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LA ENTREVISTA



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Andreu Avel.lí Artís o Sempronio,
el caballero de la ciudad

Texto: NÚRIA ESCUR
Fotos: ANNA BOYÉ


Lleva el nombre de un criado de "La Celestina" por sugerencia de su padre. Y para hacerle justicia al personaje ha sido, como él, portavoz ingenioso del sentir de una ciudad. En el ático de su casa de General Mitre, el cronista de Barcelona por excelencia da rienda suelta a su manifiesto conocimiento del ser humano. En la terraza, su esposa cuida iris y lirios blancos. Y parece que el tiempo va a retroceder mientras este hombre mira inquietante unas grúas de factura china y el edificio en obras del final de la calle: "Está mejor envuelto que las obras de Christo".

Empieza preguntando él. Pregunta qué es lo que quiero saber. Y empieza a despistarme de tal modo, con tanta y sutil habilidad, que me lleva a su terreno con una pasmosa facilidad. Su aspecto, con algunos kilos de menos en los últimos tiempos, nevada barba y un cuello de camisa rigurosamente planchado, desafía al tiempo. Le sienta bien a ese caballero de 92 años que despide a las mujeres con un besamanos y les sugiere contra quién están casadas.


A ver... pregunte cosas concretas.

¿Qué es lo que menos le gusta del periodismo de hoy?
Es que estoy un poco sordo.

¿No será que no le gusta contestar a esa pregunta?
Pues puede ser.

¿En nuestra sociedad hablamos mucho para no decir nada?
Cuando veo por televisión tantas reuniones ministeriales con gente mayor pienso que alguno habrá que lleve uno de estos infernales aparatos, como el mío, para oír mejor. A mí y a mi mujer, desde luego, no nos funcionan.
Dicen que el legendario es el del Rey. Pero ya me gustaría a mí hablarle y pedirle, de tú a tú, su opinión, seguro que también está descontento.

Sí, claro. Bueno, yo le preguntaba por lo que no le gusta de los periódicos de hoy.
Le pondré un ejemplo: la excesiva atención que se presta al fútbol.
Tanto comentario de jugadores, entrenadores y colegas me carga profundamente. Tampoco entiendo por qué, en la tele, hay que repetir tantas veces las mejores jugadas, hacia delante, hacia atrás; no tiene sentido. No me interesa en absoluto. Lo único que sigo con interés es el partido, estrictamente. Cuando se acaba, apago la tele. Ahora le diría una cosa si no fuera por este trasto...

¿El magnetófono? No se preocupe.
Pues que este año me alegro de que pierda el Barça. Para evitarme toda esa payasada de la Mercè y la plaza Sant Jaume. Es un espectáculo indigno.

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Sin embargo, el fútbol es un fenómeno sociológico.
Sí, un espectáculo que depende exclusivamente de un solo señor, el árbitro, que trabaja según le haya ido el día o las discusiones con su señora. Es el deporte más loco.

Pero de los periodistas de ahora todavía no me ha dicho nada. ¿Cree que, en general, escriben mal?
Se lo digo. Ocurre que antes uno se metía en el periodismo para ganar dinero. Pero tenía alma de escritor, o de poeta, o de lo que fuera... En mi época hacíamos periodismo para ganar alguna peseta. Pero todos teníamos en nuestros cajones obras inéditas, libros de poemas, una comedia por estrenar, una novela que debía ser buenísima... Dudo que eso ocurra con los profesionales de ahora. Ahora se quejan de cobrar poco.

¿Usted se considera bien pagado?
Ahora no tengo ni idea, no sé ni lo que cobro. Pero me he ganado la vida. Eso sí, trabajando en varios sitios simultáneamente. He estado en el Diario de Barcelona haciendo mis cosas, que son "las cosas vividas y las cosas preguntadas". Jamás me he cuestionado cuál era el tema que preocupaba al mundo para reflexionar a posteriori, eso que ahora llaman "análisis", "opinión". Eso es muy loable pero muy distinto de lo que yo hacía, que tenía que buscarme el tema solito, producirlo, acercarme, conocerlo y transmitirlo. Desde unas obras en el Moll a una entrevista a Elizabeth Taylor, que aterrizaba en Barcelona.

En Destino hacía una sección semanal.
Y de paso hacía otras colaboraciones y algo de radio cada día.
¿Cuándo cree que podía volver a casa? Bueno, era bastante listo, la verdad.

