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El modelo Barcelona


27 arquitectos, 57 proyectos

Relación de proyectos


 
 

 

El modelo
Barcelona

 

La reciente concesión de la Medalla de Oro del RIBA -Royal Institute of British Architects- a la ciudad de Barcelona puso de manifiesto la resonancia internacional que la última transformación de la ciudad ha tenido en el ámbito arquitectónico. Era ésta la primera ocasión en que el prestigioso galardón británico se concedía a una ciudad, a una idea de urbanismo, por encima del reconocimiento a la labor arquitectónica de un individuo o un equipo de profesionales. El Royal Institute of British Architects premiaba un urbanismo -realizado desde la Administración y, por lo tanto, con directrices políticas- capaz de combinar la calidad arquitectónica con el respeto histórico y, sobre todo, con las urgencias sociales. La arquitectura es un arte complejo y tricéfalo que, con frecuencia, descuida la altivez de alguna de sus cabezas -económica, cultural y social- o, por el contrario, se desmesura.

Que el urbanismo realizado en la ciudad de Barcelona -la apertura al mar y la recuperación del frente marítimo, el saneamiento y la peatonalización del centro histórico, la construcción de innumerables espacios públicos, el cuidado y la coherencia en el mobiliario urbano y las microarquitecturas- constituye ya un modelo exportable lo corrobora el hecho de que numerosos arquitectos barceloneses -Manuel de Solà-Morales; Emili Donato; Joan Busquets; Martorell, Bohigas y Mackay (MBM), y Beth Galí- trabajan en la reconversión de áreas urbanas en Europa y en otros lugares del mundo. Esta incidencia en el urbanismo internacional llega, como es natural, inmediatamente después del reconocimiento del llamado modelo Barcelona, difundido por exposiciones y publicaciones además de por la propia ciudad. El reconocimiento llega, también, en un momento en que muchos de los artífices de la mejora urbanística han dado la voz de alarma ante la tan necesaria como peligrosa intervención reciente de los inversores privados. Los últimos acontecimientos, las últimas críticas -muchas veces procedentes de los arquitectos que propiciaron la transformación- serían, si fueran atendidas, el colofón del modelo, la capacidad para generar autocrítica y, de esta manera, asegurar su vigencia, mantenimiento y vitalidad.

Vista general del edificio de las galerias Rivadavia, de Antoni Bonet Correa, en Mar de Plata.

Archivo Històrico del COAC  

 

Desde la gran escala del urbanismo de la ciudad hasta la menor del interiorismo o la minúscula de algunos objetos de diseño, un factor ya innegable es la conexión que se lee internacionalmente entre la ciudad de Barcelona y el diseño más esmerado. Bares, restaurantes y discotecas, locales comerciales y espacios para el ocio se han beneficiado de una imagen consensuada atenta al detalle y a la ejecución de los trabajos resueltos en varios estilos arquitectónicos -fundamentalmente más depurados o más diseñados-. Más allá del diseño, tan tímido como elegante, propagado desde la Escuela de Arquitectura de Barcelona -en viviendas que combinaban las directrices del estilo internacional con la tradición mediterránea y, posteriormente, el cuidado exquisito de los materiales, fundamentalmente combinaciones de metales y maderas-, el lenguaje que sí marcó un hito internacional asociado a la ciudad de Barcelona fue el que quedó encerrado en algunos de los bares, restaurantes y locales para noctámbulos de la ciudad. El diseño cuidado y festivo que invadió Barcelona a finales de los años ochenta contribuyó a lanzar una imagen internacional de cuidado exquisito y vida hedonista. La repercusión de esa imagen se materializó en el número creciente de encargos que, provenientes de empresas extranjeras, recibieron los diseñadores y proyectistas barceloneses y, como la marca de una época, en el proyecto para el hotel-bar-restaurante y discoteca japonés que se llamó Barna Crossing. El edificio de Fukuoka había sido proyectado por un arquitecto italiano que exportó ideas además de edificios: Aldo Rossi. Dentro de ese edificio, el interiorismo de Alfredo Arribas -uno de los gurus de los bares barceloneses- convivía con el grafismo de Xavier Mariscal y el diseño de Juli Capella y Quim Larrea.

