Vicente Escudero, testigo de una Úpoca

En la Plaça Reial pasó sus últimos años una de las figuras más singulares de la historia del flamenco, que delimitó con precisión las formas de bailar del hombre y de la mujer.

Escudero en un dibujode Van Dongen publicado en "Mirador"
en octubre de 1929..

AHCB  

Vicente Escudero Uribe, nacido en Valladolid en 1892 y muerto en Barcelona en 1980, fue testigo y a la vez protagonista de una época clave del arte flamenco, al que realizó aportaciones muy notables. Personaje intuitivo, creador, polifacético, vanguardista, siempre inquieto e inconforme, no se limitó a ser una sobresaliente figura del baile y de la danza flamencos, sino que también teorizó y defendió sus opiniones con pasión. Su Decálogo del baile flamenco es referencia obligada para cualquier bailaor que se precie.
En su primera etapa vital y artística, Escudero fue un auténtico autodidacto que ensayó todas las maneras posibles de sofocar su pasión por el flamenco y llegar a ser un bailaor de reconocido prestigio. En su libro autobiográfico Mi baile nos cuenta episodios, vivencias y anécdotas que así lo confirman:

El bailaor y los gitanos de Granada, en 1935.

AHCB  

"Empecé a bailar en Valladolid, mi ciudad natal (…). Mi infancia transcurrió entre gitanos. Los primeros redobles producidos por mis pies los oí sonar en una boca de riego, tomándole tanta afición que me pasaba el día corriendo de una a otra para comprobar los distintos sonidos. En una orilla del río Esgueva había un árbol, que un vendaval derribó hacía muchos años y que cruzaba su cauce. Sobre él continué mis experiencias."

Sus primeros escarceos artísticos los realiza en bodas, bautizos, trenes y fiestas familiares, hasta llegar a bailar con guitarra a pesar de no estar enterao, pero ya sabe penetrar en el público. Se traslada a Granada para aprender los bailes de los gitanos del Sacromonte y a los diecisiete años se hace un traje de bailaor; después marcha a por trabajo a los cafés cantantes. Entra en el Café de la Marina ganando cuatro pesetas, pero en todos los locales está poco tiempo debido a su falta de conocimiento de la estructura de los bailes y su debilidad con el compás. Después del Café del Brillante de Santander llega al Café de las Columnas de Bilbao, donde tiene la suerte de conocer al que iba a ser su gran maestro y amigo.


Un joven "enterao"
Antonio el de Bilbao trae las escuelas de El Jorobao de Linares y del sevillano Miracielos, además de los bailes creados por él. Todos sus saberes y su técnica se los transmite a Vicente, hasta que el joven se convierte en un enterao que encuentra en esos bailes la materialización de sus sueños e ilusiones, el sentido de todos sus esfuerzos, el eco de aquellos taconeos, redobles y punteados que diera con las chapas metálicas, y que tantas regañinas y multas le costaron. Con la Farruca y tanguillo que le preparara su maestro se pasea por toda España. Cuando es llamado a filas, rehusa hacer el servicio militar y se exilia un año en Portugal; luego marcha a París para empezar una fructífera etapa artística y conectar con la bohemia y la intelectualidad de aquellos años de vanguardias.

En 1920 gana el Concurso Internacional de Danza que organiza el teatro de la Comedia de París, debuta en el teatro Olympia y presenta con gran éxito su Recital de danzas españolas en la sala Gaveau, el más distinguido espacio de conciertos de la capital francesa. En 1926 Manuel de Falla le encarga el montaje de El amor brujo para el emblemático Trianon-Lyrique parisiense. Regresa a España tres años más tarde, con Carmita García como pareja artística, y actúa en Madrid, Valladolid, Bilbao, Zaragoza y Barcelona, donde presenta sus Bailes de vanguardia en el teatro Novedades. Se marcha a Estados Unidos y Argentina, y en Nueva York obtiene un resonante éxito del que se hace eco la prensa europea. Seguidamente repite triunfos en varias ciudades estadounidenses, de Canadá y de Cuba.


El misterio del arte flamenco
El Círculo Mercantil de Valladolid le rinde un clamoroso homenaje con la asistencia de las más distinguidas personalidades de la ciudad y paisanos ilustres. Después de una gira por América, en 1934, estrena en el teatro Español de Madrid una nueva versión de El amor brujo, actuando como Carmelo, mientras La Argentina encarna a Candela, Pastora Imperio a Lucía y Miguel de Molina al Espectro. El mismo año da dos conciertos en Valladolid y, pasada la Guerra Civil, actúa con Carmita en el Palau de la Música de Barcelona. En el teatro Español de Madrid baila por vez primera La Siguiriya, y en 1946 el Instituto Británico de Madrid le ofrece un homenaje en el transcurso del cual imparte una conferencia ilustrada, titulada El misterio del arte flamenco, que repitió en el Casal del Metge de Barcelona.

