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EL CIUTADANO Y EL BARRIO

 




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Lulu, Eduard y Francesc 

TEXTO: Gabriel Pernau

Lulu Hernández,
Artista de circo

(Nou Barris)


Se llama María Dolores Hernández, pero prefiere que la llamen Lulu. Su nombre artístico es Lupita Montoya, o sencillamente Lupa. Tiene 33 años y trabaja en un circo. Es malabarista, pero prefiere aparecer en la revista como artista de circo; reivindica que lo que hace en el Desastrosus Circus es un arte escénico. Descubrió el circo cuando se trasladó a Roquetes, barrio del distrito obrero de Nou Barris, donde ahora vive. Los nueve primeros años los había pasado en Ciutat Meridiana, uno de los barrios extremos de la ciudad. Vivía en Barcelona, pero no tenía conciencia de ello; conocía escasamente el centro por las esporádicas veces que sus padres la llevaban a ver la cabalgata de Reyes. Y nada más. La existencia de la pequeña Lulu transcurría en la calle, entre los inmensos bloques de pisos que rematan el extremo norte barcelonés, entre las autopistas y Collserola. "Fue una infancia feliz, pero aislada", recuerda.

El traslado al corazón del Raval, en pleno chino, a los 9 años, supuso una verdadera escuela de la vida, más incluso que el García Morato o el instituto Folch i Torres, donde estudió. Allí se hizo una coraza, pero también descubrió las "flores de personas" que el azar situó en su camino. Allí supo que había mujeres que se prostituían, niños que inhalaban droga, policías que pegaban a los negros. Aprendió a plantar cara a los yonquis que la querían atracar: "¿Y por qué no te vas a robar a alguien de Sant Gervasi?", les decía.

Lulu Hernández habla fuerte y directo. Si es cierto que hay orígenes que marcan, el suyo es de los que más. "Tenías que hacerte a la supervivencia en el barrio", rememora al evocar los diez años en el Raval. "Tenía todos los números para acabar siendo una yonqui. Aquello era totalmente diferente a lo que había conocido hasta entonces. La cara positiva es la gente estupenda que conocí. Un grupo de jóvenes, entre los 14 y los 16 años, batallamos mucho para crear un casal donde pudieran ir los niños desatendidos. Por eso me dolió el trato que se dio al caso de pederastia que apareció vinculado al casal"

A los 19 años, Lulu vive su segundo gran cambio. Su afición por la montaña la lleva a iniciar la carrera de geología, y el deseo de espacios abiertos, a trasladarse a Roquetes. "Esto huele a limpio y ves el sol todo el día, no sólo una hora, como en el Raval".
La frialdad de las aulas la lleva a abandonar los estudios un año después de haberlos empezado. En la misma época, se inicia la actividad circense en el Ateneu Popular de Nou Barris y ella, que es un culo inquieto, se vincula al mismo. De entrada, como simple aficionada. Aprende a hacer malabarismos con bolos, pelotas y el palo chino, y lo hace tan bien que sus nuevos compañeros le proponen unirse a la compañía surgida sólo un año antes. Hoy, su vinculación al circo es tan intensa que ya no podría vivir sin él.
Como hacía de adolescente, sigue luchando. No por los niños del Raval, barrio con el que asegura haber cortado los vínculos, sino por el circo. Es su nueva vida. Da clases a los que empiezan y, periódicamente, se va de bolos con el Desastrosus Circus. Además, con Payasos sin Fronteras ha estado tres veces en Bosnia y una en Nepal. Ha viajado con el objetivo de arrancar una sonrisa a los niños que lo pasan mal. Y es que, si se mira bien, quizá no se ha separado tanto del Raval y del Casal Infantil como ella cree.".


Eduard Bosque,
"Casteller" y luthier

(Sants)

De niño, siempre le había gustado construir cosas con las manos. Quizá heredó las manitas de su padre, tornero de profesión. En su taller hizo los primeros experimentos con la madera. Se construyó cajas, pequeñas esculturas y un día, con 20 años, se atrevió incluso con una guitarra eléctrica. Le quedó tan bien que fue a enseñarla a un luthier de Ciutat Vella y un mes más tarde trabajaba para Xavier Vidal i Roca como aprendiz.

Atrás dejaba un primer curso frustrado de la carrera de Químicas. Eduard Bosque Miñana (23 años) no estaba hecho para los estudios. "Tocaba la guitarra eléctrica en un grupo del barrio, en la fiesta mayor, y el primer trabajo que me planteé fue hacerme luthier. Me presenté en el taller de Xavier Vidal, donde me habían dicho que buscaban un aprendiz, sin saber demasiado de qué iba. De este mundo, me atraía la posibilidad de crear un objeto con las manos, y que éste produjera música. El luthier no hace una pieza funcional, como una silla, sino un utensilio artístico". Eduard se considera afortunado. Ha conseguido trabajo en uno de los pocos talleres de luthería que hay en Barcelona. Afirma que el oficio ha progresado notablemente, en los últimos años, con la llegada de artesanos extranjeros. A él le hubiera gustado aprender el trabajo en una escuela, en el extranjero, pero no se queja. Por sus manos pasan hoy instrumentos musicales que quizá no lleguen al grado selecto cum laude de un stradivarius, pero, aun así, están valorados en tres o cuatro millones de pesetas. Y quién sabe si dentro de unos años podrá montar su propio taller. "Ya veremos", concluye.

