Perfil de la Barcelona gótica
TEXTO: Xavier Hernàndez Cardona, Joan Santacana Mestre

El Consell de Cent en la baja edad media (1249-1462)
TEXTO: Sebastià Riera Viader

Un paseo por los siglos XIV y XV
TEXTO: Teresa Vinyoles i Vidal

El "carreratge" de Barcelona
TEXTO: Maria Teresa Ferrer i Mallol



     

 

TEXTO: Teresa Vinyoles i Vidal
Historiadora. Universitat de Barcelona


Un paseo por los siglos XIV y XV


De buena mañana…

De buena mañana se abren los portales de la muralla y entran los campesinos y campesinas de los aledaños con capazos y cestos llenos de alimentos para llevarlos al mercado. Las amas de casa o las sirvientas o esclavas de las familias pudientes abren las puertas de las casas que quedan cerradas solo de noche, y ya muy temprano se pueden ver grupos de vecinas que salen a hilar al banco de piedra que hay junto al portal; allí ellas intercambian noticias y conocimientos y se sociabilizan los niños. La ciudad al rayar el alba se ha puesto en marcha.


El ambiente agrario

La ciudad es artesanal, marinera y mercantil, pero como todas las ciudades de aquel tiempo, un poco campesina. No es hasta después de 1300 cuando se prohibe que vayan por las calles los cerdos que crían los barceloneses para su consumo y que muy probablemente se comen los desechos que se tiran a la vía pública. Asimismo, las mieses se trillan en cualquier sitio; las improvisadas eras urbanas no se limitan hasta el año 1335, pero todavía a finales del siglo XV se trilla la mies en las eras de la calle Tallers.

Dentro de la ciudad viven algunos hortelanos y labradores, especialmente en el Raval. La mayor parte de los ciudadanos cultivan huertos en los patios de las casas, en las huertas de Sant Pau o bien fuera de las murallas en el huerto y la viña de la ciudad. A finales del siglo XV se continúa pisando la uva en las entradas y algunos crían pollos y gallinas en patios y desvanes.

Las parroquias del territorio están habitadas por payeses, muchos de los cuales viven bajo el dominio de algún señor eclesiástico laico; algunos burgueses invierten en tierras, habitan parte del año en las torres diseminadas por el llano, administran su producción y viven esencialmente de las rentas agrarias. En plena revuelta remença, en febrero de 1450, los consellers barceloneses constatan que los payeses del Vallès han ofrecido resistencia al veguer y que "esto son las primicias de todo mal, ya que después del trueno viene la lluvia". La revuelta se extiende entre los campesinos del llano: por encima de la Trinidad, pasado Sant Andreu, se reúnen payeses armados con ballestas y lanzas. La revolución campesina llega a las puertas de la ciudad.


El ambiente urbano

A lo largo de los últimos siglos medievales se da un cambio de las formas de vida y de mentalidades, la ciudad se vuelve cada vez más urbana. Se tiene como prioridad la defensa, como puede verse con la construcción de las murallas, pero también se cuida el aspecto de la ciudad. No deja de resultar curiosa la ordenanza del año 1302 que manda retirar las pintadas de las paredes; gracias a ella comprobamos que algunos barceloneses saben escribir, que algunos se atreven a pintar en las paredes y que los consellers no tienen el mismo sentido de la estética que los improvisados pintores y no comparten los lemas que escriben.

Desde mediados del siglo XIV se urbanizaban algunas plazas -la del Blat, la plaza Nova y la de Sant Jaume- con miras a reservar espacios abiertos, y se ensancha el Born, espacio para fiestas y torneos. El escenario de la vida del pueblo urbano es a menudo la calle, donde se producen manifestaciones públicas diversas. Las autoridades ordenan la vida en la calle, los pregoneros dan a conocer las prohibiciones y las informaciones a toque de trompeta. Todo en la ciudad medieval entra por los sentidos, los símbolos visibles y los mensajes orales llegan a la mayoría iletrada. En los mercados, en las iglesias, en las fuentes e incluso en torno a las horcas se congregan grupos de curiosos, de gente sencilla que está dispuesta a maravillarse por todo.

Entre otras novedades, a finales del siglo XIV, los barceloneses encargan la realización de una campana para que dé las horas de día y de noche, que toca desde el nuevo campanario de la sede gótica gracias a la acción de dos percusores que miden el tiempo con un reloj de arena. Los ciudadanos ya no miran el sol para conocer la marcha del tiempo, ni se ocupan en exceso de las horas canónicas que rigen la vida de parroquias y conventos. Hacen que se den las horas civiles con un reloj manual que se convierte en símbolo de la vida urbana. La campana, fabricada en Barcelona y pagada por los ciudadanos, es transportada con carretas enramadas hasta la Catedral. El obispo la bautiza en el portal de la sede, con el nombre de Honorata, y apadrina el acto el conseller jefe. A continuación, se sube con grandes trabajos al campanario y el día 28 de noviembre de 1393 a las seis de la tarde empieza a dar las horas. Los barceloneses al son de la "grande, bella y notable campana de las horas" siguen su ritmo laboral, alimentario y festivo, hasta que Honorata es herida en el asedio de 1714 y condenada a muerte.