Usted dice que fue el primero que hizo televisión catalana.
Yo tengo un hermoso recuerdo del primer magacín de televisión, Mare Nostrum. Pero lo dejé al cabo de dos años, con mucha sorpresa por parte de ellos. ¿Y sabe por qué lo dejé? Pues porque no podía soportar esperar tanto. Allí, en la tele, la gente se tiraba horas esperando, esperando... y a mí, fuera, me esperaban los temas, los reportajes, la vida, la puntualidad de quienes accedían a mis entrevistas... No pude soportarlo. ¡Qué pérdida de tiempo! Claro, ellos cobraban nómina y yo cobraba por pieza. Y además... caray, ¡es que sobra este trasto, no le puedo hablar como quisiera con esto delante!


De acuerdo. Si se arriesga...
Apago el magnetófono. Admito que ésta es la primera entrevista que hago sin grabación y sin notas, a voluntad expresa del entrevistado. A partir de aquí apenas anoto un par de nombres con un bolígrafo. Sempronio lo consigue: nos olvidamos de que estamos trabajando. Doy fe de que, cuando el entrevistado es interesante, el ingenio se agudiza y bastan cuatro conceptos en una libreta de anillas para transcribir de memoria lo que te han dicho. Va por usted.

Pues le decía si quiere saber mi truco en el periodismo. ¿Sí? Hacer lo que he querido. Y acostumbrar a los demás a mi determinación. A la persona que se me ha mostrado antipática o indiferente, la he ignorado. Mire, yo hice una crónica diaria durante diez años seguidos. Y jamás, jamás, el director, Enrique del Castillo, me tuvo que indicar a quién debía entrevistar o a quién no.

Cuentan que en tiempos en los que Gaziel era su director la primera página de La Vanguardia estaba ocupada por las esquelas. Las leían más que las noticias.
Hay cosas que dan dinero. Y hay profesiones que se ejercen por dinero. A ver, antes uno no era periodista, sino que ejercía de periodista para mantener a una familia. Pero sus intereses iban más lejos de los puros criterios noticiables, de la productividad, o del comercio o de la publicidad...; éramos personas con inquietudes intelectuales cuyo instrumento diario era el periodismo.

¿Cuál de los personajes de sus perfiles le ha impresionado más?
Es curioso, porque yo jamás he hecho crítica musical ni creo que entienda absolutamente nada de ese mundo. Y, en cambio, los personajes que más me han impresionado han sido siempre músicos. Son gente apasionada, sólida, nuclear. Otra persona que me ha impresionado es el filósofo Francesc Pujols.

¿Y eso de ser cronista de la ciudad?
Eso, nada. Cero. Hay gente que todavía se cree que cobro por ser cronista de la ciudad. Y es un título absolutamente simbólico. Como si me hubieran hecho marqués, igual. En Madrid, desde el que llamábamos Ministerio del Interior, se determinaron ciertas reglas que debía cumplir el cronista de una ciudad. Reglamento: para optar a ese título hay que haber escrito un artículo al año sobre la ciudad. ¡Por Dios! Si yo escribía tres o cuatro cada día. En Madrid me parece que tienen ocho o nueve cronistas y, una vez al año, los reúne el alcalde.

¿Le han salido sucesores?
Hay algunos que se lo han tomado incluso más en serio que yo. Pienso en Lluís Permanyer, por ejemplo. Cuando le leo le admiro y pienso: "¡Madre mía!, las horas que se habrá pasado para saber este dato, esta fecha, encontrar esta foto de Barcelona". Yo recogía el clima humano, no tanto el dato exacto.

Precisamente Lluís Permanyer me ha recordado en alguna ocasión una frase que usted utiliza para definirse: "Soy un hombre que abre muchos paréntesis pero no cierra ninguno". ¿La suscribe hoy?
Sí. Permanyer es un gran profesional. En una ocasión su padre me comentó: "Tengo un chico que creo que se decantará por esto del periodismo, me parece que sirve". Y tenía razón, porque el noi ha hecho carrera.

¿Cuál es su opinión de la Barcelona que se ha construido después de las Olim-piadas?
De esa Barcelona postolímpica no me interesa casi nada. La mía es una Barcelona que queda anclada en unos paisajes que ya no existen. ¿Sabe desde dónde hacíamos periodismo, por ejemplo?

¿Desde dónde?
Pues nos reuníamos en el llamado Quiosco de Gran Via. Éramos pocos: Jaime Arias, Sentís, yo, Permanyer padre... Comprá-bamos Le Monde y de ahí nos salían todas las ideas.

Algunas de estas personas que me ha citado todavía están en activo. ¿Cree que son un privilegio para la sociedad catalana?
Por supuesto. Pienso en Jaime Arias, gran profesional y amigo, testigo de anécdotas de excepción, en Carles Sentís, que sabe de todo y puede opinar de todo.