Los dos extremos -el urbanismo y el diseño, los espacios públicos y el interiorismo- serían la principal moneda de cambio de una ciudad que exporta arquitectura. No obstante, sería ingenuo pretender convertir la denominación de origen, la marca de una ciudad, en el único generador de esta exportación de ideas y proyectos, pues los artífices de este comercio, una veintena de profesionales, no podrían ser más variopintos. Es sabido, además, que la unidad europea ha dado como resultado, entre otras cosas, el movimiento de los arquitectos y la internacionalización de muchos concursos. Sin embargo, sí es cierto que muchos de los encargos recibidos -sobre todo los de urbanismo- están avalados por la experiencia barcelonesa. Tanto los profesionales que han recibido los mayores encargos o que han ganado los concursos más importantes (Solà-Morales, MBM) como algunos de los más jóvenes proyectistas (Octavio Mestre) recibieron en sus encargos la consigna del modelo Barcelona.


Antecedentes

No es ésta la primera ocasión en que la ciudad exporta su arquitectura, o la primera vez en que los profesionales barceloneses trabajan fuera de Barcelona, aunque sí podría ser éste -las últimas dos décadas- el primer momento en que un número creciente de arquitectos barceloneses trabajan en el extranjero -incluso algunos de ellos lo hacen más fuera de la Península Ibérica que en su lugar de origen-. Con anterioridad a estas fechas, los profesionales exportadores constituían casos aislados, pioneros clasificables fundamentalmente en tres grupos: los aventureros o comerciantes, los exiliados y los relacionados internacionalmente.

Un arquitecto pionero en este campo fue Gaietà Buïgas (1851-1919). Conocido por ser el autor del monumento a Colón en Barcelona, Buïgas emigró a América tras haber realizado diversos edificios en Cataluña: el Pabellón Naval en la Exposición de Barcelona (1888), el Balneario Vichy Catalán de Caldes (1898) o, ese mismo año, el Palacio Comella en Vic. El arquitecto se instaló en Montevideo en 1904 y allí, tal vez influido por el nuevo contexto, sus trabajos abandonaron el sello, epidérmico y casi anecdótico, del modernismo que había dejado en los edificios catalanes para recubrirse de un estilo neoclásico contextualizante que le llevaría a construir por todo Uruguay. Tras levantar edificios como el Banco Popular de Uruguay (Montevideo, 1905) o el edificio para la Unión Católica (Minas, 1907), Buïgas se trasladaría a Buenos Aires. Por aquellas fechas, y para la catedral de la capital argentina precisamente, los arquitectos Puig i Cadafalch y Goday habían presentado un diseño neogótico que no llegaría a realizarse.

Rafael Gustavino (1842-1908) sería el segundo arquitecto barcelonés en la lista de pioneros exportadores y su figura coincidiría más con la de un empresario emprendedor y, por descontado, osado y aventurero que con la de un evangelista de la tradición catalana. Como maestro de obras, Gustavino había construido varias viviendas en Barcelona. En la fábrica Batlló (1868), en la calle Urgell, había ensayado la bóveda a la catalana, que recuperaba una tradición constructiva medieval. El cemento pórtland era un factor fundamental en la nueva resistencia de las superficies abovedadas -realizadas con dos capas de ladrillo mampuesto- y esa nueva pericia constructiva fue, precisamente, la que llevaría hasta Filadelfia para la feria de 1876. Tras Filadelfia, Gustavino colaboraría con los primeros gabinetes de consulta aparecidos en Nueva York y en Boston. Así, asesoraría en la construcción de más de un millar de edificios: desde la cripta de la catedral de St. John the Divine (1901) -cuyo claustro ultima ahora Santiago Calatrava- en Nueva York, hasta la biblioteca de Boston (1895).

