Perfil de la Barcelona gķtica
TEXTO: Xavier Hernāndez Cardona, Joan Santacana Mestre

El Consell de Cent en la baja edad media (1249-1462)
TEXTO: Sebastiā Riera Viader

Un paseo por los siglos XIV y XV
TEXTO: Teresa Vinyoles i Vidal

El "carreratge" de Barcelona
TEXTO: Maria Teresa Ferrer i Mallol



     

 

TEXTO: Xavier Hernāndez Cardona
Joan Santacana Mestre

Historiadores. Universitat de Barcelona


Perfil de la Barcelona gķtica

A mediados del siglo XIII, Barcelona presentaba una fisonomía particular: las antiguas murallas romanas, que en cierto modo delimitaban el perímetro de la cuidad, aparecían totalmente rodeadas por un conjunto de villas nuevas en expansión. En tiempos de Jaime I y coincidiendo con los importantes cambios organizativos y económicos del periodo, la ciudad decidió dotarse de un nuevo cerco de murallas que fijase con exactitud su perímetro, distinguiendo con claridad el interior del exterior, y que a la vez permitiera una defensa contra enemigos exteriores. Así, las murallas tenían una simbología y unas utilidades diversas: ejercer el control, facilitar el cobro de impuestos, marcar el territorio, mostrar la independencia de la ciudad y facilitar su defensa en caso de conflicto.

El perímetro amurallado del siglo XIII se extendía a lo largo de unos 5.000 metros con un frente abierto al mar y delimitando un área de unas 131 ha, mientras que la superficie de la ciudad romana tan sólo ocupaba unas diez. La ciudad multiplicaba por diez su extensión. Las murallas discurrían a lo largo de lo que hoy son La Rambla, la Ronda de Sant Pere, el Arc de Triomf, el paseo Lluís Companys y el Parc de la Ciutadella. Obviamente, el nuevo trazado del recinto amurallado englobaba en su interior el grueso de las villas nuevas que habían ido surgiendo.

Durante los siglos XIII y XIV la ciudad continuó creciendo y el nuevo recinto amurallado se densificó rápidamente; todo esto sucedió en un contexto de eclosión comercial y de expansión de la corona catalanoaragonesa. En previsión de que el recinto amurallado no volviera a convertirse en un dogal para la ciudad, en tiempos de Pedro el Ceremonioso empezó a construirse una nueva ampliación de la ciudad por el lado de La Rambla, que rodeaba una nueva zona, el Raval, que permitiría dar salida al continuado ritmo de crecimiento de la ciudad. Sin embargo, las crisis políticas, económicas y demográficas hicieron que el Raval estuviera prácticamente desocupado durante los siglos siguientes.

A partir de la segunda mitad del siglo XIII, y coincidiendo con la expansión del estilo urbano por excelencia, el gótico, Barcelona conoció una extraordinaria eclosión urbanística y arquitectónica que marcó para siempre su personalidad.

detalle de la calle Caputxes, en el barrio de la Ribera..

© Eva Guillamet  

En el perímetro de la antigua ciudad romana tuvieron lugar cambios importantes. Las antiguas torres romanas fueron poco a poco ocupadas a uno y otro lado, y sirvieron para adosar casas y palacios o bien para iniciar ampliaciones de éstos incluso con la construcción de grandes arcadas entre las torres.

El Palau Reial conoció sucesivas ampliaciones y dio cabida a edificaciones tan espectaculares como el Saló del Tinell y la capilla real de Santa Àgata. Un nuevo palacio real conocido como Menor se construye en el cuadrante sudoccidental de la ciudad romana. Los condes reyes hicieron de su corte un importante foco de cultura en torno al cual se reunieron todo tipo de científicos, artistas, poetas, escritores y tecnólogos.

Empezó a construirse una nueva catedral; la románica permanecería en su interior y se iría desmontando a medida que la nueva construcción iba tomando cuerpo. En torno a la Catedral aparecieron numerosos palacios y dependencias eclesiásticas: la Pia Almoina, la Casa del Degà, la Casa de l'Ardiaca; se amplió el Palau Episcopal, el Hospital de Sant Sever, la Casa dels Canonges y otros.