Parece que en cualquier acontecimiento "él también estuvo allí", al estilo de Vilallonga.
Es que, probablemente, estuvo allí. Sentís es un hombre con entidad, inteligencia y disciplina.

¿Y Sempronio?
Yo nunca he podido ser tan metódico. Describía el aire de las cosas y las describía al vuelo. Era el instante lo que importaba.

Usted se vanagloria, por ejemplo, de haber inventado los Premios Nadal.
Pues claro. Un día me comentaron que habían concedido unos premios literarios. "¿Sin cena? ¿Sin prensa?", pregunté. "¿Pero es que no sabéis qué es lo que hacen los franceses? ¿Es que no sabéis que existe una cosa que se llama los Goncourt?". Así fue como les di la idea. Lo mismo ocurrió con el tan traqueteado tema del Palau de Congressos, que no ha sido más que la copia de otros países.

Usted, en la vida, ¿ha tenido más amigos o más enemigos?
Yo diría que amigos, pero igual es vanidad mía.

En su vida ha entrevistado a montones de personajes. ¿Es cierto que los más interesantes son los más sencillos?
El más interesante siempre es el sabio sencillo. El de gustos sobrios, simples, el que no se expresa con alardes, el que pasa casi desapercibido.

¿Y el personaje más imposible?
No llegué nunca a entrevistar ni a Hitler ni a Mussolini.

Políticamente, ¿cómo se definiría?
Me interesa mucho la política. Pero no confío en ella. En mi vida me han ofrecido varias veces la posibilidad de tener un cargo político y jamás lo he aceptado. Es algo que debe hacerse a conciencia y yo no era capaz de asumir esas obligaciones. No les envidio en absoluto; si me hubieran hecho ministro, me hubieran dado un disgusto.

¿En su época había mujeres periodistas?
Hubo mujeres que trabajaron en periódicos ejerciendo de feministas activas, como Carmen Karr, por ejemplo, o la señora Bonemaison de Verdaguer, que dejó una biblioteca que aún puede visitarse. Pero periodista, periodista, todo terreno, como un hombre, en mi generación hubo una a cuya divulgación he contribuido: Irene Polo. Yo trabajé con ella. Acabó suicidándose.

¿Por culpa del periodismo?
No. Porque era lesbiana.

¿Se mató por un amor imposible?
Por Margarita Xirgu, de la que se enamoró a primera vista. Apenas la vio se quedó prendada de la actriz, fue fulminante. Después la Xirgu se llevó a Irene a América, como secretaria personal. Una vez Irene me envió una carta, ahora me sabe mal haberla perdido, donde me anunciaba "hoy me juego la vida a cara o cruz". Entonces no la entendí. Después sólo supe que se había suicidado. Fue una gran periodista.

Con quien usted estuvo un par de años sin hablar.
Es cierto. Y me arrepentí. Todo ocurrió porque en medio de la redacción, en aquellas mesas rectangulares, comunes, en las que trabajábamos, se me ocurrió decirle, muestra imperdonable de grosería por mi parte, que ella era lesbiana. Sólo me contestó: "Nunca hubiera imaginado de un hombre como tú que me dijera eso, y lo dijera como insulto". Tenía razón.

¿Sempronio se enamoró muchas veces?
De muy adolescente, a los 13 o 14 años. Después ya de mi mujer.

¿Ni platónicamente?
¡Ah! bueno, eso sí, claro. La mente es libre.

¿Su esposa ha sabido capear lo difícil que resulta a veces vivir con un periodista?
Ha sido una artista en eso. Porque los periodistas, ya se sabe, tenemos unos horarios infernales, desestructurados, capaces de acabar con cualquier convivencia. Pero yo recuerdo, por ejemplo, cómo mi mujer me pasaba a buscar a la salida de una entrevista. Yo montaba en su coche (siempre ha conducido ella porque yo no sé) y mientras conducía yo sacaba mi pequeña máquina portátil. Parábamos bajo la luz de alguna farola y allí, dentro del coche, yo acababa de escribir mi artículo o mi entrevista. Después me acompañaba a entregarlo al periódico. ¿Qué le parece?

Admirable.
En aquel tiempo Le Monde valía 3 pesetas. No era fácil ganarse la vida como periodista y uno debía trabajar a destajo.

¿Nunca se ha ganado la vida con algo que no fuera el periodismo?
Bueno, con el póquer. Lo acepto. Gané mucho dinero jugando al póquer, pero esto no se lo voy a explicar delante de este trasto...

