de Europa, que ha sabido mantener al día los métodos de aprendizaje. Realmente estas escuelas son las que han sacado adelante la vida musical de Barcelona.

Con la nueva ley, se tiene que hacer una remodelación total de la enseñanza musical. El proyecto contempla la reconversión de los dos conservatorios actuales en profesionales, con una cualificación de grado medio, y la creación de la Escola Superior de Música de Catalunya, de rango universitario, dependiente de la Generalitat de Catalunya.

De momento, solo hace cinco años que se ha empezado aplicar la LOGSE en los conservatorios y tardaremos en ver su resultado. Pero es necesario que el nuevo replanteamiento no se limite a una redistribución de niveles. Los métodos propios del siglo XIX deben abandonarse si tenemos en cuenta que estos alumnos tendrán que ejercer en el siglo XXI. El aprendizaje debe ser acorde con la realidad de la práctica musical de nuestros días y, por tanto, estos músicos han de tener la preparación adecuada para poder ser buenos profesionales dentro de la especialidad que hayan escogido, ya sea la orquesta sinfónica, la banda, la cobla o las orquestinas y los grupos de pop. Debe introducirse la enseñanza de las nuevas tecnologías, que hoy en día ya son totalmente predominantes en la práctica real de la música para teatro, cine y publicidad. Por último, se tiene que mejorar su nivel cultural y, particularmente, el musical.

© Pau Barceló

En cuanto al grado superior, la creación de la Escola Superior de Música de Catalunya, sin lastre histórico, ofrece la gran oportunidad de crear un centro con una mentalidad moderna sobre la enseñanza de las diferentes materias y un nivel auténticamente universitario del que salgan músicos de alto nivel en todas las especialidades. Aquí nos jugamos mucho y es necesario un riguroso diseño de las materias impartidas y una cuidadosa selección del profesorado. Esta escuela todavía se encuentra en fase de proyecto, pero el acceso de la música a la propia universidad se ha podido hacer muy rápidamente gracias a la existencia de una escuela de musicología extrauniversitaria, de larga tradición y gran categoría, centrada en el aspecto histórico. Así pues, a partir de la aplicación de la LOGSE, la historia de la música ya tiene personalidad propia como departamento en las universidades y se ha creado una Facultad de Musicología en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde es de esperar que se pondrán en marcha también los estudios de las ciencias musicales, además de los puramente históricos.

Nos queda plantearnos qué pasa con la educación musical de los ciudadanos. La tradicional dejadez respecto a esta materia ha sido motivo de inquietud y preocupación por parte de los sectores musicales activos de nuestro país, que durante muchos años han clamado en el desierto. Ni que decir tiene que el sector privado también tomó cartas en el asunto con iniciativas tan diversas como bien intencionadas, pero sin un objetivo claro y común. Por un lado, diversas escuelas de primaria introdujeron por su cuenta la música en la enseñanza, pese a no ser perceptiva; por otro lado, Joventuts Musicals de Barcelona puso en marcha hace ya unos 25 años las audiciones comentadas para escolares; y aun por otro lado, basándose en el método elaborado por Irineu Segarra para la enseñanza de la música a niños, en 1973 se creó la Escola de Pedagogia Musical para la formación de especialistas. Por último, hay que destacar el importante papel de las corales y principalmente la creación de coros infantiles, bien coordinados a través de Secretariat de Corals Infantils de Catalunya. Estas iniciativas, a las que hay que sumar otras que no he citado, evidencian el elevado grado de preocupación de nuestra sociedad por la educación musical infantil.

Con la aplicación de la LOGSE, también ha llegado la hora de poner remedio a este aspecto. No obstante, ahora corremos el riesgo de perder la oportunidad si no se marca muy claramente el objetivo y se ponen los medios necesarios. Para mí está muy claro que se trata de formar melómanos y no seudomúsicos, y por lo tanto el objetivo fundamental debería ser enseñar a escuchar. De la misma manera que a los ciudadanos se les enseña a leer para que puedan practicar la lectura -cosa que se hace con un libro en la mano-, también se les ha de educar para que puedan escuchar música, pero esto no se hace con una partitura en la mano, sino mediante la asistencia a conciertos o haciendo uso de los discos o la radio.
En la realidad, la única carencia de los actuales melómanos es la de limitarse a oír en lugar de escuchar, lo que precisamente se debe a no haber recibido la educación adecuada. Así pues, es necesario que las generaciones del siglo XXI sepan escuchar.