En 1887, Antoni Gaudí (1852-1926) viaja por Andalucía, Tetuán y Tánger en compañía del marqués de Comillas, y dibuja un proyecto para el edificio de las Misiones Católicas en Tánger que no llegaría a construirse. Veinte años después, un promotor norteamericano fascinado por las obras de la Sagrada Família le encargará a Gaudí un hotel-rascacielos en Nueva York, que tampoco pasaría del papel. Sería otro arquitecto barcelonés, Ignasi Brugueras (1883-1963), que entonces vivía en El Salvador, quien recuperara algunos de los trazos de Gaudí para el proyecto de otro rascacielos en Nueva York y para un monumento conmemorativo de la Independencia de Guatemala.

Nicolau Rubió i Tudurí (1891-1981) sería, posiblemente, el último de los arquitectos viajeros, el último personaje aventurero. En 1931 proyectó un jardín aterrazado, basado en los huertos mediterráneos, para la duquesa de Gramont en Vigoleno (Italia). Poco después llegaría la modernidad internacional del GATCPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) y, de entre ellos, tras la estela de Le Corbusier, destaca la figura indiscutible de Josep Lluís Sert (1902-1983). Sert, que había realizado con Luis Lacasa el Pabellón de la República de España en la Exposición Internacional de París de 1937 durante la Guerra Civil, se exilió a Nueva York tras la contienda. Allí se convirtió en presidente del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) y en 1943 se asoció con Paul Schulz y Paul Lester con los que llegaría a realizar el urbanismo de varias ciudades sudamericanas: La Nueva Cidade dos Motores en Brasil (1945) compite con los planos para una nueva Bogotá en Venezuela (1951), un nuevo Medellín en Colombia (1949) o reformas en Chimbote (Perú, 1948) o La Habana (Cuba, 1955-58). En Irak proyectaría años después la embajada de Estados Unidos.

Como decano de la Universidad de Harvard y asociado a Jackson proyectaría edificios de oficinas, escuelas y centros de negocios. Sería al final de su trayectoria y junto al Mediterráneo, en el convento de Carmel de la Paix (Mazelle, 1972), en la casa para Georges Braque en Saint Paul de Vence (1960) o en la Fundación Maeght de la misma localidad, cuando recuperaría el gusto por la bóveda catalana.

Un discípulo de Sert, Antoni Bonet Correa (1913-1989) coincidió como colaborador en el estudio de Le Corbusier con dos arquitectos argentinos, Turchan y Ferrari, que lo convencerían para que se trasladase a Buenos Aires. Allí construiría el edificio Paraguay-Suipacha (1938), las Casas Martínez (1940), Oks (1955), Olmos (1960) y, entre otros, el edificio Rivadavia en Mar del Plata (1957). Junto a sus socios argentinos, Bonet realizaría, además, el diseño de la silla Mariposa, representante indiscutible en la historia de las sillas de este siglo.

De los exiliados a los maestros. Josep Antoni Coderch, uno de los arquitectos que mayor influencia ha tenido en las últimas generaciones barcelonesas -y españolas- debe a su amistad con Gio Ponti y Alberto Sartoris -trabada en 1949 durante la V Asamblea Nacional de Arquitectura celebrada en Barcelona- el encargo del Pabellón Español para la IX Trienal de Milán en 1951. Él es, probablemente, el último arquitecto exportador de entre los profesionales del pasado. La Casa Vittoria, construida por Lluís Clotet y Òscar Tusquets en 1970 en la isla de Pantelleria (Italia), inaugura el espacio de la exportación contemporánea -y en muchos casos posmoderna- que las páginas que vienen a continuación completan, esperamos que exhaustiva e indiscriminadamente.