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Marta Mata,
la casa del maestro

ENTREVISTA: Núria Escur FOTOS: Anna Boyé





Hubo un tiempo en que el nombre de Marta Mata fue el tótem sagrado de la pedagogía activa catalana. Desde entonces, generaciones de maestros han depositado en ella su confianza, primero profesional y después política, y han delegado sus inquietudes a una mujer que todavía hoy persigue el sueño de un sistema escolar equitativo, que haga hombres libres capaces de pensar con autonomía y tener sed de cultura. Le gusta tanto su trabajo que se olvida a menudo de explicarse a sí misma.

 

A sus 73 años, Marta Àngela Mata i Garriga vive sola en una casa del pueblecito de Saifores, en la provincia del Penedès, el mismo en el que dio forma a su proyecto educativo. Un rincón que poco a poco se ha ido convirtiendo en centro de peregrinaje de pedagogos y enseñantes. Pero dos veces por semana vuelve a éste, su hogar de maestros, que es la institución Rosa Sensat, para no perder el contacto con los más jóvenes y acaso para no olvidar que su fundación es algo que la puede llenar de orgullo.
Viste un ortodoxo traje chaqueta y su porte oscila entre el de la funcionaria diligente y el de la política expeditiva. Pero dentro hay una mujer tierna. Generosa en su actitud y su quehacer, soporte de muchas batallas, que apenas se ha quedado con vida privada por recuperar una escuela que, como ella explica, vio morir tras el paraíso republicano y vio resucitar hace unos años. No lleva pendientes. Sólo un anillo y un camafeo de plata y ónix. Su pelo es de ese color lápiz de las maestras de siempre y tiene un finísimo, estratégico, sentido del humor, que le permite dejar varios segundos en el aire antes de contestar cualquier cosa.

¿Qué le ha proporcionado los mejores momentos de su vida: la pedagogía o la política?

Seguramente la pedagogía. Pero desde mi concepción del mundo, que ya deriva de los años treinta, cuando ya existía un libro con el título Política significa pedagogía, yo me he sentido muy bien uniendo las dos cosas. Sólo que yo, en un momento determinado, entendí que debía utilizar la frase al revés: "pedagogía es política".

En el pueblecito de Saifores donde usted quiso reproducir su propia escuela.

Es uno de los pueblecitos más pequeños que conozco, apenas sesenta habitantes. Hice una escuela como yo la entendía. Y ver la extraordinaria respuesta de los maestros catalanes a esa visión es mi mayor orgullo.

¿Y el deseo de los maestros que en 1975 pedían a gritos la escuela pública catalana?

Después de un gran trabajo de grupo, de muchos años, después de la Escola d'Estiu y de montones de documentos, en verano del 75 pedíamos escuela catalana con un dictador aún vivo. Al cabo de cinco años, el milagro se hizo: contábamos incluso con las competencias.

La Escuela de la República es su referencia. Usted vio como muchos de sus maestros tenían que escapar, desaparecer.

Cada uno tiene su historia, y ésa, en efecto, es la mía. Yo tenía diez años cuando empezó la guerra. Tuve tiempo de conocer una excelente escuela, el Institut Escola de la Generalitat de Cataluña. Oía que mis mayores decían: "La guerra es dura, pero tal vez sea peor la posguerra". Y efectivamente para mí fue peor, en muchos aspectos, que el hambre y la supervivencia; peor desde el punto de vista de la mediocridad de la vida pública.

¿Recuerda su primer maestro?

Afortunadamente, puedo recordar, uno por uno, todos, absolutamente todos los maestros que he tenido en mi vida. Y sus cualidades. La primera fue una mujer asturiana que hablaba castellano, la señorita Chávarri. Y recuerdo el gran esfuerzo que hacía para hacerse entender en catalán. Usted tuvo en su madre, Àngels Garriga, otro buen ejemplo de gran maestra. Perteneció a la generación del primer tercio de siglo. Por circunstancias de su vida pudo cursar, aparte de los estudios normales y macarrónicos, otros que marcaron su vida. Y sus cuatro hijos nos aprovechamos de ello, porque supo transmitirnos la alegría que ella libó de la época de la Mancomu-nitat.

