
LA
PREGUNTA
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¿Qué
función puede tener la Ciutat del Teatre?
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A finales de 1999
se presentó el proyecto Ciutat del Teatre, elaborado por Lluís
Pasqual, que propone las líneas de funcionamiento para el nuevo
núcleo escénico de Montjuïc integrado por el Mercat de les Flors
y las nuevas sedes del Teatre Lliure y el Institut del Teatre.
El documento ha sido recibido con recelos por una parte del sector
teatral, que no fue llamado a participar en su elaboración. ¿Qué
papel debería tener la nueva Ciutat del Teatre en un contexto
en el que el teatro público y el teatro privado necesitan consolidar
sus espacios? Como una contribución más al debate que debería
abrirse sobre el proyecto, hemos planteado esta pregunta a Hermann
Bonnín, presidente de la Associació d'Actors i Directors Professionals
de Catalunya; a Antoni Dalmau, comisionado adjunto del proyecto
Ciutat del Teatre, y a la directora teatral Carme Portaceli.
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La
tercera vía
Hermann
Bonnín,
presidente de la associació d'actors i directors
professionals de catalunya
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Una
lluvia de confeti blanco caía sobre el escenario del Lliure al
final de la representación de La nit de les Tríbades, durante
la reposición del montaje que de esta obra realizó Fabià Puigserver
hace veintiún años, y de este modo se invocaba su presencia. Toda
una declaración testimonial de intenciones, de estrategia -¿por
qué no?- para afirmar el presente y exaltar el futuro desde la
consagración del pasado. Dejando de lado significaciones nostálgicas,
sentimentales y/o oportunistas, es indudable que el Lliure, hoy,
sigue destilando una manera de entender y hacer teatro que resulta,
ahora, quizás más testimonial que operativa, depende de cómo se
mire, y quizás, por eso mismo, mucho más necesaria aún. Los valores
ahora imperantes -producción, consumo, gestión, rentabilidad-
contradicen esta concepción artesana y de clan que ha caracterizado
al Lliure, hasta hacer tambalear su supervivencia. Sin embargo,
en una especie de huida hacia delante, el Lliure ha encontrado
un modo de reformular y hacer extensivos los principios que lo
animan al proyecto Ciutat del Teatre, que ha sido entregado al
Ayunta-miento de Barcelona.
La
Ciutat del Teatre, un proyecto global
Hay que recordar que la Ciutat del Teatre no es un proyecto de
obra pública inoculado artificialmente. Es, sobre todo,
un intento de cohesionar, desde una determinada perspectiva -la
del Lliure, naturalmente- a tres instituciones escénicas
preexistentes -el Mercat de les Flors, el Institut del Teatre
y el Lliure- con trayectorias distintas pero complementarias,
aunque, hasta ahora, no formuladas. En un mismo lugar convivirán,
así, un puñado de escenarios -el Grec, también-
y, por tanto, parecía obvio que esta coexistencia vecinal
determinara una intervención que potenciase la imagen global
de su oferta y resolviera cuestiones urbanísticas y de
servicios indispensables (aparcamientos, accesos, restaurantes,
etc.). Y ello en una zona que está situada al pie de Montjuïc,
vecina del Paral.lel, que fue, de hecho, la primera de las ofertas
de ocio popular que se implantó hace más de un siglo
en la ciudad, al pie mismo de las fuentes y los merenderos de
la montaña.
En resumen, la nueva Ciutat del Teatre que se propone no aparece
como un proyecto monumentalista emergido de la decisión
política. Esta Ciutat del Teatre, insisto, es el resultado
de una convivencia gremial de equipamientos escénicos.
Es obligado, pues, que el Ayuntamiento se plantee y afronte una
intervención urbanística y de imagen global. Una
vez dicho y redicho esto, antes es necesario afrontar y asumir
un reto conceptual.
