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TALLER ABIERTO

TEXTO JAUME VIDAL
FOTOS ANA PORTNOY

Hun Doek Lee



Hun Deok Lee llegó a tierras de Lleida en 1981, "justo antes de Naranjito", dice. Tenía 9 años, era el pequeño de tres hermanos, y sus padres, coreanos de religión protestante, huían del régimen dictatorial que había en su país.

Al cabo de tres años, su familia se desplazó a Barcelona, donde en medio de muchas herencias culturales, encontró en la combinación de la práctica del skateboard, la pintura y la música su espacio de identificación individual. Ahora tiene ahora 29 años y pertenece a una de las primeras generaciones de chicos nacidos en Oriente que han vivido de primera mano toda la corriente migratoria que ha transformado la ciudad en una variada ensalada de razas y religiones.

¿Cómo fue tu llegada a Cataluña?
Fue muy fuerte; en Lleida no había demasiados orientales, y por eso en la escuela todo el mundo quería ser mi amigo. Mis padres pusieron un restaurante de comida coreana, pero, quizá porque es una cocina muy fuerte, no fue demasiado bien. Después montaron una academia de artes marciales. En Corea, el tae kwon do es el deporte nacional, como aquí el fútbol.

¿Qué es lo que más te sorprendió?
Veníamos de una dictadura. El aire de libertad me satisfizo mucho. El único problema era que no esperábamos que además del castellano se hablase otro idioma. La política sorprende a muchos extranjeros: de entrada, no entienden por qué hay tantos nacionalismos por todo el país.

¿Cómo te fue con el tema del idioma?
Primero aprendí catalán, pero ahora hablo más en castellano, porque al llegar a Barcelona nadie sabía en qué hablaba. No se entendía mi catalán de Lleida con acento coreano.

¿Y en casa?
En casa todos hablamos coreano. Mis sobrinos, que han nacido aquí, también lo aprenden.

¿Cómo te integraste en Barcelona?
Para mí fue muy importante el skate, que es un deporte con el que haces muchos amigos. No es necesario competir ni hablar la misma lengua para entenderse. Por eso en Barcelona hay tantos grupos multirraciales que patinan juntos. Fue mi válvula de escape. Por otro lado, creo que el factor de integración básica en un país es el idioma.

¿Por dónde te movías?
Por el Raval. Yo fui testigo de la transformación de la zona en la que ahora está el Macba. Antes de que fuera construido era una zona a la que iban los niños a jugar. También estaba lleno de yonquis, pero no nos hacían nada. Antes de que llegaran los Juegos Olímpicos desaparecieron todos.

¿El skate tiene también para ti una dimensión plástica?
Sí. En la exposición que hice en el mes de marzo en la sala Box 23 presentaba una instalación en la que transformaba las planchas de skate en elementos artísticos.

También utilizabas violines en este montaje. ¿Te interesa la música?
Procedo de una familia protestante y mi pastor me enseñó de pequeño a tocar el violín. Aquí estuve en un grupo pop que se llamaba Minema. Fue la época en la que viví el inicio de la cultura de club con la entrada de la música electrónica en las discotecas. Yo pertenecía a un colectivo de Hospitalet de Llobregat que se llamaba A Sac que fue pionero en este campo. Muchos de los principales dj's que pinchan ahora en Barcelona salieron de este grupo.

El dibujo también es una de tus salidas artísticas.
Cuando se disolvió el grupo -que había tenido momentos buenos, pues habíamos ido a Benicassim, habíamos tocado en el BAM, en Ràdio 4 sonaba mucho una maqueta nuestra y había una discográfica de Madrid que estaba interesada en nosotros-, me cogió una depresión. Los colores me ayudaron mucho a pasar el mal trago.


¿Qué influencias tienes?
De todo, desde el misticismo oriental hasta el pop, la psicodélica o la pintura de calle.

¿Vives del arte?
Mi trabajo actual es llevar una tienda de skate en la calle Floridablanca. Pero estoy trabajando en un proyecto de cadena de televisión en Internet.

¿Volverás a tu país?
A vivir, no creo. Volví hace dos años y no me gustó el panorama de capitalismo revolucionado que se ve. La gente sólo quiere hacer dinero, pese a que eso no hace que se viva mejor.

¿Cómo te consideras?
Me siento de muchos lugares y a la vez de ninguno. Me siento catalán, pero también coreano, castellano y vasco. En el País Vasco aprendí muchas cosas del skate.



