Fragatas de vela,
barcos que llevaban inmigrantes a América, petroleros, vapores,
ferris fluviales, cruceros turísticos, cargueros de coches
o de frutas
La exposición mostrará todos los
barcos que se puedan localizar que, en un momento u otro, han hecho
navegar el nombre de Barcelona por los mares y océanos de
todo el mundo. El proyecto cuesta cien millones de pesetas, que
aportan Fomento de Construcciones y Contratas, Dragados y Construcciones
y Port de Barcelona, cifra que evidencia que se trata de algo más
que de una muestra de barquitos.
Es la primera
vez que se lleva a cabo una tarea de documentación y localización
de estas características. Y no ha sido fácil. Eran
conocidas las embarcaciones construidas a partir de los años
setenta. Se sabía que, por ejemplo, en 1973 en Puerto Real
se construyó un petrolero gigante de 334 metros de eslora
que si se hubiera sacado del agua y llevado hasta la Gran Via
habría ocupado el espacio comprendido entre el Passeig
de Gràcia y la calle Aribau, alcanzando la altura de los
edificios. Sin embargo, este monstruo de 120.000 toneladas tuvo
una vida muy corta. En 1988 fue bombardeado por aviones iraquíes
en el estrecho de Ormuz.
De la misma
época son dos portacontenedores, una motonave holandesa
y cuatro portacoches. En la actualidad, existen cinco barcos con
el nombre de la ciudad y todos ellos se dedican al transporte
de contenedores: el Med Barcelona, el Libra Barcelona, el Zin
Barcelona, el Hanjin Barcelona y el P&O NedLloyd Barcelona.
Lo complicado
ha sido encontrar planos de unidades más antiguas. La tarea
corresponde a Josep Maria Riera, que maldice la desaparición
de los archivos, de las navieras españolas, de toda una
serie de documentos que un día se consideraron papelotes
viejos. Todavía no han aparecido los planos de seis barcos,
pero Riera no tira la toalla. "Lo que me revienta más
es que tres de estas unidades todavía navegan", se
exclama.
El primer
barco conocido que llevó el nombre de Barcelona fue un
velero de 55 metros del año 1868 que, en sus tiempos, fue
el más grande de España. En las singladuras de los
33 Barcelona conocidos encontramos historias de seis náufragos,
tres bombardeos, dos embarrancamientos y un abordaje. El resto
finiquitaron desguazados, es decir, que murieron de muerte natural.
Once de estas naves llevaban bandera española; siete, inglesa;
siete más, alemana; tres, japonesa; y en el resto ondeaba
la de Argentina, Grecia, Luxemburgo, Israel y Corea.
"Nos
hemos tomado el proyecto con mucho cariño. Los barcos de
hace cien años eran más bonitos que los actuales,
que pueden ser prácticos, pero que son auténticas
artilugios a motor. La búsqueda de planos o el hecho de
volver a realizarlos a partir de fotos y dibujos ha resultado
apasionante. Además, hemos intentado hacer las maquetas
como antes; hubiera sido feo utilizar tecnología actual.
A la dirección del Port de Barcelona le extrañó,
pero ahora, cuando ven el resultado, incluso les gusta",
explica.
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Algunas
maquetas de los barcos miden hasta 3 metros. Las más
caras cuestan cinco millones de pesetas y necesitan hasta
dos meses de trabajo meticuloso.
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El aspecto
de las maquetas impresiona. Son a escala 1:100, pero vistas de
lejos podrían pa-sar por reales. Por la cantidad de detalles
y piezas, por el perfecto acabado de la pintura, parece que estén
a punto de hacerse a la mar.
Las más
grandes miden hasta tres metros. Los diecinueve trabajadores de
estas atarazanas de miniatura tardan dos o tres meses para tener
una a punto. Poca cosa ante los dos o tres años que requieren
unas atarazanas de verdad antes de botar un mercante de doscientos
metros de eslora. Por esta razón, para poder mostrar a
los clientes la embarcación que o bien todavía no
existe o bien se encuentra navegando a miles de millas de distancia,
los constructores y navieras pagan encantados los entre 1,5 y
5 millones de pesetas que cuesta cada una de estas auténticas
piezas de museo.
La fabricación requiere unos veinte días para la
elaboración de los planos, cuatro o cinco días para
construir el casco y más de un mes para los acabados. Tradicional-mente,
la base del casco se hacía con una madera de Malasia que
se importaba expresamente. En la actualidad, se usan moldes de
poliuretano, un proceso más caro y más lento, pero
que garantiza un acabado perfecto.
La empresa
Riera no tiene competencia en España ni prácticamente
en el mundo. Sólo en Alemania y Corea hay talleres, aunque
no artesanales como el suyo, que se dedican a esto. De Modelos
Navales Riera han salido, a lo largo de cuarenta años,
unas 10.000 embarcaciones.
La sociedad
nació de forma casual a finales de los cincuenta. Josep
Maria Riera aún era un niño. Vivía en el
paseo Colom y a menudo se encandilaba contemplando los barcos
que entraban y salían de un puerto que era su "parque
de la infancia". Tenía cinco años cuando su
padre, Francesc Riera, decidió hacerle una maqueta como
regalo por el día de su santo. No pasaron muchos días
hasta que el cónsul de Dinamarca, amigo de la familia,
vio la maqueta y encargó una que tendría ocupado
durante un año a aquel carpintero convertido en maquetista.
Francesc Riera no lo sabía, pero acababa de dar los primeros
pasos para la creación de su futura empresa. Lo que empezó
como un entretenimiento acabó convirtiéndose en
un trabajo.
Durante los
primeros años la producción era artesanal. Las maquetas,
los listones de madera y los potes de pintura se amontonaban en
el piso de la familia Riera en el paseo Colom. La falta de espacio
obligó a trasladarse, primero a un taller de 300 metros
cuadrados, después a los antiguos depósitos generales
de comercio y, por último, antes de los Juegos Olímpicos,
a una nave de mil metros en el Tinglado 3 del puerto.
Cincuenta
maquetas de más de un metro y quinientas de pequeñas
dimensiones, generalmente para regalar, salen cada año
de Modelos Navales Riera. Más del 60% de estos barcos que
nunca navegarán se exportan al extranjero, según
subraya Josep Maria Riera, que presume de que en la empresa fundada
por su padre nunca se ha fabricado una maqueta de barco militar.