La imitación de los métodos empleados para la formación de los profesionales, por más edulcorados, simplificados y modernizados que sean, no es válida para la formación de melómanos, porque ha sido desarrollada para la formación de instrumentistas o para el canto, que es un objetivo muy diferente. De hecho, aquéllos que quieren aprender a tocar un instrumento, aunque solo sea para su solaz, tienen la opción de inscribirse en una escuela musical, también contemplada por la nueva ley.

Yo no soy pedagogo y no sé cuál es el camino a seguir para formar a los ciudadanos oyentes de música, pero imagino que hacen falta maestros bien preparados y con capacidad para hacer escuchar música a los niños e inducirlos a hablar y discutir sobre lo que han oído, siguiendo un proceso de creciente complejidad que abarque músicas de diferentes culturas y, en particular, de la nuestra, sin olvidar los diferentes periodos históricos hasta el presente, lo que hoy en día no es complicado puesto que existen grabaciones de excelente calidad de todo tipo de músicas.

En definitiva, considero que la aplicación correcta de la nueva ley tiene que servir para proporcionar a nuestra sociedad, a lo largo del primer tercio del siglo XXI, una vida musical normal, en la que los compositores salgan preparados en las técnicas modernas y puedan expresar libremente su creatividad, en la que los instrumentistas sean exportables, en la que los críticos no sean amateurs y en la que el público sea capaz de escuchar con discernimiento todo tipo de músicas. Creo que no es pedir demasiado, pese a que, hoy por hoy, estamos bastante lejos de conseguirlo.

 

Educar mediante
la música

 

Jordi Roch,
presidente de juventudes musicales de españa
presidente de honor de juventudes musicales internacionales


Desde mi condición de directivo de Juventudes Musicales y, por lo tanto, como implicado en el proceso de difusión del hecho musical en su sentido más amplio, tengo que iniciar este escrito afirmando que la situación de la educación y la enseñanza musicales en Barcelona y, lógicamente, en Cataluña, ha mejorado sustancialmente. Se ha hecho mucho, aunque queda mucho por hacer.
Seguro que pedagogos en ejercicio y muchos músicos que han hecho de la enseñanza de la música en las escuelas su profesión podrían aportar datos que contribuirían a documentar lo que acabo de afirmar.

La preocupación por la educación musical de los niños tiene una larga tradición en Cataluña. Y justamente es en el terreno de la educación musical en las escuelas en el que maestros como Joan Llongueres, aplicando el método Jacques Dalcroze; más recientemente el padre Irineu Segarra, creador de la Escola de Pedagogia Musical, y muchos otros han hecho aportaciones sustanciales que nos han ayudado a llegar a la aplicación de la Ley de Ordenación General de Sistema Educativo, conocida como LOGSE (1990), con una acumulación de experiencias muy valiosas.

Recientemente, en la Unesco se creó la Comisión Internacional sobre la Educación en el siglo XXI, presidida por Jacques Delors, sobre la base de que "una educación mejor es esencial para la mejora de la calidad de vida y para la promoción de la armonía entre los pueblos".

Esta comisión convino en la necesidad de diseminar los siguientes principios: a) la música es un componente esencial de la identidad cultural de los pueblos y de la persona; b) la música es también un medio privilegiado de comunicación entre los individuos y entre las culturas; c) la música proporciona una experiencia única que permite a las personas de cualquier edad desarrollar su identidad y su talento contribuyendo a desarrollar su sentido de responsabilidad social.

La música, el sonido, el timbre de la voz y el canto configuran la experiencia de vida más comunicativa y asequible que se pueda imaginar, pues el niño, al nacer, depende totalmente de sus sentidos, entre los que el oído ocupa un lugar muy importante, puesto que, ya antes, percibe las vibraciones que le acompañarán durante toda su vida. Mediante el oído, el bebé establece sus primeros contactos con el medio, y mediante el grito manifiesta su presencia haciéndose audible y exigiendo una respuesta.

El gran músico Yehudi Menuhin invirtió los últimos años de su vida en difundir la idea de que las enseñanzas artísticas en la escuela, y fundamentalmente la educación musical, son sustanciales para el desarrollo psicomotriz de los niños. "Tenemos que dar a los niños -decía- la posibilidad de entregar su imaginación y sus energías a una actividad que les haga descubrir un mundo diferente al del miedo y la agresividad".

