1935: se inauguran las Atracciones Apolo. 1946: abre la sala de
baile Apolo. Finales de los setenta: cierran las Atracciones Apolo.
1999: Un platillo volante se aproxima a Bar-celona. En la ciudad
sólo destacan las tres chimeneas de Fecsa y junto a ellas,
enormes, las letras rojas de la palabra Apolo.
El parque de atracciones Apolo es hoy una sala de juegos con decoración
galáctica, seguramente inspirada en los cohetes del programa
espacial con el que comparte nombre. También desapareció
el Patín Club inaugurado en este mismo complejo junto al
baile Apolo, que es hoy el único superviviente de aquella
época. De las atracciones no hay rastro, salvo los letreros.
Nada queda del Río Misterioso, la Ciudad Encantada, el
tiovivo, la Autogruta, la Casa de la Risa. Bajo el techo con planetas
pintados zumban los videojuegos de última generación.
Se acerca la medianoche. El público, escaso, se compone
en un cincuenta por ciento de chicos árabes dedicados a
la charla en grupo. El otro cincuenta por ciento son hombres solos,
jóvenes o no tanto, concentrados en simulaciones de rallies,
batallas de artes marciales y asesinatos varios en cualquier tipo
de mundo virtual. Llega un joven árabe con gorra deportiva
y bufanda a cuadros modelo Burberrys. Mientras, los que están
agarrados a los mandos quieren dejar sus iniciales en el juego.
El ruido de explosiones, disparos y gritos emitidos por las máquinas
se mezcla con las canciones de Luis Miguel que suenan de música
de fondo. Todo deja una sensación de extrañeza.
A la sala de juegos no llega el hálito de la modernidad
que pasada la medianoche se dirige hacia Nou de la Rambla, rumbo
a las sesiones de tecno que el club Nitsa programa en el baile
Apolo los fines de semana. La entrada al baile les aguarda con
sus columnas cubiertas de bombillas, que se encienden de forma
intermitente creando un flujo lumínico de color naranja.
Del minúsculo vestíbulo arrancan las escaleras que
conducen al primer piso, donde lo primero que recibe al visitante
es una barra enmarcada por luces que le dan aspecto de camerino.
Tres lámparas antiguas penden sobre la pista, rodeada de
bancos. Espejos, candelabros y una atmósfera embebida de
rojo. El concierto que precede la sesión de tecno aún
no ha finalizado. En el escenario actúan Discípulos
de Otilia, que abordan una versión ska de Rivers of Babylon,
de Boney M. Un respetable muy joven se mueve con energía
sobre la pista de madera donde durante casi cincuenta años,
y hasta hace sólo seis, sólo se daban pasos de bailes
de salón.
Alberto Guijarro se enamoró del Apolo cuando aún
era promotor de Producciones Animadas. Le gustaba esta sala granate,
con textura de terciopelo desgastado. Hoy es su director. "Si
estoy aquí es porque me gusta mucho la sala -asegura-;
no hay muchas así en Barcelona. Tiene algo especial, es
como un cabaret muy cálido, con un aire decadente que la
hace entrañable".
CABARET
CÁLIDO
Fue eso lo que le impulsó a programar por primera vez aquí
un concierto, en 1991. Era de acid jazz, con el James Taylor Quartet.
"Las salas que funcionaban entonces -Zeleste, KGB- eran muy
frías, y no iban bien con el tipo de música de nuestra
promotora: funk, jazz, música de baile negra. Queríamos
ofrecer algo diferente. Y, mira, fue como redescubrir este espacio".
Desde entonces, el Apolo se ha consolidado como espacio de música
electrónica de vanguardia y sala de conciertos, también
abierto a otras iniciativas, como la que entre 1992 y 1995 desarrolló
el grupo Vots en esta sala, en la que impulsaron fiestas con números
de circo, teatro o performances. Esta línea ha atraído
propuestas como Cineambigú, un ciclo organizado este año
por 100.000 Retinas en el que se exhiben producciones alemanas
y británicas inéditas en nuestra cartelera. Se trata
de ver cine, pero de una manera inusual: sentados en mesitas sobre
la pista, en la intimidad propiciada por las velas y con opción
a fumar, si se desea. La idea del café-teatro también
se ha aplicado en conciertos de música tranquila y en algunas
cenas que se han realizado en el local. Guijarro afirma que quieren
seguir potenciando las proyecciones de cine en el Apolo, "porque
están funcionando muy bien, y siempre se queda gente sin
entradas".
Fuera, las aceras de la que antes fuese calle Conde del Asalto,
la del "Barrio Chino de leyenda" de la canción,
se han llenado de pantalones acampanados, faldas sobre pantalones,
looks de aire mod y algunas cabelleras de colores imposibles,
rosa chicle o azul eléctrico. El cercano bar Atracciones
Apolo, con cortinas no se sabe bien si amarillas o amarillentas,
no atrae a estos jóvenes. Prefieren esperar en la Jazzband,
la cafetería de al lado, nueva y cuidada. Su carta incluye
el "Actual èxit europeu: salsitxes hongareses, 'las
rojas'", además de los bocadillos especiales Apolo
1, 2, 3 y Apolo completo. En el cruce de Paral.lel con Nou de
la Rambla, la avenida se viste con algunos neones -los del nuevo
teatro Apolo, los del Arnau-, como para recodar épocas
más gloriosas en las que el bullicioso barrio fue considerado
el Montmartre de Barcelona.