Escudero y Carmita en Montreal, en 1933.

AHCB  

Otra conferencia, realizada en el Ateneo de Madrid en 1949, tiene una gran resonancia en los madriles de la posguerra. Junto a él interviene Carmita, y ambos cantan y bailan acompañados por la guitarra clásica de Carlos Manuel Carrión y la flamenca de Vargas Araceli. Actúa nuevamente en París, en la sala Pleyel. Vuelve a la capital francesa en 1954 con un nuevo espectáculo, y con su inseparable Carmita, en el que también actúan Juan Varea, Pepe de la Matrona, Andrés Heredia, Perico del Lunar, Rosa Durán, Rafael Romero…, con decorados de Capuletti. Y continúa alternando actuaciones en Estados Unidos, Cuba, España, África y varios países europeos, hasta que la muerte de Carmita lo hunde en una fuerte depresión. Recuperado, haría algunas actuaciones en Madrid y Barcelona con María Márquez de pareja, Jarrito al cante y Andrés Batista de guitarrista.

Escudero fotografiado con el bailarín Ellis Gold en Nueva York, en 1935.

AHCB  

En 1965 reaparece en Madrid, realiza una gira por Europa y ya en España es de reseñar la actuación en el teatro Marquina de Madrid con Chaleco, Andrés Batista, El Perlo de Triana y Andrés Vázquez, y el poeta González de Hervás como presentador. A partir de entonces se espacian las giras y actuaciones. La última, con María Márquez de pareja, la realizaría en Madrid con 81 años. Después recibiría numerosos homenajes, entre los que destaca el de 1974 en el teatro Monumental de Madrid, con la convocatoria formada por Vázquez Díaz, Rafael Zabaleta, Pancho Cossío, Juan Calleja, Rafael Pana, Saura, Miró, Manrique, Miralles, Capuletti, Tàpies y hasta veinticinco personalidades más, y la participación de Pilar López, Antonio Gades, Luisillo, Rosa Durán, Rosario, Mariemma, etc.

Sus últimos tiempos los pasa en Barcelona, viviendo en casa de María Márquez, en la Plaça Reial, donde monta una academia. Y así, entre las charlas de café sobre temas taurinos y flamenco, rodeado de amigos y recuerdos, muere el 4 de diciembre de 1980. Sus restos descansan en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de Valladolid.


Pureza, sobriedad y hombría
El polifacético Vicente Escudero repartió su obra entre diversas disciplinas. En el baile no se limitó a copiar o imitar, sino que, con "el sentío bien abierto", recogía, aprendía, modificaba y creaba, inspirándose en la realidad y su entorno. Coreografiaba y escenificaba las verdades y los sueños de una época situada entre guerras; por eso bailaba al compás de una máquina, mimetizando con sus zapateos aquel voraz maquinismo que ataba a las personas a una cadena de producción. Y aunque la apoyatura musical de sus espectáculos la ofrecían las creaciones de la escuela nacionalista española, muy en boga en esos años, su baile se aparta de todo colorismo escénico y abandona las escenografías de artificio para proponer un cambio, una nueva manera de entender la danza española y el baile flamenco, más regia, más escueta, lineal, de geometría pura, sin conceder nada a la galería. Su baile se inspira en el cubismo, el dadaísmo y el surrealismo, corrientes artísticas que rompen moldes y formalizaciones. Escudero recoge la fuerza esquemática de Juan Gris, Picasso o Miró, y transforma el trazo viril y firme de aquel arte nuevo en movimientos, braceos y taconeos, además de recogerlo en su Decálogo para faro y guía de "todo aquel que desee bailar con pureza, sobriedad y hombría".

El bailarín vivió sus últimos años en la Plaça Reial de Barcelona, donde fundó una academia.

Manuel Ortega  

Así concebía su baile, entre los ecos del pueblo, tamizados por la escuela nacionalista, y el ruido de las máquinas. Entre los ronquidos de los cañones y la nueva savia de los pinceles de aquella bohemia que se abría paso a través del perfume del vino, la escasez y la fantasía creadora. Y en ese ambiente también se aficionó a la pintura, afición y pasión que ya no le abandonaría nunca. Él mismo se confeccionaba los carteles y diseñaba los figurines de sus espectáculos, y expuso su Pintura que baila, en 1948, en la librería Clan de Madrid, editada en libro por Afrodisio Aguado.