El ambiente marinero

Un rasgo esencial de Barcelona es su carácter marinero. Eiximenis, conocedor de diversas ciudades europeas de su tiempo y enamorado de la vida urbana, señala que la ciudad ideal debe estar cerca del mar. El mar, en su opinión, da riqueza, alegría, sabiduría, prudencia, conocimientos y diversidad a las ciudades de la costa. La documentación de los últimos siglos medievales nos muestra que buena parte de la actividad de los barceloneses se vincula al comercio y a la marinería.

La Barcelona gótica está abierta al mar; la fachada marítima es un espacio dinámico. Durante el siglo XIV esta vitalidad se concreta en grandes construcciones y reformas urbanísticas: la obra de la Llotja Nova de los mercaderes acabada en 1392, el Pallol o Porxo del Blats, la nueva Pescateria, la nueva Drassana, la calle Canvis, los soportales de la Fusteria y de los Encants, la plaza del Vi, el crecimiento del barrio marinero de la Ribera, la construcción de la nueva iglesia de Santa Maria, verdadera catedral del mar.

Maqueta de la ciudad medieval que se conserva en el Museu d'Història de la Ciutat.

© MHCB  

La Ribera es una zona muy activa y bulliciosa que debemos identificar con el sonido de la gente y el olor a pescado y a mar. Mercaderes y ganapanes van y vienen; los patrones de naves contratan marineros con una firme palmada que los compromete para un viaje quién sabe a qué lugar de ultramar, quién sabe si con retorno o sin él. Se varan las nuevas naves al mar delante de los soportales de los Fusters. A veces hay amotinamientos de remeros en la playa, se avisa de la presencia de naves piratas desde las vigías de Montjuïc o Montgat con velas de día y hogueras de noche, incluso hay batallas navales delante de la costa de la ciudad con abordajes de naves visibles desde la playa. Los esclavos y esclavas son desembarcados de las naves y conducidos a la Llotja para su venta, mientras calafates y carpinteros de ribera ultiman las barcas que tienen que hacerse a la mar.

En la playa se pueden oír gritos en lenguas de todo el Mediterráneo. Muy cerca se vende el malcuinat, una especie de caldo muy sencillo y bastante hediondo que sólo se permite vender aquí y en la puerta del burdel y que representa un plato caliente para marineros y demás gente de paso. Todo este sector es singularmente conflictivo durante la segunda mitad del siglo XIV. Especialmente problemáticas son las barracas de los pescadores: los consellers dan órdenes de registrarlas para buscar frutas y otros productos de huerta robados. Con la edificación de la muralla de mar y de levante, el barrio de la Ribera queda integrado en la ciudad; en cambio, las barracas quedan todavía más al margen y pescadores y gente sencilla se aventuran a edificar nuevas barracas cada vez más lejos del recinto, a lo largo de la costa, desde el final de la muralla de Barcelona hasta Montgat.


El ambiente de trabajo

Las calles son estrechas y se ven empequeñecidas por bancos de piedra, mesas y mostradores que entorpecen el paso a los viandantes. El ambiente general es de una gran actividad, por doquier se observa el trajín de piedras que vienen de Montjuïc; la fiebre constructora no se detiene durante los últimos siglos medievales: edificios religiosos y civiles se erigen según el nuevo estilo gótico, dando un aspecto elegante y sobrio a la ciudad.

Muchos menestrales durante buena parte del año salen a trabajar a la calle, donde confeccionan los objetos que ellos mismos o sus mujeres o hijos venden, mostrándolos a menudo en la vía pública en mostradores y colgadores que protegen de la lluvia o del sol con toldos Esto dificulta el paso de personas, carros y caballos por las calles. Las autoridades limitan, por un lado, las zonas por las que pueden pasar animales de carga; es decir, tenemos ya en el siglo XIV calles solo para peatones. Por otro lado, se intenta controlar la instalación de mostradores fuera de los portales de las casas de artesanos y tenderos, si bien a menudo no se consigue. Especialmente los carpinteros y toneleros dificultan el paso al pozo del Estany, al que las vecinas acuden en busca de agua, y a la plaza en la que se vende carbón; los colchoneros y manteros entorpecen el tránsito en la plaza del Born. Algunos menestrales hacen que se vean de lejos los símbolos de sus oficios; las tabernas, posadas y otras casas en las que se vende vino, lucen, al menos desde el siglo XIV por orden de los consellers, un ramo sobre el portal.

