Perfil de la Barcelona gˇtica
TEXTO: Xavier HernÓndez Cardona, Joan Santacana Mestre

El Consell de Cent en la baja edad media (1249-1462)
TEXTO: SebastiÓ Riera Viader

Un paseo por los siglos XIV y XV
TEXTO: Teresa Vinyoles i Vidal

El "carreratge" de Barcelona
TEXTO: Maria Teresa Ferrer i Mallol



     

 

TEXTO: Maria Teresa Ferrer i Mallol
Historiadora. Instituciˇ MilÓ i Fontanals (CSIC)
e Institut d'Estudis Catalans


El "carreratge" de Barcelona

La asociación y confederación de municipios, unidos para la defensa de sus intereses, aparece en Cataluña en la baja edad media bajo la forma de las instituciones llamadas veinatge y carreratge (1).

El veinatge entre municipios fue en sus orígenes una asociación entre una ciudad o villa importante y alguno o algunos villorrios de los alrededores. A cambio de la protección jurídica, política y militar que la ciudad o villa más potente dispensaba a los núcleos de poblaciones menores acogidos en su veinatge, estos lugares tenían que pagar una cantidad anual al municipio que los había amparado, proporcionada a la población que tenían, y debían participar en la hueste municipal. En una época en la que las luchas nobiliarias y las ambiciones territoriales de los señores vecinos atemorizaban a las poblaciones pequeñas, era importante contar con la ayuda militar y jurídica de una ciudad o villa grande para defender los intereses propios y mantener el orden.

No era menospreciable, además, la posibilidad de beneficiarse de los privilegios y franquicias de las que disfrutarían las ciudades y villas grandes.

Para la ciudad o la villa receptora, la acogida de estas localidades menores significaba un aumento de la propia influencia y del peso político que tenía y una ampliación de territorio seguro a su alrededor, libre del odiado poder de los barones. Lleida, Cervera, Girona y Perpinyà tuvieron muchos sitios acogidos en su veinatge.

¿Y Barcelona? No tenemos noticia de pactos de veinatge, por lo que se refiere a Barcelona, hasta finales del siglo XIV. Barcelona disfrutaba de un territorio extenso, en el que tenía la jurisdicción criminal, aunque no poseyera su señorío; este territorio iba de Montgat a Castelldefels y, hacia el interior, del Coll de Finestrelles a Collserola, Vallvidrera y hasta Molins de Rei. Esta jurisdicción quedaba reforzada por la organización del sagramental, una milicia vecinal, que se encontraba bajo el patronato de la ciudad. Esta organización de policía cívica había nacido en el ámbito de Baix Llobregat en 1258 a fin de perseguir a los numerosos malhechores que tenían atemorizada a la población de los alrededores de Barcelona, sin que los oficiales reales pudiesen hacer nada para evitarlo. Desde el año 1314 se extendió a la veguería de Barcelona y Vallès, y Juan I la amplió aun, a finales del siglo XIV, a las veguerías de Osona y Bages y a la viceveguería de Moià.

Las facultades jurisdiccionales que ya tenía Barcelona en los alrededores y el poder de intervención en un territorio todavía más amplio que le proporcionaba el sagramental explican que no hubiera mostrado interés por las asociaciones de veinatge hasta que la presión de la Corona la indujo a entrar en esta vía.

Efectivamente, fue la Corona la que determinó la extensión de la asociación de municipios, que ahora conocemos como carreratge, a fin de dar garantías de permanencia en el brazo real a las villas y lugares que asumen el pago de las cantidades por las que la Corona había empeñado anteriormente la jurisdicción local. Los objetivos de este carreratge inspirado por la Corona eran, pues, diferentes de los del antiguo veinatge; si éste intentaba proteger a las poblaciones pequeñas de la violencia nobiliaria, el carreratge fue una protección contra la tendencia irrefrenable de la Corona a empeñar el patrimonio real.


La redenciˇn jurisdiccional

DDesde el siglo XIII, las rentas ordinarias y extraordinarias del rey eran insuficientes para hacer frente a los gastos crecientes de la Corona catalanoaragonesa, especialmente los gastos de la guerra. Los donativos de Cortes llegaban tarde y, además, solían ser insuficientes, de modo que los reyes acudían a la solución de enajenar los bienes del patrimonio real, entre los que figuraba la jurisdicción real sobre muchos lugares y villas de Cataluña. El recurso al empeño provocaba, sin embargo, la señorialización y privatización del gobierno y de la administración de la justicia en la mayor parte de Cataluña. Si la consolidación de la institución monárquica llevaba a un gobierno público centralizado, opuesto a la disgregación del poder de época feudal, la inadecuación de los recursos financieros del incipiente Estado moderno obligaba a tomar el camino contrario.