¿Por qué los padres tenemos siempre la sensación de que no acabamos de hacerlo bien? ¿Es malo dudar?

Dudar en tu interior es bueno. Dudar delante de ellos, no. No es cuestión de hacerles creer que somos poseedores de una única verdad. Basta con darles la seguridad de que ellos saldrán adelante, de que podrán llevar a cabo sus sueños, sencillamente darles la confianza de que ellos lo conseguirán. Aunque por dentro tengas tus angustias, debes intentar no transmitírselas.

Explíqueme quién y cómo era Rosa Sensat.

Una maestra de escuela pública, de Barcelona, que, como otras, fue mimada por el Ayuntamiento, porque se le proporcionó todo lo que necesitaba para mejorar su escuela, como por ejemplo organizar viajes al extranjero para conocer cómo eran allí las escuelas. Ella vivió en la época en que aquí se inventaron la trampa de las escuelas especiales para niños con problemas de salud. Eran las escuelas al aire libre, las de bosque y las escuelas de mar. Fue la primera maestra de escuela municipal a quien daban una fuerte responsabilidad de dirección. Mi madre fue alumna suya y yo alumna de la hija de Rosa, de modo que a veces coincidíamos dos madres y dos hijas haciendo visita.

¿Un buen maestro debe ser necesariamente vocacional?

Yo nunca tuve conciencia de querer ser maestra. Solamente supe que tenía que hacer algo con aquellos niños de aquel pueblo pequeñito. Cuando empecé en la universidad dudaba entre Literatura e Historia. Una compañera me dijo que volvía a la especialidad de Pedagogía. Éramos unos treinta, muchos de ellos licenciados que se dedicaban a la enseñanza y que sentían la obligación de saber algo más para dar clases.

¿La pedagogía que aquí en el año 1954 se podía encontrar en la universidad le resultó útil?

Muy poco. Pero la que nos hicimos nosotros, en nuestro grupo, al poner en común deseos y carencias, ésa dio maravillosos frutos.

Usted, que como maestra ha sido buena, ¿cómo fue como alumna?

Me he divertido mucho en los dos bandos. La primera mesa de Rosa Sensat era como ésta en la que estamos ahora, sólo que nos sentábamos quince alrededor. Y le aseguro que yo no sabía dónde estaban los maestros y dónde los alumnos. No había frontera.

¿Cree en el mito del hijo de maestro?

Eso era algo que en aquel entonces se repetía mucho: "Claro, como tú eres hijo de maestro". Tal vez sí, es posible que eso te diera una cierta tranquilidad, un saber estar, cuando eras alumno, porque la escuela formaba parte de tu propia familia.

¿Por qué cree que un oficio que precisa tanta paciencia y tanto acierto resulta a veces algo desprestigiado?

Para algunos, porque es una carrera de tres años (que unos quisieran recortar y otros alargar).
La verdad es que si se mide por años o por el sueldo que cobras, efectivamente, la de Magisterio es una carrera que no es de las fuertes. El sueldo no es, precisamente, algo que nos caracterice. Y encima suenan frases como "cobran poco, pero tienen muchas vacaciones".

Dicen que uno es fiel reflejo de su primer patio de escuela.

Sí, cada vez que en un país se han producido cambios de fondo, de un modo u otro se implica a la escuela y entonces la figura del maestro es valorada. Que en cuarenta años de dictadura la figura de un maestro haya sido dudosa no me extraña. Más bien les molestábamos.

¿Por tener criterios propios o por transmitirlos?

Por eso, y porque representábamos al hombre libre, el hombre que vale en la medida en que se forma y aprende a convivir.

¿Qué añora en el sistema escolar actual?

Muy sencillo. Una implicación real de las personas. Lo que hace tiempo soñábamos y que hace ya 160 años que Froebel predicaba. En una institución de la categoría de una escuela deben intervenir todos: gobiernos y municipios, ciudadanos y payeses, maestros y jóvenes, padres y madres. Y el entusiasmo por la capacidad de aprender, por el progreso de la humanidad, en definitiva, eso ya es doctrina. Pero yo quisiera que fuera vivencia. Lo que muchos ya vivimos en tiempos de la República y que ahora, cuando las creencias son más firmes pero menos vividas, parece que se ha diluido.