A
Sönke Lund

Sangre alemana, corazón barcelonés
© Joan Guerrero  

Sönke Lund (Hamburgo, 1959) terminó la carrera de derecho en Alemania. Tenía una buena perspectiva profesional, pero eso no le animó. El panorama de una trayectoria lineal y previsible no era lo que más le motivaba. Por eso decidió ver mundo y trasplantar sus países a otro lugar. Diez años hace que llegó a Barcelona, y quizá su huida de un futuro demasiado estable no ha sido alcanzada si tenemos en cuenta que trabaja en un despacho de Passeig de Gràcia. Pero sí que ha hecho un camino en el que ha podido constatar pensamientos y maneras de ser. "Trabajo continuamente entre la cultura alemana y española y me doy cuenta de que una idea puede ser la misma, pero la perspectiva puede cambiar". Pero no cree que esta circunstancia se dé sólo entre culturas diferentes. "En todas partes ocurre el hecho de que se habla de una cosa y se entiende otra".
Cuando llegó a Barcelona hubo muchas cosas que le sorprendieron. "La gente tiraba los papeles al suelo, parecía que a nadie le importaba el exceso de ruido y no entendía cómo la gente iba a trabajar con pocas horas de sueño". Pero Lund ha visto cambiar las cosas. "Ahora hay un sentimiento de colectividad mucho más intenso".
Su especialización son los derechos de autor. "No hay diferencias en cuanto a la normativa, porque existen unas directivas comunes para todos los países de la Comunidad Europea, pero lo que cambia es la aplicación. En Alemania, en cuanto a la forma se pide poco, y en España, como es habitual en los países mediterráneos, los trámites son mucho más complejos". Sönke Lund, que vive con la artista Francesca Llopis con la que tiene una hija que se llama Djuna, opina que todavía hay mucho que hacer en este campo. "No se respeta suficientemente la autoría de las creaciones".
La experiencia le ha demostrado que cuando uno decide emigrar no debería hacer ninguna comparación, porque cada país tiene sus tradiciones arraigadas y lo que hay que hacer es adaptarse al lugar a tu propia manera. No tiene intención de volver a Alemania, porque cada vez le parece más lejos. "Puede que mi sangre sea alemana, pero el corazón palpita al ritmo de aquí".

 


B
Katsue Kusumi

En contra de la burocràcia
© Joan Guerrero  

Katsue Kusumi nació en Tokio en 1976 y hace tres años llegó a Barcelona con la intención de estudiar arte. El motivo, además de económico, era el impacto que le había causado la ciudad en un viaje anterior que había realizado a Europa. "Cuando en mi país quise estudiar Bellas Artes me di cuenta que por el precio que tenía que pagar en Japón podía estudiar en el extranjero". Descartada la opción de París, Barcelona fue su elección. "Lo único que me molesta aquí es la burocracia. En mi opinión, hay demasiada", dice esta pequeña y risueña muchacha que se desplaza por el Born, su barrio, y por toda Ciutat Vella en bicicleta. Katsue vive actualmente con una chica japonesa. "Después de compartir piso con gente de aquí sentí la necesidad de vivir con alguien con quien pudiera hablar japonés".
El camino que Katsue ha trazado en su vida tiene mucho que ver con la creación. De pequeña tenía claro que quería hacer algo con las manos. La artesanía le atraía, y mucho. Su padre le llevó a estudiar al taller de un pintor. "Creo que cuando expliqué mis deseos no me entendió demasiado". El maestro la envió a Francia a conocer el arte. "No vi nada más que arte, arte y arte, el resto de cosas las obvié y creo que me harté un poco".
Coincidiendo con una idea muy extendida entre los jóvenes extranjeros que viven en Barcelona, lo que más le asusta de la ciudad es el hecho de que sea un lugar de vida demasiado fácil. "Eso es lo que me asusta y lo que podría provocar que me marchara". No echa de menos su país porque sus padres entienden su vida y la apoyan. "Mi madre está muy contenta de poder viajar para verme".
Expone por los barrios del Raval y ahora estudia grabado en La Llotja. Su obra pictórica tiene mucho que ver con el encuentro entre el Mediterráneo y el mundo oriental. Así se pudo ver en la exposición Sen to Shimi que presentó en el convento de Sant Agustí en febrero de este año.


