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Más allá del bricolage

La metrópolis del cable: to dig or not to dig

Ciudad, innovación y economía del conocimiento


La re-información de la ciudad


El Ayuntamiento en la ciudad digital


Participación ciudadana y Internet


 
 
Más allá del bricolage

TEXTO Vicent Partal
Periodista i director de VilaWeb
  ŠAnna Portnoy

 

 

 

Cada vez que se habla de Internet y las nuevas redes de comunicación hay una tendencia a la fantasía que empiezo a pensar que debe ser irrefrenable. Es muy común decir grandes frases, grandilocuentes. Proclamar grandes cambios y revoluciones. Extrapolar su valor y situarlas en el centro del debate social. Convertirlas en el referente casi único de nuestro futuro. No hay para tanto.
Evidentemente, las nuevas formas de comunicación que representamos, como un icono, en la palabra Internet son extraordinariamente importantes. Y evidentemente comportan alteraciones muy sustanciales en nuestra manera de vivir. Pero la tecnología sólo es eso: tecnología. Y si el debate lo centramos en estos aspectos más relativos al bricolaje, si me permiten la expresión, quizás nos estamos perdiendo la parte fundamental del debate. Que no es otra que las implicaciones sociales. Porque no hay que extrapolar su valor, pero tampoco hay que disminuirlo.
Internet no va a cambiar el mundo. Ni tan sólo el espectacular Internet que nos promete el cable. Pero el mundo ya no es el mismo, porque está Internet. Algunos piensan que el cambio se está produciendo muy lentamente. Yo creo lo contrario, que la velocidad es sideral. Así, si observamos lo que ha pasado estos años, es extraordinario. Los Juegos Olímpicos de Barcelona no pusieron nada en Internet. Ni una línea. Simplemente era una tecnología inexistente a efectos prácticos. Sólo hay que comparar esto con el despliegue realizado en Sidney para darnos cuenta de que vivimos dos épocas diferentes, y eso que no han pasado aún ni diez años.
La web del Ayuntamiento de Barcelona, como tantas otras, empezó a funcionar antes del verano de 1995. Pero hoy no hay ningún departamento, o no creo que lo haya, indiferente a Internet. Las administraciones, las empresas, los colectivos, los grupos y las asociaciones han ido replicando en el ciberespacio lo que somos en el mundo presencial de una manera turbadora. Cuando VilaWeb nació en mayo de 1995, catalogamos en ella las webs catalanas que había entonces. No llegaban al centenar. Hoy hay unas cuantas decenas de miles. En sólo seis años. Es extraordinario. Pero lo es más si tenemos en cuenta que este cambio ha tenido lugar en condiciones muy desfavorables. Con redes de conexión rudimentarias. Con precios desorbitados. Con velocidades de conexión precarias. Sin las infraestructuras que deberían hacer este cambio no sólo útil, sino también sencillo y, por qué no, divertido.
Y si eso ha sido así, tenemos motivos para pensar que el cambio del cambio puede ser todavía más potente. Ahora se nos anuncia y comenzamos a tocar con los dedos un Internet mucho más poderoso. Básicamente, un Internet (y ya sé que es mucho más que de Internet de lo que estamos hablando) rápido, barato, con gran capacidad de banda, elegante, atractivo. Las posibilidades de esta nueva red son espectaculares si llega a desplegarse. Las consecuencias, por tanto, serán también espectaculares.
A mí me parece que hay un gran cambio que se acerca a toda velocidad, y éste será el de la conexión permanente. Me da la impresión de que en una década -y estoy tirando muy largo- la idea de conectarse a resultará cándidamente antigua. No es que nos conectaremos: es que estaremos permanentemente conectados. Ya hay demasiadas insinuaciones de que eso va a pasar para que no nos las tomemos en serio.Por ejemplo, cada día aparece un utensilio nuevo que se conecta a la red. Primero, Internet era una red a la que sólo era posible entrar de la mano de un ordenador. Ahora ya tenemos los famosos teléfonos WAP, que permiten también este acceso. Y en unos años no habrá ningún teléfono que sirva sólo para hablar. El WAP es una tecnología que realmente ha decepcionado mucho por sus limitaciones y por la poca generosidad tarifaria que los operadores telefónicos han puesto a su paso. Pero es muy significativo. Y abre una vía, la del Internet móvil, extraordinariamente interesante. Es más reciente la entrada de Internet por el televisor, pero ya hay empresas que ofrecen este servicio. Y con éxito.

