
UE: NUEVOS ESPACIOS DE CULTURA
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El
Museo de los Años 30
de Boulogne-Billancourt (Francia)
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Renault
y Renoir, Le Corbusier, los domingos de surrealismo y cubismo
impulsados por el galerista Khanweiler, la presentación de la
primera olla a presión y del teléfono... La industria y el arte
se entrecruzan en la historia de Boulogne - Billancourt, "la ciudad
de los tiempos modernos". Su Museo de los Años 30, en donde se
encuentran representados los artistas figurativos vinculados a
la ciudad en aquella década, se ha integrado ahora al Espacio
Landowsky, primera piedra del nuevo conjunto urbanístico que hay
que construir alrededor de un centro urbano también nuevo.
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En
un inicio estaban los municipios de Boulogne y Billancourt. Por
un lado, Boulogne, con la Ile Séguin, las fábricas
de la Renault y los hangares de los aviones Farman, de donde salieron
los primeros modelos de la aviación moderna, y también
los estudios del "Point du Jour", en donde Marcel Carmé,
Abel Gance, Renoir y otros dirigieron la cámara en los
principios del cine sonoro. Por el otro, Billancourt, municipio
en el que Le Corbusier, Mallet-Stevens y Tony Garnier trazaron
las primeras líneas de una arquitectura moderna, y en donde
un tal señor Daniel-Henry Kahnweiler, un joven galerista
con un gran olfato, cedía su espacio para que, especialmente
en los domingos, se anunciaran los surrealistas y cubistas.
También había, sin embargo, artistas de la Europa
central y oriental que fueron a instalarse allí, huyendo
de las tensiones de los prolegómenos de la Segunda Guerra
Mundial, y que fundaron la Escuela de París, además
de etnólogos y escritores que iban y venían de expediciones
como las que emprendieron el escritor Michel Leiris y el etnólogo
Marcel Griaule en el año 1931, la expedición Dakar-Djibouti,
o el crucero negro, y el amarillo que vendría después.
Más tarde, los dos municipios se unificaron en una misma
comunidad urbana, Boulogne-Billancourt, una nueva ciudad que acogía
una treintena de talleres de artistas. Estos creadores no pasarían
a formar parte de la historia del arte. No fueron precursores
ni experimentadores ni vanguardistas, al contrario, eran clásicos,
figurativos y, naturalmente, convencionales, por no decir mundanos.
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Escultura
(1922)
de Oscar Miestchaninoff
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El municipio
de Boulogne-Billancourt optó por constituir una colección
que reuniese el conjunto de estos artistas clásicos: pintores,
escultores, ceramistas y diseñadores como Bernard Boutet
de Monvel, Marcel Landowski, Léon Drivier, Henry de Waroquier
y muchos otros; pintores mundanos, orientalistas, escultores "alegóricos",
monumentalistas, etc.
Aun así, es fácil imaginar que todos estos artistas
se cruzaran, se enfrentaran, probablemente se opusieran o, en
el mejor de los casos, se ignorasen entre ellos, pero lo que el
Museo de los Años 30 no nos cuenta es que los períodos
de transición se explican como momentos confusos y que
constituyen, sin duda, el momento de la duda y del tanteo por
excelencia. Así es evidente que, entre el cubismo y el
arte colonial, hay dos actitudes enfrentadas y dos épocas
que se encabalgan: la una, a punto de terminarse, que tiene como
escena final la exposición colonial, que llegará
a los 35 millones de visitantes; la otra, aún joven y rebelde,
haciendo pruebas en el campo de la escritura automática.
Estos momentos de duda y esta época de confusión
desembocan en varias colaboraciones desafortunadas e indignantes:
las fábricas de la Renault pasan a manos de los alemanes
y luego serán bombardeadas, Le Corbusier acepta varios
encargos italianos de la época, y Henri Kahnweiler y tantos
otros tienen que huir de Francia.
Hoy en día, el Museo de los Años 30, en sus tres
pisos, vuelve a mostrar al público las obras realizadas
durante dicho período, optando claramente por la tradición
figurativa tradicional, con un fondo de 800 cuadros y 1.500 esculturas,
así como varios diseños y maquetas. Este fondo proviene
en un 80% de donaciones, sobre todo de las familias de los artistas:
Landowski, Bernard, Loyau, etc. El otro 20% proviene de los depósitos
de Francia, del Museo de las Artes Africanas y Oceánicas,
del centro Georges Pompidou, del Fondo Nacional de Arte Contemporáneo
y del Fondo Waroquier.