Fue pintor, coreógrafo, bailarín-bailaor, conferenciante, diseñador, escenógrafo y también cantaor. Su voz, su conocimiento de la medida del compás y su dominio de las formas y estilos flamencos quedaron reflejados en el disco Escudero. Antología selecta de cante flamenco auténticamente puro, en el que interpreta Soleá de Triana, Malagueña, Toná pequeña y grande, El garrotín del Tito-Tito, Martinetes, La caña y el polo del Fillo, Tientos perdidos, La debla de cambio, El afilaor (Chuflilla), Rondeña de Manuel Torre (Taranto), Jabera y Siguiriya grande, acompañado a la guitarra por Ramón Gómez.


La propuesta de un congreso
Pero no sólo fue un testigo de su tiempo y su arte, sino también, en algunos ámbitos, un profeta adelantado a la época. Hoy, en la antesala del XXVIII Congreso de Arte Flamenco, conviene recordar que ya en el año 1959 publica en El Paso un manifiesto proponiendo la celebración de un evento de estas características, que vuelve a pedir en la carpeta de su disco, afirmando que "lo que deberíamos hacer todos los interesados en valorizar el arte flamenco es organizar un congreso con objeto de acabar con la confusión latente que existe en estos tiempos, ya que sólo deben quedar los valores rítmicos, estéticos y plásticos con toda la grandiosidad que este arte encierra". Hasta 1969 no se organizaría el primer congreso, en Benalmádena.

Dos momentos coreográficos de Escudero, reproducidos en la revista "Mirador".

Manuel Ortega  

Vicente Escudero participó en una película rodada en el Museo de Escultura de Valladolid, Fuego en Castilla, de 1957. En ella muestra la reciedumbre castellana y su perfecto encaje con la sobriedad de su baile. Un molino de viento como sinfonía de fondo configura el marco para un armonioso encuentro entre la verticalidad y desnudez de su danza y la rotunda sencillez de un paisaje pleno de majestad. Grabó también varias entrevistas y clases de baile, explicando su Decálogo, sus experiencias artísticas y los entresijos del mundo del espectáculo.

Como escritor, Vicente nos brinda un magnífico libro, ya referido, obra de fácil lectura por su fluidez y su gracejo narrativo, que documenta toda la época de la danza española y la etapa de oro del baile flamenco.

Escudero tuvo contadas parejas artísticas. De las más significadas sólo vive Rosario Calleja, que acompañó al maestro en sus últimas tournées. A María Márquez, que le acogiera en su casa durante su prolongada ancianidad, la hemos perdido recientemente. Antonia Mercé, La Argentina, y Carmita García fueron sus grandes parejas, con quienes vivió muchos momentos de dicha y los mayores de dolor. Cuando preparaba su gira por América y Europa tras los grandes éxitos con El amor brujo, Antonia muere de súbito en Bayona, y a Vicente, que en ese momento se hallaba en España, sólo le queda el consuelo de llevarle un ramo de flores a la tumba, acompañado de Carmita.

El otro golpe, el más terrible, llega cuando en 1964 muere Carmita, la pareja con la que compartió más tiempo y éxitos, que fue su compañera sentimental durante casi cuarenta años y de quien estaba tremendamente enamorado. Escudero no superó ya su pérdida.


Una forma de concebir el baile
En su famoso Decálogo del baile flamenco, Vicente Escudero propone una forma de concebir el baile, de bailar en hombre, más que los principios de una escuela. Los bailaores que más han participado de esta filosofía son Antonio Gades, José de la Vega y José Manuel Huertas.

La Compañía de Danza Merche Esmeralda en el teatro Victoria, en 1996.

Pere Virgili  

"Afirmo que ese duende que tanto cacarean eruditos y profanos es un mito que desaparece bailando con sobriedad y hombría, traduciéndose entonces en el misterio que todo arte lleva", establece Escudero. Los diez puntos "a los que tiene irremisiblemente que ajustarse todo aquel que quiera bailar con pureza" son los siguientes:

1. Bailar en hombre.
2. Sobriedad.
3. Girar la muñeca de dentro a fuera, con los dedos juntos.
4. Las caderas quietas.
5. Bailar asentao y pastueño.
6. Armonía de pies, brazos y cabeza.
7. Estética y plástica sin mixtificaciones.
8. Estilo y acento.
9. Bailar con indumentaria tradicional.
10. Lograr variedad de sonidos con el corazón, sin chapas en los zapatos y sin otros accesorios.

Rafael Morales Montes