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LA PREGUNTA




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¿Qué función puede tener la Ciutat del Teatre?

 

A finales de 1999 se presentó el proyecto Ciutat del Teatre, elaborado por Lluís Pasqual, que propone las líneas de funcionamiento para el nuevo núcleo escénico de Montjuïc integrado por el Mercat de les Flors y las nuevas sedes del Teatre Lliure y el Institut del Teatre. El documento ha sido recibido con recelos por una parte del sector teatral, que no fue llamado a participar en su elaboración. ¿Qué papel debería tener la nueva Ciutat del Teatre en un contexto en el que el teatro público y el teatro privado necesitan consolidar sus espacios? Como una contribución más al debate que debería abrirse sobre el proyecto, hemos planteado esta pregunta a Hermann Bonnín, presidente de la Associació d'Actors i Directors Professionals de Catalunya; a Antoni Dalmau, comisionado adjunto del proyecto Ciutat del Teatre, y a la directora teatral Carme Portaceli.



 

La tercera vía

 

Hermann Bonnín,
presidente de la associació d'actors i directors professionals de catalunya


Una lluvia de confeti blanco caía sobre el escenario del Lliure al final de la representación de La nit de les Tríbades, durante la reposición del montaje que de esta obra realizó Fabià Puigserver hace veintiún años, y de este modo se invocaba su presencia. Toda una declaración testimonial de intenciones, de estrategia -¿por qué no?- para afirmar el presente y exaltar el futuro desde la consagración del pasado. Dejando de lado significaciones nostálgicas, sentimentales y/o oportunistas, es indudable que el Lliure, hoy, sigue destilando una manera de entender y hacer teatro que resulta, ahora, quizás más testimonial que operativa, depende de cómo se mire, y quizás, por eso mismo, mucho más necesaria aún. Los valores ahora imperantes -producción, consumo, gestión, rentabilidad- contradicen esta concepción artesana y de clan que ha caracterizado al Lliure, hasta hacer tambalear su supervivencia. Sin embargo, en una especie de huida hacia delante, el Lliure ha encontrado un modo de reformular y hacer extensivos los principios que lo animan al proyecto Ciutat del Teatre, que ha sido entregado al Ayunta-miento de Barcelona.

La Ciutat del Teatre, un proyecto global

Hay que recordar que la Ciutat del Teatre no es un proyecto de obra pública inoculado artificialmente. Es, sobre todo, un intento de cohesionar, desde una determinada perspectiva -la del Lliure, naturalmente- a tres instituciones escénicas preexistentes -el Mercat de les Flors, el Institut del Teatre y el Lliure- con trayectorias distintas pero complementarias, aunque, hasta ahora, no formuladas. En un mismo lugar convivirán, así, un puñado de escenarios -el Grec, también- y, por tanto, parecía obvio que esta coexistencia vecinal determinara una intervención que potenciase la imagen global de su oferta y resolviera cuestiones urbanísticas y de servicios indispensables (aparcamientos, accesos, restaurantes, etc.). Y ello en una zona que está situada al pie de Montjuïc, vecina del Paral.lel, que fue, de hecho, la primera de las ofertas de ocio popular que se implantó hace más de un siglo en la ciudad, al pie mismo de las fuentes y los merenderos de la montaña.

En resumen, la nueva Ciutat del Teatre que se propone no aparece como un proyecto monumentalista emergido de la decisión política. Esta Ciutat del Teatre, insisto, es el resultado de una convivencia gremial de equipamientos escénicos. Es obligado, pues, que el Ayuntamiento se plantee y afronte una intervención urbanística y de imagen global. Una vez dicho y redicho esto, antes es necesario afrontar y asumir un reto conceptual.