El cable es hoy en día una alternativa sin parangón. Un aspecto de las obras de instalación de la red de fibra óptica en el subsuelo de Barcelona.
ŠAnna Portnoy
 

Y queda después toda la espectacular parafernalia de accesos a Internet desde la cocina, desde la nevera, desde el coche, ¡incluso desde los ascensores! Es cierto que, de momento, es un poco show. Pero muy pronto no lo será. Porque muy pronto, especialmente si las telefónicas lo pueden entender y actuar en consecuencia, nos pasaremos el día conectados.
Que nadie se asuste: eso no quiere decir que nos pasaremos el día haciendo cosas conectados. Posiblemente, durante horas no usaremos la conexión para nada. Pero estaremos conectados. Es decir, que la podremos usar instantáneamente en el punto en que la necesitemos y que podremos ser accedidos a través de ella cuando alguien nos necesite.
En este panorama que se abre ante nosotros habrá dos grandes clases de conexión: la móvil y la fija. Y seguramente haremos cosas diferentes con cada una de ellas y las usaremos en función del lugar en el que estemos y la necesidad que tengamos. La móvil requerirá todavía, si queremos hablar de un acceso universal o casi, grandes avances tecnológicos. La fija, la que tendremos en casa y en el trabajo, ya tiene solucionado el problema del transporte: el cable.
La telefonía tradicional, el par de cobre, no da para más en principio. Astucias hábiles como el ADSL o equipamientos más robustos como el XDSI están muy bien, pero son limitados. En un caso por la imprevisibilidad. En otro, por el coste constante. Y, en definitiva, en las mejores condiciones todavía estamos hablando de 256 Kbits/segundo, y entre 64 y 128 Kbits/segundo.
Ya lo he dicho varias veces: quizás inventarán algo nuevo. Pero, hoy por hoy, es indiscutible que el cable, sobre todo si es un buen cable, es una alternativa sin parangón. Porque puede dar más velocidad de conexión. Porque es interactivo. Porque circula con la misma calidad en las dos direcciones. Porque puede tener un precio razonable. Porque puede permitir la tarifa plana.
Éste es el motivo básico por el que el cable es el caballo ganador ahora mismo. Pero hay dos más. O uno, según se mire. El cable puede alimentar no sólo el ordenador, sino de manera simultánea todos los aparatos de la casa: el teléfono, el ordenador y el televisor; pero también, si es necesario, la nevera. Y puede convertirlos en máquinas complementarias. Puede hacer del televisor un ordenador y viceversa. Por ejemplo. Y, por tanto, puede ser un punto unificado de entrada de datos en la casa, simplificando la complejidad de los accesos y convirtiéndose en el nudo gordiano de la comunicación familiar.

EL CABLE Y LA DEMOCRACIA

En estas condiciones, el cable -para decirlo más exactamente, lo que circula y circulará por dentro del cable- será una de las piezas esenciales de nuestro sistema de gobierno. En primer lugar, porque será el conducto por el que la información circulará de una manera más masiva. En el actual esquema, una parte de la información circula por los papeles de los periódicos y tiene unos conductos de producción y distribución separados de los de la televisión, que es otro de los grandes circuitos informativos y va básicamente por ondas. Y está la información y la comunicación que recibimos por vía telefónica, que tiene toda otra estructura a su servicio, ya sea para hablar con un amigo o para conectarse a Internet.
Todas estas funciones, todos estos canales de distribución, podrían quedar unificados, o casi, a través del conducto del cable. Todo nos llegaría empaquetado y distribuido por un solo conducto. Y eso aporta comodidad y racionalidad, pero también significa que requiere un control para evitar abusos.
Más aún si ya sabemos que, en segundo lugar, el cable delimitará espacios geopolíticos. Hoy en día ya ocurre que una nación es definida más por sus medios de comunicación, por su comunidad de noticias y consumo, que por el orden constitucional. De ahora en adelante todavía pasará más. El control de la red de cable será sustancial en cualquier proyecto comunitario. Y cuando digo "el control" quiero decir básicamente la capacidad de discutir qué contenidos viajarán y hasta dónde llegarán los servicios que las instituciones y el mercado quieran ofrecer a los ciudadanos.
Desde la Revolución francesa, ha habido unas instituciones que han servido como referentes para construir grandes espacios políticos. Un país lo delimitaban sus escuelas, la leva del ejército, el servicio de correos en cada pueblecito y todo un arsenal de entidades cohesionadoras. Hoy en día, ya no es así. Y todo indica que caminamos hacia un futuro todavía más marcado por la información y el consumo. Cualquier ámbito colectivo (una ciudad, un país, un estado, lo que quieran) vendrá delimitado por el ámbito informativo que alimentará a sus ciudadanos y por un ámbito de consumo que me imagino que tendrá mucho que ver con el primero.
No estoy hablando necesariamente del Gran Hermano ni de aquella ciudad de Blade Runner. No tenemos por qué imaginar un futuro tenebroso. El hecho de que nuestras instituciones de referencia social queden destruidas o muy alteradas por todo este fenómeno puede ser malo en algunos casos, pero puede ser liberador en otros. En cualquier caso, está pasando.
Hoy, lo que somos está dejando de estar marcado por los documentos oficiales y está cada vez más en las manos de lo que conocemos, de lo que sabemos. Somos lo que sabemos, y lo que sabemos nosotros que no saben los demás es lo que nos diferencia y cohesiona.