Lo que tiene claro es que continuará viviendo en Sants. Disponer de un pequeño sueldo pronto le permitirá saltar del nido familiar y alquilar un piso económico con tres amigos. No piensa moverse del barrio. Le gusta el ambiente de pueblo que se respira, caminar por sus calles, reconocer espacios de siempre, ser reconocido por los suyos. Ésta es la cara positiva. En el plano negativo sitúa que hay poco ambiente nocturno, pocos bares y una sola discoteca. Por esto, él y sus amigos optan por alquilar un local y montar su fiesta. Sólo cuando quieren más fiesta se van a Gràcia y alguna vez a Poblenou, aunque queda lejos y cuesta desplazarse hasta allí. De la plaza Molina hacia arriba conoce poco. No es su territorio.

Donde Eduard Bosque se encuentra a gusto es en el tercer piso de un tres de ocho, cuando una masa humana de 600 personas empuja hacia el cielo una construcción que ribetea lo imposible, cuando ochenta o noventa personas, cada una con su función, construyen la estructura efímera por la cual escalará el anxaneta. Los castellers de Sants sólo han conseguido levantar esta construcción una vez, pero... ¡qué vez! Para Eduard, lo mejor no es levantar el castillo, sino el instante inmediatamente posterior, cuando vuelven a tocar con los pies en el suelo y se produce la explosión: los cien o ciento cincuenta miembros de la colla se abrazan y saltan de felicidad por el hito que han conseguido por el esfuerzo conjunto y, todos juntos, se van a celebrarlo con una buena comida..

 

Francesc Valentí,
Gitano de Grācia

(Gràcia)


Familia y respeto. Sin estos dos conceptos, su vida pierde el sentido. Para Francesc Valentí, la familia "es muy, muy importante, el espejo donde te miras", un objeto indefinido ante el cual se ponen tanto los niños, cuando quieren aprender de los mayores, como los de más edad cuando han tenido descendencia y quieren trasmitir los códigos de conducta a su prole. El respeto representa la jerarquía, la disciplina, el papel de juez y sabio que se concede a los hombres mayores por el hecho de serlo y por lo que representan de acumulación y transmisión de conocimiento en una cultura oral que ha pervivido a lo largo de los siglos.

Francesc Valentí tiene 44 años y le gusta que los niños y las niñas le traten de "tío", aunque no sean familia, que le escuchen cuando habla y que le dejen sentarse aunque no esté cansado.

Valentí nació en el seno de una familia gitana en 1955. Sus padres vivían en la calle Igualada, en la misma Gràcia donde han nacido, vivido y muerto sus antepasados durante cinco siglos. En casa había "poca pela", recuerda. No le quedó más remedio que trabajar a partir de los 13 años. Su padre se dedicaba a la chatarra y su madre vendía ropa en los mercados. Está claro que había buenos momentos. La vida era "más gitana, menos descafeinada" que en la actualidad. "A menudo montábamos juergas gitanas auténticas, con las mujeres con falda larga y delantal, las niñas bailando... Era estupendo. A veces venían el Pescaílla, todo un personaje, y la Lola (Flores); cerrábamos el bar de Torrent de l'Olla y se armaba una, con todas las familias de Gràcia, que duraba hasta el día siguiente. En aquellos tiempos, vivíamos sin los adelantos de hoy".

Este hombre de piel oscura cree que los gitanos de ahora están más adaptados "al mundo payo", aunque sin renunciar a sus diferencias: "Somos mixtos, porque cogemos lo mejor de cada cultura". Valentí sabe de qué habla, cuando habla de mixtura. Está casado en segundas nupcias con una paya, con la que ha tenido dos hijos.

Desde hace 25 años, Francesc Valentí trabaja en la compañía Telefónica, repartiendo listines por toda la geografía catalana. Durante unos años, el tiempo libre lo dedicaba a la música. Así es como conoció a Gato Pérez, haciendo de palmero o corista rumbero.
Francesc Valentí, conocido entre los suyos como el Churro, recuerda que uno de los momentos más emotivos de su vida fue la boda de su hijo. Congregó a 700 personas, gitanos y gitanas de la calle de la Cera, de plaza Espanya, de Sant Antoni... "Fue una cosa maravillosa; nos pusimos nuestro mejor traje y nos gastamos todo el dinero que teníamos", rememora.

Pero, a veces, a la sociedad le cuesta aceptar la diferencia. "Entre nosotros nos reconocemos a un kilómetro, por la manera de hablar, el gesto orgulloso, la seriedad. Pero aún hay prejuicios, frases hechas que surgen en el momento más imprevisto. Una vez me invitaron a la radio, y cuando aparecí vestido con traje y hablando catalán, me preguntaron: ¿Usted es gitano? ¿Qué esperaban?, ¿que vistiera camisa con chorreras, gorro, pañuelo y una guitarra? ¡Hombre, que hemos evolucionado!".

Los tópicos, siempre los tópicos. Una encuesta de El Periódico indicaba que el gitano es el colectivo más mal visto de la sociedad, por delante de magrebíes y negros. Valentí habla de integración y convivencia, de respeto, en definitiva. Pero ha vivido incidentes desagradables por el hecho de ser gitano. Como aquella vez que una mujer reñía a un niño con la frase "vas hecho un gitano". Él reaccionó y soltó: "Señora, su niño está hecho un guarro, no un gitano: mire que limpio que voy, yo".