La perspectiva del Lliure
El proyecto Ciutat del Teatre que firma el comisionado Lluís Pasqual,
desde la explícita perspectiva del Lliure, uno de los tres establecimientos
involucrados, no es un programa ideológicamente neutro. La propuesta
está formulada, según dicen, desde el mundo de las ideas, del
compromiso del teatro entendido como un bien público al servicio
de la cohesión social, del progreso y de la acción cultural como
fórmula de dinamización colectiva. Una propuesta higiénica, agitadora
y, obviamente, merecedora de la máxima atención. Sobre todo porque
aparece en su argumentación como una propuesta abierta a la participación
de todos y orgánicamente transversal con las otras dos instituciones
implicadas (Mercat de les Flors e Institut del Teatre).
Un
teatro público no "institucional"
Y así es como entramos en el fondo de la cuestión
y, por tanto, en el meollo de un posible debate. Mientras que
el Mercat de les Flors es un teatro institucional, en este caso
del Ayuntamiento de Barcelona, y el Institut del Teatre un organismo
dependiente de la Diputación, el Lliure, a través
de su fundación, es un ente autónomo con vocación
de teatro público y dependencia económica de las
administraciones. Pero es precisamente desde este concepto -teatro
público no institucional- desde el que el Lliure proyecta
su propuesta de cohesión global para la Ciutat del Teatre.
Un modelo, por tanto, original, desvinculado de las dependencias
políticas del teatro público oficial. Las actividades
de la Ciutat del Teatre, concebidas de este modo, podrían
constituir una oferta pública orgánicamente diferente,
por ejemplo, de la del Teatre Nacional de Catalunya. Una especie
de tercera vía entre el teatro oficial y el privado, próxima,
en sus orígenes, a los stabiles italianos de los setenta.
Naturalmente, esta propuesta provoca recelos y temores, tanto
en la Administración pública, que ve cómo
deja de ejercer un control político directo, como en la
empresa privada, que ve engrosar la inversión económica
del teatro público cuando los recursos globales del sector
son, en Cataluña, vergonzosamente raquíticos.
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Interior
del nuevo edificio del Institut del Teatre, con el Mercat
de les Flors al fondo. El vestíbulo de este teatro municipal
aparece en la fotografía de la derecha.
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| ©
Eva Guillamet |
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Sin embargo, las fronteras entre empresa pública y privada
no son -y quizás es bueno que no lo sean- lo bastante claras
desde la perspectiva de su oferta escénica. El teatro institucional
es excesivamente sensible a la rentabilidad inmediata y a las
demandas del mercado, y el privado coquetea con la exigencia artística
y el compromiso cultural. Es por esta razón por lo que
no se puede descalificar un proyecto como el de la Ciutat del
Teatre. El teatro catalán no tiene tradición institucional,
eso es un hecho, y es, no obstante, desde su independencia desde
donde ha alcanzado una voz propia y reconocida. Ahora, con la
irrupción de una empresa con voluntad de erigir una industria
del espectáculo solvente y competitiva, se suscita una
dialéctica en la que hay que profundizar para reconciliar
y, finalmente, complementar competencias. Habrá que delimitar
y pactar, evidentemente, el espacio público que tendría
que corresponder a la actividad de la Ciutat del Teatre (formación,
conservación, difusión del repertorio universal,
apuestas creativas, etc.).
El espacio
del teatro público
Ahora -o hasta ahora- tenemos un teatro municipal (Mercat de les
Flors) que acoge producciones internacionales y coproduce con
compañías locales, un Institut del Teatre que contribuye
a través de sus escenarios a la promoción de sus
grupos y el Lliure, con una poética propia y una gestión
singular. El proyecto Ciutat del Teatre plantea una alternativa
conjunta para los tres. En principio, esto es bueno. El hecho
de que lo haga desde la perspectiva de uno de los implicados -el
Lliure- puede justificarse en la medida en que de los tres es
el que ha destilado, a través de una actividad creativa
estable y consolidada, una manera de entender el teatro público.