¿Algún episodio actual que merezca su admiración?

Ésa es una de nuestras obligaciones, explicar alguno de esos milagros que se están produciendo. Por ejemplo: el de Vicky Sherpa. Es la historia de una maestra catalana que ha conocido bien la profesión desde una casa sencilla, trabajando... Un día se va al Tíbet. Y allí ve que hay unos niños que no pueden ir a la escuela. Se le mete en la cabeza solucionarlo. En ocho años ha llegado a convencer a dos universidades para que se facilite incluso formación de maestros, algo que nunca se había hecho antes en Katmandú.

¿Creían que los maestros nacían enseñados?

Allí uno era maestro si era contratado después de pasar unos exámenes y punto. Vicky es un milagro. Fuimos hasta allí y oímos que todos los niños del mundo tienen derecho a la educación, en catalán, en nepalés y en inglés.

¿El mensaje pedagógico es universal, sirve para todos?

M. Antonia Canals, que es Vicky, dijo las mismas palabras en Nepal, este año, que en el barrio de Verdum en el año 62. Con el mismo entusiasmo.

¿Por qué los maestros tienen tantas depresiones, según nos cuentan las estadísticas?

Porque es muy fuerte tener un panorama tan amplio de posibilidades delante y darte cuenta de que por muchas razones nunca llegarás a conseguir lo que sueñas. Yo nunca he sufrido depresión, no soy de ésas, pero me consta el testimonio de muchos compañeros. Recuerdo especialmente a una compañera. Hay que tener en cuenta que antes obteníamos el título de maestra a los dieciséis años (aunque no podías trabajar hasta los dieciocho), cuando todavía eras una niña. Ella salió con su título, con un gran entusiasmo, pero le pusieron delante sesenta niños, de los más pequeños, y ese sueño no pudo cumplirse.

¿Dejó la carrera?

Se suicidó. Ése es uno de los episodios que más me ha afectado en toda mi vida. No puede enviarse a una criatura a asumir la responsabilidad de sesenta niños.
No puede aceptarse una sociedad capaz de ilusionar a jóvenes y luego lanzarlos al vacío, sin medios, no puede aceptarse, no se puede...

Dicen que muchos grandes maestros lo han sido porque precisamente han superado las peores condiciones.

Es cierto. Desde Freinet hasta McKinder. Freinet se quedó sin voz y tenía que trabajar con sesenta alumnos. Bien, pues se inventó la manera de que trabajaran entre ellos, por equipos. Y de ahí nació el método Freinet.
Y McKinder, en un suburbio de Londres, se encontró con clases de más de cien niños y para hacerles aprender a leer se inventó una serie de cartones y cartulinas. Total: de ahí nació el método McKinder.

¿Y qué se parece más al método Marta Mata?

Bueno, yo intervine tanto como pude, en la lectura en catalán y castellano y en la dosificación de las dos, que es el problema con el que me encontré.

¿Puedo preguntarle por qué usted no ha tenido hijos?

A los dieciocho años sufrí una tuberculosis de posguerra, que me duró cuatro años, y quedé como vacunada de maternidad. Se decía entonces que se transmitía hereditariamente, que existía una cierta propensión a esa enfermedad, y me daba pánico pensar que un hijo mío pudiera pasar por eso.

Dicen que el demonio da sobrinos.

Ahora tengo diecinueve. Y muchos resobrinos. En casa yo soy "tía Marta" y reivindico totalmente ese papel.

Debe de ser pesado que toda la familia le pida consejo sobre sus propios hijos.

Ocurre como con los médicos.

¿Si se hubiera casado, hubiera podido dedicarse con tanta intensidad a lo suyo?

