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Ciudad, ciudadanía, immigración

Texto: JOAN SUBIRATS
Ilustración: SILVIA ALCOBA


Mientras personas como Samuel P. Huntington o Giovanni Sartori nos "iluminan" sobre los grandes peligros del multiculturalismo, los catalanes afirman en recientes encuestas (10 de abril de 2001) que la inmigración es el principal problema de Cataluña. Puede parecer exagerado. Puede no compartirse. Pero es innegable
que algo está pasando. Poco a poco vamos viendo cómo las calles y los barrios de Barcelona se van llenando de personas que transportan culturas y costumbres diferentes. Indicios aquí y allá, algunos conflictos explícitos y cierto ruido de fondo señalan que éste es un tema potencialmente complicado.

No tenemos respuestas claras. Y tampoco las encontraréis aquí. Tan sólo me gustaría ayudar a que nos planteáramos mejores preguntas, y quizás aprender entre todos a responderlas. Mi impresión es que cada vez será más complicado abordar los temas de las culturas y la ciudadanía desde posiciones abstractas o genéricas. Necesitamos inmersión en los temas, en los detalles, más que refugiarnos, tranquilizarnos con categorías generales que todo lo aguantan.
El caso del chador en Francia es un buen ejemplo para intentar ir más allá de las consideraciones abstractas. Como es sabido, en Francia se expulsó a tres muchachas de la escuela pública a la que acudían porque vestían chador o hijab en el centro. La base en que se fundamentaba la expulsión era que su actitud vulneraba el principio según el cual la religión es en Francia un affaire estrictamente privado, mientras que las instituciones públicas, como las escuelas, deben mantener una estricta secularidad. La verdad es que vestir de una determinada forma es, en muchos países y según muchas convicciones religiosas, no sólo una forma de expresar la adhesión a una fe, sino que tiene para los creyentes notables dosis de obligatoriedad. Pensemos en los sijs, en los judíos, en los sacerdotes o en las monjas que todavía vemos, en quienes circulan vestidos de morado por una promesa, o, como decíamos, en los practicantes de ciertas formas de islamismo. Si esto es así, podríamos considerar que hay que defender la prohibición de una determinada forma de vestir con argumentos más sólidos que únicamente afirmando que nuestra tradición es la de unos poderes públicos secularizados. En Francia, el Consejo de Estado (una especie de tribunal constitucional) dictaminó que no podía prohibirse vestir signos religiosos. Sólo admitía que podía evitarse su uso en las escuelas si se consideraba esta forma de vestir como una manera de presionar o proselitizar a sus compañeros.
En Inglaterra, desde hace años se discuten este tipo de asuntos y se han encontrado, a mi parecer, soluciones muy pragmáticas. En algunos casos se permite el uso de ciertas piezas de tipo religioso para quien las lleva (el sombrero de los judíos, el chador de las muchachas islámicas o el turbante de los sijs) a condición de que lleven los colores de la escuela en cuestión. O se obliga a los sijs a quitarse el turbante sólo en las prácticas de química. En el caso del chador, nosotros tendemos a pensar que esta vestimenta es una clara manifestación de la sumisión de la mujer, y rechazarlo parece reasegurarnos en una cierta sensación de superioridad. Y quizás es precisamente esta visión prepotente la que está haciendo que ciertas mujeres en países islámicos vuelvan a vestir el chador o hijab como una forma de demostrar su rechazo a los valores culturales occidentales, pese a que antes nunca lo habían llevado. Habría que ver si, como dicen algunos, la forma de vestir, de ir calzadas las mujeres en nuestro país, no son también formas de expresar esta sumisión desde otras pautas culturales. En definitiva, creo que nadie puede negar que el chador o el hijab tiene una larga tradición de significación religiosa en ciertos países del islam y que, al margen de las razones ocultas que cada uno imagine, no puede impedirse que se vista así a quien desee hacerlo. Por lo tanto, habría que contextualizar muy bien las circunstancias en que tendría que restringirse su uso.
Al margen de los ejemplos, mejor o peor escogidos, creo que estamos abocados a reconocer diferentes formas de ciudadanía, yendo más allá de derechos formalmente idénticos. La cultura liberal democrática que acompaña al funcionamiento de las instituciones democráticas es relativamente genérica. Si bien nos dice cómo debemos actuar para ser demócratas, no nos dice qué significa ser de determinado lugar, sentirse parte de una comunidad o querer vivir de acuerdo a un ideario religioso determinado. ¿Podemos ser ciudadanos y al mismo tiempo reivindicar ciertas especificidades de nuestra comunidad, del colectivo en el que estamos y queremos estar integrados? ¿O esto significa una agresión a la concepción genérica de que todos somos iguales ante la ley y de que todos tenemos los mismos derechos y deberes?