El espacio Landowski, que reúne el Museo de los Años
30, una biblioteca, un centro multimedia, una galería destinada
a los autores de vídeos, un cine, una sala de conferencias
y un espacio común para pasear y donde, siguiendo la buena
tradición parisina de los domingos por la mañana,
también se celebran conciertos, constituye la primera piedra
del nuevo conjunto urbanístico que se debe construir alrededor
de un centro urbano también nuevo. Este proyecto de acondicionamiento
urbanístico, que evolucionará en torno del espacio
Landowski y del edificio del Ayuntamiento, obra de Tony Garnier,
en el más puro estilo funcional, ha sido confiado a Alexandre
Chérnetoff, lo que demuestra que, en Boulogne-Billancourt,
todavía se respeta la "tradición de los contrastes".
Véronique Brom
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Boulogne-Billancourt,
"la ciudad de los tiempos modernos"
La
industria era muy importante en Boulogne-Billancourt. Las primeras
fábricas de la Renault se instalaron aquí. Louis
Renault, el "patrón", era propietario de 72 hectáreas,
el equivalente a un tercio de la ciudad. Tenía un método
infalible para comprar los terrenos. Si alguien no quería
vender, le instalaba una fábrica enorme al lado de casa,
¡y entonces todos corrían a venderlos! Actualmente
dichas fábricas van desapareciendo.También
existía la aviación y el cine, con Marai, que inventó
la cronofotografía cinco años antes que los hermanos
Lumière. Aquí se abrieron los estudios de cine de
Boulogne-Billancourt, y también fue aquí donde se
presentó la olla a presión y el teléfono.
Es por todo ello que Boulogne-Billancourt es conocida como "la
ciudad de los tiempos modernos". También fue aquí
donde nació la denominada etnología de campo de
la mano de Michel Leiris y Marcel Griaule.
En cuanto al arte, los años treinta son los años
de la monumentalidad, de las grandes declaraciones, de los grandes
cuadros y los grandes monumentos, como el Palais de Chaillot,
con grandes ornamentaciones, o las oficinas de correos y los institutos
de enseñanza secundaria, decorados por los grandes pintores
de la época. Todas las esculturas de estos años
tienen un cierto carácter que ha sido calificado como estalinista
o mussoliniano por su monumentalidad. ¡Era el gusto de la
época!
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"Los
horrores de la guerra" (1937),
de Robert Humblot.
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Era una época en la que se buscaba la grandeza, una época
en la que se quería conseguir la felicidad del pueblo,
en cierta medida a pesar de él mismo. El Ayuntamiento de
Boulogne-Billancourt, obra de Tony Garnier, es un ejemplo de ello.
Un mismo techo lo cobija todo, no solamente todos los servicios
municipales, sino también las oficinas de la seguridad
social. Era preciso ser pragmático y funcional. El alcalde
de la época también creó un "centro
de higiene social", un término que hoy en día
nadie se atrevería a emplear. Era la época en que
la gente no mandaba a los niños a los sanatorios, sino
a los llamados "preventorios". En el museo se encuentra
expuesta una colección de fotografías que ilustran
estos años.
En lo que se refiere a Marcel Landowsky, uno de los padres de
Boulogne-Billancourt, cabe destacar que, por ejemplo, es el autor
del Cristo del Corcovado de Río de Janeiro, del monumento
a los caídos del Trocadero y de la estatua de Aristide
Briand que se encuentra en la entrada del Ministerio de Asuntos
Exteriores francés, en París. Los artistas de esta
época produjeron un gran número de monumentos. También
hay expuestos varios guiones originales de Abel Gance, que rodó
su película Napoleón en los estudios de Boulogne-Billancourt,
e incluso una carta que escribió a sus colaboradores.
Les dice cosas como éstas: "Quiero que entendáis
bien el sentido profundo que doy a estas palabras: es necesario
que esta película nos permita entrar definitivamente en
el Templo de las Artes por la puerta gigante de la Historia. Me
invade una angustia indescriptible con sólo pensar que
mi voluntad y el don mismo de mi vida no valen nada si vosotros
no me concedéis todo vuestro tiempo. Gracias a vosotros
enlazaremos la Revolución con el Imperio...", etc.
Por último les dice: "La tarea es muy dura y me tenéis
que ayudar a realizar la película, ¡o sea que olvidaos
de vuestros sueldos!". ¡Un buen ejemplo del lirismo
de la época!
Emmanuel
Bréon
Conservador del Museo de los Años 30
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Los
domingos en Boulogne,
una modernidad contradictoria
Una vez más las difíciles relaciones entre arquitectura
y muestra, entre espacio contenedor y contenido se ponen en evidencia.