El trasto en cuestión parece estar algo alterado, ofendido por esa definición, palabreja que Sempronio ha utilizado repetidamente para referirse a la memoria con pilas. Una de las leyendas de este hombre es que jamás utilizó grabadora ni tomó apuntes en ninguna de sus entrevistas. Memoria prodigiosa.

¿Y nunca le pusieron un pleito por resumir de memoria las opiniones de un entrevistado?
Solamente en una ocasión. Se trataba de un autor teatral, personaje que alegó en el juicio: "Yo no podía saber que este señor periodista me estaba entrevistando, no llevaba libreta ni bolígrafo". Después añadió que todo lo que había dicho lo dijo bajo estado de embriaguez. Yo tenía muy clara mi respuesta: primero, que un periodista lo es siempre, y mientras avise de su condición puede apuntar con un boli o con el cerebro, no deja de ser periodista por ello. Y segundo, que yo no hacía nunca la prueba de alcoholemia a mi entrevistado antes de empezar una conversación.

También suspendieron la publicación de sus artículos, en alguna ocasión.
Impidieron que saliera mi sección durante siete u ocho días. Recuerdo que el artículo que provocó tanto malestar era uno que yo titulé "La motxil.la de Mossèn Batlle". Me temo que siempre me he tropezado con problemas derivados de la Iglesia o los sacerdotes. Porque, ahora que lo pienso, Manuel Fraga pidió mi cabeza en Tele/eXprés, y la consiguió, por culpa de un artículo llamado "Los pequeños santos oficios".

Le echaron por presiones del obispo de Lleida.
Del Pino, que era también, casualmente, el confesor de doña Carmen Polo. Fue una decisión muy comentada.

Debía ser usted algo rebelde.
Cuando uno ha tenido que cambiar de apodo tres o cuatro veces porque le persiguen llamándole rojo separatista, cuando ya tienes en tu haber más de dos modos de firmar, entonces es que algo has hecho que han notado el dedo en la llaga. Pero esa también es la grandeza de la verdad.

¿Cree que la peripecia particular no sirve de nada si no se inscribe en la peripecia colectiva?
En mi caso es así, desde luego.

Últimamente, ¿por qué le indignó tanto el tema del desfile militar en Barcelona?
Porque me parece improcedente que la gente se pare a mirar algo así, como si por Montjuïc fuera a pasar un dinosaurio. Bueno, ¡con más interés que si fuera un dinosaurio! Esa polémica era absurda, porque tampoco había que reclamar su prohibición. Con no ir bastaba.

¿Usted se cree algo?
Por hábito, poco. Lo tengo por costumbre.

¿Por qué le piden sus memorias si ya se ha pasado la vida escribiéndolas?
Porque no lo entienden, no saben que mi vida ha estado tan ensamblada con mi profesión que mis entrevistas eran yo mismo y yo mismo eran aquéllos que me confiaban sus cosas. Se creen que tengo algo más que explicar. Bueno, allá ellos, verán que al final lo que queda es lo que he escrito. Espero que se cansen de esperar y cuando me quieran recordar vayan a buscar esos rincones de Barcelona con las palabras que yo les di.

Casi todos los títulos de sus libros llevan el nombre de la ciudad: Los secretos de Barcelona, Quan Barcelona portava barret, Barcelona bitllo-bitllo, Barcelona es confessa a mitges...
Barcelona ha sido una pasión. Pero de sus gentes nunca me interesó su profesión, categoría o posición social. Me interesó lo que me explicaban y cómo lo explicaban. Hoy miras la tele o lees los periódicos y apenas se discute con inteligencia, solamente se da vueltas sobre las mismas cosas sin que nadie tenga una verdadera idea original. Lo miro todo, sí, pero ya sin sorpresa.

Andreu Avel.lí Artís Tomàs es el hijo de otro periodista, José Artís Balaguer. ¿La tradición familiar determina la vida de uno?
En mi caso el periodismo ha sido la única vocación posible, capaz de traducirse en trabajo remunerado.

No me extraña si tenemos en cuenta algunas cosas. Por ejemplo, que a los 12 años ya fue director de un periódico llamado La República de Vilamar, entidad infantil de la que fue presidente por elección democrática.
Y eso que soy anarco-conservador.

La verdad es que a algunos nos despista. Creó Tele/estel, primera revista en catalán de la época franquista, pero hay quien le acusa de poco patriota. En alguna ocasión ha dicho que cuando estaba prohibido hablar de Cataluña usted decidió hacer barcelonismo.
Ciertamente, entiendo lo que es una patria. Y parece ser que si uno cree mucho en eso, incluso puede morir por ella. Algo así como en las sectas, por convencimiento absoluto. Pero creo que no es mi caso.

Pero también pinta lienzos.
Soy pintor, y bueno.