Hay que hacer que los niños conozcan la música y que participen en actividades musicales, porque la música estimula la imaginación, proporciona alegría y placer a quien la practica y eleva el espíritu fortaleciendo al mismo tiempo la inteligencia.
Por muchas de estas razones hoy se preconiza la educación mediante la música, entendiendo que los docentes deben tener los conocimientos que les permitan participar también en otros campos de la educación en la misma escuela. Y, naturalmente, al dejar la escuela primaria, los alumnos deben ampliar las nociones elementales que puedan tener entrando en el conocimiento de lenguaje musical y, sobre todo, iniciando la adquisición de una cultura musical.

En este sentido, la colaboración de Juventu-des Musicales, tanto en Barcelona como en buena parte de Cataluña, ha sido y sigue siendo de gran interés. Además, desde hace más de cuarenta años las llamadas Audiciones para la Iniciación Musical de los Escolares constituyen para los alumnos una fuente de información y enriquecimiento de su cultura musical y también un medio de sensibilización musical de gran estima. Y si en Juventu-des Musicales se incrementa el número de audiciones, otras iniciativas también muy bien enfocadas, como el ciclo Las escuelas en el Palau o las que se anuncian en el nuevo Auditori barcelonés, también deben atender una mayor demanda. De este modo, todos contribuimos a complementar la acción que los maestros de la escuela primaria y los profesores de la Escola de Música pueden llevar a cabo en el campo concreto de la instrucción, responsabilidad ésta que no nos corresponde.

"Com funciona el jazz", ciclo para escolares organizado por la Fundació "la Caixa". Estas y otras iniciativas de instituciones como Joventuts Musicals, el Palau de la Música o L'Auditori son un medio de sensibilización musical y complementan la formación musical que se imparte en las escuelas.

© Marc Coromina  

Al hablar de la Escola de Música propiamente dicha, debemos recordar que los criterios deben ser flexibles, no solo en lo referente a la edad de los alumnos -ya que pueden acudir desde niños a partir de los cuatro años, que pueden empezar el aprendizaje propio de la música, hasta jóvenes y adultos, que podrán disfrutar del placer de hacer música colectivamente-, sino también atendiendo la modalidad de escuela que tendrá que contemplar todo tipo de música. En Barcelona, hay hoy centenares de grupos musicales que practican la llamada música moderna y una buena parte de estos conjuntos son autodidactas. Las escuelas de música también se han abierto a instruir a estos jóvenes que, equipados con instrumental frecuentemente sofisticado, sienten la necesidad de expresarse musicalmente, y que muy a menudo alcanzan niveles musicales muy atractivos. Este fenómeno novedoso, y que va en aumento, en Barcelona cuenta con un alto grado de aceptación.

En realidad, el derecho fundamental de todos los humanos de tener acceso a la cultura tiene su expresión musical específica cuando el Consejo Internacional de la Música (CIM) de la Unesco se esfuerza por garantizar los derechos de toda persona sin distinción a una implicación musical libre y amplia.

El propio CIM ha divulgado estos derechos fundamentales, obligándose a hacerlos respetar:

  • el derecho de todos los niños y adultos de expresarse libremente en música y de aprender música.
  • el derecho de todos los niños y adultos de tener acceso a la música mediante la participación, la audición, la creación y la información.
  • el derecho de los músicos de desarrollar su arte y a darlo a conocer por todos los medios con la ayuda de las instalaciones apropiadas.
  • y el derecho de los músicos de un reconocimiento justo y una remuneración de sus servicios.

El interés de las escuelas en adoptar la LOGSE es una realidad. En Cataluña se ha iniciado esta aplicación antes que en ninguna otra autonomía y hoy son muchos los músicos que compaginan actividades concertísticas con colaboraciones en centros escolares. De todos modos, no está siendo fácil. Los problemas han sido, en primer lugar, la falta de profesorado con una preparación adecuada. En Barcelona, y sin duda en Cataluña, la educación musical se ha fundamentado en una tradición pedagógica que, pese a la falta de un sistema educativo estructurado en este ámbito, nos permitía avanzar tanto en la práctica como en la experimentación.

La tradición de la práctica coral -tan extendida en Cataluña, que se ha mantenido en contacto con organizaciones internacionales y en cuyo ámbito se han ido formando, mediante congresos y cursos de técnicas pedagógicas, directores amateurs que, finalmente, han resultado ser unos magníficos profesionales- ha resultado una ayuda de gran calidad tanto en la práctica musical escolar como en la tarea de mantener vivo un patrimonio musical popular, que constituye el primer contacto de los niños con la música, en casa. La comisión presidida por Delors es concluyente en este sentido. Así, la comisión establece un primer nivel, Música en Casa, que debe iniciarse ya en el estadio prenatal y que seguirá haciendo que los niños conozcan las canciones de tradición secular que son de transmisión oral y que configuran un elemento identificativo de cada cultura.