La perspectiva del Lliure


El proyecto Ciutat del Teatre que firma el comisionado Lluís Pasqual, desde la explícita perspectiva del Lliure, uno de los tres establecimientos involucrados, no es un programa ideológicamente neutro. La propuesta está formulada, según dicen, desde el mundo de las ideas, del compromiso del teatro entendido como un bien público al servicio de la cohesión social, del progreso y de la acción cultural como fórmula de dinamización colectiva. Una propuesta higiénica, agitadora y, obviamente, merecedora de la máxima atención. Sobre todo porque aparece en su argumentación como una propuesta abierta a la participación de todos y orgánicamente transversal con las otras dos instituciones implicadas (Mercat de les Flors e Institut del Teatre).

Un teatro público no "institucional"

Y así es como entramos en el fondo de la cuestión y, por tanto, en el meollo de un posible debate. Mientras que el Mercat de les Flors es un teatro institucional, en este caso del Ayuntamiento de Barcelona, y el Institut del Teatre un organismo dependiente de la Diputación, el Lliure, a través de su fundación, es un ente autónomo con vocación de teatro público y dependencia económica de las administraciones. Pero es precisamente desde este concepto -teatro público no institucional- desde el que el Lliure proyecta su propuesta de cohesión global para la Ciutat del Teatre. Un modelo, por tanto, original, desvinculado de las dependencias políticas del teatro público oficial. Las actividades de la Ciutat del Teatre, concebidas de este modo, podrían constituir una oferta pública orgánicamente diferente, por ejemplo, de la del Teatre Nacional de Catalunya. Una especie de tercera vía entre el teatro oficial y el privado, próxima, en sus orígenes, a los stabiles italianos de los setenta. Naturalmente, esta propuesta provoca recelos y temores, tanto en la Administración pública, que ve cómo deja de ejercer un control político directo, como en la empresa privada, que ve engrosar la inversión económica del teatro público cuando los recursos globales del sector son, en Cataluña, vergonzosamente raquíticos.

Interior del nuevo edificio del Institut del Teatre, con el Mercat de les Flors al fondo. El vestíbulo de este teatro municipal aparece en la fotografía de la derecha.

© Eva Guillamet  


Sin embargo, las fronteras entre empresa pública y privada no son -y quizás es bueno que no lo sean- lo bastante claras desde la perspectiva de su oferta escénica. El teatro institucional es excesivamente sensible a la rentabilidad inmediata y a las demandas del mercado, y el privado coquetea con la exigencia artística y el compromiso cultural. Es por esta razón por lo que no se puede descalificar un proyecto como el de la Ciutat del Teatre. El teatro catalán no tiene tradición institucional, eso es un hecho, y es, no obstante, desde su independencia desde donde ha alcanzado una voz propia y reconocida. Ahora, con la irrupción de una empresa con voluntad de erigir una industria del espectáculo solvente y competitiva, se suscita una dialéctica en la que hay que profundizar para reconciliar y, finalmente, complementar competencias. Habrá que delimitar y pactar, evidentemente, el espacio público que tendría que corresponder a la actividad de la Ciutat del Teatre (formación, conservación, difusión del repertorio universal, apuestas creativas, etc.).