¿Es cierto que como pintaba en el suelo de las aceras alguien le tiró, en una ocasión, unas monedas?
Cierto, pero fue un amigo mío. Yo me paraba en cualquier lugar a realizar esbozos, pequeñas ideas. Como este del Club Maríti-mo. Nunca me gustó perfeccionar al máximo la pintura. Este cuadro que tengo aquí delante lo pintó alguien realmente talentoso. Cuando ya hubo hecho mi rostro le dije: "No se canse más, hombre, ¿para qué empezar a dibujar la chaqueta? Me lo llevo tal cual". Y aquí está, sin acabar, fantástico.

¿Ese niño de ahí es Raimon Obiols?
Desnudito y tal como lo pintaba su padre, que siempre lo utilizaba de modelo, como angelito, como efebo, como dulce criatura. ¿Sabe? Una de mis satisfacciones personales es poder hablar con algún crío y decirle: "Yo ya conocí a tu padre, y a tu abuelo, y a tu bisabuelo". He podido seguir la evolución de miembros de cinco generaciones en una misma familia.

¿Le asusta el futuro?
Me ha fastidiado romperme el fémur, saber que necesito un bastón para salir a la calle, notar que la vista no funciona como antes, que el oído hace lo que quiere, que la memoria juega malas pasadas..., pero he vivido plenamente. En realidad, ¿qué más podía esperar? Disfruté muchísimo trabajando y trabajé muchísimo disfrutando. ¿Para qué pedir más?

Hace muy poco que murió su primo, Tísner.
Era un hombre con unas virtudes especialísimas, dotado para lo suyo. Pero era un fantasioso.

¿Cómo?
Pues eso, que podía explicar una cosa y la contraria. Y, encima, no se daba cuenta. Una especie de segunda personalidad ingenua que conseguía que al final se creyera la mentira que estaba diciendo. En sus memorias, si usted se fija, me pone de vuelta y media. En una ocasión se lo dije por teléfono y, realmente, me di cuenta de que todas aquellas inconcreciones para él eran pasajes reales. Le dije: "¡Hombre! Pregunta a tu alrededor, pregunta a terceros que nos conocen, verás cómo no lo ven así". Y él seguía convencido de su razón. Llegó a escribir que yo me había puesto un despacho fastuoso. ¿Fastuoso? Tendría usted que haberlo visto: de sus paredes sólo colgaba un cuadro. En fin, era un personaje curioso, con ingenio y dominio de la lengua. Llamado para la literatura.

Tiene usted fama de haber encendido muchas cerillas para que otros se fumen el cigarrillo. Dígame otra de las cosas que no había hecho nadie antes de Sempronio.
Una pasarela de moda, sólo de hombres, sin señoritas.

¿Y tuvo éxito?
Más que si hubieran descubierto un pergamino antiguo. Ritz, posguerra, La Confianza, sastre de honor... son vocablos que me transportan a una época en la que tener una idea por primera vez y regalarla le satisfacía a uno tanto como ahora venderla.

 

 

Cronista de Barcelona desde 1972

Cronista de Barcelona por excelencia, Andreu Avel.lí Artís (1909) lo es oficialmente desde 1972. Su labor glosadora nace en plena dictadura de Primo de Rivera, actividad periodística que se extiende en multitud de frentes y miles de artículos hasta ahora. Fue el primer director de Tele/eXprés y del primer semanario en catalán, Tele/estel.
Periodista de raza, autor teatral, diseccionador de los barrios de Barcelona, pintor, hombre de tertulias en el Ateneu, buen conversador por radio y director de Mare Nostrum en TVE, escribió durante casi cuarenta años un artículo diario sobre la actualidad de Barcelona. Cuenta en su haber con una extensa lista de libros y novelas y con el honor de haber colaborado en muchos proyectos: L´opinió, Mirador, Revista de Catalunya, Destino, Diario de Barcelona (con la sección "Las cosas como son"). Es premio Eugeni d´Ors y premio Ciudad de Barcelona de Periodismo (1960). "En mi época había dos clases de periodistas: los del Paseo de Gracia y los del distrito V. Tal vez no debió ser así", explica.

"Hay gente que todavía se cree que cobro por ser cronista de la ciudad. Y es un título absolutamente simbólico. Como si me hubieran hecho marqués, igual. Para optar a ese título hay que haber escrito un artículo al año sobre la ciudad.
Si yo escribía tres o cuatro cada día".

"El personaje más interesante para entrevistar es el sabio sencillo. El de gustos sobrios, simple; el que no se expresa con alardes, el que pasa casi desapercibido. Las personas que me han impresionado han sido siempre los músicos".