Muchos de los maestros que he conocido en mi vida han estado casados y han hecho bien las dos cosas. Pero yo, ciertamente, he llevado una vida bastante "a mi aire" entre fundar Rosa Sensat y meterme en política. Seguramente, no lo hubiera podido hacer si hubiera estado casada.
Siendo un hombre, entonces tal vez sí, porque se les aguantan más cosas. Pero yo estoy verdaderamente contenta de haber escogido esta opción.

¿Un sacerdocio?

No exactamente, más bien una labor que me entusiasma.

Usted ha sido, entre otras cosas, diputada. ¿Dentro de su trayectoria política recuerda algún momento en que pensara tirar la toalla?

Era un trabajo demasiado variado para eso. Desde Madrid, estudiando la Constitución y el Estatut, desde el Parlamento en Cataluña y desde el Ayuntamiento en Barcelona, en un momento extraordinario, he podido verlo casi todo. He podido rehacer la historia y, francamente, nunca tuve ganas de tirar la toalla. Aunque me dolió no conseguir algunas cosas.

¿Por ejemplo?

Recuperar la colaboración entre diversos entes locales. Yo soy alumna de una escuela de patronato municipal. Eso significaba "la Administración central y local se han puesto de acuerdo para hacer las mejores escuelas". Y eso, la verdad, no lo hemos conseguido. Por lo que se refiere a personas, existen seres extraordinarios como Sara Blasi, pero en general, no. Hay, en política, una sensación única: notar que se ponen de acuerdo Ministerio y Ayuntamiento, y esa experiencia extraordinaria se vivió, se dejó sentir, sólo durante unos años.

¿Tiene algún reproche que hacerse?

La mayor pena, con la que me fui, fue la de no haber conseguido de una manera franca y definitiva un acuerdo real entre entidades para vuestras generaciones.

¿Vio la película de Tavernier Hoy empieza todo, las peripecias de un maestro por salir adelante cuando todo iba en su contra?

Es de las que te hacen pensar. Curiosa-mente, una compañera mía recomendó a sus alumnos que fueran a ver tres películas: La lengua de las mariposas, Hoy empieza todo y una del Paquistán. Y a mí, que ya soy mayor, lo que me hizo pensar de golpe fue: aquí hay tres países distintos, capaces de producir cada uno su película sobre la educación. Cada uno lo ha hecho a su modo, y España todavía piensa en el prototipo de maestro de la República, mientras que Francia lo hace en el prototipo progresista, sesenta años después del anterior.

Su escena preferida...

El maestro, en coche, atraviesa un barrio, pasando por unos campos trabajados con tractor, aquéllos en los que siempre se reservaba un rincón para sentar al abuelo... El viaje desde ahí hasta un barrio que es un verdadero gueto, al lado de la autopista. ¡Cómo ha cambiado ese país! Él es hijo de un minero republicano y se da cuenta de que no puede fiarse ni del asistente social, que nadie le asegura aquello de la liberté, egalité y fraternité. La escuela clásica no puede dar respuesta a nuevas necesidades de su sociedad.

¿Por qué la película paquistaní, la historia entre dos hermanos, le llegó tanto al alma?

Es de una ternura inimaginable. Dos hermanos de una familia fundamentalista exponen relaciones humanas extremas. Uno pierde los únicos zapatos de su hermana. Los dos hermanos comparten el único par que les queda. Uno se los pone, va a la escuela y vuelve corriendo para dejárselos al otro hermano. Entonces el otro hace lo mismo, se los pone y va corriendo a la escuela, porque la sed por saber, la curiosidad, es algo que les urge. Pensé ¿y en ese país son capaces de valorar esta esencia de la vida que es la educación?

Dígame un país al que pedagógicamente envidie, del que robaría su sistema educativo.

Dinamarca. Es, sin etiquetas, muy participativa. Ligada al municipio y con doble sistema: la escuela tradicional y la institución de acogida de la criatura. Cuando la criatura ya no puede estar con la familia, pasa a lo que ellos llaman "la casa de los niños", regentada por pedagogos (¡ojo! no por maestros, sino por pedagogos) y de allí va a la escuela. Tienen un subsistema de albergue. Yo vi eso, como una utopía, en un kibutz de Israel hace treinta y pocos años.