El espacio del teatro público

Ahora -o hasta ahora- tenemos un teatro municipal (Mercat de les Flors) que acoge producciones internacionales y coproduce con compañías locales, un Institut del Teatre que contribuye a través de sus escenarios a la promoción de sus grupos y el Lliure, con una poética propia y una gestión singular. El proyecto Ciutat del Teatre plantea una alternativa conjunta para los tres. En principio, esto es bueno. El hecho de que lo haga desde la perspectiva de uno de los implicados -el Lliure- puede justificarse en la medida en que de los tres es el que ha destilado, a través de una actividad creativa estable y consolidada, una manera de entender el teatro público. La formulación teórica de la Ciutat del Teatre es natural, e incluso es coherente que esté impregnada de una filosofía y/o ideología que ya forma parte de nuestro pequeño imaginario escénico como punto de referencia y de partida, y que se base en ella. El Lliure, pues, o mejor dicho el proyecto Ciutat del Teatre de Lluís Pasqual, debería entenderse, y ésta es la cuestión esencial, tan solo como el inseminador, el impulsor, el generador o como queramos llamarle. En definitiva, como el arquero que lanza la saeta, la cual es indispensable que tenga impulso, dinamismo, vida propia autónoma de sus orígenes. Es decir, creo que esto es lo que debería garantizarse desde la estructura que se cree. La acción de un organismo vivo tejido con la complicidad de toda la profesión y la sociedad a la que se dirige. Algunas de las ideas motrices del proyecto van en esta dirección. Una ciudad para los profesionales, con una estructura abierta, no piramidal; una ciudad renacentista; una ciudad república; puerto franco; "con una trama de equipamientos comunes y una urdimbre de proyectos artísticos", con la figura legal de un consorcio y con un gobierno transversal. Y unos programas artísticos abiertos a la iniciativa privada a través de concursos públicos.
El hecho de que el proyecto se nutra de conceptos como los de "motor para la reflexión sobre el teatro como reflejo de la sociedad, que tiene que priorizar su acción creativa desde unos supuestos sociales y políticos y el compromiso estético y ético con relación a la sociedad en la que está ubicado" y que recuerde que el teatro es un artesanado, una de las Bellas Artes, y no una factoría de bienes culturales -como lo pueden ser la edición, la discografía, el audiovisual-, así como que se respete el tiempo del artista como modelo de producción, son, todos ellos, puntos de partida que un teatro público tiene el deber de asumir. Son conceptos que han de iluminar, animar, alentar a esta Ciutat y darle significado.

Y todo ello haciendo un esfuerzo todos -políticos, empresas, profesionales- para evitar polémicas y descalificaciones apriorísticas. Es un hecho que el concepto de teatro público en Cataluña no ha penetrado en el tejido social, no dispone de modelo ni de tradición, pero es cierto que no tiene por qué replegarse a la defensiva o culpabilizarse. Público y privado no son términos opuestos y mucho menos irreconciliables. No tienen por qué serlo. No lo son en ninguna parte. Y menos deberían serlo aquí, donde disponemos históricamente de una iniciativa privada -ahora se la llama sociedad civil- que en el terreno de la cultura ha asumido responsabilidades sustitutorias de un poder político real inexistente. La burguesía ilustrada, por un lado, y el mundo del trabajo a través de cooperativas y asociaciones, por el otro, han jugado, en una Cataluña sin estado propio, un papel de impulsores de la cultura.

Sin complejos, pues, por parte de ninguno de los intereses representados dentro del sector de las artes escénicas, debe impulsarse, en mi opinión, la materialización del proyecto Ciutat del Teatre (y, ¿por qué no Ciutat de les Arts si se hace extensivo, si se coordinase, con la oferta museística de la montaña de Montjuïc?).


Las jornadas de reflexión y debate

La Associació d'Actors i Directors Professionals de Catalunya, junto con el Institut del Teatre, organizó hace poco más de un año las jornadas de reflexión y debate que aportaron unas meditadas conclusiones que, ahora, la Coordinadora de Profesio-nales de las Artes Escénicas reivindica como punto de partida para el desarrollo del sector y su relación con las administraciones locales y de gobierno. El proyecto Ciutat del Teatre, por tanto, debe enmarcarse dentro de este documento, que ya contempla el teatro como un bien público y por eso mismo susceptible de ser protegido por la Administración dentro de una política que hay que ir desarrollando de reequilibrio de los recursos públicos que se invierten y de mayores competencias territoriales. Y es precisamente a través de esta coordinadora que debe garantizarse la presencia y la voz de los profesionales del sector en los órganos de gobierno rectores o directivos de la Ciutat del Teatre a través de su propio Consorcio.

El proyecto debe profundizar también en las relaciones con la universidad a través del Institut del Teatre, como motor de formación, investigación y preservación del patrimonio cultural de las artes escénicas, así como con las relaciones con este valioso activo representado por la sociedad civil (fundaciones, empresas, compañías, etc.).