Las enajenaciones o ventas de bienes de la Corona se llevaban a cabo siempre con carta de gracia, es decir, con pacto de retroventa. De hecho, se trataba de un empeño temporal; cuando la Corona disponía de recursos, los recuperaba. Dicha recuperación, que se denominaba luición o redención, solía conseguirse con la contribución, primero parcial y después total, de la población afectada.

Las localidades que volvían a la jurisdicción real, pagando el precio por el que la Corona las había enajenado anteriormente, recibían la seguridad de no volver a ser separadas de la Corona; pero los apuros financieros de la corte hacían olvidar estos compromisos. Había poblaciones que habían sido nuevamente empeñadas después de pagar una, dos e incluso tres veces la redención y de recibir cada vez un privilegio de unión perpetua a la Corona.
Siendo así, es comprensible que las poblaciones en trámite de redención exigieran más garantías de unión a la Corona para alejar definitivamente la posibilidad de una nueva venta por parte del rey, que después obligara a pagar otra reversión, cuyo peso se dejaba sentir y durante largo tiempo sobre las finanzas públicas y privadas de cada población.

Por esta razón, empezó a imponerse en las capitulaciones o pactos para la redención jurisdiccional, además del compromiso de unión a la Corona, una cláusula según la cual la nueva enajenación por parte de la Corona comportaría la pérdida para el rey de la jurisdicción y otras regalías del lugar y el traspaso a una ciudad o villa cercana. A menudo se añadía que dicho lugar sería considerado carrer (2) de la correspondiente ciudad o villa, de modo que no podría ser separado de ella y sus habitantes tendrían los mismos derechos y privilegios que los de aquellas ciudades o villas.

Más adelante, la fórmula del carreratge se fue perfilando con pactos para convertirse en carrers de una ciudad o villa acogedora de manera inmediata, como fórmula disuasiva y no como respuesta a un incumplimiento real futuro y pertinaz.

Además de las habituales garantías de inseparabilidad de la Corona, el rey se vio obligado a ofrecer franquicias de impuestos y privilegios diversos, según las conveniencias de cada lugar, para animar a los vecinos a pagar la reversión al patrimonio real. Muchos pequeños pueblos pudieron estrenar así gobierno municipal y bailía local.
Estos nuevos bailes, aunque fueran oficiales reales, tenían que ser vecinos de la población, y favorecieron un acercamiento de la justicia y la administración real a la gente.

Miniatura que ilustra el "Llibre verd", del siglo XIV, compilación de los privilegios otorgados por la Corona a la ciudad para su organización.

© AHCB Arxiu Fotogràfic. Rosa Feliu  

Barcelona, al principio, contempló el carreratge con recelo porque temía que de él se derivara algún perjuicio para la ciudad. Sin embargo, muy pronto empezó a colaborar, no sólo porque reforzaba la Corona, sino, sobre todo, porque debilitaba el poder nobiliario.


¿Qué podia ser carrer de Barcelona?

No podía ser carrer de Barcelona un lugar sometido a jurisdicción señorial; los lugares que, pese a haber sido aceptados como carrers de Barcelona, fueron enajenados nuevamente más adelante dejaron de ser carrers. En cambio, podía ser carrer de la ciudad cualquier lugar que hubiera tramitado su retorno a la jurisdicción real, que lo pidiera al rey y que fuera aceptado por la ciudad. En principio, lo habría podido ser cualquier población que se encontrase dentro de la jurisdicción real, pero al monarca no le interesaba demasiado que lo fuera un lugar consolidado dentro de su jurisdicción, porque el carreratge significaba una disminución de la potestad real directa, ya que la ciudad acogedora tomaba posesión de la villa o lugar que se convertía en carrer. Así pues, al rey sólo le interesaba el carreratge cuando esta figura jurídica servía para apartar del sector nobiliario o eclesiástico una jurisdicción que antes había sido real.

La función motora del rey y de sus asesores jurídicos se ve con claridad en el caso de Igualada, que fue la primera villa aceptada como carrer por Barcelona. Igualada solicitó su incorporación a la ciudad de Barcelona como carrer en 1381, en las capitulaciones realizadas con el monarca para evitar la venta del señorío de la villa a su poderoso y odiado vecino, el conde de Cardona. El rey aceptó esta posibilidad, e incluso quizás la sugirió, y llevó a cabo todas las gestiones posibles para que Barcelona consintiera.

En 1381, antes de que los consellers hubieran revisado los capítulos entre el rey e Igualada y hubieran dado su consentimiento a la consideración de esta villa como carrer de la ciudad, los habitantes de Igualada, por orden de Pedro el Ceremonioso, ya enviaron la hueste para que siguiera a la bandera de Barcelona en una incursión de castigo contra el conde de Empúries. Los consellers reaccionaron con recelo ante tanta solicitud y recomendaron a los capitanes de la hueste barcelonesa que admitieran a la de Igualada cortésmente, pero sin ordenarle nada, porque no querían que, si encontraban después algo perjudicial en los capítulos de la unión, los de Igualada pudieran alegar que ya estaban unidos de hecho a Barcelona. Parece que Barcelona no aceptó totalmente la unión de Igualada hasta 1385, cuando el rey declaró que los habitantes de Igualada pasarían a ser hombres propios de los consellers de Barcelona, en nombre de la ciudad, y que les tendrían que prestar juramento y homenaje de obedecerles y seguirles cuando saliera la bandera de la ciudad en hueste o cabalgada, tanto real como vecinal.