Cuando el niño va al colegio, debe seguir la educación mediante la música y debe poder practicarla en colectividad. Y, además, hoy, ya en la escuela, hay que hacer que los niños conozcan la multiculturalidad musical abriéndoles las puertas al mundo. El maestro tiene que ser un generalista de gran calidad y debe poder contar con la ayuda de los medios audiovisuales de que hoy disponemos.

La Escola de Música está dirigida a alumnos con más motivación o con más talento para el aprendizaje de la música. Estas escuelas sirven un doble propósito: dar a los alumnos la oportunidad de tener una formación musical que les permitirá hacer música activa y dignamente y, sin duda, preparar muy bien a los estudiantes que decidan hacer una carrera musical profesional. Éstos pasarán de la Escola de Música a la escuela superior, es decir, a lo que conocemos como conservatorios superiores.

¿Estamos preparados en Barcelona para avanzar en este proceso? Yo creo que lo estamos haciendo bastante bien. El descontento que manifiestan muchos maestros es precisamente por no poder aplicar la LOGSE con más rigor a causa de la falta de medios. La aplicación amplia de esta ley es cara; hay que formar más maestros y hay que dotarlos de instrumentos musicales a menudo elementales, pero en muchos casos más costosos.

Pero la divulgación de los métodos es cada vez más amplia. Las escuelas de verano alcanzan un altísimo nivel de asistencia de maestros que quieren reciclarse en las técnicas de dirección musical y de canto coral y conjuntos instrumentales.

Desde el Congreso de la Música en Cataluña que se celebró en 1994 hasta ahora, los maestros generalistas y los profesores de música se han seguido preparando para ser más efectivos en sus responsabilidades pedagógicas, y no pasa año que no se renueven los debates. Éste es un síntoma inequívoco de progreso, pues un maestro nace, no se hace. Y la educación musical en Barcelona avanza en manos de los buenos maestros que tenemos.

 

Pianos desafinados

 

Lluís Cabrera,
director de taller de músics


EAunque llevo muchos años moviéndome en el ámbito de la enseñanza musical, o quizás precisamente por eso, no quiero cometer el error de confundirlo con lo que pudiera llamarse con plena propiedad educación musical. Pero no puedo negar que, por mi estrechísimo vínculo con la enseñanza, el tema de la educación musical en nuestra sociedad ha sido central en mis meditaciones profesionales desde hace mucho tiempo; se trata de una cuestión que me apasiona y, a menudo, demasiado a menudo, me saca de quicio al constatar sus terribles déficits.

Creo que en la educación musical en nuestra ciudad (nuestro país) hay muchas cosas, demasiadas cosas, que a duras penas funcionan, muchas otras que funcionan mal y no pocas que, simplemente, no funcionan. En todo caso, el balance global es descaradamente negativo para cualquier analista que no se incline a hacer castillos en el aire mediante vacíos discursos institucionales. Así pues, me permitiré cambiar discurso teórico por reflexiones sobre prácticas bien establecidas y que considero desde entorpecedoras hasta abiertamente negativas para que sea una buena educación musical lo que tengamos en nuestro entorno.

En el apartado de las francamente negativas, pondría una sólida desidia institucional a pensar en el terreno de la música, nunca vista como lo que es -un terreno de cultura (y disfrute) muy complejo y polimorfo-, sino como una actividad que marca estatus social y que, en consecuencia, se muestra muy proclive al tejemaneje político. Aquí todavía seguimos tocando pianos de cuatro teclas (Liceu, ciclos de clásica, orquesta nacional y cantautores), y además casi siempre desafinados. Pero una colectividad con una educación musical encomiable es algo muy distinto. Sin ningún género de duda.

Negativo también, y en grado extremo, me parece el engatusamiento de incorporar la música a la enseñanza obligatoria en los términos en que lo ha hecho la LOGSE y la manera en que se ha acabado materializando. Un fracaso total, una maría para llenar programas que, más que crear adicción, provoca rechazo en los alumnos. ¿De qué está sirviendo? Pues creo que solo de tabla de salvación para licenciados en cualquier cosa que quieran salir del paro haciendo ver que enseñan cuatro lugares comunes aprendidos deprisa y corriendo y mal digeridos. Lo puedo certificar con conocimiento de causa, ya que un buen número de estos licenciados en X que profesan música vienen a preparar sus oposiciones con un cursillo de tres meses al Taller.