Nos hace falta la Ciutat del Teatre


El crítico Pablo Ley afirma (El País 12/12/99) que "una gran ciudad que no sepa, de la manera que sea, reunir 3.500 millones de pesetas (y muchos más) para gastarlos en cultura (y que después recuperará en inteligencia y en prestigio) no merece ni siquiera el adjetivo de 'gran', sino el de 'provinciana'".

En 1970 Feliu Formosa, en Per a una acció teatral, hablaba de unos planteamientos que superasen la falsa oposición teatro profesional-teatro independiente para alcanzar y aspirar a resolver una problemática global: la del teatro catalán como hecho social y artístico. Treinta años después, y ante un proyecto como éste, es necesario, como dice Lluís Pasqual, que los términos teatro privado-teatro público dejen de ser antagónicos.

Lluís Pasqual ha sido el autor del proyecto Ciutat del Teatre. Esta propuesta debería garantizar "la acción de un organismo vivo tejido con la complicidad de toda la profesión y la sociedad a la que se dirige", en opinión de Hermann Bonnín.

Ros Ribas  


La Ciutat del Teatre, por tanto, es un proyecto que debe contribuir a hacer de Barcelona esta ciudad del conocimiento a la que aspiramos. Y esto debe asumirse desde una perspectiva que responda a la pluriculturalidad y el bilingüismo de la sociedad a la que se dirige. Y eso a partir de todos los profesionales de las artes escénicas que siguen creyendo que éstas son unas de las formas más perfectas y ricas -y sigo citando a Feliu Formosa- para plantear cuestiones que afectan la marcha de una sociedad y que hay que definir en cada momento y para cada circunstancia histórica. Y de todos aquellos que estamos convencidos de que la Ciutat del Teatre debe ir más allá, mucho más allá de las funciones características de un parque temático cultural desprovisto de criterios, preceptos, convicciones o postulados.

 

 

 

Dejar de mirarse
el ombligo

 

Carme Portaceli,
directora de teatro

Todavía recuerdo la noche en que Fabià Puigserver vino a ver al Palau de l'Agricul-tura un ensayo de Combat de negre i de gossos, de Koltès, en septiembre de 1988. Además de hacerme de maestro (era un sabio) y decirme lo que encontraba bien y lo que encontraba mal, mientras esperaba a que yo diera las notas a los actores -aquellas notas de antes del estreno- para luego marcharnos juntos, miraba muy interesado aquel espacio destrozado (ideal para el Combat, para Koltès y su mundo). Me llamó la atención y le pregunté. Me dijo que le gustaba mucho y que pensaba que era un buen lugar para la nueva sede del Teatre Lliure. Hacía pocos días, o semanas, no lo recuerdo con exactitud, que le habían negado la plaza de las Arenes y estaba muy disgustado. Después de esto, empezó todo el proyecto del Teatre Lliure en la nueva sede.

A partir del proyecto de Fabià en el Palau de l'Agricultura, después de conseguir que los políticos se comprometiesen en este proyecto -cosa muy complicada en nuestro país-, de luchar unos cuantos años en los que, imagino, muchas veces se pensaría que no valía la pena luchar más, que no se conseguirá nada de nada…, se firma la construcción del nuevo Lliure, lo que para mí, y siempre bajo mi punto de vista, le debíamos todos a Fabià.
Supongo que la casualidad de que el Palau de l'Agricultura estuviera al lado (enfrente) del Mercat de les Flors debía de hacer pensar en la posibilidad de meterlo todo dentro de un proyecto común. Y la necesidad de ampliar el Institut del Teatre hizo lógica la idea de la Ciutat del Teatre.

