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200 aņos
de navegaciķn a escala 

TEXTO: Karles Torra   FOTOS: Enrique Marco

 

Son barcos y se llaman "Barcelona", pero nunca se harán a la mar. El World Trade Center inaugurará este año, en medio del puerto, una sala con 33 reproducciones a escala de todos los barcos que durante los siglos XIX y XX ostentaron el nombre de la ciudad sobre su casco.



Fragatas de vela, barcos que llevaban inmigrantes a América, petroleros, vapores, ferris fluviales, cruceros turísticos, cargueros de coches o de frutas… La exposición mostrará todos los barcos que se puedan localizar que, en un momento u otro, han hecho navegar el nombre de Barcelona por los mares y océanos de todo el mundo. El proyecto cuesta cien millones de pesetas, que aportan Fomento de Construcciones y Contratas, Dragados y Construcciones y Port de Barcelona, cifra que evidencia que se trata de algo más que de una muestra de barquitos.

Es la primera vez que se lleva a cabo una tarea de documentación y localización de estas características. Y no ha sido fácil. Eran conocidas las embarcaciones construidas a partir de los años setenta. Se sabía que, por ejemplo, en 1973 en Puerto Real se construyó un petrolero gigante de 334 metros de eslora que si se hubiera sacado del agua y llevado hasta la Gran Via habría ocupado el espacio comprendido entre el Passeig de Gràcia y la calle Aribau, alcanzando la altura de los edificios. Sin embargo, este monstruo de 120.000 toneladas tuvo una vida muy corta. En 1988 fue bombardeado por aviones iraquíes en el estrecho de Ormuz.

De la misma época son dos portacontenedores, una motonave holandesa y cuatro portacoches. En la actualidad, existen cinco barcos con el nombre de la ciudad y todos ellos se dedican al transporte de contenedores: el Med Barcelona, el Libra Barcelona, el Zin Barcelona, el Hanjin Barcelona y el P&O NedLloyd Barcelona.

Lo complicado ha sido encontrar planos de unidades más antiguas. La tarea corresponde a Josep Maria Riera, que maldice la desaparición de los archivos, de las navieras españolas, de toda una serie de documentos que un día se consideraron papelotes viejos. Todavía no han aparecido los planos de seis barcos, pero Riera no tira la toalla. "Lo que me revienta más es que tres de estas unidades todavía navegan", se exclama.

El primer barco conocido que llevó el nombre de Barcelona fue un velero de 55 metros del año 1868 que, en sus tiempos, fue el más grande de España. En las singladuras de los 33 Barcelona conocidos encontramos historias de seis náufragos, tres bombardeos, dos embarrancamientos y un abordaje. El resto finiquitaron desguazados, es decir, que murieron de muerte natural. Once de estas naves llevaban bandera española; siete, inglesa; siete más, alemana; tres, japonesa; y en el resto ondeaba la de Argentina, Grecia, Luxemburgo, Israel y Corea.

"Nos hemos tomado el proyecto con mucho cariño. Los barcos de hace cien años eran más bonitos que los actuales, que pueden ser prácticos, pero que son auténticas artilugios a motor. La búsqueda de planos o el hecho de volver a realizarlos a partir de fotos y dibujos ha resultado apasionante. Además, hemos intentado hacer las maquetas como antes; hubiera sido feo utilizar tecnología actual. A la dirección del Port de Barcelona le extrañó, pero ahora, cuando ven el resultado, incluso les gusta", explica.

Algunas maquetas de los barcos miden hasta 3 metros. Las más caras cuestan cinco millones de pesetas y necesitan hasta dos meses de trabajo meticuloso.

El aspecto de las maquetas impresiona. Son a escala 1:100, pero vistas de lejos podrían pa-sar por reales. Por la cantidad de detalles y piezas, por el perfecto acabado de la pintura, parece que estén a punto de hacerse a la mar.

Las más grandes miden hasta tres metros. Los diecinueve trabajadores de estas atarazanas de miniatura tardan dos o tres meses para tener una a punto. Poca cosa ante los dos o tres años que requieren unas atarazanas de verdad antes de botar un mercante de doscientos metros de eslora. Por esta razón, para poder mostrar a los clientes la embarcación que o bien todavía no existe o bien se encuentra navegando a miles de millas de distancia, los constructores y navieras pagan encantados los entre 1,5 y 5 millones de pesetas que cuesta cada una de estas auténticas piezas de museo.
La fabricación requiere unos veinte días para la elaboración de los planos, cuatro o cinco días para construir el casco y más de un mes para los acabados. Tradicional-mente, la base del casco se hacía con una madera de Malasia que se importaba expresamente. En la actualidad, se usan moldes de poliuretano, un proceso más caro y más lento, pero que garantiza un acabado perfecto.