La formulación teórica de la Ciutat del Teatre es
natural, e incluso es coherente que esté impregnada de
una filosofía y/o ideología que ya forma parte de
nuestro pequeño imaginario escénico como punto de
referencia y de partida, y que se base en ella. El Lliure, pues,
o mejor dicho el proyecto Ciutat del Teatre de Lluís Pasqual,
debería entenderse, y ésta es la cuestión
esencial, tan solo como el inseminador, el impulsor, el generador
o como queramos llamarle. En definitiva, como el arquero que lanza
la saeta, la cual es indispensable que tenga impulso, dinamismo,
vida propia autónoma de sus orígenes. Es decir,
creo que esto es lo que debería garantizarse desde la estructura
que se cree. La acción de un organismo vivo tejido con
la complicidad de toda la profesión y la sociedad a la
que se dirige. Algunas de las ideas motrices del proyecto van
en esta dirección. Una ciudad para los profesionales, con
una estructura abierta, no piramidal; una ciudad renacentista;
una ciudad república; puerto franco; "con una trama
de equipamientos comunes y una urdimbre de proyectos artísticos",
con la figura legal de un consorcio y con un gobierno transversal.
Y unos programas artísticos abiertos a la iniciativa privada
a través de concursos públicos.
El hecho de que el proyecto se nutra de conceptos como los de
"motor para la reflexión sobre el teatro como reflejo
de la sociedad, que tiene que priorizar su acción creativa
desde unos supuestos sociales y políticos y el compromiso
estético y ético con relación a la sociedad
en la que está ubicado" y que recuerde que el teatro
es un artesanado, una de las Bellas Artes, y no una factoría
de bienes culturales -como lo pueden ser la edición, la
discografía, el audiovisual-, así como que se respete
el tiempo del artista como modelo de producción, son, todos
ellos, puntos de partida que un teatro público tiene el
deber de asumir. Son conceptos que han de iluminar, animar, alentar
a esta Ciutat y darle significado.
Y todo ello haciendo un esfuerzo todos -políticos, empresas,
profesionales- para evitar polémicas y descalificaciones
apriorísticas. Es un hecho que el concepto de teatro público
en Cataluña no ha penetrado en el tejido social, no dispone
de modelo ni de tradición, pero es cierto que no tiene
por qué replegarse a la defensiva o culpabilizarse. Público
y privado no son términos opuestos y mucho menos irreconciliables.
No tienen por qué serlo. No lo son en ninguna parte. Y
menos deberían serlo aquí, donde disponemos históricamente
de una iniciativa privada -ahora se la llama sociedad civil- que
en el terreno de la cultura ha asumido responsabilidades sustitutorias
de un poder político real inexistente. La burguesía
ilustrada, por un lado, y el mundo del trabajo a través
de cooperativas y asociaciones, por el otro, han jugado, en una
Cataluña sin estado propio, un papel de impulsores de la
cultura.
Sin complejos, pues, por parte de ninguno de los intereses representados
dentro del sector de las artes escénicas, debe impulsarse,
en mi opinión, la materialización del proyecto Ciutat
del Teatre (y, ¿por qué no Ciutat de les Arts si
se hace extensivo, si se coordinase, con la oferta museística
de la montaña de Montjuïc?).
Las jornadas
de reflexión y debate
La Associació d'Actors i Directors Professionals de Catalunya,
junto con el Institut del Teatre, organizó hace poco más
de un año las jornadas de reflexión y debate que
aportaron unas meditadas conclusiones que, ahora, la Coordinadora
de Profesio-nales de las Artes Escénicas reivindica como
punto de partida para el desarrollo del sector y su relación
con las administraciones locales y de gobierno. El proyecto Ciutat
del Teatre, por tanto, debe enmarcarse dentro de este documento,
que ya contempla el teatro como un bien público y por eso
mismo susceptible de ser protegido por la Administración
dentro de una política que hay que ir desarrollando de
reequilibrio de los recursos públicos que se invierten
y de mayores competencias territoriales. Y es precisamente a través
de esta coordinadora que debe garantizarse la presencia y la voz
de los profesionales del sector en los órganos de gobierno
rectores o directivos de la Ciutat del Teatre a través
de su propio Consorcio.