En el espacio Landowski parece que el modelo parisino de los "grandes
trabajos" decididos desde arriba, típico de la década
de los 80, se reproduce en la periferia. Grandes espacios de representación
y una gran cantidad de problemas de uso por solucionar.
Es precisamente en este punto en donde el Museo de los Años
30 se muestra más débil. Sin embargo, por otra parte,
la propuesta presenta muchos aspectos muy interesantes que invitan
a una cuidadosa reflexión. Precisamente por ello nos debe
interesar especialmente el proyecto. En Boulogne-Billancourt coinciden
un espacio y un tiempo muy especiales. Es un lugar donde se acumulan
las industrias más emblemáticas de la modernidad:
el automóvil, el avión, el equipamiento doméstico
y el cine.
Sobre el territorio plano que delimita el río se instalan
las ricas familias de los grandes patrones y sus trabajadores,
así como una gran cantidad de recién llegados, exiliados
que buscan refugio en las afueras del gran París, y también
muchos artistas, unos integrados, otros los heterodoxos de las
vanguardias de estos años. Ceramistas como Alexandre Bigot,
Raoul Lachenal, André Fau, Maurice Gensoli, Robj, Alphonse
Gentil y Eugène Bourdet. Arquitectos como Le Corbusier,
Auguste Perret, Robert Mallet-Stevens, Fischer, Patout, Pingusson,
Lurçat, Niermans, Terry y Tony Garnier, algunos de los
cuales dejan huella con algunas de sus primeras obras. Escultores,
que buscan en el pueblecito espacios baratos para sus talleres,
como Paul Landowski, Joseph Bernard, Ernesto Canto Da Maya, Jacques
Lipchitz, Marcel Loyau y Max Blondat. También pintores
como Lazare Volovick, Juan Gris, Marc Chagall y Jean Souverbie.
Escritores como Michel Leiris y Nina Berberova. Y el grupo que
giraba alrededor de Daniel-Henry Khanweiler, que se instaló
en Boulogne el 1921, en el 12 de la Rue de La Maire. Los domingos
en Boulogne se reunían en torno al inteligente marchante
judío alemán escritores, pintores, escultores y
arquitectos: Juan Gris, su gran amigo, Antonin Artaud, Albert
Cingria, Paul Dermée, Robert Desnos, Vincente Huidobro,
Max Jacob, Michel Leiris, Georges Limbour, André Malraux,
Raymond Radiguet, Gertrude Stein, Tristan Tzara... André
Beaudin, Élie Lascaux, André Masson, Pablo Picasso,
Jacques Lipchitz, Manolo, Le Corbusier; músicos como Erik
Satie, y personalidades de la danza de la talla de Serge de Diaghilev,
y, por qué no, críticos de arte también como
Maurice Raynal...
No es de extrañar, pues, que Boulogne-Billancourt sea conocida
como "la ciudad de los tiempos modernos".
Las décadas de 1920 y 1930 en Francia se caracterizan por
su carácter de traspaso. Atrás se deja el horror
de la Primera Gran Guerra y se produce un desarrollo industrial
importante con la consolidación de los medios de comunicación
modernos y la formación de una sociedad de masas. Todo
ello, no obstante, con la mirada puesta en un horizonte lleno
de puntos oscuros, con muchas dudas y pocas respuestas.
La actividad de creación en estos años se mueve
en tensión entre la vanguardia y un cierto deseo de volver
al orden. Así, al lado de los trabajos de los surrealistas,
dadaístas y cubistas, tiene lugar un fuerte movimiento
neoclásico. El peso de la arquitectura y el impulso de
los grandes trabajos que representan el poder y que quieren mostrar
un estado fuerte favorecen un gran número de encargos para
la realización de murales, frisos y monumentos. El nuevo
palacio de Chaillot constituye un claro ejemplo de ello. El arte
monumental implica un retorno a los valores eternos y propicia
el desarrollo de un cierto realismo más o menos poético.
El peso de la aventura colonial también se hace notar y
la presencia de la mirada de los etnólogos y de la búsqueda
etnográfica es muy importante. La exposición colonial
de 1931 propicia el descubrimiento del imperio colonial francés;
"La plus grande France" se encuentra por todas partes.
Los escritores se hacen viajeros por países exóticos
y los pintores reporteros.
La importancia del arte negro, que se encontraba presente desde
principios de siglo, llega a su apogeo y Le Corbusier se ilusiona
por el proyecto del Museo de Artes y Tradiciones Populares. Josephine
Baker es el ídolo de los parisinos.