La empresa Riera no tiene competencia en España ni prácticamente en el mundo. Sólo en Alemania y Corea hay talleres, aunque no artesanales como el suyo, que se dedican a esto. De Modelos Navales Riera han salido, a lo largo de cuarenta años, unas 10.000 embarcaciones.

La sociedad nació de forma casual a finales de los cincuenta. Josep Maria Riera aún era un niño. Vivía en el paseo Colom y a menudo se encandilaba contemplando los barcos que entraban y salían de un puerto que era su "parque de la infancia". Tenía cinco años cuando su padre, Francesc Riera, decidió hacerle una maqueta como regalo por el día de su santo. No pasaron muchos días hasta que el cónsul de Dinamarca, amigo de la familia, vio la maqueta y encargó una que tendría ocupado durante un año a aquel carpintero convertido en maquetista. Francesc Riera no lo sabía, pero acababa de dar los primeros pasos para la creación de su futura empresa. Lo que empezó como un entretenimiento acabó convirtiéndose en un trabajo.

Durante los primeros años la producción era artesanal. Las maquetas, los listones de madera y los potes de pintura se amontonaban en el piso de la familia Riera en el paseo Colom. La falta de espacio obligó a trasladarse, primero a un taller de 300 metros cuadrados, después a los antiguos depósitos generales de comercio y, por último, antes de los Juegos Olímpicos, a una nave de mil metros en el Tinglado 3 del puerto.

Cincuenta maquetas de más de un metro y quinientas de pequeñas dimensiones, generalmente para regalar, salen cada año de Modelos Navales Riera. Más del 60% de estos barcos que nunca navegarán se exportan al extranjero, según subraya Josep Maria Riera, que presume de que en la empresa fundada por su padre nunca se ha fabricado una maqueta de barco militar.


 

La azarosa historia del "Ciudad de Barcelona"

Existen historias trágicas en torno a algunos de los barcos bautizados con el nombre de la ciudad. El Ciudad de Barcelona se construyó en Italia en 1929 por encargo de la compañía Transmediterránea. Originariamente se llamo El Infante Don Jaime. En su viaje inaugural el 8 de junio de 1929, embarcó el infante real y el presidente del gobierno, Miguel Primo de Rivera, para realizar el trayecto Valencia-Palma.

Con la llegada de la República, el monárquico nombre del barco de pasajeros se borró de la carena y se sustituyó por el de Ciudad de Barcelona. En los años siguientes cubrió la línea Barcelona-Canarias.
El Ciudad de Barcelona no escapó al trastocamiento absoluto que significó en todo el país el estallido de la Guerra Civil. El 18 de julio de 1936 llevaba de Palma a Barcelona a participantes de la Olimpiada Popular. Pero al llegar a puerto no pudo varar a causa del intenso tiroteo que había en la ciudad y emprendió rumbo de vuelta hacia Mallorca. Tampoco allí tuvo permiso para atracar. Así que se dirigió a Tarragona, donde permaneció dos días incautado por las autoridades. Aquel verano de 1936, el Ciudad de Barcelona transportó tropas a Ibiza, el País Valenciano y Barcelona, y a partir de octubre se trasladó a puertos rusos del mar Negro, Marsella y Argel para recoger voluntarios, en su mayoría aviadores, que se trasladaban a España para defender la República.

Eran sus últimos viajes. En mayo de 1937, los torpedos del submarino nacional General Sanjurjo estallaron a la altura de la tercera bodega cuando navegaba cerca de Malgrat. El naufragio fue rapidísimo. Solo tardó tres minutos en hundirse; doscientas personas perdieron la vida.
Los intentos de reflotar el Ciudad de Barcelona, antes y después de la guerra, resultaron inútiles, y aun murieron dos buzos más que participaban en los trabajos de recuperación. Ya en los años cuarenta, se dinamitó el casco y se pudieron extraer algunas piezas. En el fondo del mar quedaron para siempre la quilla, las cuadernas y parte de la popa.