El proyecto debe profundizar también en las relaciones
con la universidad a través del Institut del Teatre, como
motor de formación, investigación y preservación
del patrimonio cultural de las artes escénicas, así
como con las relaciones con este valioso activo representado por
la sociedad civil (fundaciones, empresas, compañías,
etc.).
Nos hace falta la Ciutat del Teatre
El crítico Pablo Ley afirma (El País 12/12/99) que
"una gran ciudad que no sepa, de la manera que sea, reunir
3.500 millones de pesetas (y muchos más) para gastarlos
en cultura (y que después recuperará en inteligencia
y en prestigio) no merece ni siquiera el adjetivo de 'gran', sino
el de 'provinciana'".
En 1970 Feliu Formosa, en Per a una acció teatral, hablaba
de unos planteamientos que superasen la falsa oposición
teatro profesional-teatro independiente para alcanzar y aspirar
a resolver una problemática global: la del teatro catalán
como hecho social y artístico. Treinta años después,
y ante un proyecto como éste, es necesario, como dice Lluís
Pasqual, que los términos teatro privado-teatro público
dejen de ser antagónicos.
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Lluís
Pasqual ha sido el autor del proyecto Ciutat del Teatre.
Esta propuesta debería garantizar "la acción
de un organismo vivo tejido con la complicidad de toda
la profesión y la sociedad a la que se dirige",
en opinión de Hermann Bonnín.
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Ros Ribas |
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La Ciutat del Teatre, por tanto, es un proyecto que debe contribuir
a hacer de Barcelona esta ciudad del conocimiento a la que aspiramos.
Y esto debe asumirse desde una perspectiva que responda a la pluriculturalidad
y el bilingüismo de la sociedad a la que se dirige. Y eso
a partir de todos los profesionales de las artes escénicas
que siguen creyendo que éstas son unas de las formas más
perfectas y ricas -y sigo citando a Feliu Formosa- para plantear
cuestiones que afectan la marcha de una sociedad y que hay que
definir en cada momento y para cada circunstancia histórica.
Y de todos aquellos que estamos convencidos de que la Ciutat del
Teatre debe ir más allá, mucho más allá
de las funciones características de un parque temático
cultural desprovisto de criterios, preceptos, convicciones o postulados.
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Dejar
de mirarse
el ombligo
Carme
Portaceli,
directora de teatro
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Todavía
recuerdo la noche en que Fabià Puigserver vino a ver al
Palau de l'Agricul-tura un ensayo de Combat de negre i de gossos,
de Koltès, en septiembre de 1988. Además de hacerme
de maestro (era un sabio) y decirme lo que encontraba bien y lo
que encontraba mal, mientras esperaba a que yo diera las notas
a los actores -aquellas notas de antes del estreno- para luego
marcharnos juntos, miraba muy interesado aquel espacio destrozado
(ideal para el Combat, para Koltès y su mundo). Me llamó
la atención y le pregunté. Me dijo que le gustaba
mucho y que pensaba que era un buen lugar para la nueva sede del
Teatre Lliure. Hacía pocos días, o semanas, no lo
recuerdo con exactitud, que le habían negado la plaza de
las Arenes y estaba muy disgustado. Después de esto, empezó
todo el proyecto del Teatre Lliure en la nueva sede.
A partir del proyecto de Fabià en el Palau de l'Agricultura,
después de conseguir que los políticos se comprometiesen
en este proyecto -cosa muy complicada en nuestro país-,
de luchar unos cuantos años en los que, imagino, muchas
veces se pensaría que no valía la pena luchar más,
que no se conseguirá nada de nada
, se firma la construcción
del nuevo Lliure, lo que para mí, y siempre bajo mi punto
de vista, le debíamos todos a Fabià.
Supongo que la casualidad de que el Palau de l'Agricultura estuviera
al lado (enfrente) del Mercat de les Flors debía de hacer
pensar en la posibilidad de meterlo todo dentro de un proyecto
común. Y la necesidad de ampliar el Institut del Teatre
hizo lógica la idea de la Ciutat del Teatre.