En primer lugar, tengo que decir que la idea, de entrada, me sorprendió, pero reconozco que nuestros políticos nos han acostumbrado a desconfiar de ellos. Después, pensando con algo más de profundidad, pero sólo con la que me permite mi casi total ignorancia sobre el tema, pensé que tenía que cambiar de mentalidad y situarme en una actitud un poco más avanzada, posiblemente del siglo que acabamos de empezar.

La actriz Laia Marull en una escena de "El polígrafo". La obra de Robert Lepage inauguró en enero pasado la nueva temporada del mercat de les Flors, después de seis meses de cierre por obras.

Sophie Grenier  


Hay algo que encuentro inteligente en todo esto y es que el Institut del Teatre esté aquí dentro. ¿Por qué? Pues porque aquel lugar se tenía que revitalizar si se quería que estuviera vivo, y la mejor manera de hacerlo era aportando gente joven y creando vida allí dentro. Los estudiantes de teatro son una solución magnífica, quizás la única; bajo mi punto de vista, insisto. Hablamos y hablamos muy a menudo de la necesidad de cambiar viejas estructuras que parece que ya no sirvan. No es fácil hacerlo así, solos, cuando todo a nuestro alrededor es exactamente igual. A veces, las circunstancias pueden hacer cambiar realmente la manera de afrontar las cosas.

La Ciutat del Teatre es un tipo de proyecto que creo que te obliga a situarte de una manera diferente respecto al teatro. Un proyecto así obliga a cuestionarse muchas cosas y a funcionar desde puntos de vista muy diferentes. Por ejemplo, yo creo que nuestra sociedad ha sido siempre pequeña, muy cerrada; siempre estamos preservando nuestro sitio sin dejar que ningún otro lo pueda ocupar. Este temor, en mi opinión consecuencia de una cultura muy conservadora, se rompe con proyectos de este tipo. Estos proyectos nos impelen a ser abiertos -sí o sí-, a mirar un poco más allá de nuestro propio ombligo, porque una sociedad cerrada y pequeña no haría posible que toda la ambición cultural del proyecto se llevara a cabo. El mero hecho de que esté el Institut dentro de esta ciutat obliga a prestar atención a gente que nace, actores, directores… y a diferentes maneras de hacer teatro, de concebir el espectáculo. Y, evidentemente, también el hecho de que confluyan todos estos espacios para hacer teatro. Por otro lado -y esto es algo que yo, particularmente, encuentro muy importante-, está la cuestión de hasta qué punto el famoso neoliberalismo puede tener cabida en este proyecto. Creo que se trata de un proyecto que, por sus características y por el modo en que lo ha diseñado Lluís Pasqual, hace bastante difícil la entrada de este terrible término, como mínimo terrible para el arte.

El arte no puede ser uniforme, nunca; el arte siempre existe a partir de la aceptación de la diferencia, y aún más el teatro en el que la "M con la A no es MA" (como decía siempre Lluís). En este espacio en el que confluyen mundos y disciplinas tan diferentes -el Institut del Teatre; el Mercat de les Flors, espacio municipal, y la nueva sede del Teatre Lliure-, no se puede programar cómo tendrá que ser lo que se haga; nacerá de los artistas que trabajen en estos espacios, de la gente y las propuestas de investigación que salgan del Institut… Éste es el verdadero espíritu abierto al que conduce obligatoriamente este proyecto y que me parece lo más importante de todo. Y su sentido de servicio público lo aleja del objetivo principal del neoliberalismo: el negocio.

Creo que son lógicos los miedos que existen respecto a la desatención económica que un proyecto de estas características suele provocar respecto a otros lugares en los que se hace teatro. Desde siempre, nuestros políticos nos han acostumbrado a esto: proponen una cosa que les da propaganda, habitualmente antes de las elecciones, y después o ya no les interesa o, si llegan a realizarlo, perjudica a los demás, sobre todo a los pequeños. Es lo que nos hace decir a los ciudadanos aquello de "ya han cumplido", y después todo les da lo mismo. Mi opinión es que tenemos que aprovechar esto y realmente no dejar que abandonen sus demás obligaciones, exigirles que lo hagan, recordarles que somos nosotros quienes les votamos y que son ellos los que están a nuestro servicio; por tanto, si no lo hacen como es debido, nosotros podemos exigir que se vayan, como pasa en todas partes. Por otro lado, creo que nuestros políticos tienen que acostumbrarse ya a asumir que la cultura es un derecho y, además, que vale dinero, mucho dinero, y que tienen la obligación de asumirlo.