Cabe preguntarse también si había alguna exigencia de proximidad física para poder acceder a ser carrer de Barcelona. Las capitulaciones de redención de finales del siglo XIV en adelante nos demuestran que para pedir ser carrer de una ciudad no era necesario que los respectivos núcleos urbanos estuvieran próximos y que, de hecho, podían estar bastante alejados; baste recordar que solicitaron ser carrers de Barcelona lugares tan distantes de la ciudad condal como Tona o la Vall de Ribes o, más adelante, Ripoll y Cambrils.

¿Era sólo el prestigio de Barcelona, la seguridad de contar con una protección más fuerte o con franquicias y privilegios más sustanciosos lo que llevaba a villas y lugares lejanos a solicitar su unión a la capital y no a la ciudad o villa cabeza de veguería más cercana? Es posible que en muchos casos estos factores fueran decisivos, pero también es muy probable que hubiera otras razones, como por ejemplo la rivalidad o fricciones con la capital regional, que hicieran poco deseable depender totalmente de ella. Puede ser éste el caso de Moià y de Santpedor, que podían haber escogido ser carrers de Manresa y que prefirieron serlo de Barcelona.

La diferencia de ámbito territorial entre la ciudad madre y estas dos villas-carrers comportó algunos problemas con Manresa. Resultaba evidente que era necesario armonizar la veguería de pertenencia con el vínculo establecido con la ciudad de Barcelona. La fórmula empleada para Igualada, que entonces dependía de la veguería de Vilafranca, y también para Moià, que dependía de la de Manresa y Bages, fue la de volver a crear viceveguerías para cada una de estas villas y hacerlas depender de la veguería de Barcelona, de modo que desde 1393 los vegueres barceloneses se titularon vegueres de Barcelona, Vallès, Moià y Moianès, y desde 1399, de Barcelona, Igualada, Vallès, Moià y Moianès. Tona, que dependía de la veguería de Osona, había pedido en las capitulaciones de la redención pasar a Barcelona y le fue concedido si no se causaba perjuicios a terceros, es decir, si Vic no impugnaba.
No parece que hubiera problemas en la Vall de Ribes, que contaba con un veguer perpetuo, Francí de Ribes, que había ayudado económicamente a la redención del valle.

Todavía eran menos los problemas que podían haber, al menos en lo referente a tensiones con otras autoridades, en el numeroso grupo de poblaciones del Vallès, del Maresme y del Baix Llobregat que se convirtieron en carrers de Barcelona. Pertenecían a la veguería de Barcelona y por lo tanto no había fricciones con ninguna otra capital.
Otros lugares fracasaron en su intento de llevar a cabo la redención jurisdiccional y unirse a la ciudad de Barcelona, por ejemplo el castillo de Oló y el valle de Aguiló, situados en Bages. Cuando ya se había realizado todo el proceso de redención, el baile de Barcelona ya había tomado posesión de ellas y los habitantes ya habían prestado juramento y homenaje a un síndico de la ciudad, el tribunal real dictaminó que la jurisdicción que tenía el monasterio de Santa Maria de l'Estany sólo provenía en parte del patrimonio real y que, por lo tanto, no era redimible. El fracaso de la anexión provocó un grave deterioro de la convivencia en ambos lugares. La gente no quería desdecirse del juramento prestado a Barcelona para volverlo a prestar al monasterio del Estany; tuvieron que ser forzados a ello y el miedo a las posibles represalias que pudiera tomar el monasterio provocó que mucha gente huyera de sus casas.

Muchos de los lugares unidos a Barcelona con esta figura jurídica no fueron carrers de una manera continuada porque, pese a la fórmula que tenía que resultar salvadora, fueron enajenados nuevamente una o dos veces. Sin embargo, hay que reconocer que el carreratge, que sobrevivió al menos hasta el siglo XVII, fue una contribución importante de las grandes ciudades y de algunas villas reales catalanas a la consolidación del territorio no señorial. A pesar de que no siempre consiguió librar a las villas y lugares que eran carrers de nuevas separaciones de la Corona, especialmente después de la guerra del Principado de Cataluña contra Juan II, la situación se habría visto muy empeorada sin la existencia de este vínculo y sin el esfuerzo de Barcelona por mantenerlo.


(1): Término catalán que designa el derecho según el cual una población sujeta a baronía pasaba a formar parte de una población real en los siglos XIV y XV.

(2): Población que, habiendo obtenido el derecho de carreratge, era considerada calle de una ciudad o una villa de jurisdicción real.