En primer lugar, tengo que decir que la idea, de entrada, me sorprendió,
pero reconozco que nuestros políticos nos han acostumbrado
a desconfiar de ellos. Después, pensando con algo más
de profundidad, pero sólo con la que me permite mi casi
total ignorancia sobre el tema, pensé que tenía
que cambiar de mentalidad y situarme en una actitud un poco más
avanzada, posiblemente del siglo que acabamos de empezar.
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La
actriz Laia Marull en una escena de "El polígrafo".
La obra de Robert Lepage inauguró en enero pasado
la nueva temporada del mercat de les Flors, después
de seis meses de cierre por obras.
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| Sophie
Grenier |
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Hay algo que encuentro inteligente en todo esto y es que el Institut
del Teatre esté aquí dentro. ¿Por qué?
Pues porque aquel lugar se tenía que revitalizar si se
quería que estuviera vivo, y la mejor manera de hacerlo
era aportando gente joven y creando vida allí dentro. Los
estudiantes de teatro son una solución magnífica,
quizás la única; bajo mi punto de vista, insisto.
Hablamos y hablamos muy a menudo de la necesidad de cambiar viejas
estructuras que parece que ya no sirvan. No es fácil hacerlo
así, solos, cuando todo a nuestro alrededor es exactamente
igual. A veces, las circunstancias pueden hacer cambiar realmente
la manera de afrontar las cosas.
La Ciutat del Teatre es un tipo de proyecto que creo que te obliga
a situarte de una manera diferente respecto al teatro. Un proyecto
así obliga a cuestionarse muchas cosas y a funcionar desde
puntos de vista muy diferentes. Por ejemplo, yo creo que nuestra
sociedad ha sido siempre pequeña, muy cerrada; siempre
estamos preservando nuestro sitio sin dejar que ningún
otro lo pueda ocupar. Este temor, en mi opinión consecuencia
de una cultura muy conservadora, se rompe con proyectos de este
tipo. Estos proyectos nos impelen a ser abiertos -sí o
sí-, a mirar un poco más allá de nuestro
propio ombligo, porque una sociedad cerrada y pequeña no
haría posible que toda la ambición cultural del
proyecto se llevara a cabo. El mero hecho de que esté el
Institut dentro de esta ciutat obliga a prestar atención
a gente que nace, actores, directores
y a diferentes maneras
de hacer teatro, de concebir el espectáculo. Y, evidentemente,
también el hecho de que confluyan todos estos espacios
para hacer teatro. Por otro lado -y esto es algo que yo, particularmente,
encuentro muy importante-, está la cuestión de hasta
qué punto el famoso neoliberalismo puede tener cabida en
este proyecto. Creo que se trata de un proyecto que, por sus características
y por el modo en que lo ha diseñado Lluís Pasqual,
hace bastante difícil la entrada de este terrible término,
como mínimo terrible para el arte.
El
arte no puede ser uniforme, nunca; el arte siempre existe a partir
de la aceptación de la diferencia, y aún más
el teatro en el que la "M con la A no es MA" (como decía
siempre Lluís). En este espacio en el que confluyen mundos
y disciplinas tan diferentes -el Institut del Teatre; el Mercat
de les Flors, espacio municipal, y la nueva sede del Teatre Lliure-,
no se puede programar cómo tendrá que ser lo que
se haga; nacerá de los artistas que trabajen en estos espacios,
de la gente y las propuestas de investigación que salgan
del Institut
Éste es el verdadero espíritu
abierto al que conduce obligatoriamente este proyecto y que me
parece lo más importante de todo. Y su sentido de servicio
público lo aleja del objetivo principal del neoliberalismo:
el negocio.
Creo que son lógicos los miedos que existen respecto a
la desatención económica que un proyecto de estas
características suele provocar respecto a otros lugares
en los que se hace teatro. Desde siempre, nuestros políticos
nos han acostumbrado a esto: proponen una cosa que les da propaganda,
habitualmente antes de las elecciones, y después o ya no
les interesa o, si llegan a realizarlo, perjudica a los demás,
sobre todo a los pequeños. Es lo que nos hace decir a los
ciudadanos aquello de "ya han cumplido", y después
todo les da lo mismo. Mi opinión es que tenemos que aprovechar
esto y realmente no dejar que abandonen sus demás obligaciones,
exigirles que lo hagan, recordarles que somos nosotros quienes
les votamos y que son ellos los que están a nuestro servicio;
por tanto, si no lo hacen como es debido, nosotros podemos exigir
que se vayan, como pasa en todas partes. Por otro lado, creo que
nuestros políticos tienen que acostumbrarse ya a asumir
que la cultura es un derecho y, además, que vale dinero,
mucho dinero, y que tienen la obligación de asumirlo.