C
Jonathan Singleton

Un inglés del sol
© Joan Guerrero  

Conocido como Sig, el inglés Jonathan Singleton (Lincolnshire, 1969) decidió abandonar la gris ciudad de Manchester donde había realizado sus estudios de arquitectura e irse hacia el Sur. Y lo hizo en bicicleta. Pero la romántica idea del viaje se truncó a medio camino. Sus rodillas no resistieron un recorrido tan largo. Sin embargo, al final llegó a Barcelona. No sabía castellano y sólo tenía una dirección de contacto. Pero, como reconoce, tuvo suerte. Poseía un título que no le servía de nada, y tenía cierta habilidad con las manos, pues en su país era aficionado a arreglar coches de los años cincuenta, de los que no se encontraban piezas de recambio, para poder pasar la ITV. Así que durante el primer mes de estancia se dedicó a recoger todo lo que encontraba en la calle y se puso a hacer muebles. Primero los vendía a los nuevos amigos que hacía, después a las tiendas y más tarde se dio cuenta de que había un mercado. En la calle Regomir instaló su primera tienda, llamada Zeta, donde presentaba sus diseños, como por ejemplo el sofá Listen, totalmente metálico y una de sus piezas más emblemáticas. Ahora sus muebles de hierro y madera se venden en Nueva York, Zurich y Londres.
Singleton se fue de Manchester, donde vivía, porque no se sentía del todo bien allí. En Barcelona, su aspecto latino le ayudó a moverse y ahora se considera parte de una nueva manera de ser inglés, lo que él denomina "los ingleses del sol". Es decir, los británicos que han encontrado en el sur de Europa una especie de calor vital que les faltaba. "Ahora, cuando vuelvo a Inglaterra, me siento realmente como un turista", dice.


Espacios y artefactos

Cubren la Tierra, un espacio singular en el número 57 de la calle Atlántida.
   

Existe una multiculturalidad que no sólo evoca el cruce y contacto de diferentes razas. Es la que se refiere a la comunicación de generaciones y clases sociales que viven en un mismo lugar. La mezcla de todo esto es lo que da vida y razón a la cultura. Cubren la Tierra es un singular espacio que se encuentra en la Barceloneta (Atlàntida, 57), junto al mercado, en el corazón de un barrio de una profunda cultura popular que a veces se ha querido ver, desde los ojos de una Barcelona selectiva y parcelada, como marginal. Nada más lejos de la realidad, pues la sabiduría y la calidez de los viejos pescadores todavía late en el emblemático lugar costero.
La pareja formada por la italiana Guisi y Lucian Segura, un trotamundos de origen español nacido en Alemania (1958), cineasta y músico, y que ha vivido en diferentes partes del planeta, decidió instalarse en Barcelona, una ciudad que visitaban a menudo y en la que tenían bastantes amigos. Querían realizar una actividad de divulgación cultural, pero además tenían un sueño. La suerte se les puso de cara cuando fueron a vivir a un piso en la Barceloneta bajo el que había un viejo almacén de pinturas en desuso. Un viejo cartel que anunciaba Cubren la Tierra y que se refería a unas pinturas para barco fue la pista para el nombre. No se trataba de hacer un bar de copas, sino un lugar de encuentro. Pero tenían un sueño, y por eso formaron la asociación GAME ·B, es decir la Galeria d'Artefactes, Màquines i Escenografies de Barcelona, con un objetivo de entrada bastante quimérico.
El sueño, la idea, cuyo vehículo es el local Cubren la Tierra, es sacar de los almacenes y reunir todo tipo de máquinas que los artistas han utilizado en instalaciones o espectáculos teatrales. Un caso claro es el de las maquinarias utilizadas por la Fura del Baus y Marcel·lí Antúnez. Con toda esta moderna parafernalia, Lucian Segura quiere llenar un petrolero y fondearlo en el puerto de Barcelona para convertirlo en una especie de cruce entre parque temático y atracción de feria. La idea parece de sueño, pero Lucian la tiene muy clara, y ya ha empezado a ponerse en contacto con las autoridades. "Este es el problema, la autorización para amarrar; un petrolero lo podemos encontrar en dos días".
Mientras esta fantasía espera transformarse en realidad, en Cubren la Tierra se mezclan jóvenes y mayores, forasteros y gente del barrio. Suenan melodías de tango, o guitarras flamencas. Uno de los proyectos de la sala es organizar un festival de flamenco que llevaría el nombre de Somorrostro para perpetuar el recuerdo del barrio gitano de donde salieron artistas como Carmen Amaya.