Las iglesias parroquiales que quedan en el interior del perímetro romano son construidas de nuevo con criterios góticos. Así aparecen nuevos edificios para las iglesias de Sant Just y Sant Pastor a la vez que se erigen Sant Jaume y Sant Miquel. El centro de poder municipal y civil se concentrará en la zona del antiguo foro romano. Alrededor de la entonces pequeña plaza Sant Jaume se levantará la imponente Casa de la Batllia General y el edificio de la Taula de Canvi, una de las primeras bancas municipales de Europa. Todavía en la misma zona, se construyó el Palau de la Generalitat, cuyas dimensiones fueron aumentando a lo largo de los años.

Dentro aún del perímetro romano podían encontrarse también numerosas calles con palacios nobiliarios y calles gremiales, sobre todo las de aquellos gremios que tenían más relación con las manufacturas para uso de la nobleza y de los poderosos. Dentro del antiguo perímetro romano se encontraba, pues, una desproporcionada concentración de poder que se manifestaba en numerosas sedes y edificios. Monarquía, Iglesia, municipio de Barcelona y Generalitat de Cataluña concentraban muy cerca sus sedes, muestra incontestable del carácter estructurante que tenía Barcelona en la construcción de Cataluña, y viceversa, muestra de que Barcelona era el producto de un traspaís amplio e inquieto.


El motor de la burguesía

Los primeros condes reyes de la Corona de Aragón habían hecho de Barcelona su capital fáctica, pero también supieron aprovechar la potencia de las iniciativas que el propio crecimiento de la ciudad había generado, cosa que llevaron a cabo de un modo inmejorable estimulando la iniciativa ciudadana sin poner freno ni al comercio ni a una manufactura en crecimiento. Una Barcelona fuerte y rica era una garantía de poder para una corona que daba coherencia a unos estados feudales siempre con tendencias centrífugas. La simbiosis entre la Corona y la ciudad fue provechosa para ambas partes. Barcelona, ciudad real, pudo disfrutar de los privilegios y del apoyo de la Corona en todas sus iniciativas, a la vez que la Corona veía legitimado su poder por la fuerza, cada vez más potente, de una ciudad fiel. El escudo de Barcelona con las cruces de la ciudad y los palos del conde de Barcelona reflejó la condición real de la ciudad.

La Corona, además, garantizaba la confluencia de recursos y esfuerzos del conjunto del territorio hacia Barcelona. La ciudad se convertía en verdadero motor de la Corona de Aragón, sobre todo en cuanto a su proyección y política internacional y veía avalado su papel estructurante del territorio.

Las iniciativas del rey Pedro el Católico y el fin desastroso de la política occitana en Muret en 1212 marcan el final del periodo plenamente feudal. A partir de este momento, la mayoría de las iniciativas, o cuando menos las más ambiciosas por parte de la Corona, irán destinadas a satisfacer las necesidades y las aspiraciones de la ciudad condal. Con el rey Jaime I, la Corona de Aragón se pone al servicio de la ciudad. Barcelona tiene que hacer frente a la pugna del comercio mediterráneo en una situación ciertamente desventajosa en cuanto a posición estratégica.

Barcelona cogió vuelo vertiginosamente durante los siglos XIII y XIV; la ciudad creció desmesuradamente y su número de habitantes llegó quizás hasta los 40.000 o incluso más, a parte de los transeúntes. Barcelona crecía hacia dentro, alcanzando niveles de funcionamiento de gran complejidad, y hacia fuera, haciendo valer su influencia institucional y la fuerza de la iniciativa privada de sus ciudadanos. Durante el siglo XIII la ciudad triunfaba plenamente como gran centro administrativo, social y económico.

Barcelona como institución hacía valer su peso directo sobre un entorno cada vez más amplio; todo el llano de Barcelona se convirtió en zona de jurisdicción barcelonesa, pero su influencia iba más allá. Numerosas villas catalanas deseosas de librarse de la tutela feudal buscaban situarse bajo la jurisdicción barcelonesa aunque la distancia geográfica fuera grande. El apadrinamiento de la villa por la ciudad se efectuaba mediante el carreratge. En otras ocasiones, Barcelona compraba o adquiría directamente territorios o villas de interés estratégico desde el punto de vista de la provisión o la expansión comercial.

Dentro del perímetro de las murallas podía encontrarse todo un universo social abigarrado y diverso de población fija y flotante. La aristocracia ciudadana estaba constituida por unas pocas familias, los ciudadanos honrados. Esta oligarquía urbana constituía la mano mayor y formaría el grueso del patriciado urbano agrupado en una especie de partido: la Biga.