"Lo que somos está dejando de estar marcado por los documentos oficiales y está cada vez más en las manos de lo que conocemos. Lo que sabemos nosotros que no saben los otros es lo que nos diferencia y nos cohesiona".
Terminales públicas de una agencia de viajes para la contratación de servicios a través d'Internet.
Š Eva Guillamet
   

UN DESPLIEGUE EN CONDICIONES
Gran parte de lo que sabemos, y sobre todo de lo que sabremos, pasa o pasará por los múltiples usos del cable. Creo que éste debería ser un argumento suficiente para prestar mucha atención a cualquier detalle de su despliegue. No es incidental que llegue a todo el mundo. No es incidental que sus contenidos sean equilibrados. No es incidental conseguir que sirva para vincular espacios comunitarios. Es básico. Es básico que se despliegue en condiciones y es básico que haya alguna forma de control colectivo sobre lo que transporta.
Una red capilar que intenta y quiere llegar hasta la última casa siempre comporta cambios profundos. Sin embargo, esta red es más importante porque alimenta el cerebro, el conocimiento. También otras cosas. Pero, sobre todo, el cerebro, la información, que es la base de la democracia. Por eso, porque estamos alterando las reglas de circulación de la información que hemos tenido en los últimos dos siglos y con las que nos hemos acostumbrado a trabajar, por eso es tan importante saber bien qué estamos haciendo con el cable.
La ciudad, en nuestro caso Barcelona, cambiará al ritmo que le marcará la red de comunicaciones. Como cambió al ritmo que le marcaba el alcantarillado o como cambió gracias al diseño urbanístico del Plan Cerdà. Todos sabemos ahora que rehacer aquellas cosas que no se hicieron como había que hacerlas en su momento es muy, muy complicado. Hemos tenido suerte de que Barcelona haya estado pensada y diseñada en cada época con la participación de gente que tenía un notable sentido de la anticipación y que sabía prepararla para el futuro. Ahora vuelve a ser lo mismo.
Vuelve a ser lo mismo, pero sabiendo que habrá cambios importantes que reclaman mucha racionalidad para hacerles frente. Las industrias, a las que echamos, volverán a ser parte del paisaje urbano -una situación bien entendida por el plan 22@-. La diversidad cultural y nacional de nuestros vecinos será extraordinaria e imprevisible. Y la comunicación, con la enseñanza, es la herramienta privilegiada que nos permitirá inventarnos una nueva identidad colectiva basada en lo que somos y abierta al mestizaje. Y también: Barcelona deberá tener la vista puesta no ya fuera del ámbito nacional o estatal, sino incluso más allá del ámbito europeo. Porque tendremos que ser competitivos en el ámbito mundial. Y atractivos. No lo podremos ser si no somos capaces de desplegar esta nueva red de comunicaciones y convertirla en el tejido básico de nuestro día a día.
La ciudad, el país, ha entendido esto con rapidez. Nuestros políticos, las empresas, las asociaciones, lo han entendido suficientemente bien. Las instituciones saben y reconocen públicamente la importancia de lo que está pasando. Es una base más que notable. Para presionar a favor de un despliegue en condiciones y mucho más rápido que el que tenemos. Y para empezar a pensar más allá del bricolaje, más allá de los tubos y las cajas de conexión.
Que se despliegue el cable rápidamente. Y cuidado, que no vamos bien en eso. El cable se está desplegando con una lentitud exasperante y hay indicios de que no llegará a todos los lugares a los que debería llegar. Pero mientras presionamos para que eso se solucione, pensemos en todo lo que provoca este despliegue en nuestra sociedad y atrevámonos a discutir sus implicaciones con la vista puesta no en la tecnología, sino en las consecuencias de la tecnología. En las consecuencias de su buena aplicación y, sobre todo, en las consecuencias que no quisiéramos sufrir si se aplica mal.