 

 

 

Una gran oportunidad

 

Antoni Dalmau,
comisionado adjunto del proyecto
Ciutat del Teatre

Cuando se habla de la Ciutat del Teatre, hay que empezar deshaciendo unos cuantos malentendidos que, de tan sospechosamente repetidos, hacen casi imposible el debate necesario en torno a uno de los grandes proyectos culturales que la ciudad de Barcelona puede poner en marcha en los próximos años. En este sentido, hay que reconocer también que otros debates colaterales de los últimos tiempos -la polémica surgida respecto al Teatre Nacional de Catalunya y la accidentada marcha de Josep M. Flotats, una cierta crisis del concepto de teatro público, la presión del teatro comercial, la polémica sobre los datos de espectadores, etc.- han acabado de enrarecer un ambiente lleno de susceptibilidades y de intereses.

Dicho esto, quizás es bueno recordar algo tan obvio y tan repetido como el hecho de que la Ciutat del Teatre no existe. Y al mismo tiempo que, aunque las instituciones públicas no estuvieran dispuestas a asumir las propuestas contenidas en el proyecto entregado al alcalde Clos el pasado mes de noviembre, las decisiones adoptadas hace ya unos cuantos años y las infraestructuras teatrales existentes en torno a la plaza Margarida Xirgú obligarían igualmente a definir una política pública para ese espacio de la ciudad. Quizás esto restará gran parte del dramatismo con que algunos, esforzadamente, han querido revestir las decisiones que deben tomarse. Dicho de un modo más claro: el Mercat de les Flors ya existe desde hace tiempo, el Institut del Teatre y la nueva sede del Teatre Lliure (Palau de l'Agricultura) están a punto de terminarse y el bloque de pisos que hay en medio de la plaza ya hace años que está definido como zona de equipamiento público y, por tanto, tarde o temprano tiene que derribarse y ser sustituido por alguna otra cosa. Hasta aquí, estamos hablando de dinero público que hace mucho tiempo que ya ha sido presupuestado y, en una gran proporción, invertido en obra hecha.

Explicada esta verdad tan sencilla, el problema se simplifica enormemente y los aspavientos interesados dan paso una realidad bastante más asequible: tenemos unos cuantos teatros que el verano que viene ya estarán disponibles para los espectadores y tenemos que decidir entre todos cómo se organiza ese conjunto situado al pie de la montaña de Montjuïc. Es evidente que la apertura de estas salas tendrá una incidencia considerable en el mapa teatral de Cataluña y afectará al statu quo que actualmente conocemos, pero también lo es que las decisiones políticas que impulsaron estas infraestructuras teatrales de nueva creación fueron tomadas hace mucho tiempo y que, una por una, edificadas en puntos separados de la ciudad, serán igualmente existentes. Así pues, ¿por qué no sacar provecho de una concentración física que permite economías de escala apreciables y una política teatral cuando menos bien coordinada?
Para completar el panorama, queda el tema del coste ordinario del funcionamiento de este conjunto. Algunos han aparentado alarmarse por la magnitud de las cifras que los periódicos han publicado de un modo bastante confuso, olvidando que los números que se han dado refunden los presupuestos actuales de todos los espacios que se concentran en Montjuïc y que las aportaciones adicionales que tendrían que hacer las administraciones quedan muy por debajo de lo que ya gastan en el Liceu o en el Teatre Nacional, y además a cambio de un número de producciones escénicas notablemente superior.