"El pluralismo cultural debe ser entendido como un valor a proteger y no como un hecho a tolerar o algo a amalgamar para hacer un todo unitario (...). Hay que ir más allá de la igualdad formal, estar abiertos a la revisión".


Las sociedades que estamos intentando crear, libres, democráticas, dispuestas a compartir, necesitan que sus ciudadanos se sientan identificados. Sólo podrán acabar funcionando si las personas que las forman creen que tienen entre manos una empresa común, que sienten como propia. Esta implicación no puede basarse únicamente en un implícito contrato normativo, que asegure a estas personas sus derechos y libertades, sino que es preciso que se sientan especialmente vinculadas entre ellas. Una democracia es altamente vulnerable a la sensación de desafección que produce la constatación de las grandes desigualdades existentes, o a la sensación de que lo que les afecta no importa demasiado a nadie. Por eso hablamos de comunidad. Y por eso no me acaba de gustar que, en nombre de un aparente universalismo liberal-cosmopolita, lo que muchas veces se acabe por hacer es obligar a la aceptación de unos rasgos culturales homogeneizadores (y en Cataluña, eso lo sabemos muy bien).
En una realidad cada vez más pluricultural, más mestiza, podemos encontrarnos con que en nombre de la igualdad y de la no discriminación, algunos colectivos no mayoritarios vean sus diferencias de identidad y de comunidad amenazadas. En la tradición liberal-democrática (e incluso más en su versión francesa-republicana, que tanto ha influido en nosotros), las reglas y los derechos no son siempre tan neutrales como dicen ser en relación con las identidades individuales, ya que incluyen un conjunto de elementos relacionados con la lengua, la religión; con la reconstrucción histórica o la conexión con unas pretendidas tradiciones "comunes", que van más allá de lo que podríamos considerar procedimental o universal. Los valores individuales de libertad, igualdad, dignidad han de ser reconducidos, mejorados, para que incluyan las diferencias colectivas que constituyen las identidades individuales, entendiendo el pluralismo no como una solución (más o menos incómoda) que nos permite coexistir, sino como un valor que pone de relieve la riqueza de la diversidad. Creo que el pluralismo cultural debe ser entendido como un valor a proteger y no como un hecho a tolerar, o algo a amalgamar para convertirlo en un todo unitario.
¿Hay que plantearse estos temas desde posiciones de neutralidad cultural? Discutámoslo con un ejemplo. Ahora hacemos fiesta en domingo. Quizás muchos no recordamos que la hacemos por un motivo religioso. Otras religiones, como sabemos, hacen fiesta otros días de la semana, en viernes o sábado. ¿Qué debemos hacer si surge el problema de que ciertos sectores de nuestra población piden respeto por sus creencias y solicitan espacios de tiempo en lo que nosotros consideramos jornada laboral ordinaria? ¿Deberíamos abolir la fiesta dominical y hacer fiesta todo el mundo el miércoles, por ejemplo, que no tiene ninguna connotación religiosa? Esta solución es aparentemente neutral, ya que parte del hecho de que no es inevitable hacer fiesta un día con significación religiosa para alguien y, por lo tanto, si se encuentra uno, como el miércoles, que no tiene esta carga simbólica, mejor que mejor. Pero si consideramos que el respeto a todo el mundo quiere decir respetar las identidades culturales de cada uno y darle la atención precisa, más que ignorar estas especificidades, entonces hacer fiesta en miércoles complica la vida a los cristianos sin que ningún otro grupo mejore su situación. Debemos seguir con nuestra fiesta tradicional, la que la mayoría está acostumbrada a celebrar, pero garantizando tiempo a aquellos que quieran celebrar su fiesta religiosa otro día y dejando que, por ejemplo los comerciantes, tengan abierto en domingo si cierran por motivos religiosos otros días de la semana. Esto quiere decir, y quizás me equivoco, ir más allá de la igualdad formal. Quiere decir superar la abstracción para tratar cada tema de manera específica, abiertos a la revisión constante.
No creo que cada demanda cultural y cada rasgo identificador deban tener el mismo peso en una determinada sociedad. Lo indispensable es que a todas las personas se las considere por lo que representan, poco o mucho, pero desde la aceptación del compromiso de un respeto igual para todos. La historia cuenta y también cuentan las cifras, y también hay que considerar la relativa importancia que tiene, para los que reclaman, cada demanda específica. De este modo quizás nuestras versiones de cultura tendrán más calibre que las de una hipotética y nunca neutral cultura universal, indiferente a los matices de identidad. Todo esto requiere planteamientos y respuestas concretas específicas. Es difícil imaginar que esto pueda hacerse desde ámbitos territoriales muy amplios en los que se pierde el sentido de comunidad y de responsabilidad colectiva. En este sentido, proximidad, ciudad y ciudadanía son y serán elementos imprescindibles en este debate.