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EDITORIAL



portada de BMM


Immigración
y poder local

 


Entre otras cuestiones y acontecimientos, el debate político en torno a la Ley de Extranjería, los encierros de los "sin papeles" en varias iglesias de Barcelona, las lamentables declaraciones de personas de una relevancia política incuestionable y contradeclaraciones no siempre lo suficientemente profundas, un informe preocupante del Síndic de Greuges sobre la integración escolar de los extranjeros extracomunitarios más jóvenes..., han conseguido agitar el primer trimestre del 2001 con muchas interpelaciones poderosas sobre el fenómeno de la nueva inmigración.

Es fácil, en este punto, desencadenar la dialéctica más primaria de la acción y la reacción, del ataque y la defensa, de la apologética y la condena. Evidentemente, el fenómeno supera el ámbito de la sociología urbana reservado a demógrafos y especialistas. Dado que cada vez se hace más presente en la vida, en las actividades y en el paisaje humano de la ciudad, quien más quien menos toma conciencia de ello y se formula su propia opinión, adopta posturas de tolerancia o de beligerancia en un sentido de acogida o de rechazo y, más allá de contemplar al extranjero como el elemento central del tradicional "cosmopolitismo" barcelonés, se ve obligado a expresar actitudes insoslayables: considera lo que es inevitable, lo que cree posible y lo que querría como deseable.

Aunque se encuentra muy lejos de alcanzar la magnitud que registra en otras ciudades europeas, parece que de repente el fenómeno haya despertado fobias, incertidumbres y miedos que hasta hoy no se atrevían a exponer abiertamente. Frente a estas flores del mal, que nunca han arraigado en nuestra sociedad, se debe afrontar la nueva realidad con la serena confianza de que tanto los efectos positivos de la inmigración -de los que los apocalípticos no se atreven ni a hablar-, como los problemas de marginación, explotación y ghettos que se están planteando y las distorsiones que provocaría una falta de control en el asentamiento de los flujos de inmigrantes, podrán ser sometidos a una visión de conjunto con el fin de articular una política de integración eficaz a corto y medio plazo.

Es necesario, por tanto, un gran pacto entre administraciones que, a partir de los análisis y las prospectivas a escala española, tenga en cuenta, en nuestro caso, las especificidades sociales y culturales de Cataluña y las características y condiciones objetivas de Barcelona y de las ciudades de todo el espacio metropolitano, incluyendo las previsiones de su propio desarrollo. Hablamos de un pacto, que debería nacer de consensos básicos, y del que se deberían erradicar los criterios mecánicos de las cuotas políticas y de la hegemonía de una administración sobre otra. Al fin y al cabo, desde el poder administrativo municipal tienen que surgir las soluciones más potentes y con una incidencia más inmediata sobre los inmigrantes. Desde el trámite del empadronamiento, que adquiere, aquí, una gran relevancia, ya que hace de contrapeso decisivo a las contradicciones y lesiones jurídicas de la Ley de Extranjería, hasta la vivienda, el trabajo, los servicios sociales y la cultura, la voz del poder local, la voz de los ayuntamientos es la primera que se debe poder escuchar y querer atender en su demanda de recursos.
No sirven aquí viejos prejuicios ni atrincheramientos inútiles. La tacañería o aquella obsesión nominalista que a veces ha hecho ondear la bandera de las competencias, sin capacidad o voluntad de ejercerlas, supondría poner obstáculos al reto más importante para la cohesión social y la convivencia que tenemos ante nosotros. B.MM