¿Cuál ha sido su mejor viaje?

El de este año, recorriendo fielmente los puntos donde Froebel desarrolló su trayectoria. Un viaje por Alemania preparado por Internet y que me ha permitido un contacto tan fidedigno con lugares y personas que he podido reconstruir toda su vida.

¿Marta Mata tiene discípulos a los que confiar su legado?

Siempre he trabajado en equipo, siempre. De modo que tengo la plena convicción de que sabrán continuar la labor que yo empecé. Entre otras cosas, porque en muchas ocasiones soy yo misma quien no sabe continuarla.

¿Cómo es su relación con antiguos alumnos?

Un día sí y otro no. No me he desvinculado jamás del ambiente de esta casa que es Rosa Sensat. Y la casa de Saifores se ha ido convirtiendo con el tiempo en lugar de peregrinación de maestros. Aunque vivo sola, continúo sin romper ese lazo vital con ex alumnos y vengo a Barcelona dos veces a la semana.

¿Y si le pidiera la ley de oro para educar a nuestros hijos?

Intentad descubrir en los hijos aquello que ni ellos se han encontrado en sí mismos todavía. Entended lo que discurre por su interior antes de que ellos puedan ni siquiera intuirlo. Lo veréis todo. Consideradlos como personas.

Entonces, ¿al niño no hay que tratarlo como niño?

¡Nooo! Pero tampoco con una relación de tú a tú. Vamos a ver: hay que ser conscientes de que ellos tienen más campo para correr que nosotros; están en el inicio, pero sus valores tienen la misma fuerza que los nuestros, y con ese respeto debemos considerarlos.

Tengo entendido que hay algo que usted siempre le pide a un maestro antes de empezar una clase.

Que intente recordar su propio paso por la escuela. Lo que no le gustaba, lo que necesitaba, lo que no soportó... Solamente así no caerá en el mismo error. Si no eres consciente de cómo viviste tu escuela, volverás a hacer las mismas barrabasadas que te hicieron a ti. Muy a menudo lo que ocurría es que nos hacían dar pasos hacia atrás en lugar de hacia delante. Y los últimos libros de pedagogía coinciden en ello: en pedagogía no se pueden demostrar muchas tesis. Porque existe un factor distinto a todo.

¿Qué factor?

La sorpresa. Cada niño es una sorpresa, eso es lo único real. Y puede tirarte por el suelo cualquier teoría.

¿Qué es peor, un niño demasiado protegido o un niño demasiado libre?

La solución entre un extremo y otro no está en el medio. Está en ponerte en otro plano, en otro registro. Ayudarle a ver cómo puede progresar.

¿Qué han perdido los niños de ciudad respecto a niños de pueblo?

La estructura rural permitía una educación natural. Hace 150 años el campo era perfecto para desarrollar la educación: el padre y la madre con un trabajo fuera y dentro de la casa, el ritmo de la naturaleza de base... La mitad del trabajo que ahora hay que hacer en la escuela ya estaba solucionado. El día que llovía se aprovechaba para explicar los fenómenos ambientales y los críos aprendían cosas tan ejemplares como conseguir comida para los conejos.
Se explicaban cuentos. Y el padre trabajaba con las manos y los niños entendían lo que era un artesano. En un pueblo, los maestros tenían garantizados muchos elementos que hoy, en nuestras escuelas, son pura instrucción.

¿Y la presencia de una persona mayor es importante?

Ahora mucho más que antes. Los padres ahora deben ayudar a educar a sus niños en un medio que ya no es educativo. Antes no se exigía nada más que llegar a saber hacer lo mismo que el padre o la madre. Ahora no. Ahora, muchas veces ni saben en qué trabajan sus padres, porque no los ven en todo el día. Parece imposible que no nos hayamos parado a pensar algo tan sencillo como esto: "Para ser padre y madre hay que aprender".

¿Cursillos de paternidad y maternidad?

El oficio de padre es difícil, muy difícil. Y lo más fácil es delegarlo en los maestros. Para poder enseñar a leer hay que hacer una carrera. Para enseñar a educar a unos hijos, a nadie se le ha ocurrido todavía. Eso es lo que creo que debe cambiar, y lo que en lugares como Dinamarca se ha hecho.