Los mercados se extienden por las calles de la ciudad en puestos improvisados. Cada cosa se vende en su sitio: la plaza del trigo, del mijo, de las coles, de las cerezas, del aceite, del vino, de la paja… señalan los mercados que los días laborables por la mañana se llenaban de gente, gritos, colores y olores. A mediodía se desmontan los puestos del mercado y quedan sólo los desperdicios en el suelo que las vecinas, de mala gana, tienen que limpiar.


El ambiente festivo

En la ciudad cualquier acontecimiento extraordinario puede ir acompañado de desfiles, torneos, cabalgatas u otros actos festivos, más o menos organizados por la ciudad. Se celebran entradas de reyes y otros personajes importantes, noticias de victorias militares, llegadas de reliquias, bodas o nacimientos de príncipes, e incluso entierros de personas relevantes están revestidos de gran pompa. También hay fiestas de tipo más popular y espontáneo: las características de las expresiones festivas populares en la calle se pueden concretar en hogueras, fuegos artificiales, enramadas, música y danza. La gente viste sus mejores galas, incluso se pide que con motivo de algunas fiestas señaladas todo el mundo se quite el duelo para que el ambiente de las calles respire alegría.

Las fiestas en Barcelona tienen un carácter vistoso y solemne. Muntaner nos habla en estos términos del recibimiento que la ciudad y el rey Jaime I dieron a Alfonso el Sabio de Castilla en 1274: "De Barcelona no me hace falta escribir, pues podéis imaginaros cómo fueron aquí recibidos, que mucho habría que contar; mas así como Barcelona es la más noble cuidad y la mejor que haya el señor rey de Aragón, así descollaron la fiesta y los juegos entre los de todas las demás ciudades". Las hogueras o alumares son símbolo de gran alegría. Se encienden en los campanarios y en las murallas para celebrar victorias o llegadas de personajes importantes. Por ejemplo, para celebrar la llegada del príncipe, yerno del rey, en 1503 se encienden "como es costumbre" hogueras en las murallas y en las montañas y villas cercanas. Se celebran torneos en el Born -que en 1424 se amplió para conseguir un espacio más amplio para las fiestas-, se organizan cabalgatas por la ciudad la mañana de Año Nuevo y de San Juan, se celebran concursos de tiradores de ballesta con un premio consistente en una joya pagada por la ciudad. A finales del siglo XV se documentan quintanes, como por ejemplo en agosto de 1481. Las quintanes son juegos caballerescos que consisten en colocar sobre una madera una figura que representa un guerrero. Los hombres a caballo deben embestir con la lanza y dar al muñeco en medio del pecho; si dan en otro punto, el muñeco gira sobre un eje y golpea al caballero inexperto. También se simulan batallas navales en la playa.

La Iglesia durante los siglos medievales también interviene para hacer suya la fiesta en la calle. Por ejemplo, algunas manifestaciones populares se sintetizan en las procesiones. Especialmente importante es la de Corpus, que intenta aglutinar una serie de manifestaciones culturales populares y cristianizarlas: entremeses, enramadas, fuegos artificiales, música, teatro, danza, gente disfrazada de ángeles y diablos, y animales fantásticos de cartón hacen acto de presencia en las calles e iglesias. Después de comer, empieza la procesión, precedida por la custodia, que sale del Pla de la Seu, pasa por la plaza del Blat, Bòria, Montcada, entra en Santa Maria y vuelve a la Catedral por Argenteria. Todas las calles están enramadas. Un rasgo peculiar de esta fiesta es la presencia de animales fantásticos, de grandes dimensiones, construidos con cartón y pintados que danzan con entremeses y fuegos artificiales como acompañamiento. En Barcelona hay dos figuras de este tipo, la Víbora y el Águila, que debían ser unos elementos festivos reconocidos, ya que fueron enviados a Zaragoza para celebrar la fiesta de la coronación de rey Martín.


Al anochecer

Al anochecer suena el seny del lladre, se cierran los portales de la ciudad y también las puertas de las casas. Después de cenar, la gente se queda cerca del fuego en invierno o se asoma a la ventana en verano. Las noches son oscuras, las calles no acostumbran a tener alumbrado; si alguien sale de casa de noche, tiene que llevar una lámpara, puesto que si sale disimuladamente, puede convertirse en sospechoso de alguna fechoría. Las noches son oscuras y normalmente silenciosas, salvo que grupos de jóvenes se reúnan para cantar improperios contra alguien, a pesar de que esté prohibido, o bien que algún enamorado se dedique a cantar alboradas para cortejar a su chica.