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Una
gran oportunidad
Antoni
Dalmau,
comisionado adjunto del proyecto
Ciutat del Teatre
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Cuando se
habla de la Ciutat del Teatre, hay que empezar deshaciendo unos
cuantos malentendidos que, de tan sospechosamente repetidos, hacen
casi imposible el debate necesario en torno a uno de los grandes
proyectos culturales que la ciudad de Barcelona puede poner en
marcha en los próximos años. En este sentido, hay
que reconocer también que otros debates colaterales de
los últimos tiempos -la polémica surgida respecto
al Teatre Nacional de Catalunya y la accidentada marcha de Josep
M. Flotats, una cierta crisis del concepto de teatro público,
la presión del teatro comercial, la polémica sobre
los datos de espectadores, etc.- han acabado de enrarecer un ambiente
lleno de susceptibilidades y de intereses.
Dicho esto, quizás es bueno recordar algo tan obvio y tan
repetido como el hecho de que la Ciutat del Teatre no existe.
Y al mismo tiempo que, aunque las instituciones públicas
no estuvieran dispuestas a asumir las propuestas contenidas en
el proyecto entregado al alcalde Clos el pasado mes de noviembre,
las decisiones adoptadas hace ya unos cuantos años y las
infraestructuras teatrales existentes en torno a la plaza Margarida
Xirgú obligarían igualmente a definir una política
pública para ese espacio de la ciudad. Quizás esto
restará gran parte del dramatismo con que algunos, esforzadamente,
han querido revestir las decisiones que deben tomarse. Dicho de
un modo más claro: el Mercat de les Flors ya existe desde
hace tiempo, el Institut del Teatre y la nueva sede del Teatre
Lliure (Palau de l'Agricultura) están a punto de terminarse
y el bloque de pisos que hay en medio de la plaza ya hace años
que está definido como zona de equipamiento público
y, por tanto, tarde o temprano tiene que derribarse y ser sustituido
por alguna otra cosa. Hasta aquí, estamos hablando de dinero
público que hace mucho tiempo que ya ha sido presupuestado
y, en una gran proporción, invertido en obra hecha.
Explicada esta verdad tan sencilla, el problema se simplifica
enormemente y los aspavientos interesados dan paso una realidad
bastante más asequible: tenemos unos cuantos teatros que
el verano que viene ya estarán disponibles para los espectadores
y tenemos que decidir entre todos cómo se organiza ese
conjunto situado al pie de la montaña de Montjuïc.
Es evidente que la apertura de estas salas tendrá una incidencia
considerable en el mapa teatral de Cataluña y afectará
al statu quo que actualmente conocemos, pero también lo
es que las decisiones políticas que impulsaron estas infraestructuras
teatrales de nueva creación fueron tomadas hace mucho tiempo
y que, una por una, edificadas en puntos separados de la ciudad,
serán igualmente existentes. Así pues, ¿por
qué no sacar provecho de una concentración física
que permite economías de escala apreciables y una política
teatral cuando menos bien coordinada?
Para completar el panorama, queda el tema del coste ordinario
del funcionamiento de este conjunto. Algunos han aparentado alarmarse
por la magnitud de las cifras que los periódicos han publicado
de un modo bastante confuso, olvidando que los números
que se han dado refunden los presupuestos actuales de todos los
espacios que se concentran en Montjuïc y que las aportaciones
adicionales que tendrían que hacer las administraciones
quedan muy por debajo de lo que ya gastan en el Liceu o en el
Teatre Nacional, y además a cambio de un número
de producciones escénicas notablemente superior.