Entonces las asociaciones de padres de alumnos deberían ser previas, casi, a la criatura.

Desde el momento en que una pareja supiera que espera una criatura.

¿Se da cuenta de que le apasiona tanto su trabajo que no se detiene a hablar de usted?

Es cierto. Pero le diré una cosa: hay un momento personal, de gratificación, que no cambio por ningún otro. Aquel en que un maestro me dice: "Gracias, conocerte me ha cambiado la vida". Eso me ha ocurrido en ocasiones.

Dígame lo último que le ha conmovido en el mundo en el que se mueve.

Ahora pienso, por ejemplo, en las reacciones de dos niños de entre uno y dos años, en una guardería. Salen sus buenos sentimientos porque todavía nadie les ha enseñado los malos. Un niño quiere un juego, el otro se lo da, el primero continúa llorando. El segundo le coge las manos y se las pone sobre el juguete para que él entienda que sí, que se lo deja, que es suyo, que no se preocupe... ¿Cuándo ha visto usted ese sentimiento tan puro en dos mayores?

A estas alturas, ¿qué espera de la vida?

Que tanto en educación como en política tengan clara una evidencia: la globalización. He vivido todo tipo de guerra, civil y fría, real e imaginada, y cada vez se ve más la absurdidad de la lucha. A veces pienso, con verdadera angustia por las criaturas, que tal vez volvamos a pasar por un período de guerra. Pero ya el informe de la UNESCO, por ejemplo, da una idea de educación como algo universal, algo que creo que ya es irreversible.

¿Todavía se siente socialista o socialista con matices?

Socialista.

¿Socialista como el primer día?

Algo más que el primer día.

¿Un hombre solo no es nada?

Hay un ministro danés que lo explica muy claro: "En el mercado, la educación es un gran servidor y un malísimo dueño". La recuperación de la entidad catalana en la escuela es el resultado de un socialismo utópico, porque el real ya se ve que se desintegra.

¿Qué diferencia ha encontrado entre los maestros de las últimas generaciones y los suyos?

No hay evolución. Son distintas realidades. Es el resultado de una dialéctica entre una ética y una sociedad, algo que a veces se mueve por reacción, a veces por revolución. Yo he visto matar la escuela y resucitar la escuela. Y ni una cosa ni otra se produce por evolución.

Los de hoy, vamos a los de hoy y sus posibles defectos...

Soy respetuosa con todos, entiendo que la educación es historia, es el resultado de las décadas anteriores. El maestro de hoy debería saber de dónde viene antes de pensar a dónde quiere ir, debería saber quiénes fueron sus antecesores. La ilusión de los años sesenta, cuando los maestros jóvenes nos pedían que les explicáramos nuestra historia, fue el resultado de una sequía mental. Ahora tenemos más agua. Pero por eso vale la pena valorarla.

 


Maestra, política y pedagoga

Nacida en Barcelona el 22 de junio de 1926, Marta Mata es maestra y pedagoga. Su vida se ha caracterizado por la dedicación casi exclusiva al mundo de la enseñanza. Destacó como impulsora del principal movimiento de renovación pedagógica del país, enmarcado en la escuela de formación de profesorado Rosa Sensat, siendo su directora hasta que en el año 1980 se convirtió en escuela, a la cual todavía hoy sigue vinculada activamente.

Fue elegida diputada en la coalición socialista de Cataluña en el año 1977. Como diputada, participó en los trabajos de las comisiones parlamentarias de Cultura y Educación y Ciencia. En 1979 fue reelegida en las nuevas elecciones legislativas. Desde ese momento también fue presidenta de la Fundació Rafael Campalans. A partir de 1980 fue diputada del Parlamento de Cataluña, del que ha formado parte en la Comisión de Política Cultural. En la anterior etapa legislativa fue designada senadora por Cataluña. Continúa trabajando en temas pedagógicos y está convencida de que la sociedad civil ya sabe que la educación es, por fin, una preocupación a resolver universalmente.