El problema, pues, no radica aquí -ya que no se trata de cantidades que no sean perfectamente asumibles-, sino en el modelo cultural que nuestras autoridades públicas quieren para la Barcelona del siglo XXI, en si consideran que ya estamos bien servidos en materia teatral -como afirmaba, muy satisfecho, el señor Miró i Ardèvol hace unas cuantas semanas- o bien si pretenden realmente que Cataluña y su capital tengan un papel de primera fila en la escena europea. Es cierto, por otro lado, que hay algunos sectores implicados hasta el cuello en el mundo teatral comercial que encuentran prescindibles las salas que están a apunto de inaugurarse en Montjuïc, pero no parece muy lógico que, por más potentes que sean sus altavoces, sean estos sectores los que definan el potencial y los rasgos característicos de nuestro teatro y la ambición cultural de un país como el nuestro.

En definitiva, el proyecto que ha dirigido Lluís Pasqual no trata ni tan solo de definir los límites de esta ambición cultural -lo que no le correspondía, naturalmente, puesto que ésta es la función corresponde a los políticos democráticamente escogidos-, sino que persigue algo bastante más simple: organizar unos espacios y unas salas de cara a conseguir que reine una lógica de coordinación necesaria y una programación artística de un determinado nivel, así como unas estructuras de acogida para los espectadores que resulten cómodas y eficaces, sobre todo si consideramos que la futura Ciutat del Teatre no se encuentra precisamente en el corazón de la ciudad ni en una zona de fácil acceso hoy por hoy. Es por aquí por donde va el proyecto, acompañado de algunas observaciones bastante pertinentes, entre las que figura la definición de lo que debe ser el teatro público a principios del siglo XXI.

Por lo que se refiere al modelo concreto esbozado, y para decirlo en cuatro palabras, el proyecto defendido por Lluís Pasqual intenta superar no sólo los compartimentos estancos -cada teatro yendo por su cuenta, con los costes y las disfunciones que eso supone-, sino también las trampas y las lógicas de funcionamiento de los teatros nacionales que conocemos y que ya han revelado sus limitaciones de un modo manifiesto.
Se trata, en definitiva, de colocar todas las salas -incluyendo las del Teatre Lliure, naturalmente- en un paquete común y proceder gradualmente a una programación artística basada en programas previamente definidos y sometidos a concurso público, de manera que la Ciutat del Teatre se abra de forma efectiva a todos los creadores que tengan cosas interesantes que ofrecer. Por otro lado, se saca partido de la feliz presencia de una escuela de arte dramático en la zona, estableciendo fórmulas de estrecha colaboración entre el mundo profesional y el mundo académico.

Es un modelo discutible y discutido -como no podía ser de otro modo-, pero tiene la ventaja de evitar buena parte de los escollos tradicionales en este tipo de proyectos y de no limitar la ambición necesaria a condicionamientos particulares y de pocos vuelos. Incluye también la construcción del edificio Fòrum -destinado básicamente a servicios comunes y situado en el lugar que ocupan los pisos que deben ser derribados- y prevé toda una serie de medidas de vialidad, urbanismo, infraestructuras de servicios, aparcamiento, etc., que ya hace mucho que debían haber sido puestas en marcha.

Éste es el proyecto y, en síntesis, así están las cosas. Las circunstancias -y no un plan preconcebido- han hecho que se concentrasen al pie de la montaña de Montjuïc un centro pedagógico y un conjunto de salas de arte dramático que permiten imaginar una auténtica Ciutat del Teatre, como difícilmente encontraríamos otra igual en toda Europa. Valdría la pena, por tanto, que las enormes potencialidades que ofrece no se viesen malogradas por la presión de intereses particulares o por una falta de la ambición necesaria, ya sea por parte de las instituciones públicas que deben dirigirla, ya por parte de los propios sectores teatrales que tienen que ser directamente los protagonistas.