La mano mediana estaba compuesta por los mercaderes y los denominados artistas. Estos últimos, al contrario de lo que pudiera parecer por su nombre, eran personas vinculadas a oficios muy relacionados con el mercadeo: especieros, pañeros y boticarios, o bien gente dedicada a actividades más profesionales como médicos, cirujanos y notarios. Los mercaderes eran el nervio de la ciudad, el grupo social con más iniciativa, dedicados a los negocios, al comercio a gran escala, a la banca, etc.

La mano menor estaba constituida por los artesanos o menestrales, dedicados a la producción manufacturera y a la venta de su producción. Las cofradías o gremios que regulaban la organización de sus actividades eran un elemento fundamental del mundo urbano. Era el grupo más numeroso de la ciudad. Los menestrales, aunque apartados de las conselleries, ya disponían de cierta representación en el Consejo Municipal en tiempos de Jaime I. A principios del siglo XV la numerosa menestralía hizo frente común con los mercaderes y así la mano mediana y la mano menor formaron el partido popular: la Busca. Esta formación pugnó contra la Biga con el fin de alcanzar el control del gobierno de la ciudad.

La población de Barcelona se completaba con toda una serie de grupos marginales y esclavos de procedencia oriental y africana. Los judíos constituían otro colectivo importante. Ocupaban la zona de los Calls mayor y menor, intramuros de la ciudad romana; disponían de diversas sinagogas y se convirtieron en una comunidad floreciente dedicada a las transacciones monetarias y a la financiación con interés, o con oficios muy especializados. Barcelona dispuso también durante la baja edad media de una numerosa población religiosa. A partir del siglo XIII, un gran número de conventos diversos ocupaba buena parte de la ciudad, sobre todo extramuros de la ciudad romana, en el Raval, más allá de La Rambla. Por último, hay que tener presente que en la Barcelona medieval existía un numeroso contingente de población flotante que se sumaba a la diversificada población fija.


El fin del sueño Mediterraneo.

La gran Barcelona gótica, cosmopolita y universal, tuvo su momento, pero las coyunturas y sucesos internos y externos desencadenaron una serie de variables que la ciudad no pudo evitar ni superar. Barcelona sobrevivió a las crisis, incluso se mantuvo y fosilizó, pero no pudo proyectar más allá la potencia que había acumulado en un periodo glorioso. Sin duda, un factor de decadencia fue el flagelo que se abatió sobre la ciudad en forma de peste negra, epidemia que se dejó sentir en toda Cataluña al igual que en toda Europa. En 1348, la peste desembarcó en Barcelona y provocó mortandades de hasta trescientas personas diarias.

La guerra de Pedro el Ceremonioso contra Castilla resultó costosa, pero los peores conflictos vendrían después. La extinción del Casal de Barcelona y la entronización de los Trastámara en contra de los intereses de Cataluña fueron un fuerte golpe, pero después todavía vino el enfrentamiento y guerra civil entre la Generalitat y Juan II, que significó una conmoción política, económica y social para el país. Esta guerra se mezcló con los conflictos urbanos campesinos. En Barcelona el partido popular, la Busca, protagonizó encarnizadas luchas por arrancar el poder a la oligarquía urbana, la Biga; de resultas de estas bregas, la ciudad se convirtió en un campo de batalla con disturbios constantes que contribuyeron al declive de Barcelona.

También hay que tener en cuenta el impacto turco. La expansión del Imperio otomano por la península Balcánica, Anatolia, Palestina y el norte de África condicionó el acceso occidental a los puertos comerciales terminales de Oriente, contribuyendo a la decadencia generalizada del comercio mediterráneo. Por otro lado, el Mediterráneo había dejado de ser el único y gran mercado. En el norte de Europa, el desarrollo de las ciudades hanseáticas había configurado un área comercial atlántica importantísima. Cuando a este factor se sumaron las navegaciones hacia América y hacia la India rodeando África, el comercio mediterráneo quedó relegado definitivamente a un segundo término.

Barcelona, con un traspaís desbaratado, con un Estado que no podía competir con otras potencias europeas y que pronto sería absorbido por la macromonarquía de los Habsburgo, entró en cierta decadencia. La situación estratégica desventajosa de Barcelona respecto al Atlántico sería un nuevo obstáculo. A principios del siglo XVI, los días de gloria de la potencia barcelonesa estaban contados. Barcelona continuaría siendo una ciudad grande e importante en el marco de la monarquía de los Habsburgo, pero ya no volvería a ser la potencia decisoria y estructurante que había sido en el periodo medieval.