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Atracciones
y baile en el Apolo

Textos: Felicia Esquinas Fotos: Enrique Marco




 

Dicen que el corazón del Paral.lel sigue latiendo en el cruce donde la avenida se encuentra con Nou de la Rambla. En esta calle, los neones también continuan anunciando el "Parque de atracciones y baile Apolo". Las atracciones desaparecieron, pero el Apolo, con más de medio siglo a sus espaldas, ha dejado atrás los bailes de salón para consolidarse como espacio de música electrónica de vanguardia .



1935: se inauguran las Atracciones Apolo. 1946: abre la sala de baile Apolo. Finales de los setenta: cierran las Atracciones Apolo. 1999: Un platillo volante se aproxima a Bar-celona. En la ciudad sólo destacan las tres chimeneas de Fecsa y junto a ellas, enormes, las letras rojas de la palabra Apolo.

El parque de atracciones Apolo es hoy una sala de juegos con decoración galáctica, seguramente inspirada en los cohetes del programa espacial con el que comparte nombre. También desapareció el Patín Club inaugurado en este mismo complejo junto al baile Apolo, que es hoy el único superviviente de aquella época. De las atracciones no hay rastro, salvo los letreros. Nada queda del Río Misterioso, la Ciudad Encantada, el tiovivo, la Autogruta, la Casa de la Risa. Bajo el techo con planetas pintados zumban los videojuegos de última generación. Se acerca la medianoche. El público, escaso, se compone en un cincuenta por ciento de chicos árabes dedicados a la charla en grupo. El otro cincuenta por ciento son hombres solos, jóvenes o no tanto, concentrados en simulaciones de rallies, batallas de artes marciales y asesinatos varios en cualquier tipo de mundo virtual. Llega un joven árabe con gorra deportiva y bufanda a cuadros modelo Burberrys. Mientras, los que están agarrados a los mandos quieren dejar sus iniciales en el juego. El ruido de explosiones, disparos y gritos emitidos por las máquinas se mezcla con las canciones de Luis Miguel que suenan de música de fondo. Todo deja una sensación de extrañeza.

A la sala de juegos no llega el hálito de la modernidad que pasada la medianoche se dirige hacia Nou de la Rambla, rumbo a las sesiones de tecno que el club Nitsa programa en el baile Apolo los fines de semana. La entrada al baile les aguarda con sus columnas cubiertas de bombillas, que se encienden de forma intermitente creando un flujo lumínico de color naranja. Del minúsculo vestíbulo arrancan las escaleras que conducen al primer piso, donde lo primero que recibe al visitante es una barra enmarcada por luces que le dan aspecto de camerino. Tres lámparas antiguas penden sobre la pista, rodeada de bancos. Espejos, candelabros y una atmósfera embebida de rojo. El concierto que precede la sesión de tecno aún no ha finalizado. En el escenario actúan Discípulos de Otilia, que abordan una versión ska de Rivers of Babylon, de Boney M. Un respetable muy joven se mueve con energía sobre la pista de madera donde durante casi cincuenta años, y hasta hace sólo seis, sólo se daban pasos de bailes de salón.
Alberto Guijarro se enamoró del Apolo cuando aún era promotor de Producciones Animadas. Le gustaba esta sala granate, con textura de terciopelo desgastado. Hoy es su director. "Si estoy aquí es porque me gusta mucho la sala -asegura-; no hay muchas así en Barcelona. Tiene algo especial, es como un cabaret muy cálido, con un aire decadente que la hace entrañable".

CABARET CÁLIDO
Fue eso lo que le impulsó a programar por primera vez aquí un concierto, en 1991. Era de acid jazz, con el James Taylor Quartet. "Las salas que funcionaban entonces -Zeleste, KGB- eran muy frías, y no iban bien con el tipo de música de nuestra promotora: funk, jazz, música de baile negra. Queríamos ofrecer algo diferente. Y, mira, fue como redescubrir este espacio". Desde entonces, el Apolo se ha consolidado como espacio de música electrónica de vanguardia y sala de conciertos, también abierto a otras iniciativas, como la que entre 1992 y 1995 desarrolló el grupo Vots en esta sala, en la que impulsaron fiestas con números de circo, teatro o performances. Esta línea ha atraído propuestas como Cineambigú, un ciclo organizado este año por 100.000 Retinas en el que se exhiben producciones alemanas y británicas inéditas en nuestra cartelera. Se trata de ver cine, pero de una manera inusual: sentados en mesitas sobre la pista, en la intimidad propiciada por las velas y con opción a fumar, si se desea. La idea del café-teatro también se ha aplicado en conciertos de música tranquila y en algunas cenas que se han realizado en el local. Guijarro afirma que quieren seguir potenciando las proyecciones de cine en el Apolo, "porque están funcionando muy bien, y siempre se queda gente sin entradas".
Fuera, las aceras de la que antes fuese calle Conde del Asalto, la del "Barrio Chino de leyenda" de la canción, se han llenado de pantalones acampanados, faldas sobre pantalones, looks de aire mod y algunas cabelleras de colores imposibles, rosa chicle o azul eléctrico. El cercano bar Atracciones Apolo, con cortinas no se sabe bien si amarillas o amarillentas, no atrae a estos jóvenes. Prefieren esperar en la Jazzband, la cafetería de al lado, nueva y cuidada. Su carta incluye el "Actual èxit europeu: salsitxes hongareses, 'las rojas'", además de los bocadillos especiales Apolo 1, 2, 3 y Apolo completo. En el cruce de Paral.lel con Nou de la Rambla, la avenida se viste con algunos neones -los del nuevo teatro Apolo, los del Arnau-, como para recodar épocas más gloriosas en las que el bullicioso barrio fue considerado el Montmartre de Barcelona.