El problema, pues, no radica aquí -ya que no se trata de
cantidades que no sean perfectamente asumibles-, sino en el modelo
cultural que nuestras autoridades públicas quieren para
la Barcelona del siglo XXI, en si consideran que ya estamos bien
servidos en materia teatral -como afirmaba, muy satisfecho, el
señor Miró i Ardèvol hace unas cuantas semanas-
o bien si pretenden realmente que Cataluña y su capital
tengan un papel de primera fila en la escena europea. Es cierto,
por otro lado, que hay algunos sectores implicados hasta el cuello
en el mundo teatral comercial que encuentran prescindibles las
salas que están a apunto de inaugurarse en Montjuïc,
pero no parece muy lógico que, por más potentes
que sean sus altavoces, sean estos sectores los que definan el
potencial y los rasgos característicos de nuestro teatro
y la ambición cultural de un país como el nuestro.
En definitiva, el proyecto que ha dirigido Lluís Pasqual
no trata ni tan solo de definir los límites de esta ambición
cultural -lo que no le correspondía, naturalmente, puesto
que ésta es la función corresponde a los políticos
democráticamente escogidos-, sino que persigue algo bastante
más simple: organizar unos espacios y unas salas de cara
a conseguir que reine una lógica de coordinación
necesaria y una programación artística de un determinado
nivel, así como unas estructuras de acogida para los espectadores
que resulten cómodas y eficaces, sobre todo si consideramos
que la futura Ciutat del Teatre no se encuentra precisamente en
el corazón de la ciudad ni en una zona de fácil
acceso hoy por hoy. Es por aquí por donde va el proyecto,
acompañado de algunas observaciones bastante pertinentes,
entre las que figura la definición de lo que debe ser el
teatro público a principios del siglo XXI.
Por lo que se refiere al modelo concreto esbozado, y para decirlo
en cuatro palabras, el proyecto defendido por Lluís Pasqual
intenta superar no sólo los compartimentos estancos -cada
teatro yendo por su cuenta, con los costes y las disfunciones
que eso supone-, sino también las trampas y las lógicas
de funcionamiento de los teatros nacionales que conocemos y que
ya han revelado sus limitaciones de un modo manifiesto.
Se trata, en definitiva, de colocar todas las salas -incluyendo
las del Teatre Lliure, naturalmente- en un paquete común
y proceder gradualmente a una programación artística
basada en programas previamente definidos y sometidos a concurso
público, de manera que la Ciutat del Teatre se abra de
forma efectiva a todos los creadores que tengan cosas interesantes
que ofrecer. Por otro lado, se saca partido de la feliz presencia
de una escuela de arte dramático en la zona, estableciendo
fórmulas de estrecha colaboración entre el mundo
profesional y el mundo académico.
Es un modelo discutible y discutido -como no podía ser
de otro modo-, pero tiene la ventaja de evitar buena parte de
los escollos tradicionales en este tipo de proyectos y de no limitar
la ambición necesaria a condicionamientos particulares
y de pocos vuelos. Incluye también la construcción
del edificio Fòrum -destinado básicamente a servicios
comunes y situado en el lugar que ocupan los pisos que deben ser
derribados- y prevé toda una serie de medidas de vialidad,
urbanismo, infraestructuras de servicios, aparcamiento, etc.,
que ya hace mucho que debían haber sido puestas en marcha.
Éste es el proyecto y, en síntesis, así están
las cosas. Las circunstancias -y no un plan preconcebido- han
hecho que se concentrasen al pie de la montaña de Montjuïc
un centro pedagógico y un conjunto de salas de arte dramático
que permiten imaginar una auténtica Ciutat del Teatre,
como difícilmente encontraríamos otra igual en toda
Europa. Valdría la pena, por tanto, que las enormes potencialidades
que ofrece no se viesen malogradas por la presión de intereses
particulares o por una falta de la ambición necesaria,
ya sea por parte de las instituciones públicas que deben
dirigirla, ya por parte de los propios sectores teatrales que
tienen que ser directamente los protagonistas.
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