Eugene Weber, el historiador norteamericano, en su libro sobre
la Francia de los años 30, cuando repasa el carácter
de la producción cultural de este período, señala:
"En tanto que documentos históricos, las artes son
como la vida: reflejan la confusión del entorno y ofrecen
un testimonio contrastado. La exasperante adversidad sugerida
por soluciones superficiales: xenofobia, agitación social,
renovación patriótica. Por otra parte, esta situación
produce individuos desposeídos. Nada puede resolverse en
problemas insolubles. La acción colectiva -que deviene
política, militar o social- se halla abocada al fracaso.
Uno no puede, parece, afrontar las dificultades colectivas tan
sólo a título individual. En un clima de desesperanza
creciente, únicamente se ofrece una modesta esperanza de
compromiso personal: la responsabilidad, la creatividad y el honor.
No sirve de nada echar las culpas a los extranjeros, a los políticos
o a los colectivistas. Sin embargo, todo ello aparecerá
más claramente después de 1940, y además
en todo el mundo".
Hoy, en relación con este contexto, el Museo de los Años
30 puede ser visto como un "Museo de lugar". Frente
a las grandes colecciones de los grandes museos de las grandes
ciudades que tienden a institucionalizar un patrimonio uniformador,
el Museo Municipal de Boulogne-Billancourt se presenta como un
equipamiento vinculado al territorio, referido a un lugar concreto
y que da sentido a una comunidad concreta, configurando su propia
identidad.
Así la colección del Museo, constituida por objetos
y documentos procedentes de colecciones privadas locales pero
también extraídas de muchos otros museos estatales,
se ha convertido en una fuente de información fundamental
para reforzar su función identitaria y ser punto de referencia
en todo el mundo a fin de conocer la realidad histórica
de aquellos años en Francia.
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Retrato
de Robert Mallet-Stevens (1926),
de Jean Hebert-Stevens, una de las obras
que forman parte del Museo de los Años 30.
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Es
verdad que, en este caso, la mencionada restitución de
los materiales de la memoria de la colectividad de Boulogne ha
sido propiciada por el debilitamiento de las corrientes intelectuales
definidoras de un modelo ideal de modernidad y también,
posiblemente, por la experiencia que ha supuesto la nueva presentación
realizada en el Museo d'Orsay revalorizando el arte de finales
del siglo XIX.
En
este sentido la propuesta puede interpretarse como un fortalecimiento
de los vínculos que persisten con los sectores más
conservadores de la práctica cultural del pasado. En este
caso el Museo actuará una vez más como constructor
de una realidad continuadora y jerarquizada en relación
con los antecedentes de la propia sociedad. Por último
el patrimonio es, en definitiva, un generador de consenso, obtenido
gracias a la escenificación que se realiza del mismo. La
fuerza política del patrimonio, nos explica García
Canclini, "existe en la medida que se teatraliza en conmemoraciones,
monumentos y museos".
De hecho, la finalidad última de las clases dominantes,
prosigue el autor mejicano, al espiritualizar el consumo de cultura,
consiste en reducir la vida simbólica de la sociedad a
la ritualización de un orden nacional afirmado dogmáticamente,
o sea y dicho de otro modo, neutralizar la inestabilidad social.
Pero el nuevo museo francés puede verse también
como la posibilidad de una nueva redefinición del patrimonio,
revisión que permite descubrir críticamente las
tensiones entre maneras de hacer, grupos e intereses que propiciaron
la negación/afirmación de una modernidad que se
ha mostrado extraordinariamente débil para cumplir con
los ideales en que se fundamentaba. Una modernidad que finalmente
ha sido reducida a una imagen a fin de poder ser usada simbólicamente,
al tiempo que se ocultaba su radicalidad. Es así que paradójicamente
la dinámica que la hizo posible parece negarse a sí
misma.
De hecho, la Francia que condujo a Kahnweiler al exilio interior
es, podríamos decir, la misma que poco tiempo después
convirtió a Picasso en un monumento del PC. No obstante
está claro que Man Ray consideraba la atención del
genial pintor a las fuerzas de izquierda como "una pluma
en el sombrero del partido".
Las contradicciones están servidas, pero finalmente, si
entendemos el patrimonio como capital cultural, tal como indica
el mismo Garcia Canclini, será posible interpretarlo como
un proceso social mediante el que varios sectores se apropian
de aquel capital simbólico de forma desigual. En esta dirección
podemos intuir la dimensión crítica de los museos,
así como el papel que puede jugar el Museo de los Años
30 en relación con aquellos años.
Enric Franch
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