Estrella Morente, una de las grandes promesas del canto actual, tenía ocho años cuando asistió al seminario.

© Roberto Aguilar  

Y negativísima, por determinante en el consumo y en la creación del gusto colectivo, es la desastrosa radio que se hace en Cataluña desde el punto de vista musical. No es, ni mucho menos, un punto secundario, pues cualquiera sabe, o a estas alturas debería saber, que el medio esencial de difusión para la música es el radiofónico. Un auténtico páramo en cuanto a calidad y diversidad llena el dial de punta a punta, da igual que se trate de radio comercial o institucional (municipal, autonómica o diputacional). En cualquier ciudad de Europa con una quinta parte de la población que acoge la conurbación barcelonesa encontraremos una oferta musical radiofónica diez veces más rica, divertida, variada, estimulante, informativa y universal que la que sufrimos en Barcelona. Así se hace muy difícil que podamos hablar de la nuestra como de una buena educación musical. La prensa sirve, en esencia, para hacer dossiers; la televisión, para vender a carretadas; pero hacer llegar los miles de músicas que hay al alcance al melómano potencial es una tarea ineludiblemente radiofónica. Sin una buena radio, y la que tenemos en este momento en el país "no tiene pies ni cabeza", no mejorará la situación.

Entre las entorpecedoras, encuentro dignas de señalar muchas que afectan directamente al comportamiento de la ciudadanía barcelonesa. Hay, en nuestro público, una arraigadísima falta de curiosidad y una considerable falta de criterio. Muchos de los conciertos musicalmente más sólidos e innovadores que tienen lugar en Barcelona son un desastre de asistencia pública. Y lo más alarmante es que este desinterés y corto criterio lo muestran, también, los miembros del estamento profesional, los músicos y estudiantes de música que viven en la ciudad. Sin duda alguna. Y para percatarse de ello basta con seguir de cerca lo que pasa (y, sobre todo, lo que no pasa) por los escenarios de nuestra ciudad durante un par de temporadas.

Tampoco encuentro que haga ningún bien, sino todo lo contrario, mentir una y otra vez sobre el valor de la oferta artística con apoyo de dinero público que consumimos. Ni el Grec, en lo referente a música, es un festival de primera línea europeo (esta afirmación está a caballo entre el absurdo y la majadería para cualquier conocedor de la realidad europea mínimamente informado), ni la ciudad está bien surtida para que se haga mucha música clásica (otra cosa sería analizar la escasa diversidad de obras y autores programados) y vuelva a tener un Liceo de todos (yo diría que, como mucho, de 10.000 barceloneses; pagarlo a precio de oro, eso es lo único que sí hacemos todos), ni el Auditori (inaugurado, por cierto, con unos siete años de retraso sobre la fecha prevista, con un coste cuadruplicado y con un batallón de pulgas ocupas) será la piedra filosofal de todo lo mucho que falta para estar en primera línea europea. Se trata de una mentira flagrante que parece que nos gusta mucho reproducir desde los más inesperados ángulos, como si estuviéramos afectados por el complejo de "¡coño, qué guapa soy!".

En contrapartida, y esto no me parece precisamente una muestra de sólida educación musical (o como mínimo, de la voluntad de adquirirla), algunos intentos sin duda innovadores, con novedad y variedad, con riesgo y calidad, con apertura de horizontes geográficos, estilísticos y mentales (y no sé por qué lo que me viene a la cabeza de inmediato es la gestión musical llevada a cabo desde la Olimpiada Cultural, el contenido musical de los enterrados Festivals de Tardor o del BarceWomad, o la maravillosa experiencia del Seminario Internacional de Flamenco Carmen Amaya), ni fueron bien recibidos por parte de los que tenían en sus manos el poder político que había de mantenerlos ni recibieron una respuesta ilusionada y general entre la ciudadanía. Me parece, en definitiva, bastante decepcionante en todos los aspectos. Pese a que, claro, como soy proclive al optimismo, quiero creer que son tantas las cosas que se pueden mejorar, tantos los análisis en detalle a realizar, tantos los vacíos a llenar, que el futuro no puede depararnos otra cosa que tiempos musicalmente mejores. El trabajo nos corresponde a casi todos. Empezando, quizás, por la ciudadanía. Por una adquisición de consciencia general de dónde nos encontramos y de lo mucho que todavía nos falta para ser los que van a la cabeza en Europa en uso, consumo y disfrute órficos.